50 lecciones para 50 años: Parte 16

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¿Qué es para ustedes un día «bueno»? Quizá es simplemente un día en que de verdad hicieron lo que les diera la gana. O es un día en que dejaron esa lista de deberes limpiecita como un sol. Un día en que leyeron ese libro, vieron esa serie o película. La pasaron en familia. O simplemente sus seres queridos se acostaron a dormir buenos y sanos y ya, eso define un buen día. O al revés: se pararon respirando y ya es un buen día.

Me agrada pensar en los días buenos. Siempre que llego del trabajo, aún más dormida que despierta, Yadi me pregunta cómo me fue en el trabajo. Antes le decía si fue un día bueno en lo personal –no mucha plata, pero me trataron bien– o bueno financiero –MUCHA plata– o malo –ausencia de alguna de las dos cosas–. Ahora que no siento el mismo entusiasmo por el trabajo, un día bueno es uno en que puedo terminar mi guardia de buen humor, consciente de que hice un buen trabajo y me traje una compensación adecuada por ese trabajo. Y como sea, sé que el día será bueno una vez caiga en ese lecho y sienta el abrazo del amor antes de dormir.

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50 lecciones para 50 años: Parte 15

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Muchos comediantes de hoy en día se lamentan de los límites que se imponen por los cambios en lo que es políticamente correcto hoy en día. La llamada «cultura de la cancelación» ha hecho que muchos se muerdan la lengua o alteren su manera de hablar, pues lo que era gracioso hace unos años era en realidad ofensivo y no podría aceptarse. Claro, eso también degeneró en lo que muchos llaman «la generación de cristal», que todo se lo tomaría a pecho.

¿Qué hay de cierto en eso? Es muy complicado, pues la comedia no debería ser censurada, pero pensemos cuan mejor estarían las relaciones humanas si pensáramos más en las consecuencias de nuestras palabras. Los chistes de gallegos, árabes, judíos… Es mi esperanza que en un futuro finalmente haya un equilibrio entre las dos partes, que entendamos un poco más los sentimientos ajenos y que se entienda que no todo busca ofender, que no todo busca herir. Pienso en cuántos de nosotros estamos medio dañaditos por todo el chalequeo que sufrimos cuando jóvenes y me pregunto si quizá, si hubiéramos estado más conscientes de cuánto sufría «la otra parte» si estuviéramos como estamos hoy día.

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50 lecciones para 50 años: Parte 14

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A medida que se acerca la fecha final de este proyecto –léase, mi cumpleaños– tengo la suerte que, por lo visto, al menos para algunos, no aparento la edad que tengo. En estos días al menos dos personas pensaron que tenía 35 años, lo que por supuesto fue una gran inflada para el ego. Y llego con buena salud, tanto mental como física. Así que no puedo quejarme.

Y de repente, llegan cosas que me recuerdan que sí, que ha pasado cierto tiempo ya. Ayer un niño particularmente inquieto de unos cuatro años estaba con uno de los dispositivos para ayudar a los huéspedes (se llaman Ziosk), y cuando se lo traté de quitar trató de morderme los dedos. Mi inmediata reacción fue alzarle la voz, lo que por supuesto uno no debe hacer si es un niño que no es tuyo y, más aún, es una mesa que tú estás atendiendo. Por supuesto que luego me disculpé profundamente, y aceptaron mis disculpas. Pero me di cuenta que ha sido una semana que he dormido poco, y eso empieza a alterar mis reacciones.

Qué importante es dormir, sin importar quién piense o diga lo contrario. En especial a medida que uno se va haciendo más viejo. Las baterías siempre necesitan recargarse, o el sistema no funciona. Espero que pueda hacerlo, o el próximo niño le va a costar una cachetada y a mí el trabajo.

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50 lecciones para 50 años: Parte 13

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Aún me divierte que veo el número 13, o el 666, y me siento inquieto. Con el primero es pura superstición, por supuesto, a tal punto que ya me parece un número «feo»; con el segundo es una profunda educación, que habla del Apocalipsis (y Iron Maiden ayuda). Habla de cuánto nos influye la cultura con la que crecimos, la que pone el lente tras el cual vemos al mundo. Es poco probable que el 13 tenga una verdadera influencia negativo, así como el 7 tenga una positiva, pero en nuestras cabezas lo tienen y eso no lo hace menos real.

Es por eso que siempre me ha encantado leer sobre otras culturas. ¿Sabían que en algunos sitios, comer con la mano izquierda es considerando mala educación? ¿O que en Japón es costumbre vestirse de blanco en un funeral? Y bueno, el eterno debate de azúcar en las caraotas (no), mayonesa en las hallacas (absolutamente no), brócoli en las pizzas (are you kidding me?!). Eso sí, hay ciertas costumbres en ciertos países que uno no puede compartir ni respetar, pero en general considero que uno necesita leer sobre ellas para entender mejor el mundo en el que vivimos. Uno necesita siempre ser parte de la solución, no del problema.

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50 lecciones para 50 años: Parte 11

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Mi terapeuta me enseñó algo nuevo esta semana, antes de recibir a Leia: el banco de resiliencia. Son esas cositas que uno tiene en su día a día que ayuda a afrontar la adversidad, que ayudan a desarrollar una mejor psique para que lo negativo que sucede en el día a día nos afecte de la menor manera posible. Estuve haciendo un dibujo de lo que sería mi banco de resiliencia, pero yo lo hice como un muro (porque un escudo era como muy obvio), y me gustó ver que tengo varias cosas y bien sólidas. Mi escritura (una de las razones por las que hago esta serie), mi origami, mis libros… Pero por supuesto que también el amor de Yadi, los amigos así sean a distancia, y la familia.

