Sé feliz, hijo mío

Ayer (domingo) en la mañana eran las 5:30 de la mañana y me desperté. Porque me había acostado en un estado poco común de agotamiento. Y aún así, una hora después, oigo veinte carros pasar, una camioneta toca corneta, pasa una ambulancia y mi perro ladra buscándome juego.

Hoy me levanté a las 6:30 de la mañana igual. Hace un silencio tan profundo que siento que puede ahogar a un incauto. Pasa casi una hora antes de que escuche un auto.

Y ya no tengo a Baloo.

Tantos clichés que se me ocurren en este momento: “el primer día del resto de tu vida”, “lo mejor es lo que pasa”, y etcétera. Pasa que un cliché no describe lo que siento en este momento. No sé qué pueda hacerlo porque no estoy seguro de qué siento. ¿Rabia? ¿Tristeza? ¿Resignación? ¿Ese tonto velo del escapismo que hacen llamar madurez? ¿Todas las anteriores?

El 2 de noviembre de 2012, me encontré con Andrea, quien tenía un pequeño bojotico de amor para mí. Durante los próximos once meses, pasé rabias, frustraciones, sustos, dolores y tristezas, pero sobre todo y encima de todo, sentí una inmensa alegría, una compañía desinteresada, un amor como el que nunca conoceré. Baloo trajo una clase de alegría a mi vida que sólo un perro puede traer y sólo alguien que haya tenido un perro y realmente preocuparse por él puede entender.

Era uno de los dos mayores sueños que tuve en mi vida; el otro era estar casado y con una familia. Moraleja: Si quieres hacer a Dios reír, cuéntale tus planes. en ninguno de los dos casos se cumplió aquello de “hasta que la muerte los separe”.

Me entristece mucho que las circunstancias de mi vida hayan cambiado tantísimo, pero también estoy consciente que uno no debe prolongar una situación incómoda, so pena que se vuelva insostenible. Lo que más lamento es que Baloo ahora deba –al menos temporalmente—aprender a querer a otra manada, a robar otras medias, a comerse otros controles, o despertar a otros a las 3 de la mañana. Claro, ahora está con su hermanita Allie, y con una dulce señorita y su novio que aman a los perros casi tanto como yo. Eso me consuela muchísimo.

Así que espero que este nuevo silencio de mis mañanas me ayude a escuchar mejor la voz de Dios diciéndome, “todo va a estar bien”.

Gracias, Baloocito. Gracias por haber traído la felicidad en mi vida cuando pensé que me había sido negada. Gracias por dejarme aprender a cuidar a un ser que realmente necesita de mí. Gracias por todo. Espero que Dios me conceda la gran alegría de poder volverte a cuidar, hasta que de verdad pueda cuidarte hasta el fin de tus días.

(Por favor, no hablen mal de nadie de mi pasado. Las lágrimas que botaron por la ausencia de mi perrito deben recordarnos siempre que del buen corazón de los demás.)

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Hasta muy pronto, mi chiquito. Ya verás.

¿Estamos jodidos?

La pregunta ha estado en mi mente, mi boca y mi Twitter muchas veces las últimas semanas, persistente como un barro. Y no es en el sentido jocoso, pesismista o árbitro de tribuna. Es porque realmente el país me obliga a preguntármelo cada vez más. Por miedo, por curiosidad, por intención de conseguir alguna solución.

Olvídense del hecho que tenemos un Gobierno que controla cada poder público y lo controlará aún después de ido Maduro, Diosdado, Cilia y la basura que es Pedro Carreño. Eso, si acaso, tiene alguna solución, quizá muchos años más allá en el tiempo, pero la tiene. Porque eventualmente la oposición será gobierno y, muy poco a poco, irán sustituyendo los funcionarios que pululan en los círculos públicos y los convierten en una fuente de lentitud y/o enriquecimiento ilícito.

Yo hablo de nosotros.

Sí, el venezolano común me tiene mucho más preocupado que la cuerda de inútiles que nos gobiernan. ¿Por qué?

Porque es el que prefiere hacer una cola en las escaleras mecánicas del metro que subir por las escaleras.

Porque es el que prefiere pagarle al fiscal que pagar la multa.

Porque no le importa quedarse atravesado en una calle con semáforo con tal no esperar treinta segundos más a que el semáforo vuelva a cambiar. Y de paso le toca corneta a que está delante si se le ocurre hacerlo.

Porque no quiere ofrecer alquiler una casa que no usa con tal que no se la invadan (con cierta razón), así sea una familia que perdió su casa en Vargas (true story).

Porque paga noventa bolos para hablar por teléfono o a todo gañote con quien tiene al lado, en vez de ver la película (“¿y me vas a mandar a callar? ¡No seas marico!”)

Porque está dispuesto a calarse dos horas de cola en un Mercal porque “y qué vamos a hacer”.

Porque “diez es nota y lo demás es lujo”.

Porque cree que “los hombres no lloran” contribuye a la sociedad.

Porque desconecta la red del banco a la hora de comida porque él tiene que comer, los demás que se jodan.

Porque le dice a los clientes que le faltan papeles o tiene que ser en otra sede con tal de no llenar el papeleo él.

Porque “ya caminar hasta allá son 2.000 bolos, después vemos cuánto es lo del carro” (true fucking story).

Porque sí, se para bien temprano para ir a trabajar y mantener a sus muchachos, pero se presenta la oportunidad de colearse…

Porque un chamo la mitad de tu tamaño está asaltando a la señora que está enfrente de ti y te haces el loco.

Porque reclama que la comida está carísima pero se gasta 7.000 en un celular, 2.000 en un par de zapatos, 10.000 en un Nintendo DS, etc., calladit@ la boca.

Porque la idea de hacer “carpool” –que varios que tienen carro se alternen para buscar a los demás, para que haya menos carros en la calle—es una locura que nunca debe mencionarse.

Porque te escandalizas por la corrupción pero si puedes pagarle a alguien que te acelere el trámite del pasaporte está bien.

Porque se queja del tamaño de la cuenta de la luz pero deja el aire acondicionado prendido todo el día.

Porque no te pasa nada en las piernas pero subes un piso por el ascensor. UN. PUTO. PISO.

Porque te ríes de la viveza criolla hasta que eres víctima de ella, entonces sí es coñemadrismo.

Porque te quejas de lo lindo en Twitter, pero en el mundo real calladito.

Porque aplaudes al vivo y al honesto lo llamas pendejo.

Porque los chamos nunca salen de un encierro, y claro, cuando crecen en una ciudad que de vaina conocen, no les cuesta nada decir “me iría demasiado”.

Porque reclamas que el chavista sólo ve VTV, pero hasta ahora no cambiabas Globovisión pero ni en comerciales.

Porque los talibanes son malos de ese lado, pero de este son necesarios.

Porque insistimos en buscar a un Mesías, a uno solito que resuelva este peo. Con tal que no seamos todos nosotros juntos. Porque, “¿juntos? Yo con aquel ni a la esquina”.

Si me faltó alguno díganme en los comentarios, pero en serio, ya basta de pensar que porque estén los chavistas en el poder es que estamos como estamos. Estamos como estamos porque nosotros mismos no hemos cambiado en años. Eso que dijo Albert Einstein –“Pensar que obtendremos resultado distintos con los mismos métodos es de necios”—no aplica para nosotros. “Ay pero es que somos así, qué vamos a hacer”.

¿Ah entonces sí estamos jodidos?

Ustedes díganme.

El lente invertido

Resumen: Depende de cómo lo veas, Globovisión se está cayendo a pedazos, atacado por el régimen desde adentro, o se está adaptando a un nuevo formato: un medio equilibrado aunque aún crítico. Y lamentablemente, ahora los periodistas vuelven a ser noticia en vez de transmitirla. Las renuncias masivas del canal abren un nuevo debate sobre el papel que debería jugar el periodismo en un país donde los políticos ya son mal vistos por la población, y eres o no eres –una posición incómoda para una carrera que debe buscar la verdad, no la versión de las partes. ¿Que hay que ser crítico de un Gobierno que insiste en reprimir libertades? Pero por supuesto que sí. ¿Que en el proceso debes ser más Marta Colomina, menos William Echeverría? Con todo el respeto que merece la profesora, no gracias. Yo estudié periodismo, no ciencias políticas, por algo.

