Madurar es opcional

Bernard Purvis, abuelo de la fotógrafa Lauren Michener. Fuente: The Guardian

Orgulloso estoy de los pelos plateados que asoman –bueno, predominan— en mi cabeza. Orgulloso también de 41 años de vida vivida sana y lo más enteramente que he podido, sacando dos carreras, casándome con una hermosa mujer, viajando a diversas partes de Estados Unidos (ojalá fuera del mundo) y conociendo a gente genial a lo largo de ese viaje que se llama vida.

Más orgullos aún estoy de mi habilidad de invocar al niño que llevo dentro y lograr hacer recuerdos que me ayudan a sentirme joven. Aunque debo admitir que no siempre surge en los mejores momentos.

Mis inicios en la universidad fueron más tardíos que la mayoría, habiéndome decidido por una licenciatura a los 30 años de edad (Dios, lo digo y no lo creo). Dio la casualidad que el actual padre de mi ahijada empezó al mismo tiempo que yo, y por ser contemporáneos de edad naturalmente nos unimos en amistad. Pero no por edad quería decir que éramos los más maduros del grupo. Oh no.

En quinto semestre –sí, hace siete años, ya dejen de sacar cuentas–, veíamos Mercadotecnia con un profesor que daba la casualidad que era también el coordinador académico de la escuela de Comunicación Social. (Paréntesis necesario: este hombre era uno de los mejores profesores que hemos tenido, pero porque era una máquina: recordaba exámenes al punto que te decía en qué pregunta te equivocaste, las pizarras eran pulcras cual libro académico y podía corregir 100 tareas en dos días. Y era casado. Estoy convencido que no dormía, se enchufaba para recargar). Una querida amiga había ido al día anterior a Quién Quiere Ser Millonario, habiendo tenido una excelente participación.

La clase tendría poco tiempo de comenzada, y bueno… ¿saben cómo hay días en que sencillamente el idiota en tu ser decide trabajar tiempo extra? Bien, ese fue uno de esos días. Por alguna razón que desconozco, a Jorge y a mí nos daba risa todo. Para todo podíamos encontrar un doble sentido, un chiste, una burla… Y sentados en segunda fila con un profesor al que normalmente no se le escapa nada, esa era una situación peligrosa.

Volteamos a nuestra izquierda, y nuestra amiga ahora millonaria (con lo devaluado que el término implica) está tomando una pastilla roja de gran tamaño, que a estas alturas aún no sé si era un antibiótico, algo para el dolor de cabeza o menstrual, qué sé yo. Jorge tampoco necesitaba saberlo.

El hombre corre a su celular (sí, estábamos al lado, pero en clases y en segunda fila; no podíamos hablar sin atraer atención) y me manda el siguiente texto:

Marico, así habrá sido la celebración que mira el tamaño de anticonceptiva que se está tomando.

No me importa qué piensen, pero hay dos fuerzas en este mundo contra los que es muy difícil, si no imposible luchar, y son el sueño y la risa. El texto despertó la bestia en mí, y no la podía dejar escapar. Me puse rojo. Sudé. Lloré. Durante diez minutos, mientras trataba de escuchar la clase, tomar apuntes, lo único en que podía pensar era el tamaño de la bendita pastilla. Cada cierto tiempo, lo único que salía de alguno de los dos pupitres era un “ppppp” mientras una sonora carcajada era reprimida, so pena de ser amonestados cuales niñitos de primaria, a nuestra anciana edad. Pero una cosa era saberlo, y otra cosa era evitarlo; durante quince minutos convulsioné entre risas ahogadas.

Al fin, la marea decide pasar, y puedo respirar a un ritmo ligeramente normal. Mis abdominales se sienten duros como roca (pobre ilusión). Mi mandíbula parece engrapada con clavos. La temperatura se siente como diez grados por encima de lo real, con gruesas gotas de sudor corriendo por la frente. Pero estoy bajo control. Al fin.

Hasta que… veo el nuevo texto.

¿Chamo, de qué te ríes?

Hijo de siete castas…

Y el ciclo empieza de nuevo. “PPPP”, las lágrimas, el sudor, el intento de no estallar en risa. Ahora con fuerzas renovadas. Ahora me está faltando el aire. Y por algún milagro, el profesor, o no se ha dado cuenta, o no lo estamos molestando lo suficiente como para llamarnos la atención. Dos hombres de 34 y 31 años, casi hechos pipí de la risa a menos de dos metros de él, y nada. Quien sí se dio cuenta es la que está sentada delante de nosotros, parte de un grupito que llamábamos “las Brats”, y no porque nos cayeran muy bien (eso vino después, con esta excepción), quien se volteó y dijo, con su voz de sifrinita del Cafetal: “Ay o sea, ¿ustedes no piensan dejar el bochinche?”

