Me uno al club

Cómo me siento al entrar a redes sociales.

Una de las cosas que no extrañaba de emigrar fue la constante tensión que había en el ámbito político. Y créanme, lo viví de cerca, siendo periodista primero en El Nacional y luego en Últimas Noticias y Sexto Poder. Hasta incluso, siendo jefe de prensa de alguien tan ecuánime como Hiram Gaviria, fue imposible escapar del ocasional ataque tanto por parte del gobierno como de la oposición. Traté en la medida de lo posible de ser imparcial, de tratar de ver las dos caras de la moneda, pero es tanto el daño que el chavismo ha hecho en Venezuela que ser ni-ni ya no es una opción. (Estoy seguro que jamás podría escribir esta lista hoy en día, amén que el séptimo punto ya no aplica.)

Al llegar a Estados Unidos, para mi tristeza, ya empezaban aires parecidos. Trump había cumplido un año en el poder, y las divisiones políticas tenían ya cierto tiempo, desde finales del primer mandato de Barack Obama. Ahora que se acercan las nuevas elecciones, entrar a Twitter y comentar sobre ellas es dolorosa y absurdamente familiar. Y en especial absurdamente en estos tiempos, donde no solo llegamos al punto en que no se puede tener una discusión civilizada sobre política entre contrarios, sino que ya es “o estás conmigo o estás en contra de mí”. Y el presidente que lo dijo primero es ahora considerado un republicano moderado. Quién lo diría.

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Mi tío, el poeta

Subí el año pasado esta foto de nosotros dos juntos a Facebook, donde era un asiduo. Y ahí me respondió: “Un abrazote agradecido, mi queridísimo ahijado y sobrino. ¡Que Dios te bendiga!”

Mi primer recuerdo, o al menos el más lejano que puedo tener, es él, leyéndonos a mi hermano y a mí, una historia que mi hermano recuerda mejor. Por supuesto que siempre tenían que haber libros; eran su vida. De cuatro hermanos, el segundo en nacer, el único varón, fue al que más se le activó el gen de las letras venido de mi abuelo. Y el que tuve encima de mí en la pila bautismal. ¿Quizá allí me lo pasó, el amor por las letras, la comezón por escribir? Quién sabe.

Sólo de adulto supe lo dura que había sido su vida. Su eterno intento de estar bien con Dios, un Dios a quien amaba profundamente, y la sociedad que lo rodeaba, en su condición de homosexual. La ausencia abrupta de sus padres, mis abuelos. Encontrando la paz en las letras, algo que lo llevó finalmente a la membresía de la Academia de la Lengua de Venezuela en 2015.

Pero mi tío decidió tener una vida aparte de la de nosotros, un satélite que orbitaba alrededor de nuestro planeta, separado pero aún una parte integral. En varias ocasiones aún asistía a reuniones con la familia, donde recibía agradecido las atenciones de sus sobrinos, los hijos de su hermana mayor e inmediatamente menor. Nunca fallaba en llamar a mi tía Adriana, la menor de todas, en su cumpleaños. De hecho cuando llamaba se aseguraba que fuera la primera llamada del día, muchas veces cuando los demás dormían. Pero esa no era su vida. No la rechazaba de plano, pero yo entendí como que era una rama en el árbol que era su existencia.

Como su ahijado, cuando decidí que escribir sería lo mío, así sea como periodista, me impuse la presión involuntaria de seguir su ejemplo –y la mayor parte del tiempo fracasé. Al menos en el sentido del que aún no he sido un autor publicado. Pero tuve la dicha de trabajar en un periódico donde tanto él como mi abuelo fueron contribuyentes importantes, en especial en Papel Literario (aún recuerdo su reseña de Brokeback Mountain, el momento donde finalmente asumí que sí, mi padrino era gay, y me dije, “que bien”). Tuve la suerte de que a donde iba y mencionaba que era su sobrino veía el respeto en los ojos. Y siempre traté de estar pendiente de él, tan pendiente como la vida, la inmadurez y él mismo me lo permitieron. Cuando emigré, de los tres libros que me traje, dos eran suyos: su diario y su poemario Mapa del Desalojo, que presentó el día de mi cumpleaños de 2014. ¿Fue esa la última vez que lo vi con vida? No puedo recordarlo ahora. Sé que lo visité por mi cuenta una vez en el anexo que tenía en El Cafetal, otra en su apartamento en El Marqués, y otra vez lo vi en la Plaza Los Palos Grandes. También lo llamé antes de irme. Quiero pensar que lo vi de nuevo luego de 2014, pero la memoria calla cuando le pregunto.

