Escribir cuando no hay nada de qué escribir

Photo by Negative Space

Hace unos minutos tuiteé orgulloso que, luego de diez años (¿o fueron doce?) de activado, al fin este blog tiene una dirección apropiada, hasta original, diría yo. No les voy a mentir, fue un momento de bastante orgullo, bautizar Mi Mente En Letras con nombre propio luego de tanto tiempo, primero en Blogger y luego por acá. Antes ya había reclamado mi propio espacio con mi nombre, pero darle una URL a mi blog, mi primera presencia verdadera online, lo consideré un hito.

Y luego pasé dos meses sin escribir nada en él. (Digo dos meses sabiendo que es más, pero digo dos because shame.)

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Hacia adelante

Image: Photoangel

Hablemos un segundo (zas) del tiempo. Tratemos de imaginar lo realmente insignificante que somos en términos cosmológicos. Si reducimos toda la historia del Universo en un año, como se ha hecho varias veces, el Homo sapiens habría aparecido a las 11:30 de la noche del 31 de diciembre. Y esos son casi dos millones de años de historia. Reducidos a 1.800 segundos. Te pone a pensar, ¿no?

El tiempo es algo que parece lo más constante que hay pero en realidad cambia en cuanto cambia la perspectiva de quien lo ve. Un segundo es una eternidad para el que llegó de segundo en los cien metros planos, una hora no es nada para el que está por despedir a un ser querido. En un minuto puede cambiar todo para la que espera el resultado de una prueba de embarazo. En un día puede que a un empleado promedio no le pase… nada.

A la vez, el tiempo puede ser eterno y efímero. Hay días que parecen durar unos minutos, otros se extienden más allá de sus 24 horas. Y créanme que les digo, pocas cosas te cambian tanto como el momento en el que te decides a ser uno de esos venezolanos que no pudo, no quiso o no aceptó quedarse en un país que lo es cada vez menos.

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Los animales lloran. in memoriam Steve Irwin

Yo no creo ser como muchos de ustedes, ya que yo soy asiduo —asiduo— televidente de Animal Planet. Desde bebé he sentido una fascinación por los animales que no puedo explicar. Sufro con ellos, me río con ellos, y no es nada raro que pase un domingo en la tarde viendo documentales sobre ellos. De modo que sé muy bien quién era Steve Irwin, el Cazador de Cocodrilos, y sentí una enorme tristeza ese 4 de septiembre cuando supe que había dejado este mundo. Para aquellos que no lo sepan, su nombre completo era Stephen Robert Irwin, y nació un 22 de febrero de 1962 en Essendon, a las afueras de Melbourne, Australia. Cuando era muy niño se mudó con sus padres a Queensland, donde ellos tenían un pequeño zoológico. Su padre, Bob Irwin, era un herpetólogo (científico interesado en reptiles), y su madre Lyn era una “rehabilitadora de animales”. Bob le enseño a Steve todo lo que sabía, hasta tal punto que ya a la edad de nueve años, cuando yo estaba ocupado jugando con muñequitos y leyendo Snoopy, él estaba manejando cocodrilos junto con su padre. Después que se graduó de bachillerato, se dedicó a atrapar cocodrilos que se encontraban en zonas habitadas y que podrían convertirse en problemáticos. La única condición era que los situara en su zoológico de la familia, el cual pasó a su cargo en 1991.

Permítanme hablarles un segundo de esos cocodrilos que Steve manejaba. Ellos son cocodrilos estuarinos o de agua salada (Crocodylus porosus) y son los reptiles más grandes de la Tierra, alcanzando fácilmente los cinco metros de largo y pueden pesar más de una tonelada. El record es una bestia de 8,14 m matada en Queensland. Cuando les digo que son monstruos, no exagero: pueden picar a una persona en dos de un solo mordisco. Y lo divertido es que, a pesar de su amor por los animales, por recibir muchos mordiscos, Steve admitía sentir temor… por los loros.

