No entiendo

Imagen de George Floyd en los restos del Muro de Berlín. Foto: Omer Messinger / Sipa / AP

Creo entender lo que está pasando en EEUU. Porque he leído. Porque he visto documentales. Porque he visto películas. Porque he hablado con gente de color, expertos en el tema. Parece que entiendo que este país tiene un problema de racismo sistémico, que surge desde que un grupo de africanos secuestrados fue traído a las costas de Virgina en 1619 (hasta escuché gran parte del podcast que hizo el New York Times al respecto).

Creo entender lo bastante para estar indignado por lo que le pasó a George Floyd. Así como me asqueé cuando mataron a Eric Gardner. A Trayvon Martin. A Michael Brown. Vi cómo ardió Los Ángeles cuando los policías que atacaron a Rodney King fueron absueltos, algo demasiado parecido a lo que ocurre ahora en todo el país. Y veo que nada ha cambiado entre 1992 y 2020 en cuanto a como se tratan los negros en EEUU.

Creo entender por qué esta pandemia ha afectado a la población afroamericana de manera tan desproporcional: porque en un sistema de por sí ya roto, ellos tienen poco acceso a él. Tienen más condiciones como diabetes, obesidad e hipertensión. Tienen menos ahorros. Y en muchos casos siguen yendo a trabajar, porque no se pueden dar el lujo de no hacerlo.

Y entiendo demasiado bien que eso muchas veces quiere decir que hay negros llevados por resentimiento, temor, rabia y odio. No tienen acceso a la educación que yo he tenido, aún viniendo de un “país tercermundista”. Así que maltratan aún al que no haya maltratado. Por supuesto que no está bien. Yo no me merezco que me quieran joder ni irse sin pagar. No merezco que traten por todas las maneras que les perdonen la cuenta “porque no les gustó el servicio”. Son gente que ha sido maltratada por el sistema y entonces lo maltratan a uno. Fuck you, les digo a esos. Hacen quedar mal a los que llegan con una sonrisa y reconocen un buen trabajo. Hacen quedar mal a los que han trabajado el doble de duro que un blanco sin nunca robar y han llegado lejos —muy lejos.

Pero no entiendo.

No entiendo porque sencillamente no soy negro. No entiendo por qué, de acuerdo con el libro Bleeding Out de Thomas Abt, entre 1976 y 2005, en 94% de los casos de víctimas de asesinato afroamericanas, el asesino también era negro. (En el 83% de los casos que era blanco, también era blanco el asesino.) Pero no entiendo por qué un negro es 2,5 veces más probable que muera a manos de la policía que un blanco. No entiendo por qué uno de cada mil negros puede esperar morir de esa manera. No entiendo por qué dicen que puede ser debido al crimen. De acuerdo con el sitio web Mapping Police Violence –que recoge estadísticas sobre violencia policial en EEUU– en Buffalo, Nueva York (pob.: 258.959), con 50% de la población de color y un promedio de 12 crimenes violentos por cada 1000, entre 2013 y 2016 no hubo una muerte a manos de la ley; en la ciudad donde vivo, Orlando, Florida (pob.: 255.843), con 42% de la población negra y 9 de cada 1000 crímenes violentos, en ese mismo período hubo 13 asesinatos por parte de la policía.

No entiendo.

Sí que entiendo, eso sí, cómo un presidente puede atizar las llamas de una situación. Díganme la diferencia entre decir esto y decir esto. Un hombre que desde el principio ha trabajado para incrementar las divisiones ya existentes en EEUU, que ha buscado poner en los puestos más claves de su Gobierno a gente leal y no a gente preparada, que rehúye de las opiniones expertas porque cree que él sabe más que los demás. Un hombre que ha convertido el partido de Abraham Lincoln a su imagen y semejanza, es decir, una partida de racistas antidemocráticos que, o siguen a ese hombre en su odio y miseria, o hacen lo que dice por temor (con una notable excepción). Un hombre que está creando un caldo de cultivo para que este país se termine de ir a la mierda porque ya están surgiendo demasiadas voces de extrema izquierda para tratar de hacerle contrapeso. Bernie Sanders no ganó esta vez, pero allí están Alexandra Ocasio-Cortez e Ilhan Omar, sólo para mencionar a las dos más prominentes. Porque cuando el odio se usa como arma, es tan poderosa como la comprensión. Es lo que llevó a Chávez al poder. Es lo que llevó a Trump al poder (entre otras cosas). ¿A quién llevará al poder en 2025? (Asumiendo, claro, que Trump no sólo pierda, sino que entregue el poder este año.)

