Me uno al club

Cómo me siento al entrar a redes sociales.

Una de las cosas que no extrañaba de emigrar fue la constante tensión que había en el ámbito político. Y créanme, lo viví de cerca, siendo periodista primero en El Nacional y luego en Últimas Noticias y Sexto Poder. Hasta incluso, siendo jefe de prensa de alguien tan ecuánime como Hiram Gaviria, fue imposible escapar del ocasional ataque tanto por parte del gobierno como de la oposición. Traté en la medida de lo posible de ser imparcial, de tratar de ver las dos caras de la moneda, pero es tanto el daño que el chavismo ha hecho en Venezuela que ser ni-ni ya no es una opción. (Estoy seguro que jamás podría escribir esta lista hoy en día, amén que el séptimo punto ya no aplica.)

Al llegar a Estados Unidos, para mi tristeza, ya empezaban aires parecidos. Trump había cumplido un año en el poder, y las divisiones políticas tenían ya cierto tiempo, desde finales del primer mandato de Barack Obama. Ahora que se acercan las nuevas elecciones, entrar a Twitter y comentar sobre ellas es dolorosa y absurdamente familiar. Y en especial absurdamente en estos tiempos, donde no solo llegamos al punto en que no se puede tener una discusión civilizada sobre política entre contrarios, sino que ya es “o estás conmigo o estás en contra de mí”. Y el presidente que lo dijo primero es ahora considerado un republicano moderado. Quién lo diría.

Escribo esto sabiendo muy bien en qué aguas me estoy metiendo. Tengo amigos e incluso familia que me dirá demente, quizá incluso me dejen de hablar. Si es así, los divido en tres grupos: los que me dolerá verlos ir, los que me alegrará, y los que no me importan. Porque uno, si hay algo que agradezco a Internet, al menos en la versión que estoy ahora, es que me permite una libertad de expresión casi completa. Y segundo, precisamente por esa libertad, todo el mundo tiene derecho a expresar su mente como mejor les nace. Al igual que nosotros estamos en nuestro derecho de no escucharlos si consideramos que están hablando incoherencias. “¿Que no hay que educarlos?”, dirán algunos. Sí, pero (1) nadie puede educar al que no quiere aprender y (2) ¿quién puede educar al que se niega a escuchar otro lado?

“Servicio público: El derecho a la libre expresión significa que el Gobierno no te puede arrestar por lo que digas. No quiere decir que alguien más se tiene que calar tu mierda o tenerlo en sus espacios. La Primera Enmienda no te protege de las críticas o las consecuencias. Si se te grita, boicotea, se te cancela un show o se te saca de una comunidad, tu libertad de expresión no está siendo violentada. Es que la gente que te escucha cree que eres un pajúo, y te está mostrando la puerta”. Crédito: XKCD

Hace poco un grupo de celebridades venezolanas recibieron fuertes críticas por sus posiciones políticas estadounidenses. Principal entre ellos Edgar Ramírez y Érika de la Vega. Luego la comediante Johanna Hausmann (y buenbo, su papá). Igual Jean Mary, ex locutora y ahora “podcastera” (palabra que odio así quiera serlo), que en su caso fue aún más increíble porque ni siquiera mencionó a quien estaba criticando. Y bueno, en cuanto a quienes no son celebridades, principalmente la internacionalista Maruja Tarre. ¿Qué tienen en común? Todos han criticado a Trump. Y todos, todos, recibieron una andanada de insultos que yo sólo he visto en un sitio: los comentarios tanto El Nacional como Últimas Noticias que yo moderaba. Había racismo, xenofobia, deseos de muerte, de violación… Era patético. Y ahora lo es más aún, porque es muy probable que la inmensa mayoría que hace esos comentarios no votan en las elecciones de EEUU. No puedo asegurarlo porque no tengo las cifras, pero considerando de dónde veo los comentarios en los enlaces que están arriba, así pareciera.

(De acuerdo con el Pew Research Center, la población venezolana en EEUU pasó de 93.000 a 421.000 entre 2000 y 2017, con 52% viviendo en Florida, 11% en Texas y 4% en Nueva York.)

Pues bien, me uno a la compañía. Yo sí voto en estas elecciones y lo haré en contra de Donald Trump. Y les diré por qué lo digo así.

