Deja que nieve. En serio

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“El Día Después De Mañana, versión Madrid”, por Teresita Cerdeira

Si están en redes sociales, creo que es imposible que no se hayan enterado que la capital de España está dentro de su nevada más intensa en muchos años. Llamada Filomena, ha causado cuatro muertos, ha obligado a rescatar a más de 15.000 personas y tiene en alerta máxima a cuatro provincias del país. Y no olvidemos que España ha sido uno de los países más fuertemente golpeados por el COVID-19, al punto que acaban de registrar su segundo peor día desde que la pandemia inició.

Pero por otro lado, la nevada ha proveído al país un inusual escape del agobio. En la Gran Vía de Madrid, se desató una batalla campal… de bolas de nieve. Hay un tipo paseando un perro vestido de tiranosaurio. Un hombre en un trineo tirado por perros. Esculturas de nieve un tanto… adultas. Aquí tienen una recopilación, pero cualquier búsqueda en redes muestra a gente gozando la nevada como si fuesen niños.

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Me uno al club

Cómo me siento al entrar a redes sociales.

Una de las cosas que no extrañaba de emigrar fue la constante tensión que había en el ámbito político. Y créanme, lo viví de cerca, siendo periodista primero en El Nacional y luego en Últimas Noticias y Sexto Poder. Hasta incluso, siendo jefe de prensa de alguien tan ecuánime como Hiram Gaviria, fue imposible escapar del ocasional ataque tanto por parte del gobierno como de la oposición. Traté en la medida de lo posible de ser imparcial, de tratar de ver las dos caras de la moneda, pero es tanto el daño que el chavismo ha hecho en Venezuela que ser ni-ni ya no es una opción. (Estoy seguro que jamás podría escribir esta lista hoy en día, amén que el séptimo punto ya no aplica.)

Al llegar a Estados Unidos, para mi tristeza, ya empezaban aires parecidos. Trump había cumplido un año en el poder, y las divisiones políticas tenían ya cierto tiempo, desde finales del primer mandato de Barack Obama. Ahora que se acercan las nuevas elecciones, entrar a Twitter y comentar sobre ellas es dolorosa y absurdamente familiar. Y en especial absurdamente en estos tiempos, donde no solo llegamos al punto en que no se puede tener una discusión civilizada sobre política entre contrarios, sino que ya es “o estás conmigo o estás en contra de mí”. Y el presidente que lo dijo primero es ahora considerado un republicano moderado. Quién lo diría.

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Curi

En el año 2007, Twitter en Venezuela era el equivalente a una pequeña aldea, donde sólo algunos felices habitantes tenían su conuquito virtual, tratando de deducir este nuevo mundo en el que nos movíamos. Hubo una que lo tomó de frente, y convirtió su parcela en una hacienda, a punto de mucho trabajo. Se llamó a sí misma Curiosa precisamente porque la curiosidad fue la que la llevó a investigar cuanto pudiera de este incipiente mundo de blogs, Twitter y eso que llamaban “la web 2.0”.

Pero para un grupo de afortunados, Curiosa era Curi. Hasta la llegamos a llamar por su nombre verdadero, pero sólo en persona, porque se cuidaba muchísimo de tenerlo en Internet (y aquí no va a aparecer tampoco). Nos dimos el lujo hasta de llamarla amiga, en mi caso, así sea por breves momentos. Demasiado breves. Porque Curi era de esas personas que te hacen sentir afortunado a los cinco minutos de hablar con ella, porque era inteligente, divertidísima y super articulada.

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Enemigos de mis enemigos

Atendiendo a una familia mexicana, me preguntaron si, ante los acontecimientos que estaban sucediendo en Venezuela, regresaría a mi país. “Pareciera que ahora sí, con el favor de Dios”, me dijo el padre. Le comenté, repitiendo sin saber las palabras de Manuel García, que volver por supuesto, que tenía a toda mi familia allá, pero regresar no creía. Era la primera vez que lo decía en voz alta.

Y al día siguiente, una pareja inglesa me hizo la pregunta semi incómoda.

–¿Y es verdad que este nuevo joven está siendo apoyado por Estados Unidos?

–Estados Unidos es uno de 40 países que lo apoyan— respondí.

–Sí, pero me explico: ¿es verdad que todo esto es una artimaña de Estados Unidos?

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Hacia adelante

Image: Photoangel

Hablemos un segundo (zas) del tiempo. Tratemos de imaginar lo realmente insignificante que somos en términos cosmológicos. Si reducimos toda la historia del Universo en un año, como se ha hecho varias veces, el Homo sapiens habría aparecido a las 11:30 de la noche del 31 de diciembre. Y esos son casi dos millones de años de historia. Reducidos a 1.800 segundos. Te pone a pensar, ¿no?

El tiempo es algo que parece lo más constante que hay pero en realidad cambia en cuanto cambia la perspectiva de quien lo ve. Un segundo es una eternidad para el que llegó de segundo en los cien metros planos, una hora no es nada para el que está por despedir a un ser querido. En un minuto puede cambiar todo para la que espera el resultado de una prueba de embarazo. En un día puede que a un empleado promedio no le pase… nada.