Eso sólo empeoró las cosas aún más si era posible. El dique estaba a punto de estallar. Esta clase necesitaba terminar. Y necesitaba terminar YA antes que ocurriera un accidente.

Piadosamente, la clase terminó cinco minutos después. Jorge y yo salimos tan atropellados como si al baño necesitáramos ir. De cierta manera era así: nuestras caras eran como vejigas a punto de reventar.

Al estar en la seguridad del pasillo, abrimos las esclusas para que el río de carcajadas al fin pudiera salir, y reímos y reímos, hasta que las caras se volvieron carmesí, como si de eso dependiera la vida.

Es cierto: llega el momento en que uno debe aceptar que ya no se es un niño, y debe actuar en consecuencia. Dar un ejemplo a los que podrían ser sus hijos (o en el caso de Jorge, a las que lo son).

Pero también es importante recordar que los niños son la fuente de la felicidad, que cuando se es niño es más fácil ser alegre, poder reír, precisamente porque no tienes tantas preocupaciones en la vida. De modo que, de vez en cuando, ¿por qué no ceder al niño que todos llevamos dentro, y simplemente dejarse llevar por la vida?

Ese día fue la combinación perfecta de angustia y alegría. No lo olvidaré jamás.

“Envejecer es inevitable; madurar, opcional”.

-Anónimo
“ No te tomes la vida en serio; al fin y al cabo no saldrás vivo de ella. ”
-Elbert Hubbard

El poder de la música

Me he dado cuenta esta semana, una vez más, que la música tiene un efecto poderosísimo. Sea cual sea la música, y cual sea el sentimiento, es increíble el efecto que la canción correcta puede tener en el momento adecuado.


Mientras que 2010 viene a un merecido y piadoso final –creo que nunca he querido que un año termine más, desde 2000–, empiezo a ver todos los problemas que tuve en el primer trimestre se están resolviendo al fin, poco a poco y con aparente seguridad. El año entrante está lleno de esperanzas, proyectos y planes que son tan importantes que marcarán el resto de mi vida, así de fácil, y ya quiero que estos mugrosos 12 meses terminen de una buena vez para empezar a trabajar en ellos.

Causalmente, en estos días, redescubrí la canción “Rock Star” del grupo canadiense Nickelback, una sarcástica y humorística oda a la vida de las estrellas de rock que casualmente fue el sencillo de rock más vendido de 2007 e, irónicamente, los volvió a convertir en estrellas. Yo había escuchado esta canción por primera vez en el podcast de mi pana Javier Chaurán el año pasado, y ciertamente me había gustado mucho, pero hasta ahí.

Bueno, esta semana, no recuerdo por qué, la recordé nuevamente, y decidí buscar el video. Eso fue el viernes. He visto ese video o escuchado esa canción ahora no menos de cinco veces al día. Puse el coro como repique de mi celular, bajé el video a mi iPod, y ahora tengo el ritual de escucharla antes de empezar la jornada, y una vez antes de irme de la oficina. He descubierto que ahora trabajo mejor, me comunico más fácilmente, me amargo con mucha más dificultad (si es que lo hago) y mis ánimos han estado por las nubes. ¿Qué rayos tiene este video que tanto efecto positivo tiene sobre mí?



Primero, me pareció una idea genial de la gente de Nickelback confiar tanto en su canción que decidieron ni siquiera salir en su propio video. Segundo, hay mucha gente que admiro o me agrada o me cae bien del mundo de la música (Nelly Furtado, Gene Simmons, Ted Nugent, Kid Rock), la televisión (Elisa Dushku, Cindy Taylor, Federico Castelluccio de Los Soprano, los panas de American Chopper) y el deporte (el basquetbolista Grant Hill, el luchador Chuck Ridell, la leyenda del hockey Wayne Gretzky, el corredor de NASCAR Dale Everheardt, Jr.).

Pero tercero y más importante es la gente “de la calle” que escogieron para salir. Son gente estadounidense o inglesa normal y corriente, algunos más excéntricos que otros, pero que se están tripeando el hecho que están en un video que van a ver millones. Hay un obrero metalúrgico, un policía, adolescentes de diversas etnias, un trabajador de la bolsa… Son gente que a lo mejor de verdad sueña con ser estrellas de rock, “vivir en casas de la colina y manejar 15 carros”, o “esconderse en la sala privada con el último diccionario y el quién es quién de hoy en día, que conseguirás cualquier cosa con esa malvada sonrisa, donde todo el mundo tiene un jíbaro en marcado instantáneo”. Pero si no lo consiguen, son gente feliz (o al menos parece serlo). Son gente que se para todos los días a ir a su trabajo, abrazan a sus seres queridos, salen a divertirse, sufren, lloran, viven, traen y corren. Hay días en que están en el suelo, pero se levantan, se sacuden y siguen soñando que son estrellas de rock. ¿Qué mejor ejemplo para seguir?

