La lección de Barbados y Jamaica

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La inflación en el país ya es básicamente un caballo desbocado. Cuando me hablan de las reservas internacionales, me imagino una bóveda gigantesca donde lo que más hay es un eco. Piensen en cuánto hemos rebajado los venezolanos. Y en cuánta seguridad jurídica y personal hay para un empresario o comerciante.

Y sin embargo, cuando le pregunto a mi jefe, un distinguido político, conocedor en materia agrícola, y a uno de sus más cercanos aliados, un economista radicado en Maracay, estado Aragua, que quién verá primero una economía estable volver a Venezuela, los dos me dan respuestas casi exactas, que puedo traducir así: “No chico. La economía, con las medidas correctas, se corrige en cinco años. Ocho máximo”.

Perdón, ¿qué?

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Permítanme hacerlos arrechar

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Protestas en Caracas. Foto de mi pana Cristian Hernández para Europapress. Síganlo en Twitter e Instagram como @FortuneCris.

Hoy estuve en la marcha. No llegué a estar entre la represión, gracias a Dios, aunque a veces siento algo parecido a “remordimiento de sobreviviente”. Sí, tomé fotos. No, no las quiero compartir. No sufrí daño alguno como gente muy cercana a mí, incluyendo a mi hermano. (Está bien, a Dios gracias.) No tragué gases. No recibí metrazos. Mañana hablaré con mi familia, a diferencia de Juan Pablo. A diferencia de otros 27 venezolanos más que han muerto desde que empezó este nuevo ciclo de protestas. La última vez fueron 43. ¿Habrá un resultado distinto?

Ya vamos pa’llá.

Primero, un recuento, para los que llegan de afuera. El pasado 29 de marzo, la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia publica dos sentencias, la 155 y la 156, en donde básicamente asumen las funciones legislativas de la Asamblea Nacional “mientras se mantenga en desacato”. En pocas palabras, siete tipos, uno de los cuales tiene una dudosa reputación (y estoy siendo terriblemente sarcástico) y que fueron colocados a dedo por la Asamblea anterior al filo de la medianoche, decidieron cargarse las voluntades de los cinco millones que eligieron a los actuales diputados. Todo el mundo puso el grito en el cielo –incluso la hasta ahora rubia más odiada de Venezuela.

Tratando de enmendar el capó, el Gobierno lo que hizo fue –y me disculpan la palabra– cagarla más. El presidente Maduro decidió instalar el Consejo de Defensa de la Nación para resolver el –sí, en serio– “impasse” entre el TSJ y la Fiscalía. A raíz de eso, el TSJ decidió suprimir las sentencias 155 y 156. Y ya, todos tranquilos, ¿verdad?

La oposición no se la cala.

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#GraciasGabo

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“Años después, frente a la pantalla del computador, Juan Carlo Rodríguez recordaría la primera vez que vio las palabras del Gabo hablarle, y lo poco que las comprendió entonces…”

Sabrán perdonar mi pequeña blasfemia. Pero como tantos otros latinoamericanos –en especial, periodistas latinoamericanos—Gabriel García Márquez es, y estoy seguro seguirá siendo, la fuente de la que bebemos a la hora de expresar nuestros pensamientos. Gracias a él, todos vivimos en Macondo, todos sonreímos al ver una mariposa amarilla, todos soñamos un poco más. Ahora que murió, a los 87 años de edad, como leí en Twitter, todos sentimos que perdimos un tío.

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Oda a El Cafetal

Hace una semana, caminé con una querida amiga desde Caurimare hasta Santa Paula. No por elección; no nos quedaba de otra. Salí deprimido.

Para los extranjeros: El Cafetal es una parroquia de clase media alta al sureste de Caracas, parte del municipio Baruta del estado Miranda. Se compone de varias urbanizaciones: Santa Paula, Santa Sofía, San Luis, Santa Ana, Santa Paula, Chuao, etc. Hay dos clínicas privadas ubicadas allí (Santa Sofía y Metropolitana) y un centro comercial importante (Plaza las Américas), además de otro (Santa Paula) donde abrió uno de los primeros Locatel, una cadena de “automercado de salud”. Hay un kiosco ubicado en una de las dos bombas de gasolina ubicadas en él que es famoso porque está abierto 24 horas. Un gran templo mormón está ubicado a su entrada. El boulevard que compone su avenida principal está casi siempre verde, con abundantes árboles donde incluso se han visto perezas. A pesar del aumento de la criminalidad –secuestros, principalmente—se le conoce como una zona tranquila, pues no está particularmente cerca de zonas peligrosas.

