24 meses

“The Lonely Writer”. Prathap Karuakaran.

Una gran diferencia pero siempre igual. Así llego a los dos años que me fui de Venezuela hasta Orlando. Mientras escribo esto, esperando a que Diana esté lista para llevarla al colegio, afuera está saliendo el sol por primera vez en dos días, cargados de un clima más acorde a Londres que a la Florida. Eso sí, aún sigue el feels like de 10ºC. Tengo tres cosas que hacer que se sienten como veinte antes de ir al trabajo a las 3:45 pm, una de las cuales requiere un esfuerzo físico para las que ya no debería estar pero bueno, “eto e lo ke hai”.

Pero ya no hay el miedo y la incertidumbre, aunque casi perenne, no tiene la misma fuerza.

Cambié el Ávila por árboles cercanos. Cambié las guacamayas, cristofués y zamuros por cuervos, paraulatas y arrendajos (y sí, aún hay zamuros). Cambié los rabipelaos atropellados por mapaches atropellados. Cambié un escritorio por un delantal, un quince y último por un gracias por su generosidad. Cambié una madre por una pareja, un hermano por una hija. Y sí, por supuesto que cambié yo.

Como le dije a Yadi esta mañana, no fue fácil dejar de vivir como un veinteañero luego de veinte años haciéndolo. Aunque me mantengo de mente joven (siempre lo diré: “crecer es inevitable; madurar es opcional”), cuando le agregas el “co” a la dependencia, es necesario volverse adulto al menos 70% del tiempo. Ya piensas cuándo ir al cine, cuándo comer afuera, cuándo comprarte una ropa nueva. Ya sabes que lo que te vayas a comprar va a hacer que otra cosa espere. Y la tecnología se vuelve amiga muy, muy cercana. Tan es así que mi mamá aprendió a usar WhatsApp para poder comunicarse conmigo.

Mi experiencia como inmigrante es también la misma pero distinta a la de la mayoría. Yo llegué a un país del que soy ciudadano, donde hablo el idioma perfectamente y con la enorme bendición de que no estoy solo ni mucho menos mal acompañado. Pude conseguir un trabajo bueno con relativa rapidez que me ha ayudado a mantener un alquiler, ayudar con los gastos de un carro y hasta comprarme un buen televisor, sin mencionar todos los libros que he querido/podido y mantener no una, sino tres mascotas (Sky el agapornis está posado en mi hombro mientras escribo esto).

Por otro lado, uno descubre que ha vivido en un país incompleto. Que la única forma de realmente salir adelante es trabajando. Que uno, quizá sin querer, alienta la corrupción por querer que las cosas salgan más rápido (en vez de a su paso) o para no pagar las consecuencias (para no cambiar el status quo). Que así tengas la mejor pareja del mundo (que la tengo) necesitas amigos y familiares cercanos también. Soy el más viejo por mucho en mi trabajo actual y, aunque me tratan con respeto y a veces hasta con cariño, no puedo decir que tengo amigos. Y aún así está el factor tiempo y ocupación: Un auténtico amigo se vino con la familia hace un año, está a una hora de distancia y por una u otra razón no nos hemos podido ver; una amiga vive a veinte minutos y nos hemos visto una sola vez. Hoy lo vivo de manera particular que tengo que cargar un sofá (dos, si cuentan del que me voy a deshacer) y no tengo a nadie con quien contar.

Pero veo hacia el futuro y sólo veo cosas buenas. Veo planes que se pueden llevar a cabo, veo más posibilidades de crecimiento. Sé que no puedo esperar a que las cosas me lleguen solas, tengo que crearlas yo. Sé que tengo aún muchísimo que aprender, en especial sobre ser papá, y sé que aún me equivocaré mucho en el camino. Todo empieza con un pasito, un riesgo, una decisión tomada.

No dejo de extrañar a los míos ni a la Caracas con la que crecí, eso no se deja atrás no importa qué tan lejos viaje. Pero tampoco dejo que esos sean lastres para impedirme avanzar a una mejor vida. Sé que se puede y se podrá. Gracias a todos aquellos que me apoyan y me siguen apoyando desde el primer día, en especial a Yadi y Diana que todos los días están ahí viéndome darle un día a la vez. A todos, sepan que ni a ustedes ni a mí mismo los desilusionaré.

Ahora permiso, que debo meter la ropa en la secadora.

Hacia adelante

Image: Photoangel

Hablemos un segundo (zas) del tiempo. Tratemos de imaginar lo realmente insignificante que somos en términos cosmológicos. Si reducimos toda la historia del Universo en un año, como se ha hecho varias veces, el Homo sapiens habría aparecido a las 11:30 de la noche del 31 de diciembre. Y esos son casi dos millones de años de historia. Reducidos a 1.800 segundos. Te pone a pensar, ¿no?

El tiempo es algo que parece lo más constante que hay pero en realidad cambia en cuanto cambia la perspectiva de quien lo ve. Un segundo es una eternidad para el que llegó de segundo en los cien metros planos, una hora no es nada para el que está por despedir a un ser querido. En un minuto puede cambiar todo para la que espera el resultado de una prueba de embarazo. En un día puede que a un empleado promedio no le pase… nada.

A la vez, el tiempo puede ser eterno y efímero. Hay días que parecen durar unos minutos, otros se extienden más allá de sus 24 horas. Y créanme que les digo, pocas cosas te cambian tanto como el momento en el que te decides a ser uno de esos venezolanos que no pudo, no quiso o no aceptó quedarse en un país que lo es cada vez menos.

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