“Rockstar” se mantendrá mi canción favorita probablemente hasta que termine el año, se mantendrá como favorita de todos los tiempos. Estoy que le mando una carta a Chad Kroeger agradeciéndosela. Pero no ha sido la primera canción que me ha ayudado a salir de una depresión.



Durante mucho tiempo se destacó “Hard Times Come Easy”, de Richie Sambora…

…”Before I Forget” de Slipknot…



…o “Rock & Roll Jesus” de Kid Rock.

El poder de la música, mi pana. Hay que reconocerlo.

(Hace tiempo puse 30 canciones que describen diversos estados de humor y afines en mi Tumblr, si lo quieren revisar.)

¿Qué canciones los ayudan a ustedes a superar un momento difícil?

El hombre nuclear

logoHabía un mapa en el brazo, y no es un tatuaje.

Resulta tan raro estar haciendo tus quehaceres diarios, cuando repentinamente escuchas un bajo zumbido, como el más flojo de los abejorros atrapado en un tubo: DZZZZZZZZZZ. El brazo comienza a apretarse, a veces hasta el punto en que no siento la mano izquierda. Pasan unos segundos –unos largos segundos—y afloja. Así estaré hasta las 9 de la mañana de mañana, cuando me retiren el aparato.

¿Lo reconocieron? Me estuve haciendo un mapa de mi tensión arterial. También me hice un ecosonograma y una prueba de esfuerzos. La semana entrante tendré los resultados. Bienvenidos a mi edad media.

El hecho que muchos síntomas de hipertensión y otros asuntos de salud propios de hombres de mi edad empiezan a manifestarse durante los momentos más duros de mi vida no está relacionado, necesariamente, con dicha situación. Más bien, lo veo como la aceptación, admitidamente tardía, pero real, de que mi vida como la he vivido ahora no ha estado a la altura.

Parece que las pruebas por las que la vida me puso ya han pasado (DIOS espero que hayan pasado), pero ya sin duda crucé un umbral por el que ya no hay retorno. Si en efecto la tengo,. la hipertensión es algo para toda la vida, como un silente pero malhumorado familiar que un cruel Mefistófeles (no metan a Dios en esto) te ha asignado luego que le vendes tu alma, para que lo honres. Cumple tu parte del trato, y él sencillamente estará ahí, sin fuñir mucho. Eso quiere decir: ejercítate mucho, bájale a la sal, a los alimentos grasos y a los dulces, y has tus ejercicios.

Descuídate, y el infeliz te lo recordará.

Antes de los exámenes, pude constatar muy bien cómo eran los recordatorios. Luego de una situación particularmente intensa en la oficina, empecé a sentir un inusual nudo en medio de los omóplatos. No era la primera vez, y en vez de asustarme o arrecharme, me senté y traté de simplemente respirar, tratar de calmarme, pensar en otra cosa. Pero claro, si te dicen “no pienses en el hipopótamo”, es lo primero que vas a hacer. Como si tomara vida propia, el nudo se extendió hacia mi cuello y, como si de tentáculos se tratara, sentí una presión en los pulmones. Incluso bajo el muy eficiente aire acondicionado, comencé a sudar. Ahí sí me asusté. Directo a Servicios Médicos. El veredicto: tensión 150/90. (Por si no lo saben, la normal debe ser 120/80.) Cero demoras: al cardiólogo.

El día que hice los exámenes, no estaba tan nervioso como pensaba, más bien resignado. Empezamos por la prueba de esfuerzo, que es básicamente ir sobre una caminadora que incrementa su velocidad y su inclinación cada tres minutos hasta que te desmayes. Yo aguanté doce minutos sin desmayarme. El médico tratante fue bastante gentil conmigo. al menos, eso me dijo… En fin, resultados: todo normal.

Luego fue el eco. ¿Mencioné que para todo esto me afeitaron el pecho? Ah, la deliciosa piquiña que acompañará el hecho que pronto se convertirá en un campo de batalla. Repleto de cañones… Fue tranquilizante ver que mi corazón latía sin problemas, como de hecho confirmaron los resultados después. Cero arritmia, cero anormalidades, cero heridas que se puedan ver. Comprobé que no es literal cuando se te parte el corazón, ni hay nadie viviendo en él, ni hay sellos de “Propiedad Privada” sobre él. Todo normal. Tipo tranquilo…

Lo que nos trae de vuelta al mapa. Al principio, mi imaginación me transporta a mi infancia donde oigo a los médicos de Steve Rogers decir, “Podemos mejorarlo… Podemos hacerlo más rápido, más fuerte… Es… el hombre nuclear”.