Voy más en contra de Trump que a favor de Joe Biden porque estoy harto de que en todo el mundo se vaya por el “papá”. Biden, está bien, tiene toda la vida trabajando en política, y fue vicepresidente durante una administración que sacó a EEUU de una gran depresión (es cuestionable el cómo lo hizo, eso sí). Además que en comparación es un tipo decente, a pesar de lo que las teorías conspiranoicas quieren decir (aunque coño, esas actitudes de viejo sobón me hacen querer abofetearlo). Pero es eso, un tipo que, si es electo, va a terminar su primer mandato con 81 años. Yo quería a Pete Buttigieg como nominado. Quería a la propia Kamala Harris, así que tengo ese consuelo. Ciertamente no quería a Bernie Sanders, quien sí es una amenaza con sus ideas y sus protegidas. Biden sólo estaba uno o dos peldaños por encima de Sanders en mis preferencias. Pero no, se asentó el polvo, y otra vez el tío Joe está a la cabeza (literalmente, pero no enlacemos a encuestas otra vez. Recordemos cómo terminamos la última vez).

En todo caso, aquí estamos. Estoy listo para asumir mi membresía al club de odiados más arriba. ¿Listos? Voy.

Rechazo a Trump porque ya tuve un Chávez en mi vida. Sí, y lo reitero: Trump me recuerda demasiado a Chávez como para poder apoyarlo. Sí, no saben la alegría que siento cada vez que anuncia una nueva sanción contra los miserables que han destruido mi país, los que obligaron a mi mujer a huir por razones que no contaré aún. Los que hicieron el país tan inhabitable que me hicieron darme cuenta de que la única forma que prosperaría sería alejándome de mi familia.

Y ahora llegó este “caballero” a repetirme la película.

Ojo: Chávez fue mucho peor. MUCHO. Llegó a la palestra de manera violenta, tratando de matar a un presidente electo. Instauró a Nicolás Maduro, un balurdo dictadorzuelo que es aún peor que él, porque hace rato que está en un puesto que le ha excedido y su solución es tanto volverse más cruel como rodearse de gente más cruel.

Pero lo que han alegado personas muy inteligentes donde Trump no se parece en nada a Chávez quieren ocultar una profunda verdad: No importa el cómo llegan ni el cómo se comportan ni cómo piensan, todo los hombres fuertes, llámense Chávez, Maduro, Idi Amin, Mohammar el Khadaffi, Yosef Stalin, Bashar al-Assad, Manuel Noriega, Augusto Pinochet, Aleksander Lukashenko o Vladimir Putin, terminan teniendo características en común.

  • Empiezan a atacar los medios si dicen cosas que no le gustan. Al punto de llamarlas, a veces literalmente, “enemigos del pueblo”.
  • Se refieren a sus opositores como enemigos, muchas veces con insultos.
  • Su única arma es el ataque y la agresividad. (No necesito enlazar, ¿verdad?)
  • No aceptan disensión, y exigen lealtad a todos los que lo rodean.
  • No entregan el poder sin una pelea. Y por ello, si no pueden construir el sistema a su estilo, cuestionan la legitimidad del sistema.
  • Actúan cuales bravucones de barrio, mandando al demonio la discusión civilizada siquiera la conversación respetuosa. Y por otro lado se la tiran de simpáticos y dicharacheros. (¿Se acuerdan todos los que decían que “ay ese Chávez es un encantador de serpientes”? Bueno miren a este personaje a quien no nombraré y al que odio enlazar, pero cuya rabia me inspiró a escribir esto. Mírenlo justificar la arrogancia de Trump llamándola “un mecanismo defensivo” por el medio en el que se desenvuelve, hasta llamarlo parte de su “encanto personal”. “Ay ese Trump sí es loquito, mira las cosas que dice…” Por favor.)
  • Miente. Miente. Miente. Miente. Miente. Y miente. (Y para contestarle una pregunta al personaje al que enlacé antes, son periodistas respetables como los de The Washington Post los que le llevan el conteo de las mentiras.)
  • Han creado una imagen alrededor suyo de infalibilidad al punto de devoción ciega, que si alguien osa cuestionarlos pueden jurar que recibirán una andanada de insultos… o peor.

Este último punto es el que más me entristece al que hayamos llegado. Yo soy un “democretino”, los que apoyan a Trump son “magazolanos”. Me recuerda tanto la época de “majunches”, “rojo-rojitos” y demás. Miren los comentarios a todos los tuits de celebridades que enlacé arriba. Sí, hay apoyo, pero también hay insultos de un odio descarnado.