Desde que empezaron las protestas el pasado 12 de febrero, pero en particular desde mediados de marzo, los 52.000 habitantes de la parroquia están, quieran o no, encerrados. En el último mes, la expresión “doña del Cafetal”, usada para referirse a mujeres mayores (o no tanto) para lo cual nada que este Gobierno haga está remotamente bien, mucho menos sus seguidores, ha sido más justificada que nunca.

Caminar desde Caurimare a Santa Paula son aproximadamente dos kilómetros. Parte de ello en subida. En ese espacio, hay al menos 25 barricadas hechas por los vecinos tanto en protesta contra el Gobierno como protección contra bandas armadas como, en palabras de uno de los muchachos que cuidaban las barricadas, para sacar a los demás “de su indiferencia”.

No puedo creer que haya mucha indiferencia después de lo que vi.

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Un paréntesis: Más libros, menos balas

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Reader. Por Matthew Syriac Elias

Un mes. Un largo mes de tribulaciones ha pasado el país mientras escribo estas líneas que ustedes, amables lectores, están empezando a leer. Hay 22 seres que no volverán a ver un amanecer, 300 que vieron comprometida su integridad física en diversos grados de gravedad, mientras varios millones se preguntan cuándo regresará algún atisbo de normalidad y otros millones esperan una verdadera normalidad.

Uno de esos personajes que uno agradece al Twitter haber encontrado, John Manuel Silva, mencionó una vez una situación harto familiar: que la gente le reclamaba cómo podía estar pendiente de salir, del cine, de un libro, de cualquier cosa, “mientras el país se caía a pedazos”. “Al contrario”, escribió (estoy parafraseando, pues no encuentro el escrito como tal), “creo que este es el momento de leer más, de encontrarnos más, de querernos más”. Muy de acuerdo. Lo mismo “sufrí” yo hace dos domingos con la entrega del Oscar. Escribió una muy querida persona en Twitter. “Es el colmo que haya gente pendiente del Oscar mientras bombardean Altamira”.

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“Yo te daré paz. MI paz”

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Hoy me di cuenta de dos cosas fundamentales. La primera fue que no puedo escapar de la realidad del país ni que lo intente. Hoy decidí olvidarme de las tres semanas from hell que todos hemos vivido de una manera u otra, y me lancé al Trasnocho Cultural. Entré con una amiga a ver la impresionante 12 Años de Esclavitud, para pagar mi deuda con Oscar y ver su gran consentida. Steve McQueen y su compañía hicieron excelente trabajo, por decir lo menos.

Como a una hora de la película, tal vez menos, una pareja se para y empieza a irse. En la puerta, una señora se voltea y dice a todo pulmón, “¡Así estamos nosotros! ¡Así estamos!”, y se fue.

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Los últimos 15 días

Un manifestante devuelve una bomba lacrimógena a la Guardia Nacional durante una protesta en Caracas. / AFP PHOTO / Juan Barreto
AFP/Juan Barreto

Mientras escribo esto, las protestas en Caracas están cumpliendo 15 días sin parar, aunque en opinión de muchas agencias de noticias, están bajando en intensidad, sin duda en parte por las festividades de Carnaval, que se ganaron dos días adicionales cortesía del presidente Nicolás Maduro, quien decidió decretar el 27 de febrero no laborable por los 25 años del “Caracazo”, y luego el 28 porque… puede, pues.

