Mi tía, mi segunda mamá

En diciembre de 2016.

“Finalmente descansó”, fue lo primero que pensé. Lo que más necesitaba, lo que más le hacía falta. No hacía sino sufrir, bien fuera por enfermedad o por soledad. Rodeada de amor pero sin la gente que significaba tanto en su vida. Y así lo aceptó. Pero necesitaba descansar. Y finalmente, lo hizo.

Era mi madrina de bautizo. Ahí estuvo, con mi tío Armando. Me vio a cada instante de mi crecimiento. Siempre pendiente de mí, de nosotros. Crió a una hija y a un hijo. Vio al amor de su vida lentamente degenerarse, víctima de la crueldad que es Alzheimer’s. Vio a su padre irse. Vio a su madre irse. Vio a sus hijos irse del país a buscar su vida propia.

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Deja que nieve. En serio

instagram.com/teresitacc
“El Día Después De Mañana, versión Madrid”, por Teresita Cerdeira

Si están en redes sociales, creo que es imposible que no se hayan enterado que la capital de España está dentro de su nevada más intensa en muchos años. Llamada Filomena, ha causado cuatro muertos, ha obligado a rescatar a más de 15.000 personas y tiene en alerta máxima a cuatro provincias del país. Y no olvidemos que España ha sido uno de los países más fuertemente golpeados por el COVID-19, al punto que acaban de registrar su segundo peor día desde que la pandemia inició.

Pero por otro lado, la nevada ha proveído al país un inusual escape del agobio. En la Gran Vía de Madrid, se desató una batalla campal… de bolas de nieve. Hay un tipo paseando un perro vestido de tiranosaurio. Un hombre en un trineo tirado por perros. Esculturas de nieve un tanto… adultas. Aquí tienen una recopilación, pero cualquier búsqueda en redes muestra a gente gozando la nevada como si fuesen niños.

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La vida puede ser una comedia

Portada de Bien, Gracias, ¿Y Usted?, de Quino (1976)

Como buen fan del “stand-up” que soy, me llamó mucho la atención la carrera de Chris “Crazy Legs” Fonseca, un comediante chicano que nació con parálisis cerebral. Durante mucho tiempo, así empezaba su rutina: “Hola, soy latino y discapacitado. Saben lo que quiere decir eso: si me hacen enojar, saco un cuchillo y los dos nos lastimamos”. Y más adelante: “Me mandaron a pasar las vacaciones con mis padres. Dios, cómo odio los cementerios…”

Cuando hablo de Fonseca, muchas veces tengo reacciones encontradas. Lo admito, no es fácil verlo en escena, y a veces es menos fácil entenderle. Y hay algo aún más extraño sobre el hecho que pareciera burlarse de sí mismo. Pero las reacciones que tiene del público son realmente únicas. Sin mencionar que, al menos a mi parecer, es graciosísimo. Miren cómo empieza su biografía: “¿Qué hacen ustedes con la adversidad? Yo me río de ella”.

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Me uno al club

Cómo me siento al entrar a redes sociales.

Una de las cosas que no extrañaba de emigrar fue la constante tensión que había en el ámbito político. Y créanme, lo viví de cerca, siendo periodista primero en El Nacional y luego en Últimas Noticias y Sexto Poder. Hasta incluso, siendo jefe de prensa de alguien tan ecuánime como Hiram Gaviria, fue imposible escapar del ocasional ataque tanto por parte del gobierno como de la oposición. Traté en la medida de lo posible de ser imparcial, de tratar de ver las dos caras de la moneda, pero es tanto el daño que el chavismo ha hecho en Venezuela que ser ni-ni ya no es una opción. (Estoy seguro que jamás podría escribir esta lista hoy en día, amén que el séptimo punto ya no aplica.)

Al llegar a Estados Unidos, para mi tristeza, ya empezaban aires parecidos. Trump había cumplido un año en el poder, y las divisiones políticas tenían ya cierto tiempo, desde finales del primer mandato de Barack Obama. Ahora que se acercan las nuevas elecciones, entrar a Twitter y comentar sobre ellas es dolorosa y absurdamente familiar. Y en especial absurdamente en estos tiempos, donde no solo llegamos al punto en que no se puede tener una discusión civilizada sobre política entre contrarios, sino que ya es “o estás conmigo o estás en contra de mí”. Y el presidente que lo dijo primero es ahora considerado un republicano moderado. Quién lo diría.