Pero ya para las 4 de la tarde, el bendito aparato me tenía ladillado. Además que mientras lo tuviera, no me podía bañar. Sip, pasé 24 horas sin tocar una regadera. Me preguntaba cómo rayos iba a dormir con un enorme 2brazalete” en mi bíceps izquierdo y lo que parecía un Walkman cibernético a un costado. Sin embargo, afortunadamente, dormí como si nada. Hasta incluso temí que se hubiera dañado, hasta que en el desayuno: DZZZZZZZZZ. A las 9:30 me lo quitaron, y a esperar resultados. Que ya tengo.

Como un ocioso, saqué el gráfico de las variaciones de mi presión sanguínea, que aquí les tengo. El punto alto fue alrededor de las 2:30 de la tarde, donde la presión me llegó 180/90. Incluso dormido, a las 2:25 de la mañana, me llegó a 149/77. En promedio, mi tensión sanguínea de esas 24 horas fue de 140/82. No hay más nada que hacer: hipertensión diastólica.

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Las acciones para contrarrestar ese efecto ya las había tomado dos semanas antes del examen. Como además unos exámenes de laboratorio mostraron un colesterol de 228 (lo normal: 220), resolví empezar a caminar, media hora diaria. Subí a tres el mínimo de pisos para subir escaleras. Y lo más insólito, compré un equipo para hacer ejercicios llamado The Door Thing. En un mes, ya he perdido seis kilos, y estoy apuntando a 12. (Mido 1,83 y peso, ahora, 94 kg.)

Lo más difícil, empero, va a ser controlar las emociones. Lo más importante, de paso. He descubierto una preocupante incapacidad para separar mis problemas personales de mis problemas laborales, y como consecuencia mi desempeño se vio un poco afectado. Y como estoy consciente de ello, tengo la angustia acumulada, lo que contribuye a mi tensión. Malo, malo.

Pero en fin. Finalmente, he descubierto lo que es acercarse a los 40. Ya no sólo son las canas –el cuerpo tiene otras formas mucho menos sutiles de despertarte a la realidad que los 20 quedaron bien atrás. No es sólo hora de madurar y tomar mejores decisiones en el futuro respecto a… todo, en realidad. Es hora de aceptarse tal cual uno es, con todo y sus defectos, y de repente empezar a tratarse mejor. Quererse más, pues. Quién sabe –a lo mejor todo “esberto” y tal, comienzo a ver que de verdad soy alguien que vale la pena se quede por aquí.

(El que diga lo contrario… tengo maneras de encontrarlos. Y los encontraré.)

Einstein tenía razón

Albert Einstein dijo unas cuantas perlas en su vida, para demostrar que era la mente más brillante del siglo XX. Bien, el martes tuve pruebas de que una de sus máximas era oh tan cierta, Señor… Y no, no me refiero a E=mc². Me refiero a esta:

“Hay dos cosas infinitas en esta mundo: el Universo y la estupidez humana. Y no estoy tan seguro sobre el Universo”.

Querámoslo o no, la burocracia existe en el mundo por una razón, pues ayuda a mantener el orden de una forma u otra. Pero por amor a Cristo, eso no da excusa para agarrar el sentido común y golpearlo hasta matarlo.

Mi padre tenía su carro en el taller y tenía que llegar a la Universidad Metropolitana para corregir unos exámenes (mi padre es profesor de la escuela de Ingeniería de dicha casa de estudios). De modo que me toca llevarlo, con gusto. Para los que no lo sepan, yo vivo en la zona sureste de la ciudad, y la Unimet queda en el este, de modo que ya sin cola es un trayecto de más o menos media hora, quizá un poco menos, sin cola. Esto era a las 7:30 de la mañana, hora pico. Cuando llegamos a la universidad, eran las 8:20.

Hay una redoma por la cual me debo devolver para dejar a mi viejo. Y cuando me dispongo a hacerlo —está por la vía que usamos para llegar allá— un vigilante nos detiene y dice, en ese extraño español que usan los vigilantes venezolanos, que si queremos pasar “tiene que mojtrarme el calnecito”. Bien, mi papá lo muestra, no big deal. Lo dejo, y procedo a devolverme por donde entré. Y para mi gran sorpresa, el otro vigilante me dice que no puedo salir por ahí. Que me tengo que devolver por la muy empinada subida para salir por la OTRA salida.”Ej que eta salía ya no está cobrando a esta hora, señó, tiene que salí po la otra”, me dice. “’¡Pero si no estuve ni cinco minutos, no tengo que pagarte!”, le clamo desesperado. “Lo siento señó, se tiene que devolv{e, me discurpa”, dice. Me sigue diciendo alguna estupidez, pero mi irritación no me permite escucharlo. Me devuelvo, con mucho esfuerzo (¿han tratado de retroceder en una subida en un sincrónico?), atravieso la universidad de marras, salgo por la otra taquilla, y procedo a calarme un recorrido de treinta segundos en diez minutos por la cola para agarrar la vía que me interesa.