De eso trata el post que está abajo, pero en versión hiper condensada. Si estás conforme, quiero escuchar tu opinión, empezar un debate sobre el periodismo, así que te invito a dejar un comentario; no tienes que leer lo demás. Si quieres algo más, lee a tu propio riesgo. Me pongo un tanto personal, casi que controversial. No digas que no te advertí.

Justo antes de los eventos de abril de 2002, algo me iluminó de alguna manera para ir a alguna de las múltiples marchas/manifestaciones/bailoterapias que organizaba la oposición en aquel entonces. Y vi a Patricia Poleo recibir a una tropita de entusiastas jóvenes que le pidieron, cual estrella de rock, que les firmara su bandera. “¡Ay un autógrafo, un autógrafo!” Y yo recuerdo pensar, recién empezando la segunda carrera que hoy es mi profesión, “¿y eso desde cuándo?”

Poco antes, estaba dando clases de inglés en un instituto, al que iban muchos estudiantes de Comunicación Social de la Universidad Santa María. Tienen mala fama injustificada; la mayoría tenían hasta trasnochos encima por la cantidad de trabajos que le mandaban, pero al menos tres sí se la ganaron; una me dijo que no le gustaba leer, “yo le quiero es ser fotógrafa”, y dos me dijeron que estaban en periodismo, mandibuleo descarado y demás, “ay teacher, yo quiero trabajar en televisión”. (¿Cosa insólita? Una terminó trabajando en el departamento de comunicaciones de la Alcaldía Mayor cuando Juan Barreto.)

Lo querramos o no (y muchos lo quieren o no les importa), los periodistas hemos estado ocupando el centro del debate en esta Venezuela en que los partidos políticos le han fallado a la comunidad general. El gobierno del presidente Hugo Chávez –corrijo, el propio Chávez—apareció cuando los políticos estaban muy despegados de la realidad que vivían los electores, y durante cuatro años se encargó de reducirlos a la casi nada. Los únicos que se le podían enfrentar con cierto éxito eran los medios, y el chavismo los atacó sin piedad. Ya fueran leyes, ataques verbales o físicos. Algunos ejercieron la política sin ser políticos, como la propia Patricia, su papá Rafael. Otros sí la ejercieron de frente, como Alfredo Peña y José Vicente Rangel o, más adelante, Miguel Ángel Rodríguez. En mayor o menor medida, ser periodista en este país significaba que, quieras o no, ibas a estar metido en el debate político. Si hasta a María Laura García, periodista de salud, la criticaban por parecer ajena a la realidad política.

En medio de todo eso, estaba Globovisión. RCTV era casi tan radical como el Gobierno, pero al menos aún tenía series y telenovelas y Radio Rochela, mientras que Globovisión estaba dedicado casi exclusivamente a noticias. Digo “casi” porque cómo había editorial y opinión, tanto de invitados como de periodistas. Pero era un canal que cumplía con lo que prometía: informaba. No sé si siempre equilibradamente, pero ahí estaba su lente. “Radar de los Barrios”. “Aló, Ciudadano”. “Yo Prometo”. Hasta cierto punto, “Tocando Fondo”. Se volvió tan incómodo para el Gobierno que el único chavista que acudía a su sede era el que iba a protestar o a amenazarlos; acordarse que hasta Aristóbulo Istúriz tenía un programa allí era como recordar otra vida.

A Globovisión se le abrieron diez procedimientos administrativos en otros tantos años. Su cierre era casi siempre “inminente”. Las visitas de Lina Ron eran frecuentes, y en 2009 vino acompañada de lacrimógenas. Y aún así, seguía. El Gobierno nunca pudo lograr cerrarlos como sí lo hizo con RCTV, cuando se negó a renovarles su concesión.

Así que los compró. O al menos eso dicen las malas y no tan malas lenguas. La junta directiva nueva tiene al menos un integrante –Juan Domingo Cordero—que tiene relaciones al menos tangenciales con el Gobierno. La familia Zuloaga pidió un voto de confianza al personal para sus nuevos dueños. Eso fue hace cuatro meses. ¿Qué ha pasado desde entonces?

Sí hubo un cambio en la línea editorial, pues, en palabras del que sería su nuevo director, el veterano Leopoldo Castillo, ahora serían “de centro”. No más cobertura en vivo de los actos de Henrique Capriles; no más micros de “Usted Lo Vio” y “Aunque Usted No Lo Crea” o “Toques de Diana”, los editoriales de Diana Carolina Ruiz. “Aló, Ciudadano”, el programa de Castillo, seguía abiertamente crítico al régimen, ahora de Nicolás Maduro, pero el resto de la programación, aunque ciertamente aún tenía la cobertura de protestas, sucesos y denuncias de la oposición, le había “bajado dos”.

Hoy sólo Juan Eleazar Fígalo, Aymara Lorenzo, Julio César Pineda, José Vicente Antonetti y la propia Ruiz quedan de lo que fue “la vieja guardia”, al igual que Beatriz Adrián y Martha Palma Troconis, aunque ellas pasaron a segmentos “light”. Todos los demás, se fueron o “los” fueron. Casi todos anunciándolo por Twitter. Uno, Roberto Giusti, muy elocuentemente por su columna en El Universal, resumió bien lo que fue el último fin de semana, donde seis de sus periodistas estrellas –incluida mi compañera de promoción de la UCAB, Sasha Ackerman—fueron despedidos o renunciaron en menos de 24 horas.

Fue entonces cuando llegó la ola salvaje y montado sobre ella un torvo mensajero que apareció para aplicar el ácido. El proceso de “transición gradual”, dio paso a la “transición brutal”. “Aquí se acabó la (pendejada) del equilibrio” y volvieron a rodar las cabezas. Pero como yo sé que la mía está en juego y sólo me debo a la audiencia, a los receptores, a quienes creen en mi honestidad profesional, (que para mí son los únicos dueños del canal) les presento mi renuncia a partir de hoy porque en Globovisión no están dadas las circunstancias para hacer un periodismo libre.

Los más radicales podrían afirmar que esta era el plan del Gobierno. Total, Maduro seguía diciendo que Globovisión “seguía conspirando”. Quizá era la señal para poner nervioso a Cordero y a Raúl Gorrín, los nuevos dueños. Quizá sí sea cierto que le exigieron a Leopoldo Castillo irse por ocho meses por su enfermedad. Sí es cierto que le dijeron a Kico que era incómodo; después de todo, yo mismo lo entrevisté. Y entonces el Gobierno aplicó una de “si no puedes con ellos, cómpralos”. Al nunca poder doblegar al Globovisión viejo, decidieron crear la nueva Globovisión.

O quizá… sólo quizá…

Vladimir Villegas, uno de los nuevos talentos del canal, que rechazó la dirección por razones que expone en esta entrevista que bueno, también le hice yo, recuerda algo que yo había olvidado en su columna de El Nacional: José Domingo “Mingo” Blanco, quizá el último periodista del canal que entrevistó al hoy presidente Maduro, cuando era el diputado Maduro, fue despedido de ahí por una conversación que se hizo pública criticando al partido Acción Democrática. No hubo grandes reclamos o airadas “tuiteadas” entonces; Mingo pasó al olvido. Cuando salió del aire “Buenas Noches”, destaca Villegas, los mismos que insultaban a Leopoldo Castillo por quedarse en el canal, le aplaudieron su dignidad por renunciar el pasado viernes. Así está el país. O estás con ellos, o estás con nosotros. ¿Equilibrio? Para ingenuos o inocentones.

(Yo mismo lo viví hoy, cuando una amiga me dijo por Twitter que no vería la película Bolívar: El Hombre de las Dificultades porque no soporta a su protagonista, Roque Valero, por haberse declarado oficialista. ¿Será que se animará mi amiga a leer esta entrevista que le hiciera mi compañera Katian Castro? Eso espero.)