Y ahora, se ha ido. Nunca gozó de la fama de, digamos, Rafael Cadenas, o Eugenio Montejo, pero siempre está en la conversación de nuestros poetas. Pero todo el que lo conoció, lo quiso. Con muy pocas excepciones, mi tío se ganaba el corazón de la gente, no por lo que escribía ni por lo que enseñaba, sino por lo que transmitía con su personalidad, con el calor de su humanidad, con la pureza de su espíritu, por más humano que haya podido ser.

El mundo de las letras es más vacío porque él no está, porque el sentimiento que uno lee en sus versos es de lo más… real que podrían leer. Pero yo también pierdo a mi padrino de bautizo, al único tío materno que tenía. Estoy triste porque no voy a poder despedirme como quisiera, porque no voy a estar ahí para ayudar a consolar a mi mamá y a mi tía, quienes perdieron a su único hermano. Y en estas condiciones de pandemia, que ha hecho que las distancias se multipliquen por mil. Pero me consuela sabiendo que al final, esa fue la vida que quiso vivir. La vida que lo llenaba. La vida que, aunque dura, él la usó para llenarla con la belleza de sus poemas, que leía con esa lenta cadencia, su gruesa voz que siempre sonará en mi cabeza cuando vea algo que realmente me emocione: “¡Pero qué maravilla!”

Descansa en paz, padrino. Espero que cuando finalmente tengas el encuentro con Dios que tanto anhelabas, Él te abrace y te invite a tener esa conversación que sé será tu recompensa final. Saludos a mis abuelos.

Cómo afirmar, pasito, que hoy te quedas

en la dificultad de sonreírte

levantando los hombros, desganado,

y diciéndote con sorna, con ternura,

mañana sí tal vez. Quizá mañana…

— “Patria”, Armando Rojas Guardia

No entiendo

Imagen de George Floyd en los restos del Muro de Berlín. Foto: Omer Messinger / Sipa / AP

Creo entender lo que está pasando en EEUU. Porque he leído. Porque he visto documentales. Porque he visto películas. Porque he hablado con gente de color, expertos en el tema. Parece que entiendo que este país tiene un problema de racismo sistémico, que surge desde que un grupo de africanos secuestrados fue traído a las costas de Virgina en 1619 (hasta escuché gran parte del podcast que hizo el New York Times al respecto).

Creo entender lo bastante para estar indignado por lo que le pasó a George Floyd. Así como me asqueé cuando mataron a Eric Gardner. A Trayvon Martin. A Michael Brown. Vi cómo ardió Los Ángeles cuando los policías que atacaron a Rodney King fueron absueltos, algo demasiado parecido a lo que ocurre ahora en todo el país. Y veo que nada ha cambiado entre 1992 y 2020 en cuanto a como se tratan los negros en EEUU.

Creo entender por qué esta pandemia ha afectado a la población afroamericana de manera tan desproporcional: porque en un sistema de por sí ya roto, ellos tienen poco acceso a él. Tienen más condiciones como diabetes, obesidad e hipertensión. Tienen menos ahorros. Y en muchos casos siguen yendo a trabajar, porque no se pueden dar el lujo de no hacerlo.

