Recordando a un gran venezolano: 1965-2005

Una de las ventajas de tener una mejor amiga que trabaja en un medio televisivo es que puedes conocer a personalidades de la farándula con relativa facilidad. Así conocí a la actriz Caridad Canelón, a Nelson Bustamante… Recuerdo que en una fiesta que acompañé a Yhennifer hace queizá dos años conocí al ex-medallista olímpico Rafael Vidal y a su entonces esposa. Para ser el segundo venezolano que traía una medalla olímpica (había conseguido bronce en natación durante los juegos de Los Ángeles en 1984), era un tipo sencillo, siempre sonriente, y sonriente sincero para más: nunca se le vio una sonrisa política, falsa o siquiera triste, si se ponían a pensar por loq ue estaba pasando en su matrimonio. Era un conversador agradable, muy culto, al menos por lo que pude deducir por los pocos minutos que hablamos, y ciertamente muy jovial como sus 36 años de muy productiva y notable vida ameritaba. Hablaba mundos sobre sus hijos, y luego me enteré de que cuando su divorcio no había sido agradable, y la madre tenía custodia de los hijos. Y él estaba decidido a trabajar porque sus hijos estuvieran orgullosos de él.

Ya eso no será así.

El sábado en la madrugada, un “hijito de papá y mamá” de 24 años picaba (competencia de velocidad) en una Hummer –una camioneta de 200 millones de bolívares, blindada como un tanque– contra otro carro en la bajada El Hatillo-La Boyera. Rafael salía de la urbanización Las Esmeraldas, frente al Centro Médico Docente La Trinidad (una urbanización caraqueña de clase alta, para los que me leen que no viven en Caracas) hacia su casa. Cuando el niño de la Hummer lo vio, trató de frenar, pero para un vehículo de casi una tonelada que está yendo a casi 90 kph, era imposible hacerlo a tiempo. Frenó treinta metros y embistió al carro de Rafael con la fuerza de un tren y lo arrastró otros cuarenta metros, hacia el canal de subida hacia El Hatillo. El conductor y el pasajero estaban delicados de salud, pero se salvarán. Rafael, por el contrario, murió instantáneamente: el asiento del pasajero de su Corolla simplemente ya no está más.

Yo siempre veía a Rafael en televisión, ya fuera durante las competencias donde fungía como deportista o en sus comerciales. Y siempre su rostro era el mismo: una sonrisa optimista, un rostro sereno que te decía “todo mejorará, todo saldrá bien”. En un país donde cada vez más vemos gente que sale en televisión peleando con alguien más, incrementando más y más odio entre nosotros, el altercado, la confrontación, necesitábamos gente como Rafael, quien nunca tuvo un altercado público con nadie, que jamás dijo nada malo de nadie, que siempre se comportó como un profesional y un gran ser humano.

¿Hasta cuando vamos a ver la falta de morales y de educación en nuestros jóvens? ¿Hasta cuándo vamos a creer que por regalarle mejores carros a nuestros hijos, meterlos en las mejores escuelas y universidades y llevarlos a los mejores sitios nos hará mejores padres? Seguramente los padres de ese muchacho lo tratarán de sacar del país, para evitar la oleada de odio que se les avecina. Pero díganme, ¿podrán escapar a su conciencia? ¿Al saber que sesgaron una vida tan ejemplar… sólo por su inconciencia? No me digan que fue un accidente, porque no se debió a ningún desperfecto mecánico del carro, que tiene en el mercado menos de un año. Tampoco fue que el piso estaba resbalosos. No, gente, eso fue homicidio culposo: no tuviste la intención de matar a nadie, pero tu comportamiento irresponsable hizo que así sucediera, dejando a una niña y a un niño huérfanos de padre. ¿Ahora qué vas a hacer?

Rafa, sólo hablamos una vez, pero siempre admiré tu calidad humana, tu don de gente. Venezuela te va a extrañar, Yhennifer te va a extrañar, y yo te recordaré con mucho aprecio. Descansa en paz.