Y no solo eso: Estados Unidos está al punto de que temo mucho qué pasará si Trump pierde las elecciones. Ayer el FBI arrestó a 13 miembros de un grupo miliciano pro-Trump que pretendía secuestrar a la gobernadora demócrata Gretchen Whitmer de Michigan, sin duda inspurados por esta perla que POTUS tuiteó en marzo (ah y ahora la culpa a ella del plan, gracias). Recuerdo lo que pasó en Charlottesville cuando un miserable lanzó su carro a una multitud que protestaba pacíficamente, matando a una joven. ¿Qué va a pasar si el que ha animado a los radicales — ¿”stand back, stand by”, alguien?– ya no está allí? ¿Cuánta violencia surgirá entonces?

Y luego veo los meses de protestas raciales, luego de la muerte de George Floyd –que por cierto tampoco recibirá justicia— y me doy cuenta que no tengo que ver muy lejos. Es cierto, la mayoría de las protestas raciales han sido pacífica, y no lo digo yo, lo dice un informe de la asociación privada Armed Conflict Location and Event Data (ACLED) que estudia la violencia política y disturbios en varias partes del mundo además de EEUU. Pero está ese 7% que no terminó pacíficamente. En que un centro comercial, un automercado, una tienda, fuerion quemados. En que un camión de Amazon es saqueado. Y luego aparecen los hombres armados, tanto los que sólo amenazan como los que lo llevan al último extremo, ya sea que lo buscaban o no.

Yo puedo entender a los que defienden a Trump a capa y espada, así no voten en EEUU. En serio que sí. “El enemigo de mi enemigo es mi amigo”, dice el refrán. Ahí es donde uno ve cuánto daño hizo el chavismo. Cuánto daño han hecho los pasados 22 años. Ya no se aceptan “ni-nis” ni nada. Sólo se acepta lo que debería ser la total destrucción del chavismo, no sólo de sus líderes sino de quienes lo apoyan, así sean nuestros familiares más cercanos. Y si han de usarse las mismas armas que ellos usaron para dejar al que fue alguna vez el país más próspero de Latinoamérica en ruinas, pues que así sea. Muchos se han convertido en lo que tanto critican. Y como alguien dijo alguna vez, cualquier cosa que medio huela a lo que nos dejó tan mal debe ser destruido. Gracias, Bernie.

Yo no quiero que Estados Unidos se convierta en Venezuela. Yo no volveré al “no vale, yo no creo”. No quiero más Chávez en mi vida. Y por ello no sólo me refiero a cualquiera que use la palabra “revolución” en su discurso político. Nadie que esté cercano a Bernie Sanders recibirá un voto mío, lo juro. Me refiero a que no quiero a nadie que use los resentimientos que ya hay en una parte de la población como arma política. No quiero ver a nadie perpetuarse en el poder. Quiero ver un presidente que sea mejor que todos nosotros al parecer uno más, no un malandro de barrio bien vestido. No quiero a alguien que esté ahí porque es “uno de nosotros” ni porque sea como “un papá”.

Quiero a alguien que tenga familia gay, vecinos musulmanes, hable tres idiomas, un papá japonés y una mamá canadiense. Quiero que su hermano prefiera Metallica y su hermana Taylor Swift y todos se amen con locura igualito. Quiero que haya trabajado de mesonero y que una familia negra lo haya premiado por su buen trabajo y otra lo haya humillado, para que vea las dos caras de la moneda. Quiero que ame a los animales, que lea todo lo que qpueda y le encante la televisión. Que sólo tuitee cinco veces al día y que use su propio Instagram, ambos bajo supervisión. Que se le pare a China y le hable claro a Cuba y no se cale mariqueras de Corea del Norte, pero que no sea guerrerista. Que le proponhga a la ONU la primera policía universal que pueda efectivamente castigar a los tiranos del mundo –Venezuela de primerito. Que legalice la marihuana pero mantenga ilegal la cocaína. Que enfatice el derecho a elegir pero deje claro lo que pueda ser “demasiado grande”. Y que por amor al Creador, escuche a la ciencia. A la ciencia seria. Que se olvide de lo que son “hechos alternos”.

¿Es acaso mucho pedir?

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