Llego a Plaza las Américas, un centro comercial al sureste de la ciudad (sí, está como a quince minutos de mi casa, sin cola. Pero tengan en cuenta, “sin cola” aplica sólo después de las 9:30 de la noche en la semana y los domingos en la mañana. Es decir, utopía). Tengo un par de diligencias que hacer en el correo y en un par de bancos. Plaza es un centro comercial único pues está dividido en dos partes: una vieja que ha estado casi sin cambiar desde los ’70, y una nueva construida en el estacionamiento de la vieja a mediados/finales de los ’90. Son las 9:45 am.

Entro al estacionamiento de la zona nueva, tercer nivel. Mis objetivos están en la zona vieja, planta baja. Paro el carro, al lado de la puerta. Cosa rarísima, ¡qué bueno! Claro, el hecho que la puerta a acceso al centro comercial esté cerrada, pues… Le pregunto a un tipo que anda por ahí parado que qué pasó, y me dijo que abrían a las 10. Pana, ¿y tienen que cerrarlo desde el estacionamiento también? Lo cumbre: mi vejiga comienza a pedirme atención.

Bueno tampoco hay rollo. Hay baños en la zona vieja, cuál es el r—

Coño, los están remodelando. SHEEEEET…

Haciendo el clásico baile del que está urgido, voy a donde están los vigilantes. Que tienen acordonada el área a la parte nueva, por cierto. Claro, si el centro comercial no abre a las 10, ¿para qué van a estar deambulando por ahí? Le pregunto al señor vigilante, ya que los baños en la zona vieja están cerrados por remodelación, y estos están cerrados por ahora, si pudiera decirme dónde hay otros baños en el gran centro comercial.

“Lo siento amigo, el único que funciona es el que está en el restaurant allá abajo”, me dice. (Sí, este hablaba el español “normal”.) Ah claro: iré al restaurant, no compraré nada, pero usaré el baño. El sueño de todo ciudadano. Sea pendejo, me aguanto como un hombre. Me voy a pagar el correo.

Pago. Son las diez. Ya no puedo pensar en otra cosa:

aycoñomememeoaycoñomemeoaycoñomemeoaycoñomemeoaycoñomemeoaycoñomemeoaycoñomemeoaycoñomemeoaycoñomemeoaycoñomemeoaycoñomemeoaycoñomemeoaycoñomemeoaycoñomemeoaycoñomemeo… aaaaaaaaah….

Bien, superada la emergencia, voy al banco. Quiero averiguar en cuánto me quedarían las cuotas si aplico un préstamo por política habitacional. Ey, tengo 37 años, no quiero vivir con los viejos toda la vida. Bien, espero mi turno.

“Buenos días señor”, le digo al ejecutivo con cara de obstinado. Sí, ya a las diez y pico de la mañana. “Quisiera averiguar requisitos para aplicar la ley de política habitacional”.

“Lo siento amigo”, me dice. Y ya con eso, pierdo mi fe en la humanidad. “Esos datos sólo se están dando en la sede principal”.

Este… ¿cómo?

“Perdón, pero, todavía para consignar los documentos, pero… ¿nada más para pedir la información tengo que ir a la sede principal (que queda en el centro de la ciudad)?”

“Sí señor”.

Respiro profundo. Coño de su madre. Respiro profundo otra vez. Este tipo no tiene la culpa. Respiro profundo una vez más. Y hablo. “¿No hay nada que me pueda decir ahora?”

Me dio la información generalizada —se da hasta un 70% del precio del inmueble, 30 años para pagar, esas cosas—, y me dijo que estaban revisando esa información, y que era por eso que no se daba la información en las sedes. Bue, ni modo.

Pana, es en estos casos en que yo me tengo que preguntar: ¿la burocracia se hizo para facilitarle la vida al público, o a los que trabajan en estos sitios? Mano, en efecto, a veces pareciera que la estupidez humana no tuviera límites.

¿Qué pasa por tu cabeza cuando sales a beber?