Así que, a riesgo de los insultos estoy seguro recibiría si fuera más conocido, suscribo la última parte de la columna de Villegas:

El momento actual de Venezuela reclama cambios en los medios tanto públicos como privados. El equilibrio, la presencia de todos los sectores y de todos los puntos de vista son imprescindibles.

(Bueno sería que insistiera en este equilibrio en los medios del Estado, doctor Villegas. Es ahí donde el equilibrio brilla más por su ausencia.)

Hoy otra vez, como en 2002, el lente está invertido hacia los que antes lo apuntaban. Hoy, los hombres y las mujeres de noticias son noticia ellos mismos. Unos, como Román Lozinski, lo lamentan; otros le darán la bienvenida. Yo soy uno de los que piensa que un periodista, más que objetivo, debe ser sincero: si no estás de acuerdo con tu Gobierno o tus jefes, debes decirlo. Pero aún debes ser objetivo: debes recordar que hay tu verdad, su verdad y LA verdad. VTV sólo muestra “su” verdad. ¿Globovisión mostraba LA verdad? (Opinión muy personal: en “Radar de los Barrios”, oh sí; en algunos otros, ¿sí?) Un periodista no debería estar en la palestra; debe decir lo que hay en ella.

Pero no puedes voluntariamente prestarte a ser un actor político. No puedes sencillamente alborotar lo más básico del ser humano para ganar pageviews y llamarte crítico del Gobierno, que es lo que considero hace el ex director de Globovisión, Alberto Federico Ravell, en La Patilla, un medio al que, aunque hay periodistas allí a los que respeto mucho, me parece que se regodea en sacar el animal que lleva el venezolano por dentro (¿”riqui riquita”? ¿En serio?). Porque si como político te comportas, no esperes que te traten como periodista. Por eso Carlos Escarrá no quiso atenderme cuando lo llamé estando en El Nacional. (Bueno, una de las razones. No hablemos mal de los que ya no están.) Por supuesto que no van a aceptarte entrevistas en Globovisión, si saben que la única forma de salirse de la andanada de preguntas en contra es acusarlos de golpistas. Es porque nunca hubo un equilibrio. Es porque era el único contrapeso verdadero al Gobierno. Es porque era la única ventana que quedaba para que la oposición se expresara libremente… y lo hacía cada vez que podía.

Quizá estoy siendo ingenuo, aún a mis 42 años de edad. Quizá esto sólo puede resolverse con peos de lado y lado. Tú me atacas, yo te ataco. El Gobierno insiste en un magnicidio sin presentar los detenidos; yo me burlo de tus contradicciones. Y así vamos. Armado con mi pluma o mi laptop o mi tableta o todos tres, yo soy el que va a ser tu vigilante, el que te va a mantener derechito. Ey, si el Washington Post pudo con Nixon… Ah pero eso era una democracia abierta. Los Papeles del Pentágono contribuyeron a detener Vietnam, Watergate a despedir a Nixon. El audio de Mario Silva logró… que se fuera Mario Silva.

O quizá (ya para terminar; bendita ignorancia mía de la síntesis), quizá este tuit de Mirelis Morales, una periodista a la que le tengo un gran cariño, es en lo que hay que pensar.  Ciertamente fue lo que inspiró este largo post.

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Uno más

Son las 8:45 de la noche y estoy sentado escribiendo esto únicamente con el soundtrack de The Social Network y mi perrito Baloo de compañía. Mi esposa aún no ha llegado del trabajo, vivo lejos de mis padres y hermano a quienes ya vi hoy y la calle frente a mi casa, normalmente un escándalo durante todo el día por vivir cerca de la entrada de la urbanización ya se redujo a un callado rumor, con la excepción del malparido que siempre decide picar caucho a las peores horas.

Que manera tan extraña de pasar un cumpleaños, ¿no?

Sip, hoy hago lo mismo que hicieron en distintos años James Cagney, David Hasselhoff, Donald Sutherland, Andy “Spartacus” Whitfield, Mike Vogel, Quino, el director Wong Kar-wai, Robin “Liu Kang” Shou, Angela Merkel, Geezer Butler (Black Sabbath), Panda Bear (Animal Collective), el primer Sha de Irán y el autor Cory Doctorow, quien nació el mismo día que yo y de paso me felicitó. Nací. Hace 42 años le di una felicidad a mis padres que cambió a lo largo de los años, pero por lo visto se mantiene.

Es el primer cumpleaños que no lo paso rodeado de familia y amigos, y claro que me tiene un poco triste. Claro, en parte es porque es miércoles y es una ladilla desplazarse y qué sé yo, pero esta mañana, que sabía cómo iba a terminar el día, me hacía pensar que también he descuidado a muchas de mis mejores amistades, sin mencionar muchas cosas que han pasado en los últimos años que han hecho que a su vez se alejen de mí.

Claro, también a medida que pasan los años uno está menos propenso a reuniones grandes. Recuerdo que para lo que creo fue mi 22do cumpleaños hubo más de 20 compañeros de DHL en mi casa, de vasos caídos y demás en un parquet recién colocado. Hubo otro que habían 15 personas de todo el espectro de amistades que podía tener. Era genial, en especial para mí que tanto disfruto de la compañía de seres queridos.

Admito que las nubes de la depresión amenazaban con amargarme el día. Hasta que empecé a ver los mensajes que me dejaban.

Tanto por Twitter como por Facebook, he recibido mensajes de gente con las que he tenido sólo breves encuentros pero he tenido largas conversaciones en “la nube”. Gente con la que he trabajado o a la que le he dado clases. Que fueron pasantes cuando yo estaba en El Nacional o Últimas Noticias y ahora son tremendas profesionales. Viejos profesores y no tan viejos. Ex novias, casi novias, novias de amigos. Amigos queridos pero no tan frecuentes que siempre tienen el detalle de felicitarme en estos días. Una antigua compañera de clase cuyo último mensaje en Facebook, antes de hoy, fue mi cumpleaños el año pasado. Dos panas que nunca me han visto en persona pero que me dieron cálidas felicitaciones y divertidas conversaciones por chat. Mensajes de personas que nunca me han visto pero me conocen lo suficiente como para aguarme el guarapo. Simples “feliz cumpleaños” que sabes que simplemente son por el protocolo de Facebook pero que igual se agradecen mucho.

Se podría decir que eso igualmente es triste, ya que podría ser evidencia que he construido más vida online que en “la vida real”. Y sí, lo habría dado todo por haber podido recibir esas felicitaciones en vivo de todas y cada una de esas personas. Pero el hecho que principalmente las conozca online no las hace menos reales, ni sus expresiones de afecto menos sinceras. Llego a mis 42 años no sólo saludable, sino convencido que, a pesar de los errores, de que mi vida no está aún donde quiero que esté, he invertido en las cosas importantes de la vida, como es familia y amigos.

De modo que gracias, Diosito, por darme un año más de vida, gracias por las enseñanzas que me has dejado y por la gente que me has puesto en el camino. Sé que estoy a punto de dar un gran cambio en esta vida que me dio, y gracias también por esa oportunidad.

A todos los que consistentemente hacen que mi cumpleaños sea, por una u otra razón, inolvidable, gracias también.

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(Es de 2011, pero sigue siendo mi foto de cumpleaños favorita. Tomada por Miguel González.)

Y el tal Snowden, ¿es de los buenos o es de los malos?

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Todo este embrollo de Edward Snowden está peor que una novela de John LeCarré, hasta el punto que el protagonista central es un tipo inteligentísimo y reservado, cual George Smiley, con  la diferencia que en vez de espías y gobiernos sofisticados y discretos, tenemos a los tipos del ALBA. Ya a este punto, hay que decirlo: Snowden hasta dejó de ser el problema. Los países “anti imperialistas” lo están usando para atacar a EEUU y criticar su red de espionaje. Lo que Snowden pueda mostrar –y honestamente considero que debe mostrar— está rápidamente pasando a un segundo plano.