A la vez, el tiempo puede ser eterno y efímero. Hay días que parecen durar unos minutos, otros se extienden más allá de sus 24 horas. Y créanme que les digo, pocas cosas te cambian tanto como el momento en el que te decides a ser uno de esos venezolanos que no pudo, no quiso o no aceptó quedarse en un país que lo es cada vez menos.

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La solidaridad y otras debacles

Quítale al ser humano lo más básico, y observa cuánto tarda en revertir a un estado tan parecido al animal, que uno de verdad se pregunta qué tan lejos estamos del simio, o quizá alguna otra especie menos parecida a nosotros. Porque luego de varios años viendo documentales de animales en televisión, les puedo decir que aún en ciertas especies que podríamos considerar inferiores existen cosas como compasión y solidaridad.

Esta mañana veía un episodio de la serie documental Blue Planet II, de la BBC, narrado por el naturalista David Attenborough, el primer episodio de los cuales cierra con una grave advertencia del estado en que está el Ártico. Se ha perdido 40% del hielo en el Polo Norte en los últimos años, y eso significa un alza en los niveles del mar. Para los animales que dependen del hielo para sobrevivir, eso también es un reto.

El equipo de Attenborough se enfoca esta vez en un grupo de morsas cerca de las costas de Canadá. Las hembras necesitan espacios para que sus jóvenes crías puedan descansar luego de mucho nadar, y una playa de tierra firme no es el mejor sitio; aunque las morsas son sociables, son hurañas como viejos cascarrabias, y están constantemente empujándose y golpeándose con los colmillos. Considerando además que cada adulto pesa más de una tonelada, y las crías escasos ochenta kilos, no es el mejor sitio para una guardería.

De modo que las morsas deben salir al hielo para que las crías descansen, ya que no tienen la fuerza para mantenerse a flote mucho tiempo, amén del peligro que representan los tiburones y las orcas. De hecho, hay una escena particularmente tierna de una hembra que sostiene con sus aletas delanteras a su cría como una madre humana sosteniendo a su bebé para que no se hundiera. El problema es que hay cada vez menos trozos de hielo que puedan sostener a la madre y al cachorro, y los que hay están fuertemente ocupados por hembras que tuvieron la idea primero.

En su desespero, una hembra se monta a empujones sobre un bloque de hielo en particular, lo que causa una conmoción entre las que ya estaban ocupando el sitio, a tal extremo que el hielo se desbarata y todo el mundo vuelve al mar. Como narra Attenborough, aquí todo el mundo perdió; es hora de volver todo el mundo a nadar para tratar de encontrar refugio, o las crías se cansarán hasta ahogarse.

Los paralelismos que vi esta semana en Venezuela con esta situación fueron muy chocantes.

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De números y la Odisea venezolana

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Ilustración por Yadira Camacho Gomes. 🙂

Salgo a caminar unas horas antes de sentarme a escribir esta entrada. Leo constantemente sobre los beneficios de poner un pie delante del otro para activar los jugos creativos. Me hace falta. Es demasiado tiempo encerrado, demasiado tiempo sentado y ciertamente demasiado tiempo pegado a una pantalla. (Sí, entiendo que sigo estándolo. Pero ustedes entienden.)

Por un tiempo siento que lo logro, que me abstraigo lo suficiente para oír los cantos de las aves. Siento a los árboles aplaudiéndome con sus ramas, hablándome con las hojas. Me siento brevemente en paz. Y empiezo a regresar.

Y oigo las conversaciones en el kiosco. Sólo hay dos personas y Jairo el kiosquero, pero es suficiente. Cual Hurley en Lost, los números vuelven a mi cabeza. Dominaron mis pensamientos toda la semana. 30, de julio, la fecha que tanto temíamos que llegara. 8MM, los votos que mágicamente reaparecieron. 16, el que más pesa, los asesinados ese día. Y el día que millones más dijeron “No”. Y 1958, el año en que el último tarado al que se le ocurrió cometer semejante fraude contra el electorado decidió montarse en su avión y dejar a los venezolanos gobernarse en paz. Pero también 120, los días de protesta. 107, los muertos oficiales. Los asesinados, perdón. Asesinados sólo por querer un país distinto. Uno donde valga soñar. Y 20. El promedio de edad de los asesinados. A mis 20 “El Comandante” estaba a un año de hacer su aparición triunfal. Ninguno de esos chamos llegará a ver la salida de su sucesor.

30. 8MM. 16. 1958. En la locura venezolana, pienso en jugarlos en la lotería. Me acuerdo cómo le funcionó eso a Hurley. Descartado. Regreso a casa. Y escribo. No le escribo a nadie en particular. Sólo para mí. Igual agradezco cuando me leen. Así esté consciente de que muchos de ustedes me van a odiar. Y lo entiendo. Total, ya creo que los hice arrechar una vez. Qué es una raya para un tigre.