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Mi tío, el poeta

Subí el año pasado esta foto de nosotros dos juntos a Facebook, donde era un asiduo. Y ahí me respondió: “Un abrazote agradecido, mi queridísimo ahijado y sobrino. ¡Que Dios te bendiga!”

Mi primer recuerdo, o al menos el más lejano que puedo tener, es él, leyéndonos a mi hermano y a mí, una historia que mi hermano recuerda mejor. Por supuesto que siempre tenían que haber libros; eran su vida. De cuatro hermanos, el segundo en nacer, el único varón, fue al que más se le activó el gen de las letras venido de mi abuelo. Y el que tuve encima de mí en la pila bautismal. ¿Quizá allí me lo pasó, el amor por las letras, la comezón por escribir? Quién sabe.

Sólo de adulto supe lo dura que había sido su vida. Su eterno intento de estar bien con Dios, un Dios a quien amaba profundamente, y la sociedad que lo rodeaba, en su condición de homosexual. La ausencia abrupta de sus padres, mis abuelos. Encontrando la paz en las letras, algo que lo llevó finalmente a la membresía de la Academia de la Lengua de Venezuela en 2015.

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No entiendo

Imagen de George Floyd en los restos del Muro de Berlín. Foto: Omer Messinger / Sipa / AP

Creo entender lo que está pasando en EEUU. Porque he leído. Porque he visto documentales. Porque he visto películas. Porque he hablado con gente de color, expertos en el tema. Parece que entiendo que este país tiene un problema de racismo sistémico, que surge desde que un grupo de africanos secuestrados fue traído a las costas de Virgina en 1619 (hasta escuché gran parte del podcast que hizo el New York Times al respecto).

Creo entender lo bastante para estar indignado por lo que le pasó a George Floyd. Así como me asqueé cuando mataron a Eric Gardner. A Trayvon Martin. A Michael Brown. Vi cómo ardió Los Ángeles cuando los policías que atacaron a Rodney King fueron absueltos, algo demasiado parecido a lo que ocurre ahora en todo el país. Y veo que nada ha cambiado entre 1992 y 2020 en cuanto a como se tratan los negros en EEUU.

Creo entender por qué esta pandemia ha afectado a la población afroamericana de manera tan desproporcional: porque en un sistema de por sí ya roto, ellos tienen poco acceso a él. Tienen más condiciones como diabetes, obesidad e hipertensión. Tienen menos ahorros. Y en muchos casos siguen yendo a trabajar, porque no se pueden dar el lujo de no hacerlo.

Y entiendo demasiado bien que eso muchas veces quiere decir que hay negros llevados por resentimiento, temor, rabia y odio. No tienen acceso a la educación que yo he tenido, aún viniendo de un “país tercermundista”. Así que maltratan aún al que no haya maltratado. Por supuesto que no está bien. Yo no me merezco que me quieran joder ni irse sin pagar. No merezco que traten por todas las maneras que les perdonen la cuenta “porque no les gustó el servicio”. Son gente que ha sido maltratada por el sistema y entonces lo maltratan a uno. Fuck you, les digo a esos. Hacen quedar mal a los que llegan con una sonrisa y reconocen un buen trabajo. Hacen quedar mal a los que han trabajado el doble de duro que un blanco sin nunca robar y han llegado lejos —muy lejos.

Pero no entiendo.

No entiendo porque sencillamente no soy negro. No entiendo por qué, de acuerdo con el libro Bleeding Out de Thomas Abt, entre 1976 y 2005, en 94% de los casos de víctimas de asesinato afroamericanas, el asesino también era negro. (En el 83% de los casos que era blanco, también era blanco el asesino.) Pero no entiendo por qué un negro es 2,5 veces más probable que muera a manos de la policía que un blanco. No entiendo por qué uno de cada mil negros puede esperar morir de esa manera. No entiendo por qué dicen que puede ser debido al crimen. De acuerdo con el sitio web Mapping Police Violence –que recoge estadísticas sobre violencia policial en EEUU– en Buffalo, Nueva York (pob.: 258.959), con 50% de la población de color y un promedio de 12 crimenes violentos por cada 1000, entre 2013 y 2016 no hubo una muerte a manos de la ley; en la ciudad donde vivo, Orlando, Florida (pob.: 255.843), con 42% de la población negra y 9 de cada 1000 crímenes violentos, en ese mismo período hubo 13 asesinatos por parte de la policía.