Claro, eso no es nada si lo comparamos con San Cristóbal. Las historias que salen de ahí hablan básicamente de una ciudad en guerra, que empezaron con protestas el pasado 4 de febrero, cuando una joven estudiante de la Universidad de los Andes sufrió un intento de violación y robo cerca del campus. Los estudiantes salieron a protestar, exigiendo al gobernador, José Gregorio Vielma Mora, mayor protección, y su respuesta fue mandarle la Guardia Nacional a dispersarlos. Desde entonces no han parado; los hechos del 12 de febrero sólo le dieron a los “gochos” nuevas razones para protestar; muchos negocios tienen 10 días sin abrir, y el transporte público cesó, por las barricadas (“guarimbas”, en lnguaje oficialista”), marchas y choques con la GNB. Ya es tal que el Gobierno debió enviar el batallón de paracaidistas. Vielma Mora brevemente se quejó de los excesos, hasta dijo que debía liberarse a Leopoldo López, y a la noche estaba gritando el guión de golpe de estado. Eso no detiene a la fuerza gocha, que ya incluso empezó a agarrarla con los símbolos más sagrados del chavismo. No andan jugando carrito, como quien dice.

Las protestas en Caracas han sido multitudinarias, sin duda, como In Focus demuestra esta semana. Una concentración cuando Leopoldo se entregó a las autoridades (mis cojones que negoció con el Gobierno, y ellos lo saben) debe haber excedido las 200.000 personas. Mínimo 100.000. Una multitudinaria concentración el sábado 21, a la que asistí, ocupó más de cinco kilómetros, desde Petare hasta Parque del Este. La gente se ha movilizado, sin duda. Aquí también han salido las barricadas, como siempre han salido desde 2004, en lo mismos sitios.

En. Los mismos. Sitios.

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A los que celebrarán el amor hoy

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Antes he escrito sobre el día de hoy, con un poquito de cinismo del que se las quiere dar de intelectual o de distante. No sé si he simplemente cambiado mi punto de vista o en realidad soy un hipócrita, porque la verdad es que yo soy el primero que regala aunque sea un detallito este día, envía un mensaje a un ser querido, agradece el gesto que se pueda tener a su favor.

Hoy no celebro el Día de los Enamorados. No sólo porque no tengo con quién celebrarlo, sino porque ciertamente no hay nada qué celebrar. Pero el Día del Amor… Creo que es algo que debe celebrarse.

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Carta a una mujer que quizá no exista

Estimada. O quizá amada. Ciertamente querida:

Lanzo esta carta al mar que es Internet en la botella que es mi blog no tanto en la esperanza que me leas, sino en la espera que yo cumpla lo que aquí escribo. Si en efecto llega a tus ojos, pues doblemente apreciada será mi labor.

2013 está drenando los últimos granos de arena de su reloj, momento en que alrededor del mundo todos esperan entusiasmados poder celebrar la vuelta de la página universal, que todos esperamos que sea renovación, nuevos planes, nueva esperanza. Cuando en realidad casi todos sabemos que a pesar del cambio, todo se mantendrá igual; lo único que podemos hacer es mejorar.

Te quise escribir esta carta porque quiero prometerlo algo a alguien que he conocido toda la vida sin nunca siquiera dirigirle la palabra. Es la mujer con la que finalmente formaré una familia, la que me hará finalmente graduarme de hijo a padre, de esposo a cabeza de familia. Sé que existes, pero aún no sé si estás en mi vida, si ya llegaste a ella, o si ya te manifestaste como tal. No sé si eres alguien con la que ya tuve algo, si prono tendré. No sé si te acabo de conocer o si te conocí hace años. No sé ni siquiera si existas.

Pero esto te prometo. 2014 debe convertirse en el año en que te pueda ofrecer estabilidad. Debe ser el año en que me puedas ver y digas, “Este hombre será un soporte de familia responsable, un buen padre y un esposo diligente y amante, que me hará reír cuando lo necesito y estará ahí cuando me vea llorar”.

Te prometo que 2014 será el año en que dé un paso más cerca que mi perrito volverá a mí, pues será un año en que consiga ese hogar que tanta falta le hace, que pueda acoger a otros seres humanos que ayuden a cuidarlo: hijos y esposa. Que espero seas tú.

2014, te aseguro, será el año en que empezaré a cumplir más sueños, pero sobre todo a asumir nuevas responsabilidades. ¿Podré tomar mi curso de locución? ¿Ascenderé en mi trabajo? ¿Podré colaborar para otros medios? Sólo yo tengo esa respuesta. Te prometo, querida desconocida, que ese será mi Norte para este año que ya anuncia su llegada.

