50 lecciones para 50 años: Parte 10

Cuando tienes un perro, en especial cuando tienes un cachorrito nuevo después de sientes que el mundo debe girar en torno a él. Y eso es un peligro, primero porque te puedes olvidar que tienes que tratarlo como a un perro, no como un niño (aunque que nadie lo dude, ese es nuestro bebé). Segundo, hay otros miembros de la familia que también requieren de nuestra atención, y se sentirán despreciados si no. En mi caso, Sky, mi agapornis, ya siente que ha sido relegada a un segundo lugar, y eso es algo que ningún pajarito merece. Hoy se lo compensaremos.

Pero más importante aún, tenemos una nena que hay que enseñarle la responsabilidad de tener un perrito en casa, la necesidad de darle una rutina y obedecer las reglas que sean necesarias para su mejor comportamiento. Yo cometí muchos errores con Baloo que le costaron un par de zapatos nuevos a su nueva mamá. No pretendo hacer lo mismo con Leia y el compromiso es aún mayor considerando que es parte de una familia, no solamente conmigo. Doy gracias a Dios que no estoy solo en esto.

Pueden leer entradas anteriores de esta serie aquí.

32.- Nunca niegues tus sentimientos, pero no los uses como excusa para el mal.

Photo by Alexis Brown on Unsplash

“¡Pero es que me gusta!” Esa es una frase que le escucho a mi nena con mucha más frecuencia de lo que quisiera. Viene después que le decimos que no puede comer en el carro, no puede brincar dentro de la casa, no puede tener todo lo que ella quisiera. Porque hay reglas, claro. Muy bien, si aplica para ella, aplica para un adulto. Uno no puede lanzarse a una aventura solo porque le gusta la sensación. Llámese comprar hasta endeudarse, beber todas las noches, o una “canita al aire”. ¿Negar que tiene su atractivo, que le gusta sentir esas emociones? Está bien, eres humano. Pero a mí me gusta el ron, pero ahora beberlo me pone más cerca de un infarto. ¿Quiero el infarto? Por supuesto que no. Así que no tomo ron. En cierta ocasión estaba hablando con un vigilante que me dijo que la mujer lo botó de la casa porque lo consiguió con una vecina. “Pero qué le iba a hacer, se me declaró y yo no podía dejar que pensara que uno no es hombre”, me dijo. Chacho anormal, le dije (en mi cabeza). “Ah pero sí era preferible que tu mujer supiera que no la respetabas, ¿verdad?”, le dije (en voz alta). Dijo algo de así somos los hombres que preferí ignorar y seguí mi camino. Convencido quedé que los sentimientos positivos –la atracción, la sensación de triunfo, etc.– son demasiado bonitos para usarlos para propósitos nefastos.

32.- Oye los consejos de quienes mejor te conocen.

Photo by Monica Melton on Unsplash

Muchas veces me pregunto qué sería de mi vida si hubiera desarrollado tres dedos más de frente y le habría hecho caso a los consejos que me dieron ciertas personas que me conocían (y conocen) muy bien. El ejemplo más notable son los tres consejos que no le escuché a mi papá. El primero fue cuando, mientras estudiaba Publicidad y Mercadeo, me sugirió que probara salir en la escuela de Periodismo de la UCAB y tratara de sacar las dos carreras. El cobarde de mí decidió que era mucho trabajo, y la cara de decepción de mi papá aún me quita el sueño cuando la recuerdo. Terminé estudiando periodismo igualito, pero mucho mayor, con menos tiempo para la vida universitaria y con el sueldo en la casa mucho menor. El segundo fue más o menos mientras estaba en la universidad donde mi papá me insistió que fuera al menos un año a Estados Unidos a probar suerte, sin ningún compromiso. Yo jamás descarté la idea de irme del país, total para eso se es ciudadano estadounidense, pero la idea de ser un adulto a los veintipico me aterraba demasiado. Sabemos ya cómo terminó eso. El tercero fue cuando me sugirió que pensara mejor eso de casarme; no lo escuché (ni a él ni a ninguna de la docena de voces que me decían lo mismo, directa e indirectamente) y a los nueve meses me estaba divorciando. Sin mencionar las amistades que perdí en el camino y aún estoy tratando de recuperar a más de diez años del hecho. No olvidemos que quienes nos conocen mejor tienen la ventaja de ver desde afuera nuestras situaciones y siempre, siempre, tendrán nuestros mejores intereses de su parte. Cuesta, cuesta mucho, en especial si uno aún no tiene la madurez suficiente, pero en serio, hagan caso, mijos.

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