No entiendo.

Sí que entiendo, eso sí, cómo un presidente puede atizar las llamas de una situación. Díganme la diferencia entre decir esto y decir esto. Un hombre que desde el principio ha trabajado para incrementar las divisiones ya existentes en EEUU, que ha buscado poner en los puestos más claves de su Gobierno a gente leal y no a gente preparada, que rehúye de las opiniones expertas porque cree que él sabe más que los demás. Un hombre que ha convertido el partido de Abraham Lincoln a su imagen y semejanza, es decir, una partida de racistas antidemocráticos que, o siguen a ese hombre en su odio y miseria, o hacen lo que dice por temor (con una notable excepción). Un hombre que está creando un caldo de cultivo para que este país se termine de ir a la mierda porque ya están surgiendo demasiadas voces de extrema izquierda para tratar de hacerle contrapeso. Bernie Sanders no ganó esta vez, pero allí están Alexandra Ocasio-Cortez e Ilhan Omar, sólo para mencionar a las dos más prominentes. Porque cuando el odio se usa como arma, es tan poderosa como la comprensión. Es lo que llevó a Chávez al poder. Es lo que llevó a Trump al poder (entre otras cosas). ¿A quién llevará al poder en 2025? (Asumiendo, claro, que Trump no sólo pierda, sino que entregue el poder este año.)

No entiendo en qué momento Trump pensó que estaba en peligro y se escondió en su bunker, en vez de tratar de calmar la situación.

Pero no entiendo.

No entiendo por qué el movimiento Black Lives Matter aún se trata de criticar. No entiendo por qué no ven que al decir “All Lives Matter”, aunque es completa y totalmente cierto (amo esta ilustración de Edo al respecto), están tratando de insinuar que los negros desconocen su propia realidad, que están siendo egoístas. En esta columna para Harper’s Bazaar, Rachel Elizabeth Cargle da dos ejemplos perfectos (traducción mía):

Si un paciente siendo llevado a la sala de emergencia luego de un accidente apuntara a su pierna destrozada y dijera, ‘Esto es lo que importa ahora’, y el doctor viera los rasguños y golpes de otras áreas y replicara, ‘Pero todo usted importa’, ¿no existiría la pregunta de por qué no muestra la urgencia de atender lo que está más a riesgo? En un evento para recaudar fondos para salvar una biblioteca local en decadencia, nunca verían una horda de gente de la ciudad de al lado llegar furiosas y ofendidas gritando ‘¡Todas las bibliotecas importan!’ –especialmente cuando la suya ya está con buen presupuesto. (…) Mi mensaje personal a aquellos comprometidos a decir que ‘todas las vidas importan’ en medio del trabajo que busca justicia del mivimiento Black Lives Matter: demuéstrenlo. Señalen las maneras en que nuestra sociedad –particularmente los sistemas puestos para proteger a los ciudadanos como oficiales de policía y doctores y oficiales electos– están apareciendo para servir y proteger las vidas negras.

“Why You Need To Stop Saying ‘All Lives Matter”, Rachel Elizabeth Cargle

(Nota al pie, en nombre de la objetividad: el movimiento tiene, obviamente, un dejo de extrema izquierda en algunos de sus líderes que no comparto para nada. Y es notable que, aunque es muy válido y hasta loable que busquen eliminar los problemas del sistema que perjudican al punto de la muerte a las comunidades negras, han fallado en ser igual de vocíferos en contra de la violencia de pandillas en las principales ciudades de EEUU. No es suficiente para no apoyarlos, pero no me jodan, tampoco soy ciego.)

No entiendo los saqueos.

No entiendo qué van a lograr más que desahogar la rabia. Pero los destrozos quedan.