No sé quién seas, querida, no sé si existas o si te conoceré este año. Pero te prometo que cuando llegues, si lo hicieras en los próximos 12 meses, me encontrarás un buen prospecto para tu futuro, para el de nuestros hijos y para nuestras mascotas. Porque te aseguro, 2013 fue un año de enseñanzas y esperanzas, de modo que 2014 debe ser un año de acciones y experiencias.

¿Existes? Si es así, te espero. Sé que valdré la pena.

Feliz 2014 a todos ustedes que aún me leen por aquí, y espero que para este año lo sigan haciendo. Abrazos a todos.

Mandela y nuestras elecciones

DEBBIE YAZBEK / MANDELA FOUNDATION / AFP

Nelson Mandela siempre estuvo en el tope de mi lista de personas –y en la de muchos, estoy seguro—por lo que hubiera dado todo poder conocer, simplemente estrecharle la mano y decirle “gracias” por su inspiración. Lo más cerca que llegué a hacerlo fue cuando mi mejor amigo se lo encontró en un hotel en Trinidad y Tobago para alguna cumbre a la que asistió. Lo cierto es que sin duda, Nelson Mandela fue uno de mis héroes. Representa todo lo que quisiera ser en un ser humano, con todo y sus defectos. Como el sitio The Onion tan elocuentemente lo dijo, se convirtió en el primer político que realmente será extrañado.

Y lo que me hace sentir tan bien sobre admirar a alguien como “Madiba” es que el hombre era eso, un hombre. Extraordinario, sí, pero de tan carne y hueso como yo. Como la venidera película Mandela: Long Walk To Freedom claramente expone –basada en su autobiografía, que también deberían leer—él no siempre fue el ícono de la paz y de la entereza a la que estamos acostumbrados a ver. El ex boxeador de la aldea de Qunu en Sudáfrica estuvo en la lista de terroristas de la CIA hasta 2008, y con bastante razón: él mismo bombardeó varios edificios gubernamentales y estaba listo para la lucha armada. Miren la primera entrevista televisiva que ofreció, en 1962, cuando tenía 42 años. Sí, dijo que “los africanos quieren, necesitan la franquicia, de Un Voto Una Persona –quieren independencia política”. Al final, cuando estaban al punto de la mayor violencia policial, Mandela estaba seriamente considerando ir a la lucha armada, más que nada porque el gobierno sudafricano le cerró todas las vías pacíficas. Quizá la historia lo haya visto, y seguramente habría terminado, como uno de sus héroes: Ernesto “Che” Guevara.

Ah, ¿y todas esas fotos que han salido de Mandela con Fidel Castro? Muy ciertas. Mandela y el dictador cubano tuvieron una estrecha amistad durante años. “Durante todos mis años en prisión, Cuba fue una inspiración y Fidel Castro, una torre de fuerza”, dijo Mandela alguna vez. Y sería el colmo que no: Cuba siempre fue de los primeros países que se pronunció en contra de la política del apartheid en Sudáfrica. De hecho, fue más allá: Cuba envió tropas a Angola, cuya insurgencia operaba con el gobierno sudafricano. En la batalla de Cuito Cuanavale, las tropas cubanas jugaron un rol decisivo para detener el avance angoleño sobre el nacimiento de la muerte del apartheid. Eso fue algo que Mandela nunca olvidó, y ciertamente Cuba nunca olvidará.

De hecho, cuando Mandela finalmente fue liberado en 1990 luego de 27 años de prisión, Mandela afirmó que “tenía tres amigos en el mundo, y voy a ir a visitarlos”. El primero fue Fidel Castro; el segundo, Yasser Arafat, el líder de la Organización para la Liberación de Palestina (varias veces comparó la lucha contra el apartheid con la colonización palestina de Israel; ¿será por eso que Benjamín Netanyahu no puede costear ir a su funeral?); y el tercero, y quizá el más controversial, Mohamar Khadafi, el dictador libio. Tan es así que uno de los nietos de Madiba se llama Khadafi en su homenaje. Tampoco sorprende: el excéntrico líder libio fue una de las principales voces en contra del apartheid, uno de los principales financistas de la campaña electoral de Mandela –aunque dudo que la haya necesitado—y uno de los impulsores para crear la Unión Africana de Naciones. Cuando el presiente de Estados Unidos Bill Clinton –quien también fue muy amigo de Mandela—quiso presionarlo para distanciarle de Khadafi, la respuesta de Madiba fue muy clara: “Quienes se sientan irritados a nuestra amistad con el coronel Khadafi pueden saltar a una piscina”.

