Mi tío, el poeta

Subí el año pasado esta foto de nosotros dos juntos a Facebook, donde era un asiduo. Y ahí me respondió: “Un abrazote agradecido, mi queridísimo ahijado y sobrino. ¡Que Dios te bendiga!”

Mi primer recuerdo, o al menos el más lejano que puedo tener, es él, leyéndonos a mi hermano y a mí, una historia que mi hermano recuerda mejor. Por supuesto que siempre tenían que haber libros; eran su vida. De cuatro hermanos, el segundo en nacer, el único varón, fue al que más se le activó el gen de las letras venido de mi abuelo. Y el que tuve encima de mí en la pila bautismal. ¿Quizá allí me lo pasó, el amor por las letras, la comezón por escribir? Quién sabe.

Sólo de adulto supe lo dura que había sido su vida. Su eterno intento de estar bien con Dios, un Dios a quien amaba profundamente, y la sociedad que lo rodeaba, en su condición de homosexual. La ausencia abrupta de sus padres, mis abuelos. Encontrando la paz en las letras, algo que lo llevó finalmente a la membresía de la Academia de la Lengua de Venezuela en 2015.

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