No entiendo quién puede pensar que eso es la mayoría. No entiendo cómo pueden negar una lucha que ha seguido por casi doscientos años. No entiendo por qué creen que es culpa de los negros. No entiendo por qué esta es una conversación que aún se tiene, una situación que ni siquiera mejoró al tener a un presidente afroamericano (de hecho empeoró).

Y antes que se me olvide, no entiendo cómo una policía puede matar más 1.200 personas en un país y no ocurre nada ni parecido a lo que sucede en EEUU. Y aún hay idiotas que creen que hay que apoyar un régimen así.

Curi

En el año 2007, Twitter en Venezuela era el equivalente a una pequeña aldea, donde sólo algunos felices habitantes tenían su conuquito virtual, tratando de deducir este nuevo mundo en el que nos movíamos. Hubo una que lo tomó de frente, y convirtió su parcela en una hacienda, a punto de mucho trabajo. Se llamó a sí misma Curiosa precisamente porque la curiosidad fue la que la llevó a investigar cuanto pudiera de este incipiente mundo de blogs, Twitter y eso que llamaban “la web 2.0”.

Pero para un grupo de afortunados, Curiosa era Curi. Hasta la llegamos a llamar por su nombre verdadero, pero sólo en persona, porque se cuidaba muchísimo de tenerlo en Internet (y aquí no va a aparecer tampoco). Nos dimos el lujo hasta de llamarla amiga, en mi caso, así sea por breves momentos. Demasiado breves. Porque Curi era de esas personas que te hacen sentir afortunado a los cinco minutos de hablar con ella, porque era inteligente, divertidísima y super articulada.

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24 meses

“The Lonely Writer”. Prathap Karuakaran.

Una gran diferencia pero siempre igual. Así llego a los dos años que me fui de Venezuela hasta Orlando. Mientras escribo esto, esperando a que Diana esté lista para llevarla al colegio, afuera está saliendo el sol por primera vez en dos días, cargados de un clima más acorde a Londres que a la Florida. Eso sí, aún sigue el feels like de 10ºC. Tengo tres cosas que hacer que se sienten como veinte antes de ir al trabajo a las 3:45 pm, una de las cuales requiere un esfuerzo físico para las que ya no debería estar pero bueno, “eto e lo ke hai”.

Pero ya no hay el miedo y la incertidumbre, aunque casi perenne, no tiene la misma fuerza.

Cambié el Ávila por árboles cercanos. Cambié las guacamayas, cristofués y zamuros por cuervos, paraulatas y arrendajos (y sí, aún hay zamuros). Cambié los rabipelaos atropellados por mapaches atropellados. Cambié un escritorio por un delantal, un quince y último por un gracias por su generosidad. Cambié una madre por una pareja, un hermano por una hija. Y sí, por supuesto que cambié yo.

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Escribir cuando no hay nada de qué escribir

Photo by Negative Space

Hace unos minutos tuiteé orgulloso que, luego de diez años (¿o fueron doce?) de activado, al fin este blog tiene una dirección apropiada, hasta original, diría yo. No les voy a mentir, fue un momento de bastante orgullo, bautizar Mi Mente En Letras con nombre propio luego de tanto tiempo, primero en Blogger y luego por acá. Antes ya había reclamado mi propio espacio con mi nombre, pero darle una URL a mi blog, mi primera presencia verdadera online, lo consideré un hito.

Y luego pasé dos meses sin escribir nada en él. (Digo dos meses sabiendo que es más, pero digo dos because shame.)

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Enemigos de mis enemigos

Atendiendo a una familia mexicana, me preguntaron si, ante los acontecimientos que estaban sucediendo en Venezuela, regresaría a mi país. “Pareciera que ahora sí, con el favor de Dios”, me dijo el padre. Le comenté, repitiendo sin saber las palabras de Manuel García, que volver por supuesto, que tenía a toda mi familia allá, pero regresar no creía. Era la primera vez que lo decía en voz alta.

Y al día siguiente, una pareja inglesa me hizo la pregunta semi incómoda.

–¿Y es verdad que este nuevo joven está siendo apoyado por Estados Unidos?

–Estados Unidos es uno de 40 países que lo apoyan— respondí.

–Sí, pero me explico: ¿es verdad que todo esto es una artimaña de Estados Unidos?

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