Pero la obra posterior de Madiba opaca cualquier amistad vergonzosa –para el resto del mundo, no para él—que haya podido tener. En su vida, Nelson Mandela no tuvo un verdadero desencuentro con ningún líder mundial prominente. Traten de decirme de un verdadero conflicto que el hombre haya tenido en su vida. Es porque, de cierto modo, la cárcel fue lo mejor que le pudo suceder. Lo calmó. Lo hizo ver que la violencia sólo genera más violencia. Hizo que viera que al final, todo lo que los sudafricanos querían era vivir en sana paz. Y se aseguró de tratar a todos como esperaba que lo trataran a él.

John Carlin, en su libro El Factor Humano, donde narra el trabajo que Mandela hizo para lograr una Sudáfrica unida, que culminó en el triunfo de la selección nacional en el Mundial de Rugby en 1996 (luego adaptado en 2009 como la película Invictus, con Morgan Freeman y Matt Damon), destaca un evento en que su abogado fue a visitarlo en la isla de Robben, donde pasó la mayor parte de sus 27 años de prisión, que ilustra para mí perfectamente cómo Mandela logró precisamente un cambio en los sudafricanos. En ese momento tenía un contingente de guardias cuidándolo, y cuando llegó su abogado, Mandela lo abrazó, habló dos minutos con él, y de repente dijo: “Oye, disculpa, no te he presentado a mis guardias”. Se acordaba de cada uno de sus nombres, y los trataba con el mayor de los respetos. Los guardias estaban atónitos. Así era Mandela: se aseguraba que todos estuvieran cómodos en su presencia, abiertos al diálogo, y entonces él les expresaba lo que quería, y veía qué podía ofrecerles a cambio.

Diálogo. Fue siempre lo que Mandela buscó el instante que fue liberado de prisión. Buscó que todos sus compatriotas, blancos y negros por igual, se sintieron como parte de una sola razón. Como dijo uno de los primeros presidentes en declarar luego que Mandela muriera, Sebastián Piñera, “No sólo trabajó por la recuperación de la democracia, tuvo la generosidad de saber perdonar, luchar toda su vida por pacificar a su país”.

Perdonar. Los negros en Sudáfrica habían sufrido la peor clase de matanza y persecución y discriminación desde los judíos durante el nazismo. Y por una notable minoría blanca que los veía como perros. Kaffirs, los llamaba, el equivalente a “nigger” de los gringos. Y Mandela pasó años no sólo viendo eso, sino sufriendo miles de humillaciones desde la cárcel. Pero él supo salir de eso. Supo estar por encima de los odios y las discriminaciones, y salió buscando convertir a Sudáfrica en lo que es hoy: la nación más próspera del continente africano. Quizá no sea decir mucho –su PIB es de 11.600 dólares per cápita, tiene un 22,7% de desempleo, tiene la mayor tasa de mortalidad anual del mundo (17,36 por cada 1.000 habitantes), una expectativa de vida promedio de 49,48 años y su coeficiente de Ginni lo ubica en el segundo lugar en desigualdad en el mundo— pero tiene un fuerte mercado de turismo, prestigiosas universidades y tanto blancos como negros en su casi totalidad están orgullosos de ser sudafricanos, “la nación arcoiris”.

Mientras participaba en las elecciones municipales del pasado 8 de diciembre, me acordaba de las fotos de larguísimas colas de personas emocionadísimas en los barrios más pobres de Sudáfrica eligiendo por primera vez a un presidente negro. Veía las caras largas de la gente, el entusiasmo de algunos, pero estaba lejos de ser una “fiesta electoral”. Es porque aquí no ha habido un Mandela. No hubo un Hitler ni de vaina, aquí no ha habido un dictador, pero el líder que salió de la cárcel salió a explotar las divisiones que ya existían para lograr el poder que tampoco logró con violencia. Sí, había una diferencia considerable entre la élite política y los millones de pobres que hay en el país, algo que tenía, a juro que cambiar. ¿Pero así? No.