Y entiendo demasiado bien que eso muchas veces quiere decir que hay negros llevados por resentimiento, temor, rabia y odio. No tienen acceso a la educación que yo he tenido, aún viniendo de un “país tercermundista”. Así que maltratan aún al que no haya maltratado. Por supuesto que no está bien. Yo no me merezco que me quieran joder ni irse sin pagar. No merezco que traten por todas las maneras que les perdonen la cuenta “porque no les gustó el servicio”. Son gente que ha sido maltratada por el sistema y entonces lo maltratan a uno. Fuck you, les digo a esos. Hacen quedar mal a los que llegan con una sonrisa y reconocen un buen trabajo. Hacen quedar mal a los que han trabajado el doble de duro que un blanco sin nunca robar y han llegado lejos —muy lejos.

Pero no entiendo.

No entiendo porque sencillamente no soy negro. No entiendo por qué, de acuerdo con el libro Bleeding Out de Thomas Abt, entre 1976 y 2005, en 94% de los casos de víctimas de asesinato afroamericanas, el asesino también era negro. (En el 83% de los casos que era blanco, también era blanco el asesino.) Pero no entiendo por qué un negro es 2,5 veces más probable que muera a manos de la policía que un blanco. No entiendo por qué uno de cada mil negros puede esperar morir de esa manera. No entiendo por qué dicen que puede ser debido al crimen. De acuerdo con el sitio web Mapping Police Violence –que recoge estadísticas sobre violencia policial en EEUU– en Buffalo, Nueva York (pob.: 258.959), con 50% de la población de color y un promedio de 12 crimenes violentos por cada 1000, entre 2013 y 2016 no hubo una muerte a manos de la ley; en la ciudad donde vivo, Orlando, Florida (pob.: 255.843), con 42% de la población negra y 9 de cada 1000 crímenes violentos, en ese mismo período hubo 13 asesinatos por parte de la policía.

No entiendo.

Sí que entiendo, eso sí, cómo un presidente puede atizar las llamas de una situación. Díganme la diferencia entre decir esto y decir esto. Un hombre que desde el principio ha trabajado para incrementar las divisiones ya existentes en EEUU, que ha buscado poner en los puestos más claves de su Gobierno a gente leal y no a gente preparada, que rehúye de las opiniones expertas porque cree que él sabe más que los demás. Un hombre que ha convertido el partido de Abraham Lincoln a su imagen y semejanza, es decir, una partida de racistas antidemocráticos que, o siguen a ese hombre en su odio y miseria, o hacen lo que dice por temor (con una notable excepción). Un hombre que está creando un caldo de cultivo para que este país se termine de ir a la mierda porque ya están surgiendo demasiadas voces de extrema izquierda para tratar de hacerle contrapeso. Bernie Sanders no ganó esta vez, pero allí están Alexandra Ocasio-Cortez e Ilhan Omar, sólo para mencionar a las dos más prominentes. Porque cuando el odio se usa como arma, es tan poderosa como la comprensión. Es lo que llevó a Chávez al poder. Es lo que llevó a Trump al poder (entre otras cosas). ¿A quién llevará al poder en 2025? (Asumiendo, claro, que Trump no sólo pierda, sino que entregue el poder este año.)

No entiendo en qué momento Trump pensó que estaba en peligro y se escondió en su bunker, en vez de tratar de calmar la situación.

Pero no entiendo.

No entiendo por qué el movimiento Black Lives Matter aún se trata de criticar. No entiendo por qué no ven que al decir “All Lives Matter”, aunque es completa y totalmente cierto (amo esta ilustración de Edo al respecto), están tratando de insinuar que los negros desconocen su propia realidad, que están siendo egoístas. En esta columna para Harper’s Bazaar, Rachel Elizabeth Cargle da dos ejemplos perfectos (traducción mía):

Si un paciente siendo llevado a la sala de emergencia luego de un accidente apuntara a su pierna destrozada y dijera, ‘Esto es lo que importa ahora’, y el doctor viera los rasguños y golpes de otras áreas y replicara, ‘Pero todo usted importa’, ¿no existiría la pregunta de por qué no muestra la urgencia de atender lo que está más a riesgo? En un evento para recaudar fondos para salvar una biblioteca local en decadencia, nunca verían una horda de gente de la ciudad de al lado llegar furiosas y ofendidas gritando ‘¡Todas las bibliotecas importan!’ –especialmente cuando la suya ya está con buen presupuesto. (…) Mi mensaje personal a aquellos comprometidos a decir que ‘todas las vidas importan’ en medio del trabajo que busca justicia del mivimiento Black Lives Matter: demuéstrenlo. Señalen las maneras en que nuestra sociedad –particularmente los sistemas puestos para proteger a los ciudadanos como oficiales de policía y doctores y oficiales electos– están apareciendo para servir y proteger las vidas negras.