Yo no soy un tipo misógino. Muy al contrario, creo que las mujeres son el mejor regalo de Dios a la humanidad. Y estoy claro que todas las 18.547.541.231.874.212 cosas que los hombres no entendemos de ellas, o bien están ahí para que nunca perdamos por la fascinación que sentimos hacia ella, o gracias a Dios que nunca nos faltarán motivos para meternos con ellas en sana paz. De hecho, miren estos anuncios que se colocaron en el baño de los hombres en un bar de Londres (creo), y díganme si no son divertidísimos. 🙂






¡¿Cómo me dijiste?!

Disfrutando de un rico día playero al lado de mi novia, en el camino hacia Higuerote nos pusimos a hablar, para variar, de hombres y mujeres. ¿Les sorprendería pensar que ella defiende a las mujeres?

Sin embargo, hubo un comentario que no sólo me dio risa, sino que debo admitir que es algo que comparto. Si eres uno de esos panas que así se expresan, jejejeje…

No recuerdo de qué ibamos hablando, pero lo cierto es que mi querida y muy hermosa pareja se voltea y me dice: “Hay pocas cosas que me molestan más que se refieran a las mujeres como un… ‘culito’.”

Yo de vaina choco. Tanto por reírme como de impresión, pues tengo la suerte de estar con una mujer tanto hermosa como educada, y es raro oírle una mala palabra. Pero lo cierto es que me puso a reflexionar de tal manera que tengo que compartirlo con ustedes.

Decir que tenemos la suerte de contar con mujeres espectaculares ya es tan parte de leyenda que se está transformando en un cliché. Pero eso no lo hace menos cierto. La liga de razas europeas, nativas y negras ha hecho de las féminas venezolanas unos dignos especímenes de la especie humana. De hecho, las que van a los concursos de belleza en muchas ocasiones no reflejan correctamente lo que cualquier hijo de panadera ve cuando sale de noche, visita un centro comercial o, la máxima experiencia de colirio visual, va a la playa.

En especial en, pero sin limitarse a, éste último escenario, somos afortunados los miembros del género masculino de ver una de las áreas de la anatomía femenina que muchos hombres han clamado como su favorita, en especial desde que los bikinis en muchos casos se han reducido a tres minúsculos triángulos de tela. Sí, hermanos, tenemos suerte de que tenemos unas mujeres tan orgullosas de sus posaderas que no sólo no les importa pavoneárselo en un minúsculo trajedebaño sino que lo ensalzan. También debemos agradecer por eso la amplia generación de bluejeans ajustados y a la cadera, pantalones de tela, faladas cortas y pegadas, etc. Es sólo una razón más para considerarnos una nación tocada por Dios. Yo soy más de ombligos, vientres o el Santo Grial de los hombres como son los senos (tres –o cuatro– cosas en las que MA ha sido generosamente compensada por la naturaleza), pero hay pocas cosas más artísticas que un derriére que hace que la espalda forme una grácil curva antes de convertirse en piernas. (Todo para decir que sí, me encanta unas nalgas… como las tuyas. 😉

Pero ahora les hago una pregunta: como esa es en muchos casos la parte más notable del exterior de muestras mujeres, ¿ello justifica que como él las denominemos?

Suena el celular. Harold llama a Esteban. “¿Qué pasó ‘uon?”, pregunta aquél. “Aquí, bichito”, contesta éste. “¿En qué andas?” “Nada, ando con un culito.”

Yo me imagino que Harold sea paraguayo, o colombiano, o uruguayo. Me imagino que pensará que Esteban anda con un extraño mutante, un par de nalgas unidas a un par de piernas. Pero obviamente no, Harold es tan criollo como el que más.

“Coooño, bichito, ¿con quién?” “Elena, men”, dice Esteban, más bajito, porque este “culito” también tiene oídos. “¿Qué? Diablo, eso no es un culito, ¡¡¡eso es un CULO!!!”

Y la cosa no termina ahí. Yo admito, llamar a las mujeres “geva”, “gevita”, “nena”, e incluso “yegua” ha formado parte de mi vocabulario desde que he descubierto la belleza del sexo opuesto. Pero hay algunos motes que son realmente humorosos, amén del famoso “culito”: “mamis”, “mangos”, “manguitos”… Y no sólo eso, están los despectivos, aunque yo jamás entendí cómo fue que la hembra del mejor amigo del hombre y el animal símbolo de la astucia pasó a ser un insulto para las mujeres.

Desafortunadamente para estos “machos de peloenpecho”, muchas mujeres venezolanas también tienen un órgano que no es tan fielmente idolatrado como las partes sexuales de su organismo: su linda cabecita. Cada vez son más mujeres que simplemente dicho, no se la calan, y ya ni siquiera el tan cariñoso “mami” es aceptado como mote cariñoso. Mi novia es una, eso sí: ni “mami” para ella ni “papi” para mí (gracias a Dios). (No, no se van a enterar cómo nos decimos, jejeje.)