Venezuela está bastante mejor que Sudáfrica en muchos aspectos –nuestro PIB es de cerca de 13.800 dólares per cápita, tenemos un 7,8% de desempleo, nuestra tasa e mortalidad aún está en 5,63 por cada 1.000, nuestra expectativa de vida está en 74,23 años, estamos de 69 en el rango de desigualdad en el mundo—pero cualquiera le diría que ser clase media en Venezuela no es mucho mejor que ser clase media en Sudáfrica. Muchos sencillamente se han dado por vencidos con nuestro país.

¿De verdad queremos nuestros país, me pregunto? ¿Nos preocupa el bienestar de él? ¿De todos? ‘O sólo nos estamos preocupando de sobrevivir nosotros? Si usted vive en alguna zona clase media alta-alta de Venezuela –al este de Caracas, Prebo en Valencia, así—, ¿cuánta gente conoce que se ha ido del país? Los índices de abstención en zonas de Caracas como El Cafetal o Prados del este sin duda son afectados porque la gente que vota ahí simplemente ya no está en el país. ¿Y sabía que por eso, los venezolanos somos los latinos con mayor nivel de educación en Estados Unidos? Somos apenas el 0,5% de los 52 millones de latinoamericanos allá en el norte, pero 51% de los mayores de 25 años tiene una licenciatura o un  TSU, comparado con 13% del resto de los latinos. Es más, comparado con 29% de los estadounidenses. How d’ya like them apples?

Eso quiere decir que la gente más preparada es la que se está yendo del país. Es cierto, las cosas no están nada fáciles para alguien clase media, qué con los precios de los apartamentos, los carros, la comida, los niveles de inseguridad y la polaridad política. Pero eso deriva en otra cosa. ¿Se acuerdan de “Caracas, Ciudad de Despedidas”? Critiquen mucho al país que ha dejado de ofrecerles algo concreto a esos chamos, pero critiquen también a los padres, en mi opinión, que no les formaron una identidad nacional. Es cierto, está como difícil hacer lo que hacía uno cuando era chamo, que era lanzarse al Metro hacia el centro sólo para pasear, o dejar al chamo ir solo a la panadería cuando tenía diez años.

Pero aquí entro yo con mi opinión muy personal. Si todos tenemos memorias de ese país en el que teníamos alguna esperanza de progresar, ¿por qué no se lo trataron de inculcar a sus hijos? ¿Por qué criarlos con la idea que se podían, o hasta que debían, irse para afuera porque esto “ya no tiene remedio”? Me recuerdan a una historia de un cura que fue a una fiesta de 15 años, y cuando pusieron el reggaeton y las carajitas empezaron a perrear, mira a los papás, que avergonzado dice “¿y qué vamos a hacer?” El cura contestó “eso no lo digo yo, eso lo deberían saber ustedes”. Lo mismo digo, ¿por qué no hicieron algo cuando sí tenía remedio? ¿Por qué ahora hay tantos que lo que quieren es largarse antes de pelear o trabajar por su país? ¿Por qué hay un grupito que, aún queriendo un golpe de Estado, así no lo diga, siguen llamándose “democráticos”? ¿Cuál es la idea, poner a alguien que los trate a ellos como nos están tratando ahorita a nosotros? ¿No fue eso lo que pasó en 1999?

La pura verdad es que, por mucha falta que hace un Mandela aquí –en cada país del mundo, creo yo—, me pregunto cuánto tardaría en darse por vencido. Ya sea Capriles, Chávez, Maduro, Caldera o quien sea, nosotros siempre queremos un mesías, un carajo que toque todo en esta vaina y lo arregle, y no terminamos de entender que no es uno solo que va arreglar este desastre. Mandela logró unir a su país porque hizo a todos entender que eran parte de un mismo pueblo, así tuvieran distintos orígenes. Sí, cuando ganó la presidencia muchos sudafricanos blancos salieron huyendo temiendo represalias, pero los que se quedaron prosperaron de lo lindo. Porque Mandela creó oportunidades para blancos y negros por igual. Porque los unió. Porque los hizo uno solo. Porque sabía que no podía solo. Porque con toda y su grandeza, era un solo hombre.

Reitero mi pregunta en mi último post: ¿estamos jodidos?

Lala ngoxolo, tata Madiba. Descansa en paz, padre Madiba.