“Why You Need To Stop Saying ‘All Lives Matter”, Rachel Elizabeth Cargle

(Nota al pie, en nombre de la objetividad: el movimiento tiene, obviamente, un dejo de extrema izquierda en algunos de sus líderes que no comparto para nada. Y es notable que, aunque es muy válido y hasta loable que busquen eliminar los problemas del sistema que perjudican al punto de la muerte a las comunidades negras, han fallado en ser igual de vocíferos en contra de la violencia de pandillas en las principales ciudades de EEUU. No es suficiente para no apoyarlos, pero no me jodan, tampoco soy ciego.)

No entiendo los saqueos.

No entiendo qué van a lograr más que desahogar la rabia. Pero los destrozos quedan.

No entiendo quién puede pensar que eso es la mayoría. No entiendo cómo pueden negar una lucha que ha seguido por casi doscientos años. No entiendo por qué creen que es culpa de los negros. No entiendo por qué esta es una conversación que aún se tiene, una situación que ni siquiera mejoró al tener a un presidente afroamericano (de hecho empeoró).

Y antes que se me olvide, no entiendo cómo una policía puede matar más 1.200 personas en un país y no ocurre nada ni parecido a lo que sucede en EEUU. Y aún hay idiotas que creen que hay que apoyar un régimen así.

Curi

En el año 2007, Twitter en Venezuela era el equivalente a una pequeña aldea, donde sólo algunos felices habitantes tenían su conuquito virtual, tratando de deducir este nuevo mundo en el que nos movíamos. Hubo una que lo tomó de frente, y convirtió su parcela en una hacienda, a punto de mucho trabajo. Se llamó a sí misma Curiosa precisamente porque la curiosidad fue la que la llevó a investigar cuanto pudiera de este incipiente mundo de blogs, Twitter y eso que llamaban “la web 2.0”.

Pero para un grupo de afortunados, Curiosa era Curi. Hasta la llegamos a llamar por su nombre verdadero, pero sólo en persona, porque se cuidaba muchísimo de tenerlo en Internet (y aquí no va a aparecer tampoco). Nos dimos el lujo hasta de llamarla amiga, en mi caso, así sea por breves momentos. Demasiado breves. Porque Curi era de esas personas que te hacen sentir afortunado a los cinco minutos de hablar con ella, porque era inteligente, divertidísima y super articulada.

Creo que mi fortuna fue completa pues la conocí en la premiere de Caracas de una peliculita llamada Avatar, o sea que hablamos de hace ya más de diez años. Estaba con mi hermano, mi compadre y una pareja de ese mundo bloguero de entonces, cuando llega esta belleza de mujer como del tamaño de un llavero, y ni recuerdo ahora qué me dijo, sólo recuerdo que nos reímos y nos abrazamos, finalmente conociéndonos luego de dos años tuiteando el uno al otro. Un incidente con un tequeño y ella y más risas. Un día que recuerdo con mucho cariño.

Curi me apoyó mucho en mi camino en las redes sociales. Me reclamaba mucho cuando yo cometía un error. Pero también me confió sus desamores y yo los míos. Todos la vimos rescatar a un cristofué y encariñarse con él, esperando con la misma cantidad de terror y alegría el momento en que lo iba a dejar libre. Y en especial fue de las primeras que destacó el caso de agricultor Franklin Brito, un caso que llevó con la pasión única que la caracterizaba. Porque así como era generosa para compartir su conocimiento era generosa para dar un hombro, y super cuidadosa en quién confiaba. Así supe de “su grandote”, así supo ella de mi divorcio.