Inviertan bien en ese banco de resiliencias, chicos. Es lo que más les ayudará en la vida. Y ojo, hay algunas cosas que parecen moneda verdadera pero son un engaño. Si acaso solución temporal. No se dejen engañar. (¿Ven? Hay lecciones nuevas todos los días.)

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50 lecciones para 50 años: Parte 10

Cuando tienes un perro, en especial cuando tienes un cachorrito nuevo después de sientes que el mundo debe girar en torno a él. Y eso es un peligro, primero porque te puedes olvidar que tienes que tratarlo como a un perro, no como un niño (aunque que nadie lo dude, ese es nuestro bebé). Segundo, hay otros miembros de la familia que también requieren de nuestra atención, y se sentirán despreciados si no. En mi caso, Sky, mi agapornis, ya siente que ha sido relegada a un segundo lugar, y eso es algo que ningún pajarito merece. Hoy se lo compensaremos.

Pero más importante aún, tenemos una nena que hay que enseñarle la responsabilidad de tener un perrito en casa, la necesidad de darle una rutina y obedecer las reglas que sean necesarias para su mejor comportamiento. Yo cometí muchos errores con Baloo que le costaron un par de zapatos nuevos a su nueva mamá. No pretendo hacer lo mismo con Leia y el compromiso es aún mayor considerando que es parte de una familia, no solamente conmigo. Doy gracias a Dios que no estoy solo en esto.

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50 lecciones para 50 años: Parte 9

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Hice algo esta semana que tenía cierto tiempo queriendo hacer: me uní a un club de lectura. Por la aplicación Literati, ahora recibo recomendaciones de lectura nada menos que del propio Austin Kleon, quien desde hace ya un cierto tiempo ha guiado mi pensamiento creativo. Ahora espero poder compartir con más de sus admiradores discutiendo los libros que él recomienda mes a mes. (Literati no está disponible fuera de Estados Unidos, pero ciertamente pueden suscribirse al boletín semanal de Austin aquí para ver más de lo que él lee, escribe y consume.)

No solo lo hice para tener un libro nuevo que leer cada mes, sino también para tener una cierta comunidad. Una de las cosas que más disfrutaba de la Asociación de Origami de Venezuela es que, además que podía aprender nuevos modelos o técnicas, podía compartir con gente con la que compartía una pasión. Hablaré más de eso más adelante, pero solo les digo, jamás descarten tener una «tribu». No hay nada como el sentido de comunidad.

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50 lecciones para 50 años: Parte 8

Photo by Patrick Tomasso on Unsplash

Duerman, chicos. No se dejen engañar por aquello de que «yo toda la vida he tenido problemas para dormir y mira, estoy bien». Eso casi siempre se dice luego de cierto período de irritabilidad, falta de concentración y afines. Dormir por siempre será uno de los grandes placeres de la vida y uno que lamento en el alma no poder aprovechar como solía hacerlo, en que dormía invariablemente mis ocho horas requeridas. Ahora ese es un gusto reservado para los fines de semana, y no son los mismos para ustedes (hoy, de hecho, es mi viernes). Mientras escribo esto, apenas tengo tres horas corridas de sueño, y quién sabe si, ahora que tengo una nueva hija, podré realmente recuperar después. Supongo que volveré a leer mi carta de amor a la siesta para inspiración.

Parte uno. Parte dos. Parte tres. Parte cuatro. Parte cinco. Parte seis. Parte siete.

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50 lecciones para 50 años: Parte 7

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«Good guys end last». Uno de los clichés más crueles que he escuchado. En especial porque muchas veces me lo espetan en la cara. Nada me desespera más que me animen a violar reglas, a buscar atajos, a usar eso que se llama «viveza criolla» y es origen de tantas de nuestras miserias. Negado toda la vida a seguir esos pasos, pero admito que hay momentos que es difícil. Porque uno ve a la gente que piensa así tan relajados, mientras uno sigue la senda de la ansiedad por cumplir. Se da cuenta que el camino más fácil no siempre es el mejor, pero también se da cuenta que la educación que recibió fue de calidad.

¿Soberbio? Espero que no. Quiero reconocer el esfuerzo de mis padres y demás mentores a la hora de moldear mis principios. No me creo mejor que los demás, solo distinto. Y como dije ayer, malo es el que obra mal.

Parte uno. Parte dos. Parte tres. Parte cuatro. Parte cinco. Parte seis.

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50 lecciones para 50 años: Parte 4

Photo by Nathan Dumlao on Unsplash

Tengo un cierto montón de libros en la casa –muy bien, es UN montón de libros– que esperan pacientemente a ser abiertos (y ni hablar de los digitales). Están allí, flotando sobre mi cama (literalmente), sobre mi escritorio, encima de él, nada más esperando a que yo diga «vamos». Y es porque leer es difícil. Como casi todo lo que vale la pena. Porque requiere tiempo. Y siempre hay algo que tengo que hacer. Hablaremos más sobre esto cuando llegue a cierta lección, pero hoy toqué el tema en terapia. Y me acordé de eso que dije Stephen King: «Si no tienes tiempo para leer, no tienes tiempo para escribir».

Perish the thought.

Aquí están la primera, segunda y tercera parte de este viaje.

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