Hacia adelante

Image: Photoangel

Hablemos un segundo (zas) del tiempo. Tratemos de imaginar lo realmente insignificante que somos en términos cosmológicos. Si reducimos toda la historia del Universo en un año, como se ha hecho varias veces, el Homo sapiens habría aparecido a las 11:30 de la noche del 31 de diciembre. Y esos son casi dos millones de años de historia. Reducidos a 1.800 segundos. Te pone a pensar, ¿no?

El tiempo es algo que parece lo más constante que hay pero en realidad cambia en cuanto cambia la perspectiva de quien lo ve. Un segundo es una eternidad para el que llegó de segundo en los cien metros planos, una hora no es nada para el que está por despedir a un ser querido. En un minuto puede cambiar todo para la que espera el resultado de una prueba de embarazo. En un día puede que a un empleado promedio no le pase… nada.

A la vez, el tiempo puede ser eterno y efímero. Hay días que parecen durar unos minutos, otros se extienden más allá de sus 24 horas. Y créanme que les digo, pocas cosas te cambian tanto como el momento en el que te decides a ser uno de esos venezolanos que no pudo, no quiso o no aceptó quedarse en un país que lo es cada vez menos.

Un año cumplí el 18 de noviembre pasado desde que el avión salió de Maiquetía con escala en Miami para aterrizar en Orlando. De todas las ciudades de Estados Unidos en las que me veía viviendo, quizá una de las que no entraba ni el Top 20 de sitios a donde terminaría viviendo. Miami, quizá. Nueva York, había la posibilidad. ¿Pero Orlando? ¿Al lado de Mickey? (Aunque en realidad al lado de Universal.) ¿Cuál era el masoquismo?

Lo admito ahora: las dos semanas anteriores a mi partida fueron una larga odisea en el desierto de la depresión. Pensaba en cuanta gente estaría dejando atrás, cuántas experiencias me faltaban por vivir, cuántas quizá nunca más volvería a hacer. Pensaba en especial en mi familia, cuándo amanecería de nuevo compartiendo con ellos, pasando las tardes en casa de mis padres, reunidos en casa de alguno de los tíos que aún nos qudan. En mi madrina, tan sola arriba en su casa, ya sin mí en el cuarto de al lado. Pienso en mi perrito Baloo, viviendo ahora con su hermana en casa de la mejor de las amigas, sin saber si alguna vez lo volveré a ver. Pienso en el Trasnocho Cultural, en la pastelería Franca, en los viajes a La Guaira. En las subidas al Ávila, en las visitas a Los Galpones, en Los Palos Grandes. En carreteras hacia Valencia, Barquisimeto, Maracay. En otras visitas a Maracaibo, Porlamar, Puerto Ordaz. En tantas cosas que quizá aún estando allá no podría hacer, por falta de dinero, falta de seguridad, o falta de amistades, pues tantas se han ido.

Pero luego pienso en todo lo que he logrado en estos doce meses, y veo que vale la pena todo lo que pasé. Por primera vez en mi vida, tengo un carro y una casa que puedo llamar propios, compartidos con alguien que me ha dejado crecer como persona y como hombre. He aprendido el reto de ser padrastro, con todas sus altas y bajas. He aprendido a llevar un presupuesto de hogar, saber estar pendiente de pagar luz, Internet, alquiler. (Aún me asombra que no se paga teléfono en la casa sino los celulares.) Aprendí a ser mesonero, y aprendí que lo disfruto, aunque la trampa del efectivo es una que quiero evitar; no deseo quedarme en ese empleo el resto e mi vida. He aprendido tanto y a la vez sé que me falta tantísimo.

En este último día de 2018, pienso, con todo, en lo realmente afortunado que soy. Puedo estar tranquilo en un país casi tan mío como la Venezuela que dejé atrás, que no existe ni volverá a existir, porque tiene que venir algo hasta mejor que esos recuerdos. Pienso que tengo la suerte que mis padres, mi hermano y su esposa, y tantos otros familiares que quedan allá, siguen vivos y con salud, y que tengo la facilidad de comunicarme con ellos en cualquier momento del día, sin necesidad de esperar meses por una carta, como antaño. Pienso que recibo el amor de una buena mujer, de las mejores que ustedes puedan encontrar, y de una niña con un corazón de oro que me mira a mí como su protector y guardián, como su héroe. Pienso que aún tengo mi propia salud, que puedo salir y comprar lo que desee si tengo los medios, y puedo ayudar a mi familia con lo que pueda.

Pienso en todo esto, y 2019, el Año Chino del Cerdo, mi año según ese zodíaco, si creen en esas cosas, va a ser un año en el que sólo tengo una resolución: seguir creciendo, seguir alcanzando metas, seguir logrando cosas. Espero que me dé la oportunidad de recibir abrazos nuevos, sonrisas nuevas, proyectos nuevos. Espero siempre tener la oportunidad de agradecerles a ustedes que me siguen leyendo, y espero me ayuden a conseguir nuevos lectores. Espero que las lágrimas lleven a risas, y las risas a triunfos.

Espero, sobre todo, que tengan todos ustedes un muy Feliz Año Nuevo.

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