50 lecciones para 50 años: Parte 6

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Hay cosas en esta vida para la que uno no está preparado. O al menos uno cree que lo está, hasta que las vives. Ayer llegó a nuestras vidas Leia, una Boston Terrier que es todo lo tierno del mundo. Es el segundo perro que tengo en mi vida, que considerando cuánto amo a los perros es difícil de creer. Que haya llegado en este punto de nuestras vidas es un producto de mucha felicidad y una sensación de enorme responsabilidad, pues no solo tengo otra vida en mis manos (¡y otra hembra!), sino que tengo que educar a Diana sobre Leia. Es un reto al que espero estar a la altura, algo que creo que sólo sabré dentro de muchos años.

Pero como dicen, uno es del tamaño del reto que tiene delante.

Parte uno. Parte dos. Parte tres. Parte cuatro. Parte cinco.

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50 lecciones para 50 años: Parte 5

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Florida, donde vivo ahora, es una tierra de contradicciones. Ni empecemos por las locuras que cometen sus habitantes menos afortunados, pero también destaco el hecho de que puede estar lloviendo en mi complejo de apartamentos y hacer un sol radiante en el de al lado. Entre noviembre y febrero, puedo estar sometido a temperaturas de 10ºC en la mañana, 22º al mediodía, 15º al atardecer y -2ºC a la noche. Y esta, la época veraniega, donde un ser humano «normal» está pensando en playa y piscina, qué con el promedio de 32º que hace afuera, es también la época de chaparrones brutales que cancelan cualquier plan que implique sol. (Excepto, claro, las masas que van a los parques temáticos. Nooo, señor, aquí se viene a divertirse con o sin lluvia. Vámonos.)

Pienso en eso mientras escribo las lecciones de hoy y pienso en cuánto ha cambiado la imagen de Florida desde que era joven. Antes era el sitio idílico de Estados Unidos, una Latinoamérica más, dada la cercanía al Caribe. Un paraíso para el retiro de los adultos mayores (fans de The Nanny lo deben recordar más). Y bueno, el «lugar más feliz del mundo». Pero ahora fue el escenario que terminó decidiendo la elección entre George Bush y Al Gore. Es el hogar de «Westonzuela» y tantos «enchufados». Es sitio de frecuentes denuncias de explotación. Pero bueno, ahora lo llamo «casa», y he sacado muchas alegrías de aquí. Esto va por ti, Florida.

Primera parte aquí. Segunda aquí. Tercera aquí. Cuarta aquí.

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50 lecciones para 50 años: Parte 4

Photo by Nathan Dumlao on Unsplash

Tengo un cierto montón de libros en la casa –muy bien, es UN montón de libros– que esperan pacientemente a ser abiertos (y ni hablar de los digitales). Están allí, flotando sobre mi cama (literalmente), sobre mi escritorio, encima de él, nada más esperando a que yo diga «vamos». Y es porque leer es difícil. Como casi todo lo que vale la pena. Porque requiere tiempo. Y siempre hay algo que tengo que hacer. Hablaremos más sobre esto cuando llegue a cierta lección, pero hoy toqué el tema en terapia. Y me acordé de eso que dije Stephen King: «Si no tienes tiempo para leer, no tienes tiempo para escribir».

Perish the thought.

Aquí están la primera, segunda y tercera parte de este viaje.

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50 lecciones para 50 años: parte 3

Photo by Alex Wigan on Unsplash

Estaba en el médico hoy. Un electrocardiograma de rutina, nada de qué preocuparse (espero). Casi me quedo dormido en la cama del consultorio. Una de las enfermeras busca la navaja para afeitarme el pecho, y la jefa le dice «What for? No es que sea tan difícil». Em, excuse me? Si voy a perder pelos espero que sea sin que me los arranquen, gracias. Pero nada, igual no hubo afeitadora. Y no dolió tanto. Pero he aquí algo que nunca irá al bucket list: depilarme. Puedo llegar fácil a los cien años sin experimentar eso.

Aprovechen y recuerden la película Virgen A Los Cuarenta, que terminó de hacer a Steve Carrell una estrella, nos dio a Judd Apatow para bien o para mal, y créanme, hay muchos más niveles a esa película de la que ustedes recuerdan. Pero esa escena sigue siendo la mejor de todas.

La primera parte de estas lecciones está aquí, y la segunda parte aquí.

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50 lecciones para 50 años: Parte 2

Photo by Patrick Tomasso on Unsplash

Además de ser un ejercicio de reflexión, donde peso las cosas que he vivido para evaluar mi medio siglo de vida, esto me ha servido para volver a desarrollar el hábito de la escritura, la eterna pata de la que cojeo. Pero ahora me puse una fecha límite, el odiado amor del periodista, así que espero después que lo termine me quede el hábito. ¿Otra lección aprendida? Ya veremos.

Antes de que sigan, quisiera ofrecerles este calendario que el autor Austin Kleon deja en su página web para que hagamos retos parecidos. Es tratar de no romper la cadena hasta poder desarrollar el hábito, llámese escribir, hacer ejercicio, no fumar, caminar, etc. La frase de Austin que más me gusta: «Algo pequeño, todos los días, se acumula hasta ser algo grande a medida que pasa el tiempo».

Pueden leer la primera parte aquí.

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50 lecciones para 50 años: Parte 1

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Creo que la más inevitable de las grandes tareas que se nos asignan, ciertamente la única que nadie sabe si estaba preparado para ella sino hasta el examen final, es envejecer. El autor Karl De Schweinitz dijo una vez que «vivir aún está por ser reconocido como una de las artes», aún cuando millones de millones han tomado cualquier material que tengan a la mano y se han puesto a la tarea de recrearlo, en esa exhibición que llamamos humanidad.

Hoy faltan 25 días para terminar mi quinta década en este arte, y como tantos que no pueden creer haber andado tanto y tan poquito a la vez, hoy miro para atrás para ver las piedritas que recogí, los paisajes que se quedaron en la memoria, las marcas que me quedaron en la piel. Llego feliz con la vida que he vivido, con mis logros, mis fallas, mis victorias y mis arrepentimientos.

De aquí a ese día, quisiera compartir con ustedes algunas de las lecciones que he aprendido en el camino, dos cada día, para quien las quiera tener. Tal vez sean las mismas que cualquiera que haya vivido una vida parecida o quizá pueda aportar algo novedoso (a lo mejor simplemente lo digo distinto). Pero las escribo consciente de que no son necesariamente lecciones que nadie tomará al pie de la letra. Porque al final, cada quien pinta su cuadro, o esculpe su estatua, o escribe su poema, detrás de un lente que es propio y de más nadie. Lo que espero es mostrar cómo me está quedando este experimento a mí.

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