Pero si algo te tenía Curi, era que no daba a medias tintas. Te equivocabas con ella, te quedabas equivocado. En 2011 –o quizá después, no lo sé– algo le dije o lo dije mal. No se indignó, se arrechó, y me bloqueó, y hasta ahí hablamos. Nunca pude saber qué fue lo que la molestó tanto, y ahora nunca lo voy a saber.

En la mañana del domingo, Curi montaba su bicicleta por una avenida en Caracas. Había una alcantarilla sin hueco, y por esquivar el hueco, algún conductor la atropelló y, a pesar de tener un centro de salud cercano, no se detuvo a ayudarla y se dio a la fuga. Alguien la encontró inconsciente y muy mal herida y Protección Civil la asistió y la llevó a la clínica. Pero los daños fueron demasiado graves, y hoy en la madrugada se nos fue.

Por supuesto pienso en sus padres, de quienes ella estaba tan pendiente, a quienes cuidaba muchísimo. Pero también pienso en cómo su partida –me da tanto dolor llamarla muerte– refleja tanto de lo que está mal en mi país: pobres infraestructuras, ningún mantenimiento a las vias, y una falta de solidaridad aún con un herido de muerte. Temor a la justicia, temor a la falta de atención médica, tenor, temor, temor.

Y claro, lamento que te nos hayas ido, Curi. Lamento que nunca hubiéramos hecho las paces. Lamento no saber qué pude hacer para reconectar, aún sabiendo dónde encontrarte. Si acaso, me ayudas ahora a decidirme a nunca dejar pasar de nuevo la oportunidad de decirle a la gente que considero especial que en efecto es eso, especial para mí.

Entonces aquí te dejo este sencillo homenaje, algo que escribo de corazón, para dejar claro que eras para muchos un ser especial, ya sea sólo por lo que compartías en redes o por lo que compartías con los que tuvimos la bendición de conocerte en persona. Espero que nos sigas viendo desde arriba, que tus padres estén bien, que todos los que nos conocíamos desde esos inicios aprendamos de ti que la vida es una sola, que la vivamos como la viviste tú, al pleno y de lleno, que aprecies cada cosa buena que te pase.

Descansa en paz, Curi. Espero tener la suerte de verte otra vez. A ver si me formas mi peo por lo que dije y nos abrazamos otra vez.

24 meses

“The Lonely Writer”. Prathap Karuakaran.

Una gran diferencia pero siempre igual. Así llego a los dos años que me fui de Venezuela hasta Orlando. Mientras escribo esto, esperando a que Diana esté lista para llevarla al colegio, afuera está saliendo el sol por primera vez en dos días, cargados de un clima más acorde a Londres que a la Florida. Eso sí, aún sigue el feels like de 10ºC. Tengo tres cosas que hacer que se sienten como veinte antes de ir al trabajo a las 3:45 pm, una de las cuales requiere un esfuerzo físico para las que ya no debería estar pero bueno, “eto e lo ke hai”.

Pero ya no hay el miedo y la incertidumbre, aunque casi perenne, no tiene la misma fuerza.

Cambié el Ávila por árboles cercanos. Cambié las guacamayas, cristofués y zamuros por cuervos, paraulatas y arrendajos (y sí, aún hay zamuros). Cambié los rabipelaos atropellados por mapaches atropellados. Cambié un escritorio por un delantal, un quince y último por un gracias por su generosidad. Cambié una madre por una pareja, un hermano por una hija. Y sí, por supuesto que cambié yo.

Como le dije a Yadi esta mañana, no fue fácil dejar de vivir como un veinteañero luego de veinte años haciéndolo. Aunque me mantengo de mente joven (siempre lo diré: “crecer es inevitable; madurar es opcional”), cuando le agregas el “co” a la dependencia, es necesario volverse adulto al menos 70% del tiempo. Ya piensas cuándo ir al cine, cuándo comer afuera, cuándo comprarte una ropa nueva. Ya sabes que lo que te vayas a comprar va a hacer que otra cosa espere. Y la tecnología se vuelve amiga muy, muy cercana. Tan es así que mi mamá aprendió a usar WhatsApp para poder comunicarse conmigo.