Pero es precisamente por ese desastre que vino después de la soberana estupidez de España, Italia, Francia y Portugal con el avión de Evo Morales que quizá se note el desespero de EEUU de traer a este tipo a juicio y callarle la boca (espero que no para siempre). Si de verdad EEUU exigió/convenció/sobornó/amenazó a esos países para que mandaran a detener el avión –y Bolivia dice que tiene pruebas que sí—en efecto ya Edward Snowden se puede considerar “enemigo público número uno”. Qué importan Ayman al Zawahiri y el resto de Al Qaeda, ¡este pana se tiene que callar la jeta!

¿Pero de verdad se justifica?

Lo primero que les pido es que vean la entrevista completa que Glenn Greenwald y la documentalista Laura Poitras para el periódico The Guardian. Creo que mucha gente ya hasta olvidó lo que el hombre explicó en esa entrevista con todo lo que ha pasado. Esta es la primera parte. (Si no salen los subtítulos automáticos, escójanlos en el botón “CC”.)

Ed Snowden interview, pt 1

Y esta es la segunda, con subítulos ya incrustados.

Ed Snowden interview, pt 2

Resumen: Ed Snowden trabajó en los niveles más altos como analista informático en la Agencia Central de Inteligencia y la Agencia de Seguridad Nacional, y vio cómo ambas agencias creaban una red masiva de vigilancia no sólo de los EEUU, que ya es bastante, sino de todo el mundo. En el caso de los celulares, se supone que pueden ver quién llama, quién atiende, a qué número y cuánto dura la llamada, pero no el contenido de esa llamada. Cuando tanto The Guardian como la revista alemana Der Spiegel revelaron los documentos que Snowden les entregó, Obama no sólo no lo negó; lo defendió.

Lo que puedo decir de forma inequívoca es que si eres una persona de Estados Unidos, la NSA no puede escuchar tus llamadas, no puede leer tus correos… y no lo han hecho. No pueden y no lo han hecho, por ley y por regla, a menos que – y usualmente no serían ellos, sería el FBI – vayan a una corte, obtengan una orden, y busquen una causa probable, de la misma forma que siempre ha sido.
-Barack Obama, durante una entrevista con Charlie Rose, 17/06/13

Snowden rechazó esa declaración, considerando que Obama “estaba defendiendo lo indefendible y lo sabía”, diciendo que la NSA puede escuchar lo que sea y lo ha hecho. Sin pedir una orden en la corte. Simplemente por la sospecha. Y aquí está la razón de por qué lo hizo.

No quiero vivir en una sociedad que haga esta clase de cosas. No quiero vivir en un mundo donde todo lo que hago y digo queda registrado. No es algo que estoy dispuesto a apoyar o bajo lo cual vivir.

Tengan en cuenta que este es un pana que ganaba unos 200.000 dólares al año, vivía en Hawaii y tenía una novia que ya La Patilla se encargó de mostrar en todo su esplendor. Se rehusó al anonimato porque está convencido que no hizo nada malo. Y ha sido claro: lo que quiere es un debate, que el mundo decida si quiere vivir así. Que tiene más documentos que podrían joder a alguien pero esa no es su intención. (Pueden leer los artículos de Greenwald para The Guardian aquí y aquí.)

Los años recientes han tenido varios casos con “whistleblowers” como Snowden. Los dos más notorios fueron los de Aaron Swartz y Bradley Manning, sin duda. Swartz, inventor del protocolo RSS y uno de los responsables por Creative Commons y Reddit, estaba a punto de ser enjuiciado por hacer público papeles académicos de la base de datos JSTOR del MIT, y se enfrentaba a 35 años de cárcel. Antes de enfrentarlo, Swartz decidió suicidarse. Manning, por su parte, es un soldado del ejército estadounidense quien admitió entregar material al sitio Wikileaks, el “hijo” de Julian Assange, y fue encarcelado tres años sin juicio, incluyendo 11 meses en solitario que hasta la ONU consideró bárbaro.

Por el trato a Manning, el papá de los informantes de EEUU, Daniel Ellsberg, considera que ya su juicio debería ser anulado. Ellsberg es el responsable de los Papeles del Pentágono, una serie de documentos clasificados que entregó en 1971 al New York Times donde se veía que el gobierno de Richard Nixon estaba pujando por seguir la guerra de Vietnam sin importar los costos. Ellsberg se entregó a las autoridades, salió bajo fianza, pudo hablar con los medios y en actos públicos en contra de la guerra y al final el juicio que se le abrió fue desechado porque el Gobierno le puso un micrófono de manera ilegal. Con razón Ellsberg dijo en una reciente columna del Washington Post que “Edward Snowden tomó la decisión correcta de irse del país”: “El país donde yo me quedé era un Estados Unidos diferente, hace mucho tiempo”.

Creo que ahí está el meollo del asunto. EEUU, aunque sigue teniendo una democracia relativamente sólida –un Congreso que limita las funciones del Presidente, un sistema electoral libre (aunque terriblemente anticuado), una libertad de expresión casi sin límites (y voy con ese “casi” en un momento)—ya no es la luz de la esperanza que fue en los 70 y 80, el sitio donde los perseguidos iban a buscar refugio. El 11 de Septiembre transformó, espero que no para siempre, a EEUU en un gigante paranoico, desconfiado y desesperado por más nunca recibir un golpe tan preciso, y por ello ha optado por comerse algunos derechos civiles básicos de privacidad y decencia en nombre de la Guerra en Contra del Terror.

Consideremos los escándalos que han surgido desde que las redes sociales son grandes: Abu Ghraib. Soldados orinando sobre el cadáver de un talibán. “Collateral Murder”, el video que hizo a Wikileaks famoso. Todo lo que Wikileaks ha sacado, desde ese video hasta los documentos diplomáticos. Las condiciones de la cárcel de Guantánamo y sus recientes alimentaciones forzadas a los prisioneros en huelga de hambre (el rapero y actor Yasiin Bey, mejor conocido como Mos Def, hizo un video para demostrar el procedimiento). Swartz. Manning. Snowden.

¿Lo que más me impresiona de todos estos escándalos? “El  público necesita decidir si estos programas y políticas están bien o mal”, dice Snowden en su entrevista. Pues, si al menos he de creerle a una encuesta de la revista TIME, ya decidió –y no le molesta (al menos el estadounidense). 48% de los encuestados están de acuerdo con el programa de vigilancia de la NSA, mientras que 44% no –una encuesta con un margen de error de +/-4%. O sea, el tema tiene a EEUU fuertemente dividido. Pero 63% considera que ha tenido algún o mucho impacto en garantizar la seguridad nacional, y 48% cree que el Gobierno sí logró el equilibrio adecuado entre proteger su privacidad y proteger su integridad física. (54% considera que Snowden hizo algo bueno, pero 53% considera que igualmente debe ser procesado por lo que hizo.)

¿Entonces? Al fin, Ed Snowden, ¿héroe patriota o villano traidor? Como siempre depende a quién le pregunten. Ciertamente cometió un crimen, haciendo públicos documentos clasificados, lo que contraría el acuerdo de confidencialidad que indudablemente firmó al ser empleado tanto por la CIA como la NSA. ¿Lo que ha revelado podría poner en peligro al país? Creo que a estas alturas, no más de lo que EEUU representa para sí mismos. “Tierra de los libres, hogar de los valientes” suena a algo cada vez más vacío. Y lo digo con dolor, pues es mi país de nacimiento. Pero da dolor ver cómo ha degenerado en los últimos años, cómo su maquinaria gubernamental se ha convertido en lo que tanto ha dicho combatir. Y es una maquinaria que ningún Presidente, no importa lo bien intencionado que sea, tendrá facilidad en desmontar. Y en muchos casos, quizá ni siquiera tenga la disposición de hacerlo.