No entiendo en qué momento Trump pensó que estaba en peligro y se escondió en su bunker, en vez de tratar de calmar la situación.

Pero no entiendo.

No entiendo por qué el movimiento Black Lives Matter aún se trata de criticar. No entiendo por qué no ven que al decir “All Lives Matter”, aunque es completa y totalmente cierto (amo esta ilustración de Edo al respecto), están tratando de insinuar que los negros desconocen su propia realidad, que están siendo egoístas. En esta columna para Harper’s Bazaar, Rachel Elizabeth Cargle da dos ejemplos perfectos (traducción mía):

Si un paciente siendo llevado a la sala de emergencia luego de un accidente apuntara a su pierna destrozada y dijera, ‘Esto es lo que importa ahora’, y el doctor viera los rasguños y golpes de otras áreas y replicara, ‘Pero todo usted importa’, ¿no existiría la pregunta de por qué no muestra la urgencia de atender lo que está más a riesgo? En un evento para recaudar fondos para salvar una biblioteca local en decadencia, nunca verían una horda de gente de la ciudad de al lado llegar furiosas y ofendidas gritando ‘¡Todas las bibliotecas importan!’ –especialmente cuando la suya ya está con buen presupuesto. (…) Mi mensaje personal a aquellos comprometidos a decir que ‘todas las vidas importan’ en medio del trabajo que busca justicia del mivimiento Black Lives Matter: demuéstrenlo. Señalen las maneras en que nuestra sociedad –particularmente los sistemas puestos para proteger a los ciudadanos como oficiales de policía y doctores y oficiales electos– están apareciendo para servir y proteger las vidas negras.

“Why You Need To Stop Saying ‘All Lives Matter”, Rachel Elizabeth Cargle

(Nota al pie, en nombre de la objetividad: el movimiento tiene, obviamente, un dejo de extrema izquierda en algunos de sus líderes que no comparto para nada. Y es notable que, aunque es muy válido y hasta loable que busquen eliminar los problemas del sistema que perjudican al punto de la muerte a las comunidades negras, han fallado en ser igual de vocíferos en contra de la violencia de pandillas en las principales ciudades de EEUU. No es suficiente para no apoyarlos, pero no me jodan, tampoco soy ciego.)

No entiendo los saqueos.

No entiendo qué van a lograr más que desahogar la rabia. Pero los destrozos quedan.

No entiendo quién puede pensar que eso es la mayoría. No entiendo cómo pueden negar una lucha que ha seguido por casi doscientos años. No entiendo por qué creen que es culpa de los negros. No entiendo por qué esta es una conversación que aún se tiene, una situación que ni siquiera mejoró al tener a un presidente afroamericano (de hecho empeoró).

Y antes que se me olvide, no entiendo cómo una policía puede matar más 1.200 personas en un país y no ocurre nada ni parecido a lo que sucede en EEUU. Y aún hay idiotas que creen que hay que apoyar un régimen así.

24 meses

“The Lonely Writer”. Prathap Karuakaran.

Una gran diferencia pero siempre igual. Así llego a los dos años que me fui de Venezuela hasta Orlando. Mientras escribo esto, esperando a que Diana esté lista para llevarla al colegio, afuera está saliendo el sol por primera vez en dos días, cargados de un clima más acorde a Londres que a la Florida. Eso sí, aún sigue el feels like de 10ºC. Tengo tres cosas que hacer que se sienten como veinte antes de ir al trabajo a las 3:45 pm, una de las cuales requiere un esfuerzo físico para las que ya no debería estar pero bueno, “eto e lo ke hai”.

