La vida y ya

El otro día me monté en un transporte público camino a no recuerdo dónde, y me encontré con una persona familia de alguien que fue relativamente importante en mi vida –bueno, falso… ERA mi vida. No voy a repetir lo que me contó aquí porque no es la idea, pero sólo digamos que la vida tomó un giro bien inesperado para esa persona. Sin mencionar que vi un lado de una familia que nunca pensé ver, y sólo pude pensar, “¿qué haría yo si aún estuviera en esa situación?” Bah, qué importa.

Unos días antes de eso, un muy buen amigo escribió una cosa curiosamente banal para su radicalismo político en Twitter: “Viendo una película que siempre me hace reflexionar sobre cuánto me parezco a lo que quería ser cuando niño: Mi Encuentro Conmigo”. Para quienes no sigan el mundo del cine, esta es la película de Disney donde Bruce Willis interpreta a un cínico y frío ejecutivo de relaciones públicas que una noche tiene en su casa a su versión de ocho años, interpretado por Spencer Breslin, quien le espeta: “Ya va, ¿tengo más de cuarenta años, no me he casado y no tengo perro? ¡Crezco para convertirme en un perdedor!”

Los dos casos, ocurrido en esa rara jugada anónima de Dios que hemos bautizado coincidencia, me puso a pensar precisamente dónde estoy en la vida ahora respecto a dónde estaba cuando tenía esos ocho años. Digamos que empecé en el B652 antes de aterrizar en la Tierra. Cuando tenía ocho años soñaba con atender los grandes animales de un parque salvaje. Luego esperaba salvar tortugas marinas en Margarita. Luego mi papá me animaba a ver si trabajaba en el hipódromo. Sí, quise ser veterinario, luego de querer ser biólogo marino. Hasta salí en la facultad de veterinaria de Maracay, conseguí dónde me iba a quedar. Pero un año de huelgas me hizo desistir.

Soñando aún con Margarita, supongo, fui al Nuevas Profesiones para dejar de perder tiempo y poner a buscar un acompañante para mi título de bachiller. Me empecé a imaginar acompañando turistas gringos o europeos a la laguna de La Restinga, o paseándolos por el casco central de Caracas. (Esto era en 1991 –se dice fácil, ¿no?) Pedí información, pedí el pensum. Por no perder, pedí el de Publicidad también. Lo leí. Tres años después, completaba la carrera de Publicidad; uno y medio después, entregaba la tesis; seis meses después, me graduaba, con una novia que luego me dejó por otro hombre y otro país, un grano del tamaño de mi cara en la nariz y un “candado” negro y ralo que nunca había peinado. Eso, unido a lentes que harían al Intrépido Volador envidioso y una natural alergia a los flashes, resultó en la peor foto de graduación de la humanidad. Creo que mi madre se apiadó de mí y la quemó. Dios te bendiga.

Luego de una pasantía en la mejor agencia de publicidad del momento, procedí a perder –profesionalmente hablando—cinco años de mi vida trabajando en atención al cliente en DHL. Gracias a Dios por las amistades –una MUY en particular—que hice ahí, pero más nada. Luego procedí a perder siete meses de mi vida en otra empresa. Luego un mes más en otra. Y luego cinco años dando clases de inglés.

No puedo negar que mi estadía en Loscher (justo hasta el día de mi despedida) fue de mucho aprendizaje para mí y así como estuvo llena de desilusiones estuvo repleta de satisfacciones. El primer año me sentí como un frat boy; muchas mujeres, mucho alcohol. (God damn you, Saborío, no sé ni cómo estoy vivo. Thank you, you’re the best!) Y luego, la primera mujer con la que consideré casarme y con la que realmente lo hice. Y más importante aún, cuando me miré al espejo y decidí que así no quería mi vida. Me inscribí en el CNU. Presenté. Me inscribí en la UCAB para comunicación social. Presenté. Salí. Cinco años después, el día del aniversario de mis padres, me entregaron mi diploma como Licenciado en Comunicación Social, mención Periodismo.

Ahora me encuentro en otro cruce de mi vida. Aún no puedo darles detalles, pero será grande. MUY grande. Es, básicamente, apretar Ctrl+Alt+Supr. Es borrar la hoja, poner una nueva. (Y dale con las referencias analógicas.) Es nuevamente, vivir la vida y aprovechar las oportunidades que ella me da. Es eso y más.

Es la prueba que, al final, sólo podemos saber dónde estábamos cuando empezamos. Porque no siempre podemos saber dónde terminaremos.

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