De modo que Ed Snowden ahora no le queda otro remedio más que buscar asilo en algunos de los países donde la libertad de expresión es un poco cuestionada, como lo son Ecuador, Bolivia y Venezuela, con sus respectivas leyes que limitan la prensa libre. Precisamente porque los tres son tan contrarios a EEUU es que Snowden tenía en ellos su mejor opción de asilo, y como dije al principio, les ha dado las mejores herramientas para continuar atacándolo. En el caso nuestro, es particularmente divertido que el presidente Nicolás Maduro critique a EEUU de espiar “a todo el mundo” cuando ya es bien sabido que todos los principales líderes opositores del país tienen sus celulares e incluso sus casas pinchados, como demostró el reciente caso de la diputada María Corina Machado.

Repito: ¿y entonces? ¿Héroe o villano? Depende a quién pregunten. ¿Me preguntan a mí? No sé si héroe, pero hizo lo correcto. Rompió la ley, sí, pero expuso lo feo que está todo. Lo malo es que, para seguir exponiéndolo, tiene que meterse en la cama con los villanos. De todos modos, rompiendo la ley es a veces la forma que las sociedades avanzan, citando este artículo (en inglés) del blog Thoughtcrime:

Imaginen que haya una realidad alterna distópica donde la defensa de la ley fuera 100% efectiva, de tal manera que cualquiera que potencialmente rompiera la ley supiera que sería inmediatamente identificado, aprehendido y encarcelado. Si una defensa perfecta de la ley fuera una realidad en Minnesota [que acaba de legalizar el matrimonio homosexual, luego de leyes de sodomía que hacían a la propia homosexualidad ilegal desde 2001], Colorado y Washington [que acaban de legalizar el uso de marihuana] desde su fundación en los años 1850, parece muy poco probable que estos cambios recientes hubieran sucedido. ¿Cómo se habría decidido que la marihuana debía ser legal, si nadie nunca la habría usado? ¿Cómo habrían podido decidir los estados que el matrimonio entre gente del mismo sexo debería ser permitido, si nadie hubiera visto o participado en una relación homosexual?

En estos casos sé que depende a quién le pregunten. Pero los dejo con ese pensamiento: rompiendo la ley es a veces como muchas sociedades avanzan. Si no, ustedes aún tendrían esclavos.

Un poquito extra: Por supuesto, si quieren leer un poquito más sobre el caso Snowden, hay cualquier cantidad de artículos en inglés y en español en todos lados. Pero hay un par de cosas relacionadas que me gustaría compartir con  ustedes que me parecen interesantes.

  • The Most Dangerous Man In America es un documental sobre Daniel Ellsberg nominado al Oscar que mucho les recomiendo, no sólo por su calidad sino para que hagan el contraste de los EEUU de 1971 y los de ahora. Por supuesto que está disponible en su proveedor de torrents preferido, pero si son suscriptores de Netflix también está disponible allí.
  • Kieran Haley, un profesor de sociología de la Universidad de Duke, tomó los datos que Edward Snowden reveló de PRISM, el programa de vigilancia que la NSA usa para recolectar metadata de las comunicaciones de los estadounidenses, y la aplicó sólo en las listas de membrecía de varias organizaciones del área de Boston en la década de 1770. Sólo con eso, el nombre de Paul Revere, quizá el nombre más famoso de la Revolución Estadounidense, sale sin ningún problema. En esencia, pareciera que si este sistema hubiera estado en sitio en los tiempos de Paul Revere, EEUU aún sería una colonia británica. (“Rompiendo la ley…”, dije antes…)
  • ¿Por qué no cierra Guantánamo? Por muchas razones. He aquí algunas. Y otras. Aunque un artículo de TIME lo dice sin tapujos: Guantánamo jamás cerrará.
  • Isabel Lara es una periodista residenciada en Washington, hija de la internacionalista Maruja Tarre, que una vez escuchó una llamada privada entre ella y su madre salir tanto en “La Hojilla” como en “Dando y Dando”. Lo cuenta todo en Boing Boing (en inglés).

La vida y ya

El otro día me monté en un transporte público camino a no recuerdo dónde, y me encontré con una persona familia de alguien que fue relativamente importante en mi vida –bueno, falso… ERA mi vida. No voy a repetir lo que me contó aquí porque no es la idea, pero sólo digamos que la vida tomó un giro bien inesperado para esa persona. Sin mencionar que vi un lado de una familia que nunca pensé ver, y sólo pude pensar, “¿qué haría yo si aún estuviera en esa situación?” Bah, qué importa.

Unos días antes de eso, un muy buen amigo escribió una cosa curiosamente banal para su radicalismo político en Twitter: “Viendo una película que siempre me hace reflexionar sobre cuánto me parezco a lo que quería ser cuando niño: Mi Encuentro Conmigo”. Para quienes no sigan el mundo del cine, esta es la película de Disney donde Bruce Willis interpreta a un cínico y frío ejecutivo de relaciones públicas que una noche tiene en su casa a su versión de ocho años, interpretado por Spencer Breslin, quien le espeta: “Ya va, ¿tengo más de cuarenta años, no me he casado y no tengo perro? ¡Crezco para convertirme en un perdedor!”

Los dos casos, ocurrido en esa rara jugada anónima de Dios que hemos bautizado coincidencia, me puso a pensar precisamente dónde estoy en la vida ahora respecto a dónde estaba cuando tenía esos ocho años. Digamos que empecé en el B652 antes de aterrizar en la Tierra. Cuando tenía ocho años soñaba con atender los grandes animales de un parque salvaje. Luego esperaba salvar tortugas marinas en Margarita. Luego mi papá me animaba a ver si trabajaba en el hipódromo. Sí, quise ser veterinario, luego de querer ser biólogo marino. Hasta salí en la facultad de veterinaria de Maracay, conseguí dónde me iba a quedar. Pero un año de huelgas me hizo desistir.

Soñando aún con Margarita, supongo, fui al Nuevas Profesiones para dejar de perder tiempo y poner a buscar un acompañante para mi título de bachiller. Me empecé a imaginar acompañando turistas gringos o europeos a la laguna de La Restinga, o paseándolos por el casco central de Caracas. (Esto era en 1991 –se dice fácil, ¿no?) Pedí información, pedí el pensum. Por no perder, pedí el de Publicidad también. Lo leí. Tres años después, completaba la carrera de Publicidad; uno y medio después, entregaba la tesis; seis meses después, me graduaba, con una novia que luego me dejó por otro hombre y otro país, un grano del tamaño de mi cara en la nariz y un “candado” negro y ralo que nunca había peinado. Eso, unido a lentes que harían al Intrépido Volador envidioso y una natural alergia a los flashes, resultó en la peor foto de graduación de la humanidad. Creo que mi madre se apiadó de mí y la quemó. Dios te bendiga.

Luego de una pasantía en la mejor agencia de publicidad del momento, procedí a perder –profesionalmente hablando—cinco años de mi vida trabajando en atención al cliente en DHL. Gracias a Dios por las amistades –una MUY en particular—que hice ahí, pero más nada. Luego procedí a perder siete meses de mi vida en otra empresa. Luego un mes más en otra. Y luego cinco años dando clases de inglés.

No puedo negar que mi estadía en Loscher (justo hasta el día de mi despedida) fue de mucho aprendizaje para mí y así como estuvo llena de desilusiones estuvo repleta de satisfacciones. El primer año me sentí como un frat boy; muchas mujeres, mucho alcohol. (God damn you, Saborío, no sé ni cómo estoy vivo. Thank you, you’re the best!) Y luego, la primera mujer con la que consideré casarme y con la que realmente lo hice. Y más importante aún, cuando me miré al espejo y decidí que así no quería mi vida. Me inscribí en el CNU. Presenté. Me inscribí en la UCAB para comunicación social. Presenté. Salí. Cinco años después, el día del aniversario de mis padres, me entregaron mi diploma como Licenciado en Comunicación Social, mención Periodismo.

Ahora me encuentro en otro cruce de mi vida. Aún no puedo darles detalles, pero será grande. MUY grande. Es, básicamente, apretar Ctrl+Alt+Supr. Es borrar la hoja, poner una nueva. (Y dale con las referencias analógicas.) Es nuevamente, vivir la vida y aprovechar las oportunidades que ella me da. Es eso y más.