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No necesitamos pedir permiso para la cordura. Mucho menos para la felicidad

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Una de mis mejores amigas se casa. No vive en el país, parte de la diáspora (ya cuando hablamos de dos millones en los últimos 17 años, ¿cómo más la llamamos?) que se cansó de buscar una mejor vida aquí, y la encontró afuera, incluyendo el verdadero amor. Hace más o menos una semana me pasó fotos de su compromiso. Saben, esas que se toman antes del feliz acontecimiento payaseando por la ciudad. Hermosas, posadas pero en realidad no. Se ve feliz. Inmensa y auténticamente feliz. Y yo estoy contagiado por mi amor por ella. No le pude responder al momento por el trabajo, pero hago una nota mental de responderle al primer minuto libre que tenga.

Ella se me adelanta esa tarde, pero no de la manera que esperaba. Me escribe pidiéndome disculpas. No quiso parecer insensible, me dice. Yo lo leo de nuevo, inseguro –o incrédulo– que de verdad estoy leyendo semejantes palabras. Pero al final la entiendo. No sé si alguien le reclamó o si ella sola llegó a la conclusión que estaba siendo insensible. Pero así está la situación.

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Permítanme hacerlos arrechar

protestas
Protestas en Caracas. Foto de mi pana Cristian Hernández para Europapress. Síganlo en Twitter e Instagram como @FortuneCris.

Hoy estuve en la marcha. No llegué a estar entre la represión, gracias a Dios, aunque a veces siento algo parecido a “remordimiento de sobreviviente”. Sí, tomé fotos. No, no las quiero compartir. No sufrí daño alguno como gente muy cercana a mí, incluyendo a mi hermano. (Está bien, a Dios gracias.) No tragué gases. No recibí metrazos. Mañana hablaré con mi familia, a diferencia de Juan Pablo. A diferencia de otros 27 venezolanos más que han muerto desde que empezó este nuevo ciclo de protestas. La última vez fueron 43. ¿Habrá un resultado distinto?

Ya vamos pa’llá.

Primero, un recuento, para los que llegan de afuera. El pasado 29 de marzo, la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia publica dos sentencias, la 155 y la 156, en donde básicamente asumen las funciones legislativas de la Asamblea Nacional “mientras se mantenga en desacato”. En pocas palabras, siete tipos, uno de los cuales tiene una dudosa reputación (y estoy siendo terriblemente sarcástico) y que fueron colocados a dedo por la Asamblea anterior al filo de la medianoche, decidieron cargarse las voluntades de los cinco millones que eligieron a los actuales diputados. Todo el mundo puso el grito en el cielo –incluso la hasta ahora rubia más odiada de Venezuela.

Tratando de enmendar el capó, el Gobierno lo que hizo fue –y me disculpan la palabra– cagarla más. El presidente Maduro decidió instalar el Consejo de Defensa de la Nación para resolver el –sí, en serio– “impasse” entre el TSJ y la Fiscalía. A raíz de eso, el TSJ decidió suprimir las sentencias 155 y 156. Y ya, todos tranquilos, ¿verdad?

La oposición no se la cala.

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Oda a El Cafetal

Hace una semana, caminé con una querida amiga desde Caurimare hasta Santa Paula. No por elección; no nos quedaba de otra. Salí deprimido.

Para los extranjeros: El Cafetal es una parroquia de clase media alta al sureste de Caracas, parte del municipio Baruta del estado Miranda. Se compone de varias urbanizaciones: Santa Paula, Santa Sofía, San Luis, Santa Ana, Santa Paula, Chuao, etc. Hay dos clínicas privadas ubicadas allí (Santa Sofía y Metropolitana) y un centro comercial importante (Plaza las Américas), además de otro (Santa Paula) donde abrió uno de los primeros Locatel, una cadena de “automercado de salud”. Hay un kiosco ubicado en una de las dos bombas de gasolina ubicadas en él que es famoso porque está abierto 24 horas. Un gran templo mormón está ubicado a su entrada. El boulevard que compone su avenida principal está casi siempre verde, con abundantes árboles donde incluso se han visto perezas. A pesar del aumento de la criminalidad –secuestros, principalmente—se le conoce como una zona tranquila, pues no está particularmente cerca de zonas peligrosas.

Desde que empezaron las protestas el pasado 12 de febrero, pero en particular desde mediados de marzo, los 52.000 habitantes de la parroquia están, quieran o no, encerrados. En el último mes, la expresión “doña del Cafetal”, usada para referirse a mujeres mayores (o no tanto) para lo cual nada que este Gobierno haga está remotamente bien, mucho menos sus seguidores, ha sido más justificada que nunca.

Caminar desde Caurimare a Santa Paula son aproximadamente dos kilómetros. Parte de ello en subida. En ese espacio, hay al menos 25 barricadas hechas por los vecinos tanto en protesta contra el Gobierno como protección contra bandas armadas como, en palabras de uno de los muchachos que cuidaban las barricadas, para sacar a los demás “de su indiferencia”.

No puedo creer que haya mucha indiferencia después de lo que vi.

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