Mi tío, el poeta

Subí el año pasado esta foto de nosotros dos juntos a Facebook, donde era un asiduo. Y ahí me respondió: “Un abrazote agradecido, mi queridísimo ahijado y sobrino. ¡Que Dios te bendiga!”

Mi primer recuerdo, o al menos el más lejano que puedo tener, es él, leyéndonos a mi hermano y a mí, una historia que mi hermano recuerda mejor. Por supuesto que siempre tenían que haber libros; eran su vida. De cuatro hermanos, el segundo en nacer, el único varón, fue al que más se le activó el gen de las letras venido de mi abuelo. Y el que tuve encima de mí en la pila bautismal. ¿Quizá allí me lo pasó, el amor por las letras, la comezón por escribir? Quién sabe.

Sólo de adulto supe lo dura que había sido su vida. Su eterno intento de estar bien con Dios, un Dios a quien amaba profundamente, y la sociedad que lo rodeaba, en su condición de homosexual. La ausencia abrupta de sus padres, mis abuelos. Encontrando la paz en las letras, algo que lo llevó finalmente a la membresía de la Academia de la Lengua de Venezuela en 2015.

Pero mi tío decidió tener una vida aparte de la de nosotros, un satélite que orbitaba alrededor de nuestro planeta, separado pero aún una parte integral. En varias ocasiones aún asistía a reuniones con la familia, donde recibía agradecido las atenciones de sus sobrinos, los hijos de su hermana mayor e inmediatamente menor. Nunca fallaba en llamar a mi tía Adriana, la menor de todas, en su cumpleaños. De hecho cuando llamaba se aseguraba que fuera la primera llamada del día, muchas veces cuando los demás dormían. Pero esa no era su vida. No la rechazaba de plano, pero yo entendí como que era una rama en el árbol que era su existencia.

Como su ahijado, cuando decidí que escribir sería lo mío, así sea como periodista, me impuse la presión involuntaria de seguir su ejemplo –y la mayor parte del tiempo fracasé. Al menos en el sentido del que aún no he sido un autor publicado. Pero tuve la dicha de trabajar en un periódico donde tanto él como mi abuelo fueron contribuyentes importantes, en especial en Papel Literario (aún recuerdo su reseña de Brokeback Mountain, el momento donde finalmente asumí que sí, mi padrino era gay, y me dije, “que bien”). Tuve la suerte de que a donde iba y mencionaba que era su sobrino veía el respeto en los ojos. Y siempre traté de estar pendiente de él, tan pendiente como la vida, la inmadurez y él mismo me lo permitieron. Cuando emigré, de los tres libros que me traje, dos eran suyos: su diario y su poemario Mapa del Desalojo, que presentó el día de mi cumpleaños de 2014. ¿Fue esa la última vez que lo vi con vida? No puedo recordarlo ahora. Sé que lo visité por mi cuenta una vez en el anexo que tenía en El Cafetal, otra en su apartamento en El Marqués, y otra vez lo vi en la Plaza Los Palos Grandes. También lo llamé antes de irme. Quiero pensar que lo vi de nuevo luego de 2014, pero la memoria calla cuando le pregunto.

Y ahora, se ha ido. Nunca gozó de la fama de, digamos, Rafael Cadenas, o Eugenio Montejo, pero siempre está en la conversación de nuestros poetas. Pero todo el que lo conoció, lo quiso. Con muy pocas excepciones, mi tío se ganaba el corazón de la gente, no por lo que escribía ni por lo que enseñaba, sino por lo que transmitía con su personalidad, con el calor de su humanidad, con la pureza de su espíritu, por más humano que haya podido ser.

El mundo de las letras es más vacío porque él no está, porque el sentimiento que uno lee en sus versos es de lo más… real que podrían leer. Pero yo también pierdo a mi padrino de bautizo, al único tío materno que tenía. Estoy triste porque no voy a poder despedirme como quisiera, porque no voy a estar ahí para ayudar a consolar a mi mamá y a mi tía, quienes perdieron a su único hermano. Y en estas condiciones de pandemia, que ha hecho que las distancias se multipliquen por mil. Pero me consuela sabiendo que al final, esa fue la vida que quiso vivir. La vida que lo llenaba. La vida que, aunque dura, él la usó para llenarla con la belleza de sus poemas, que leía con esa lenta cadencia, su gruesa voz que siempre sonará en mi cabeza cuando vea algo que realmente me emocione: “¡Pero qué maravilla!”

Descansa en paz, padrino. Espero que cuando finalmente tengas el encuentro con Dios que tanto anhelabas, Él te abrace y te invite a tener esa conversación que sé será tu recompensa final. Saludos a mis abuelos.

Cómo afirmar, pasito, que hoy te quedas

en la dificultad de sonreírte

levantando los hombros, desganado,

y diciéndote con sorna, con ternura,

mañana sí tal vez. Quizá mañana…

— “Patria”, Armando Rojas Guardia

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