Es la prueba que, al final, sólo podemos saber dónde estábamos cuando empezamos. Porque no siempre podemos saber dónde terminaremos.

No se dejen

Estamos a 31 días de las elecciones en Venezuela, llegando al llegadero, como dicen. Esta es la época en que debía suceder algo que yo dije que si ocurría, yo empezaría a realmente preocuparme sobre los resultados de esas elecciones.

Bien, ocurrió. Lo malo es que no ocurrió como yo esperaba. En rueda de prensa desde el parque El Calvario “Ezequiel Zamora”, en Caracas, el presidente Hugo Chávez presentó una encuesta de Datanálisis, una de las encuestadoras más serias del país y una de las que, en lo personal, me parece más confiable a la hora de una medición de opinión. No recuerdo las cifras con exactitud, pero sí recuerdo una ventaja de 14,3 puntos porcentuales del presidente Hugo Chávez sobre el gobernador Henrique Capriles.

Fiel a mi promesa: empiezo a preocuparme.

Claro, hay que decir que no creo que Luis Vicente León haya entregado al Gobierno los resultados de su estudio, en primer lugar, porque esos estudios fueron realizados a solicitud de un cliente privado que pagó una fuerte cantidad para que se hicieran. En conversaciones que yo mismo he sostenido con el director de Datanálisis (y por extensión, con otros representantes de encuestadoras), León me ha aclarado que ellos no anuncian los resultados de sus encuestas, sino que los entregan a los clientes y ellos deciden si los hacen públicos o no. Segundo, León siempre ha tratado de mostrarse imparcial, como demuestra en su cuenta de Twitter, y por ello ha recibido ataques de lado y lado –un compañero que sigo en esa red una vez me comentó lo incómodas de sus verdades, una afirmación que yo sostengo— pero sí se ha identificado con la oposición con anterioridad, así que me permito dudar que el Gobierno haya contratado a su empresa para un estudio de opinión. Así que con el perdón, sospecho juego sucio en la manera en que el Gobierno haya obtenido esa información.

Pero obvio, eso no cambia los números que allí presentaron. No cambia el hecho que Datanálisis, como ya dije, es una de las firmas más serias y respetadas en el país; junto con Consultores 21, y para hablar con terminología beisbolera, tiene el average de bateo más alto en las encuestadoras del país a la hora de predecir una elección, cosa que dudo de Hinterlaces, IVAD, Mercanálisis y en especial de GIS XXI, fundada por el ex ministro de Ciencia y Tecnología, Jesse Chacón. (Lo siento; ese pana tiene demasiada afinidad con el Presidente. Demasiada.)

SI de verdad esos son los números de Datanálisis –y Luis Vicente León ha estado callado—pues esos son los números: Chávez ganaría con 14 puntos por encima de Capriles. Más o menos dos millones y medio de votos.

Las últimas semanas se nota que la cosa no es que esté tan distendida, porque ciertamente la campaña se ha calentado por parte del Gobierno. Las palabras “jalabola”, “fascista”, “neoliberalismo” y “paquetazo” se unieron a “majunche” en el léxico del Presidente para referirse a Capriles. La última salió de declaraciones de David De Lima, ex gobernador de Anzoátegui, y apenas hace unas horas, William Ojeda, diputado de la Asamblea Nacional. Ambos denunciaron un plan oculto del comando de campaña de Capriles, un plan de Gobierno que llevaría a Venezuela a un vuelco a la derecha al estilo de Mariano Rajoy en España (de hecho De Lima comparó a Capriles con el actual presidente del gobierno español). Que el hecho que tanto De Lima como Ojeda empezaron su carrera política como miembros del Movimiento Quinta República y luego militaron en la oposición, Ojeda en particular, monta algunas sospechas, y yo por lo menos quiero pensar que es un intento por el Gobierno de meter miedo a los indecisos y opositores “flojos”, y de tanto De Lima como Ojeda de volver a lucir.

(Un aparte sobre Ojeda: el hombre ha tratado en cuatro ocasiones de ganar la alcaldía del municipio Sucre, una vez con el MVR y tres con la oposición, primero con su partido Un Solo Pueblo y luego con Un Nuevo Tiempo. En las últimas elecciones regionales, cuando Leopoldo López fue inhabilitado y no pudo presentar su candidatura a la Alcaldía Mayor de Caracas, Ojeda fue propuesto por UNT, a pesar que Antonio Ledezma había sido el candidato por consenso –y eventual ganador—.)

¿El daño ya está hecho? Quizá. Pero yo destaco algo que Luzmely Reyes, jefa de política de Últimas Noticias (y una excelente persona), escribió en su columna del pasado domingo. Menciona que en las encuestas, las respuestas a “por quién votaría usted si el presidente Chávez no se puede presentar”, la opción no es Elías Jaua; es Capriles. También destaca que se podría leer que, o es Chávez, o es ninguno. Considerando que el cáncer parece que ya no es un problema –y si lo es, Reyes destaca, se está evitando como la plaga—yo no me preocuparía tanto porque Chávez no se va a presentar. Lo que sí quiero destacar es la última parte de su columna.

Pero si eso pasa allí, del lado de la oposición sucede una situación de descreimiento que puede afectar la opción de Capriles Radonski. Como algunos saben, el voto opositor suele ser muy sensible y huidizo. En general, cuando se le pregunta a los encuestados “quién cree Ud. que va ganar”, la mayoría afirma que Chávez, incluso aquellos que votan por Capriles. 

No hay que confundir este indicador “percepción de ganador” con intención de voto, pero los expertos advierten que es como una señal de alerta sobre una posible abstención. Si un votante piensa que su opción no tiene vida, puede terminar por no asistir a las urnas.

Tal situación se parece a la que se presentó en el referendo por la reforma constitucional en 2007. 

Aquella vez, los estudios mostraban que el NO estaba preñado de abstención. Los que preferían negar la petición del Presidente se abstenían porque creían que Chávez ganaría. Cuando factores de oposición se dieron cuenta de esto, comenzaron una agresiva campaña llamando a votar. La recta final de aquella campaña fue emocionante, porque también obligó al Presidente a moverse para reducir la brecha que se iba a abriendo. 

El referéndum por la reforma constitucional ha sido la única ocasión  que la oposición ha ganado una elección al presidente Chávez. Y la ganamos con una abstención de 44,11%.

No nos dejemos meter miedo, gente. Sí, no se puede negar que, al apelar a la mayor demografía del país, el Presidente siempre tendrá una ventaja legítima. Pero asimismo, siempre usa el temor como un arma. Ha dicho reiteradamente que si Capriles ganara, se acabarían las misiones, se privatizaría PDVSA, se eliminaría el gasto social, incluso se llegaría a una guerra civil (más palabras de De Lima que suyas). Yo espero pensar que nadie sería tan idiota.

Analicemos brevemente: gente que ha recibido atención médica gratuita por primera vez en su vida, ha recibido una vivienda propia (con condiciones) luego de vivir en un rancho, que ha recibido una educación (no muy avanzada, pero educación al fin) por primera vez en su vida, ¿va a llegar un gobierno a decirle “eh, mira, disculpa, pero ya no lo puedes tener”? ¿Es que creen que no se aprendió nada del Caracazo? Al mismo tiempo, debo destacar el mal estado de las carreteras y hospitales, la demora en resolver la vivienda, los constantes apagones y otras deficiencias en servicios básicos, las condiciones con las que te dan las viviendas en la Gran Misión Vivienda Venezuela (no te dan un título de propiedad, así que no puedes ni venderla, ni alquilarla ni modificarla) y un largo etcétera para decir que estos 14 años tampoco es que hayan sido un ejemplo a seguir. Chávez lo que sí hizo, como ya dije una vez,  es aumentar nuestra conciencia socia, demostrar que no se pueden ignorar las necesidades de la gente, del pueblo, durante tanto tiempo. Como tampoco demostrar l’estat c’est moi constantemente.