Pero ya no hay el miedo y la incertidumbre, aunque casi perenne, no tiene la misma fuerza.

Cambié el Ávila por árboles cercanos. Cambié las guacamayas, cristofués y zamuros por cuervos, paraulatas y arrendajos (y sí, aún hay zamuros). Cambié los rabipelaos atropellados por mapaches atropellados. Cambié un escritorio por un delantal, un quince y último por un gracias por su generosidad. Cambié una madre por una pareja, un hermano por una hija. Y sí, por supuesto que cambié yo.

Como le dije a Yadi esta mañana, no fue fácil dejar de vivir como un veinteañero luego de veinte años haciéndolo. Aunque me mantengo de mente joven (siempre lo diré: “crecer es inevitable; madurar es opcional”), cuando le agregas el “co” a la dependencia, es necesario volverse adulto al menos 70% del tiempo. Ya piensas cuándo ir al cine, cuándo comer afuera, cuándo comprarte una ropa nueva. Ya sabes que lo que te vayas a comprar va a hacer que otra cosa espere. Y la tecnología se vuelve amiga muy, muy cercana. Tan es así que mi mamá aprendió a usar WhatsApp para poder comunicarse conmigo.

Mi experiencia como inmigrante es también la misma pero distinta a la de la mayoría. Yo llegué a un país del que soy ciudadano, donde hablo el idioma perfectamente y con la enorme bendición de que no estoy solo ni mucho menos mal acompañado. Pude conseguir un trabajo bueno con relativa rapidez que me ha ayudado a mantener un alquiler, ayudar con los gastos de un carro y hasta comprarme un buen televisor, sin mencionar todos los libros que he querido/podido y mantener no una, sino tres mascotas (Sky el agapornis está posado en mi hombro mientras escribo esto).

Por otro lado, uno descubre que ha vivido en un país incompleto. Que la única forma de realmente salir adelante es trabajando. Que uno, quizá sin querer, alienta la corrupción por querer que las cosas salgan más rápido (en vez de a su paso) o para no pagar las consecuencias (para no cambiar el status quo). Que así tengas la mejor pareja del mundo (que la tengo) necesitas amigos y familiares cercanos también. Soy el más viejo por mucho en mi trabajo actual y, aunque me tratan con respeto y a veces hasta con cariño, no puedo decir que tengo amigos. Y aún así está el factor tiempo y ocupación: Un auténtico amigo se vino con la familia hace un año, está a una hora de distancia y por una u otra razón no nos hemos podido ver; una amiga vive a veinte minutos y nos hemos visto una sola vez. Hoy lo vivo de manera particular que tengo que cargar un sofá (dos, si cuentan del que me voy a deshacer) y no tengo a nadie con quien contar.

Pero veo hacia el futuro y sólo veo cosas buenas. Veo planes que se pueden llevar a cabo, veo más posibilidades de crecimiento. Sé que no puedo esperar a que las cosas me lleguen solas, tengo que crearlas yo. Sé que tengo aún muchísimo que aprender, en especial sobre ser papá, y sé que aún me equivocaré mucho en el camino. Todo empieza con un pasito, un riesgo, una decisión tomada.

No dejo de extrañar a los míos ni a la Caracas con la que crecí, eso no se deja atrás no importa qué tan lejos viaje. Pero tampoco dejo que esos sean lastres para impedirme avanzar a una mejor vida. Sé que se puede y se podrá. Gracias a todos aquellos que me apoyan y me siguen apoyando desde el primer día, en especial a Yadi y Diana que todos los días están ahí viéndome darle un día a la vez. A todos, sepan que ni a ustedes ni a mí mismo los desilusionaré.

Ahora permiso, que debo meter la ropa en la secadora.