Mi experiencia como inmigrante es también la misma pero distinta a la de la mayoría. Yo llegué a un país del que soy ciudadano, donde hablo el idioma perfectamente y con la enorme bendición de que no estoy solo ni mucho menos mal acompañado. Pude conseguir un trabajo bueno con relativa rapidez que me ha ayudado a mantener un alquiler, ayudar con los gastos de un carro y hasta comprarme un buen televisor, sin mencionar todos los libros que he querido/podido y mantener no una, sino tres mascotas (Sky el agapornis está posado en mi hombro mientras escribo esto).

Por otro lado, uno descubre que ha vivido en un país incompleto. Que la única forma de realmente salir adelante es trabajando. Que uno, quizá sin querer, alienta la corrupción por querer que las cosas salgan más rápido (en vez de a su paso) o para no pagar las consecuencias (para no cambiar el status quo). Que así tengas la mejor pareja del mundo (que la tengo) necesitas amigos y familiares cercanos también. Soy el más viejo por mucho en mi trabajo actual y, aunque me tratan con respeto y a veces hasta con cariño, no puedo decir que tengo amigos. Y aún así está el factor tiempo y ocupación: Un auténtico amigo se vino con la familia hace un año, está a una hora de distancia y por una u otra razón no nos hemos podido ver; una amiga vive a veinte minutos y nos hemos visto una sola vez. Hoy lo vivo de manera particular que tengo que cargar un sofá (dos, si cuentan del que me voy a deshacer) y no tengo a nadie con quien contar.

Pero veo hacia el futuro y sólo veo cosas buenas. Veo planes que se pueden llevar a cabo, veo más posibilidades de crecimiento. Sé que no puedo esperar a que las cosas me lleguen solas, tengo que crearlas yo. Sé que tengo aún muchísimo que aprender, en especial sobre ser papá, y sé que aún me equivocaré mucho en el camino. Todo empieza con un pasito, un riesgo, una decisión tomada.

No dejo de extrañar a los míos ni a la Caracas con la que crecí, eso no se deja atrás no importa qué tan lejos viaje. Pero tampoco dejo que esos sean lastres para impedirme avanzar a una mejor vida. Sé que se puede y se podrá. Gracias a todos aquellos que me apoyan y me siguen apoyando desde el primer día, en especial a Yadi y Diana que todos los días están ahí viéndome darle un día a la vez. A todos, sepan que ni a ustedes ni a mí mismo los desilusionaré.

Ahora permiso, que debo meter la ropa en la secadora.

Escribir cuando no hay nada de qué escribir

Photo by Negative Space

Hace unos minutos tuiteé orgulloso que, luego de diez años (¿o fueron doce?) de activado, al fin este blog tiene una dirección apropiada, hasta original, diría yo. No les voy a mentir, fue un momento de bastante orgullo, bautizar Mi Mente En Letras con nombre propio luego de tanto tiempo, primero en Blogger y luego por acá. Antes ya había reclamado mi propio espacio con mi nombre, pero darle una URL a mi blog, mi primera presencia verdadera online, lo consideré un hito.

Y luego pasé dos meses sin escribir nada en él. (Digo dos meses sabiendo que es más, pero digo dos because shame.)

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Enemigos de mis enemigos

Atendiendo a una familia mexicana, me preguntaron si, ante los acontecimientos que estaban sucediendo en Venezuela, regresaría a mi país. “Pareciera que ahora sí, con el favor de Dios”, me dijo el padre. Le comenté, repitiendo sin saber las palabras de Manuel García, que volver por supuesto, que tenía a toda mi familia allá, pero regresar no creía. Era la primera vez que lo decía en voz alta.

Y al día siguiente, una pareja inglesa me hizo la pregunta semi incómoda.

–¿Y es verdad que este nuevo joven está siendo apoyado por Estados Unidos?

–Estados Unidos es uno de 40 países que lo apoyan— respondí.

–Sí, pero me explico: ¿es verdad que todo esto es una artimaña de Estados Unidos?