En pocas palabras, gente: una encuesta es sólo una fotografía de un momento. ¿Que la encuesta de Datanálisis demuestra una ventaja? Sí. ¿Que ya es seguro que va a ganar? No. ¿Que va a ganar seguro si no vamos a votar? Pero de bolas que sí.

A VOTAR CARAJO.

¿Hay que defender a Assange?

julian_assange_2010-front1.jpgTodo el asunto Wikileaks me es imposible de ignorar como periodista, por todas las aristas que tiene. Por un lado, hay espionaje que haría a John Le Carré y Tom Clancy llorar de la emoción; por otro, hace ver a Bob Woodward y Carl Bernstein parecer periodistas de farándula; y por otro, puede causar más problemas diplomáticos que un Corán quemado en la embajada de Israel en Marruecos.

El 19 de junio, luego que agotó todas las posibilidades para evitar la extradición a Suecia, donde se le investiga por la supuesta violación a dos mujeres, desde Gran Bretaña, a donde había huido en 2010, Julian Assange, violando un arresto domiciliario que por supuesto no le importaba, se refugió en la embajada de Ecuador de Londres y solicitó asilo diplomático. Luego que hasta el famoso juez Baltasar Garzón anunció que defendería al australiano (mal hecho si no sabes quién es Garzón), y su madre Christine fue a pedirle al presidente ecuatoriano Rafael Correa que lo ayudara, el pasado 16 de agosto, como todo el mundo esperaba, Rafa le otorgó el asilo, alegando que, “de darse una extradición a Estados Unidos, el señor Assange no tendría un juicio justo, podría ser juzgado por tribunales especiales o militares y no es inverosímil que se le aplique un trato cruel y degradante y se le condene a cadena perpetua o a la pena capital, con lo cual no serían respetados sus derechos humanos” , según leyó de un comunicado el canciller ecuatoriano Ricardo Patiño. Si hemos de creer cómo se está tratando a Bradley Manning, el soldado de 24 años que es acusado de ser una de las fuentes (hoy Chelsea Manning), quizá Assange tenga un poquito de razón.

Si a estas alturas no entienden el cuento de Wikileaks, aquí tienen un resumen. Ciertamente opino que es un caso fascinante y a la vez asqueante. Por un lado, Julian Assange es el sueño de todo periodista y la pesadilla de todo político: un hombre que ha armado una red de fuentes secretas y eficientes que lo han provisto de los sucios secretos que nadie quiere que se sepa. Mi primer contacto con el portal fue por el llamado “Collateral Murder”, el video del ataque desde un helicóptero Apache en Irak donde murieron doce personas, incluyendo a dos periodistas de Reuters, Saeed Chmagh y Manir Noor-Eldeen. Después vinieron los diarios de Afganistán, de Irak, los 250.000 cables diplomáticos de EEUU. Ni Colombia y sus “falsos positivos” se han salvado del alcance de la gente de Assange.

Por otra parte, al menos en el caso de los cables, sí hay que reconocer que Wikileaks ha contribuido a poner gente en peligro. La diplomacia es una forma elegante de hipocresía, donde tienes que hablar con gente que no sólo tiene visiones completamente opuestas a las tuyas, sino que te caen mal. En los cables hay embajadores que dicen cosas que podrían considerarse insultantes para los mandatarios de los países en los que sirven. Muchos países árabes pidieron a EEUU que los ayude a bombardear Irán antes que tengan una bomba nuclear. Y así sucesivamente. Olvídate del hecho que compromete las relaciones de Estados Unidos con muchos países del mundo –hasta obligaron a Hillary Clinton a pedirle disculpas a la presidenta argentina Cristina Kirchner— la gente que escribió algunos de los cables podría ser matada. Eso sí compromete relaciones de los países. Ni hablar de los archivos de Inteligencia Global –que habla de gente que sí hace espionaje abiertamente.

Todo el asunto me ha hecho preguntarme: ¿cuánto es demasiado?

Que los gobiernos afectados por Wikileaks, empezando por EEUU, se han portado mal y la gente de Assange básicamente les bajó los pantalones y los señaló, eso es evidente. Todos los gobiernos necesitan una mayor transparencia, y si no, necesitan personas y organizaciones que los obliguen a asumir sus responsabilidades. Assange lo que ha hecho es abrir un sitio donde esa gente se pueda desahogar. El problema es que no se sabe dónde termina la preocupación por violaciones a derechos humanos o corrupción y empieza el odio a Estados Unidos. Assange ha dicho que tiene gente que redacta los documentos que recibe, e incluso contactó a gente del departamento de Estado para que los ayudaran con ello, pero es imposible saber con  qué intenciones se enviaron esos documentos a Wikileaks al principio.

Y luego está la ironía que haya sido Rafael Correa quien le haya concedido el asilo. No hablemos del ALBA, que pegó el grito en el cielo para defender a Ecuador de la “amenaza británica”. Estamos hablando de un presidente que ha tenido serios problemas con los diarios que son más críticos a su gestión, como El Universo de Guayaquil y El Comercio de Quito, y ha cerrado varios medios menores alegando problemas fiscales (cualquier parecido…). En un análisis hecho por AFP, muchos afirman que Correa busca suavizar su posición en contra de comunicadores, a la vez que quiere consolidarse como agente antiimperialista. El hecho que Gran Bretaña hizo el equivalente a decir “me sabe a carato tu solicitud de asilo” y dijo que si tenía que entrar a la embajada a arrastrar a Assange fuera lo haría–y por detrás EEUU diciendo que no reconocen ese asilo— pone a Correa tanto como el líder de una pequeña nación latinoamericana haciendo frente con “valor” (Assange dixit) a un país del primer mundo, como un héroe de los fans de Wikileaks. Way to go, guys.

Siempre tengan cuidado de defender a alguien a pies juntillas, incluso si simpatizas con su labor, sus misiones, su actitud o su manera de ser. Assange puede que sea el mensajero al que EEUU quiere matar por revelar lo mal que se ha portado, pero salvo algunos aspectos todo el asunto no lo veo distinto a los procesos que han venido detrás de RCTV o Globovisión en el país (posiciones políticas propias aparte). Pasa que a los que está afectando Assange son más grandes y hace más ruido si caen.

Madurar es opcional

Bernard Purvis, abuelo de la fotógrafa Lauren Michener. Fuente: The Guardian

Orgulloso estoy de los pelos plateados que asoman –bueno, predominan— en mi cabeza. Orgulloso también de 41 años de vida vivida sana y lo más enteramente que he podido, sacando dos carreras, casándome con una hermosa mujer, viajando a diversas partes de Estados Unidos (ojalá fuera del mundo) y conociendo a gente genial a lo largo de ese viaje que se llama vida.

Más orgullos aún estoy de mi habilidad de invocar al niño que llevo dentro y lograr hacer recuerdos que me ayudan a sentirme joven. Aunque debo admitir que no siempre surge en los mejores momentos.

Mis inicios en la universidad fueron más tardíos que la mayoría, habiéndome decidido por una licenciatura a los 30 años de edad (Dios, lo digo y no lo creo). Dio la casualidad que el actual padre de mi ahijada empezó al mismo tiempo que yo, y por ser contemporáneos de edad naturalmente nos unimos en amistad. Pero no por edad quería decir que éramos los más maduros del grupo. Oh no.

En quinto semestre –sí, hace siete años, ya dejen de sacar cuentas–, veíamos Mercadotecnia con un profesor que daba la casualidad que era también el coordinador académico de la escuela de Comunicación Social. (Paréntesis necesario: este hombre era uno de los mejores profesores que hemos tenido, pero porque era una máquina: recordaba exámenes al punto que te decía en qué pregunta te equivocaste, las pizarras eran pulcras cual libro académico y podía corregir 100 tareas en dos días. Y era casado. Estoy convencido que no dormía, se enchufaba para recargar). Una querida amiga había ido al día anterior a Quién Quiere Ser Millonario, habiendo tenido una excelente participación.