Pues bien, esas fieras eran los animales favoritos de Steve. Y eso, combinado con su exuberante personalidad, su (a veces) sobre-entusiasmo y el hecho de que estuviera permanentemente vestido en khakis lo hacían ver como loco. No ayudó un cierto incidente que le dio mala prensa, pero eso viene después. En fin, Steve ya manejaba el zoológico (llamado ahora Australia Zoo) y hacía demostraciones diarias educando a los visitantes sobre los animales en Australia. En una de esas conoció a una americana llamada Terri Raines, y se casaron un año después. Al tiempo tuvieron una hija que llamaron Bindi Sue, por una hembra de cocodrilo llamada Bindi y una perrita de Steve llamada Sui. Qué les puedo decir…

Una cosa que Steve sí podía decir era su gran pasión por la conservación. Él y Terri fundaron una organización llamada Wildlife Warriors, y la multitud de series sobre la conservación como El Cazador de Cocodrilo, Archivos de Cocodrilo y otras lo hicieron una estrella internacional. Incluso hubo una película, pero fue un fracaso en el cine.

Y por supuesto hubo una controversia cuando Steve tomó a su hijo Bob, de un mes, en sus brazos, y alimentó a un cocodrilo de cuatro metros. Muchos de ustedes leyeron eso y seguramente se estremecieron. En especial después que les enseñe la foto:

Pero hay que entender una cosa. Steve no llevaba una vida normal. Este hombre manejaba cocodrilos como otro puede manejar perritos desde hace más de 30 años. Y ese cocodrilo era uno viejo (si se fijan verán que no tiene dientes) que tenía muchos años en el zoológico, de modo que Steve lo conocía a la perfección. De modo que yo sí estoy seguro que ese bebé nunca estuvo en ningún peligro real. Además, el hombre era famoso por ser un devoto padre de familia para sus dos hijos; yo dudo mucho que pusiera a su bebé en una situación donde no lo pudiera proteger.

Pero como siempre he leído sobre personas que trabajan con animales, ya sean fotógrafos, trabajadores de zoológico o naturalistas, lo único absolutamente seguro es que son impredecibles. Lamentablemente, Steve lo confirmó el 4 de septiembre de este año. Estaba grabando un documental en un arrecife coralino al norte de Australia, y pasó demasiado cerca de una pastinaca o sting ray (NO una mantarraya; vean las fotos que enlacé con los nombres). Estas rayas son seres sumamente pacíficos, que sólo atacan con su aguijón venenoso (que está en la base de la cola) cuando se sienten amenazadas. La raya levantó su aguijón, y atravesó el pecho de Steve, que se le clavó en el corazón y le produjo un infarto que le acabó la vida casi instantáneamente.

Muchos dirían que fue una muerte estúpida: el hombre manejó animales peligrosísimos toda la vida (su primer especial para Animal Planet fue la búsqueda de las diez serpientes más venenosas del mundo), y lo mató un animal sumamente tranquilo en un incidente que es fatal muy rara vez. Yo digo que más estúpido es la serie de pastinacas muertas que se han encontrado en las playas de Queensland unas semanas después de la muerte de Steve. Si acaso, es prueba de lo mucho que la gente lo quería, pero ni que las rayas tuvieran la culpa.

Obviamente el hombre murió como él hubiera querido morir, pero él quería vivir. Estaba lleno de vida, lleno de amor por el mundo animal que lo rodeaba. Y mucha gente compartía su entusiasmo; el hombre era imposible de no querer, no importa cuánto desesperaba. En un acto conmemorativo, muchas personalidades alrededor del mundo le rindieron tributo, como Russell Crowe, Hugh Jackman, Cameron Díaz, Justin Timberlake, Kevin Costner, David Wenham y su hija Bindi, quien llamó a su papá “su héroe”.

Me uno al sentimiento de un hombre que hizo tanto por los animales como el famoso español Félix Rodríguez de la Fuente, y su muerte ha entristecido al mundo. Como alguien en su funeral dijo: “No estén tristes por él, pues él está en paz; estén trsites por los animales, pues han perdido a su mejor amigo.”

Hay un wallpaper conmemorativo que Animal Planet sacó para conmemorar la vida de Steve. Dice: “Te extrañaremos, amigo. Steve Irwin: 1962-demasiado pronto.”