Pero para desgracia de aquellos que preferimos tratar a nuestras mujeres con un mínimo de respeto, son muchas las mujeres que no sólo se la calan; pareciera que lo invitaran. Están las que saben que son “la otra” –y ni siquiera la única otra, sino una de muchas– y lo aceptan. Casi que lo celebran. Están las que están en la opción inversa: saben que el hombre tiene otra(s), y se hacen las locas. Están las que no sufren el cacho, pero el mayor gesto de cariño que han recibido son los buenos días. Y por último, está el pobre grupo que escogió andar con el tipo que ellas “provocan” para pegar, aunque ellas entiendan que se lo buscaban. Malas mujeres, que no entienden el estrés bajo el que está el pobre cavernícola… Con tal que no las mate…

Sólo imagínense por un momento que la cosa del “culito” fuera al revés. Marcela llama a Carolina: “Amiguis, ¿en qué andas?” “Nada, chama, aquí, con un huevito…”

Cierto, se oye horrible, pero en nuestra extraña idiosincracia, si alguien es un “huevito” eso quiere decir que es muy apto en su asunto. Pero si se toma literal, entonces el tipo se acomplejaría, porque está atentando contra el tamaño del apreciado miembro. Ah, entonces hay que idearse esto al revés:

Marcela: “Amiguis, ¿en qué andas?” Carolina: “Nada, chama, aquí, con un HUEVÓN…”

Hmmm… Como que no, ¿verdad?

Muchachos, llamar a una mujer “un culito”, a menos que sea echando vaina (lo otro por lo que somos etiquetados los venezolanos), indirectamente los revela como que lo único que quieren es, para usar la misma palabra, “culear”. Mientras no hay nada intrínsecamente malo con eso (Dios sabe que a todos nos gusta un bamboleo horizontal de vez en vez), mientras sigan mandando esas señales a las mujeres del país –mujeres que cada vez son más desconfiadas de los hombres– los que van quedando cada vez peor son ustedes. Es cierto, siempre habrá alguna pobre pendeja que no aprenderá y seguirá recibiendo coñazos sentimentales hasta que se conviertan en un hombre con tetas, que tratará al pobre idiota que caiga en sus manos de la misma manera que la trataron a ella, y se dará cuenta que esa sí la quería, pero ya es demasiado tarde porque el tipo anda con una que sí le dio la oportunidad.

Así que a ustedes, idiotas que prefieren salir con un culo con piernas, que se divieratn: papá se queda con el paquete completo, ese regalo (ciertamente a veces insoportable pero siempre regalo) que Dios nos dejó: una MUJER.

Cuando la mente simplemente se rehúsa a trabajar

La mente, cuando trabaja por instinto, es una traidora. Pero al menos da para momentos muy divertidos.

Yo admito ser medio distraído. Algo que atestiguarán mis amigos, aunque ellos, miserables, usen el calificativo “agüevoneado”. Trato de que no sea mucho, pero a veces el sueño y mi mente me juegan una mala pasada. Menos mal que yo me río de mí mismo y soy feliz.

Ayer, como a las siete y tanto de la amañana, una compañera de trabajo y yo estamos chateando. En una de esas, ella necesita decirme algo con su voz. “Dame tu extensión”, me pide. Algo que le he dado no menos de doce veces. “Jejejeje, te lo voy a tener que tatuar”, le escribo. “3334.”

“La TUYA”, me escribe.

¡Ay pero qué picada!, pienso yo. Pero tengo demasiado sueño y estoy de demasiado buen humor para realmente contestar. Lo único que le pongo son las clásicas sacadas de lengua. “:P 😛 :P” Y espero a que me llame y me mente la madre.

“Gafo, ¡que me des tu extensión, chico!”

Eso activa mi hueso de la joda. Ay, ésta quiere pelea. “Ah pues señor, te lo acabo de dar, TRES TRES TRES CUATRO.”

La respuesta no se hizo esperar. “ESA ES LA MIIIIIAAAAAAAAAAA!!!!”

¿Saben esos breves momentos cuando ven algo muy obvio y se olviden de cómo reaccionar? Pues eso me pasó. Me quedé mirando la pantalla como si me estuviera pidiendo que explicara la ecuación de Einstein. Luego simplemente me empecé a reír. Del tiro, ni le pude mandar la extensión sino un minuto después.

El incidente me llevó a una escena aún más inquietante de mi infancia/temprana adolescencia. Mi hermano tendría quizá diez años, y yo soy tres años mayor. Estábamos en la sala de estar de mi casa jugando Memoria. Como saben, el juego consiste en combinar tarjetas iguales que están puestas al azar sobre la superficie. Cada tarjeta está enumerada. Es decir tiene un número. Vean bien: NÚ-ME-RO. Es importante, créanme.