La clase tendría poco tiempo de comenzada, y bueno… ¿saben cómo hay días en que sencillamente el idiota en tu ser decide trabajar tiempo extra? Bien, ese fue uno de esos días. Por alguna razón que desconozco, a Jorge y a mí nos daba risa todo. Para todo podíamos encontrar un doble sentido, un chiste, una burla… Y sentados en segunda fila con un profesor al que normalmente no se le escapa nada, esa era una situación peligrosa.

Volteamos a nuestra izquierda, y nuestra amiga ahora millonaria (con lo devaluado que el término implica) está tomando una pastilla roja de gran tamaño, que a estas alturas aún no sé si era un antibiótico, algo para el dolor de cabeza o menstrual, qué sé yo. Jorge tampoco necesitaba saberlo.

El hombre corre a su celular (sí, estábamos al lado, pero en clases y en segunda fila; no podíamos hablar sin atraer atención) y me manda el siguiente texto:

Marico, así habrá sido la celebración que mira el tamaño de anticonceptiva que se está tomando.

No me importa qué piensen, pero hay dos fuerzas en este mundo contra los que es muy difícil, si no imposible luchar, y son el sueño y la risa. El texto despertó la bestia en mí, y no la podía dejar escapar. Me puse rojo. Sudé. Lloré. Durante diez minutos, mientras trataba de escuchar la clase, tomar apuntes, lo único en que podía pensar era el tamaño de la bendita pastilla. Cada cierto tiempo, lo único que salía de alguno de los dos pupitres era un “ppppp” mientras una sonora carcajada era reprimida, so pena de ser amonestados cuales niñitos de primaria, a nuestra anciana edad. Pero una cosa era saberlo, y otra cosa era evitarlo; durante quince minutos convulsioné entre risas ahogadas.

Al fin, la marea decide pasar, y puedo respirar a un ritmo ligeramente normal. Mis abdominales se sienten duros como roca (pobre ilusión). Mi mandíbula parece engrapada con clavos. La temperatura se siente como diez grados por encima de lo real, con gruesas gotas de sudor corriendo por la frente. Pero estoy bajo control. Al fin.

Hasta que… veo el nuevo texto.

¿Chamo, de qué te ríes?

Hijo de siete castas…

Y el ciclo empieza de nuevo. “PPPP”, las lágrimas, el sudor, el intento de no estallar en risa. Ahora con fuerzas renovadas. Ahora me está faltando el aire. Y por algún milagro, el profesor, o no se ha dado cuenta, o no lo estamos molestando lo suficiente como para llamarnos la atención. Dos hombres de 34 y 31 años, casi hechos pipí de la risa a menos de dos metros de él, y nada. Quien sí se dio cuenta es la que está sentada delante de nosotros, parte de un grupito que llamábamos “las Brats”, y no porque nos cayeran muy bien (eso vino después, con esta excepción), quien se volteó y dijo, con su voz de sifrinita del Cafetal: “Ay o sea, ¿ustedes no piensan dejar el bochinche?”

Eso sólo empeoró las cosas aún más si era posible. El dique estaba a punto de estallar. Esta clase necesitaba terminar. Y necesitaba terminar YA antes que ocurriera un accidente.

Piadosamente, la clase terminó cinco minutos después. Jorge y yo salimos tan atropellados como si al baño necesitáramos ir. De cierta manera era así: nuestras caras eran como vejigas a punto de reventar.

Al estar en la seguridad del pasillo, abrimos las esclusas para que el río de carcajadas al fin pudiera salir, y reímos y reímos, hasta que las caras se volvieron carmesí, como si de eso dependiera la vida.

Es cierto: llega el momento en que uno debe aceptar que ya no se es un niño, y debe actuar en consecuencia. Dar un ejemplo a los que podrían ser sus hijos (o en el caso de Jorge, a las que lo son).

Pero también es importante recordar que los niños son la fuente de la felicidad, que cuando se es niño es más fácil ser alegre, poder reír, precisamente porque no tienes tantas preocupaciones en la vida. De modo que, de vez en cuando, ¿por qué no ceder al niño que todos llevamos dentro, y simplemente dejarse llevar por la vida?

Ese día fue la combinación perfecta de angustia y alegría. No lo olvidaré jamás.

“Envejecer es inevitable; madurar, opcional”.

-Anónimo
“ No te tomes la vida en serio; al fin y al cabo no saldrás vivo de ella. ”
-Elbert Hubbard

Escribir por la esperanza

haiti-kids
No sé ni por qué terminé cómo terminé. Lo cierto es que hoy me levanté, me desayuné, terminé de leer 11/22/63 (increíble) y me senté en la computadora. Era un ambiente tranquilo, estaba de buen humor, así que abrí Grooveshark y puse una lista con canciones suaves. Cantaba, escribía, leía, jugaba. Y de repente sonó “We Are The World 25”, la versión más reciente de “We Are The World”, el tema de 1983 hecho para recolectar fondos para la hambruna en África, que se regrabó en 2010 para ayudar luego de la devastación por el terremoto de Haití.

Y empecé a llorar.

Masoquista como soy, cuando terminó la canción, abrí el video en YouTube. Cuando Pink empieza a cantar su parte, estoy hecho un amasijo de lágrimas. Y para rematar el momento surrealista, un pajarito se paró en mi ventana y empezó a cantar. Cuando terminó el video, me eché para atrás y simplemente miré a la pantalla. Tenía mucho tiempo que no me sentía tan vivo, tan lleno de esperanza, tan agradecido a Dios.

Ahora puedo revelar un poquito de lo que ha sido mi vida en los últimos meses. En febrero perdí mi trabajo por circunstancias que no vienen al caso, lo que ha afectado –como es de suponerse—mi estado anímico. Gracias a Dios por un diplomado de escritura narrativa que mi esposa tuvo a muy bien animarme a tomar me salvó del ocio total. Aunque agradecí más tiempo para leer y ver películas (que no hice tanto como podría pensarse), a mi edad es terrible ser improductivo. Estás en la mejor etapa cognitiva de tu vida, ya no eres ningún muchachito, y sobre todo, tienes responsabilidades de hogar.

Finalmente, hoy empiezo un nuevo trabajo (que me reservo por ahora). Estoy volviendo a mis raíces más puras, mezcladas con las cosas más avanzadas que he hecho en mis dos últimas labores. Es un nuevo reto que asumo con todo el gusto y emoción del mundo.

Recuerdo los momentos de dura depresión por los que pasé en estos meses, asustado de tener que volver a empleos que consideraba superados. Pero el video de ayuda a Haití me hizo pensar nuevamente lo fácil que es para los seres humanos hacer de sus particulares hormigueros enormes montañas, de nuestros vasitos de agua grandes océanos sin fondo. La gente de Haití sí sufrió, sí que tiene motivos para deprimirse. Y sin embargo, allá, la vida sigue. ¿Saben cuál es el índice de suicidios allá? Cero por cada 100.000 habitantes, de acuerdo a la Organización Mundial de la Salud (cifras de 2003, último año disponible). El nuestro fue de 6,5 por 100.000 (2007). El de EEUU, 22,2 (2005). Cuba, 24,5 (2008). China, 27,8 (1999). Lituania 71,7 (2009). Ni siquiera está en la lista de países con personas que más sufren de depresión (esos serían Francia, donde el 21% de su población indicó haber estado deprimido, y EEUU, con 19,5%, de acuerdo a otro estudio de la OMS). Es uno de los países más pobres del mundo, pero nadie en Haití pareciera hacer otra cosa más que tratar de sacudirse el polvero y tratar de seguir adelante.

Yo respeto muchísimo a mis amigos ateos, pero la fe es algo que me ayudó mucho en estos meses. La confianza en que Dios me estaba poniendo a prueba, que entendiera que, grave como era por lo que estaba pasando, había gente en el mundo que realmente estaba sufriendo. No sólo eso, sino saber que Él me ayudaría. También, la determinación a no dejarme amilanar por las circunstancias. Simplemente sigue buscando, Juan, algo llegará… y algo llegó. Gracias Diosito, gracias a los que me consiguieron este empleo, y gracias a todos los que me apoyaron y me siguen apoyando en este camino a la sanación completa.

Ahora, ¡a trabajar!