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Hacia adelante

Image: Photoangel

Hablemos un segundo (zas) del tiempo. Tratemos de imaginar lo realmente insignificante que somos en términos cosmológicos. Si reducimos toda la historia del Universo en un año, como se ha hecho varias veces, el Homo sapiens habría aparecido a las 11:30 de la noche del 31 de diciembre. Y esos son casi dos millones de años de historia. Reducidos a 1.800 segundos. Te pone a pensar, ¿no?

El tiempo es algo que parece lo más constante que hay pero en realidad cambia en cuanto cambia la perspectiva de quien lo ve. Un segundo es una eternidad para el que llegó de segundo en los cien metros planos, una hora no es nada para el que está por despedir a un ser querido. En un minuto puede cambiar todo para la que espera el resultado de una prueba de embarazo. En un día puede que a un empleado promedio no le pase… nada.

A la vez, el tiempo puede ser eterno y efímero. Hay días que parecen durar unos minutos, otros se extienden más allá de sus 24 horas. Y créanme que les digo, pocas cosas te cambian tanto como el momento en el que te decides a ser uno de esos venezolanos que no pudo, no quiso o no aceptó quedarse en un país que lo es cada vez menos.

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La solidaridad y otras debacles

Quítale al ser humano lo más básico, y observa cuánto tarda en revertir a un estado tan parecido al animal, que uno de verdad se pregunta qué tan lejos estamos del simio, o quizá alguna otra especie menos parecida a nosotros. Porque luego de varios años viendo documentales de animales en televisión, les puedo decir que aún en ciertas especies que podríamos considerar inferiores existen cosas como compasión y solidaridad.

Esta mañana veía un episodio de la serie documental Blue Planet II, de la BBC, narrado por el naturalista David Attenborough, el primer episodio de los cuales cierra con una grave advertencia del estado en que está el Ártico. Se ha perdido 40% del hielo en el Polo Norte en los últimos años, y eso significa un alza en los niveles del mar. Para los animales que dependen del hielo para sobrevivir, eso también es un reto.

El equipo de Attenborough se enfoca esta vez en un grupo de morsas cerca de las costas de Canadá. Las hembras necesitan espacios para que sus jóvenes crías puedan descansar luego de mucho nadar, y una playa de tierra firme no es el mejor sitio; aunque las morsas son sociables, son hurañas como viejos cascarrabias, y están constantemente empujándose y golpeándose con los colmillos. Considerando además que cada adulto pesa más de una tonelada, y las crías escasos ochenta kilos, no es el mejor sitio para una guardería.

De modo que las morsas deben salir al hielo para que las crías descansen, ya que no tienen la fuerza para mantenerse a flote mucho tiempo, amén del peligro que representan los tiburones y las orcas. De hecho, hay una escena particularmente tierna de una hembra que sostiene con sus aletas delanteras a su cría como una madre humana sosteniendo a su bebé para que no se hundiera. El problema es que hay cada vez menos trozos de hielo que puedan sostener a la madre y al cachorro, y los que hay están fuertemente ocupados por hembras que tuvieron la idea primero.

En su desespero, una hembra se monta a empujones sobre un bloque de hielo en particular, lo que causa una conmoción entre las que ya estaban ocupando el sitio, a tal extremo que el hielo se desbarata y todo el mundo vuelve al mar. Como narra Attenborough, aquí todo el mundo perdió; es hora de volver todo el mundo a nadar para tratar de encontrar refugio, o las crías se cansarán hasta ahogarse.

Los paralelismos que vi esta semana en Venezuela con esta situación fueron muy chocantes.

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La inutilidad del panda, o por qué necesitamos lo tierno

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Adorable. ¿Pero para qué te mantenemos?
Foto: Sheilalau at English Wikipedia – Transferida desde en.wikipedia a Commons., Dominio Público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=2266960

A finales del año pasado, luego que subí una foto de un panda de origami a mi cuenta en Instagram, celebrando la noticia que el adorable osito blanco y negro ya no es considerado una especie en peligro de extinción (sino vulnerable), una muy querida amiga me escribió con su inusual sentido del humor: “Hola. El panda es el animal más inútil del mundo. Gracias”.

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