En una de esas, mi hermano parece perderse y me pregunta: “¿Chamo, por qué número vamos?”

Yo honestamente juro, hasta este día, que no le entendí. Obviamente ahora, me río a la vez que me preocupo. Pero mi reacción en ese entonces fue mirarlo extrañado y preguntar: “¿Que por qué no me lo vamos?”

Esa misma cara que ponen ustedes ahora la puso mi hermano. Y estamos de acuerdo que eso que pregunté para confirmar que había oído mal no tiene ningún sentido en ningún plano de la realidad. Se ríe, y me vuelve a preguntar: “No, chico, que por qué número vamos.”

Y yo aún no entiendo.

Le vuelvo a preguntar: “¿Cómo que por qué no me lo vamos? ¿No me lo vamos a qué?”

No estábamos al lado de una construcción. No teníamos música puesta. No estábamos a dos cuadras de distancia, ni siquiera cien metros. No, estábamos más o menos la distancia que está entre ustedes y su computadora, quizá un poquito más, a las tres de la tarde de un sábado, creo, en el más abosluto silencio. lo único que se oían eran los sonidos de mi mamá en la cocina. Mi hermano no es el ser más paciente del mundo; por eso merece un reconocimiento cuando, luego de mirarme como si en efecto perdí la chabeta, respira profundo y me pregunta otra vez. “No, Juanky. Que por qué NÚMERO vamos.”

Y ahí se solucionó todo. Y finalmente le entendí y le dije, “Ah ok, vamos por el…”

NO.

Aún no le entendía.

Es en serio. A gran riesgo de mi vida (los días en que mi hermano menor me iguala en tamaño pero me supera en masa muscular estaban todavía unos diez años o más en el futuro, pero igual el chamo era un tanto… apasionado en todo), estoy tratando de no parecer demasiado estúpido (y fallando miserablemente) cuando le vuelvo a preguntar: “¿Pero qué es eso de ‘por qué no me lo vamos’, chamo? ¡No te entiendo!”

Mi hermano simplemente no aguanta más. La vena en la frente que sería como una señal de alarma en el futuro se brota. Se pone rojo como el sol al atardecer e igual de caliente. está que llora, pero al mismo tiempo se ríe, convencido de que comparte los padres con un absoluto subanormal. Se para y me grita: “¡Coño, muchacho anomrmal, NÚMERO! ¡Que por qué NÚMERO vamos! ¡NÚMERO! ¡NÚMERO! ¡¡¡NÚUUUUMEROOOOOO!!! ¡¿Ahora sí me entiendes, coño?! ¡¡¡NÚMEROOOOOOOO!!!

Yo me le quedo mirando, entre asustado y muerto de la risa como estoy ahora. Y digo: “Aaaah, NúMEROOO. Ah, okeeey…”

Sencillamente no seguimos jugando ese día. Hoy, profesionales de treinta y pico de años, los dos todavía nos reímos del episodio. Y yo agradezco que algo haya impedido que me haya reventado un jarrón en la cabeza o algo.

Prueba de que, si uno se descuida, la mente simplemente se va a huelga. Así que mosca.

Papel por café

El edificio donde trabajo es nuevo aún. Recién fue inaugurado en agosto de este año, hace poco más de un mes. Es impresionante, ciertamente, pero aún carece de ciertas cosas. La más notable de las carencias es un cafetín. Ojo, un comedor tiene, grande, amplio y frío con ganas y unos diez microondas. Pero no hay un cafetín donde uno pueda pedir comida o bebida, ya sea una chuchería o un simple vaso de café.

Lo que tienen en el “mientras tanto” son muchas máquinas expendedoras de chucherías y dos máquinas de Nescafé, una que funciona con billetes y otra con monedas. Son bastante convenientes (de hecho demasaido, me está empezando a doler el bolsillo…) y ya he hecho un hábito llegar y tomarme un café mientras empieza el día. Claro, hay un detalle: las miserables máquinas son eso, máquinas. Y como máquinas que son, las grandes @#€$%&*! amanecen algunos días… Bueno, una persona normal –como yo– diría que amanecen con desperfectos. Un bloguero que busque ser gracioso –como yo– diría que amanecen buscando pelea. Y coño, siempre la agarran conmigo.

Hoy fue uno de esos días. Llego a la máquina a las 6:45 de la mañana. Es día de Pico y Placa para mi carro, por lo tanto tengo que salir de Baruta antes de las 6:30. Al llegar, verifico que está prendida. Verifico que tengo un billete adecuado para ella, que me lo acepte. Verifico todo lo verificable al momento. Todo parece estar bien. Meto mi billete, y pido un capuchino de vainilla. Me sabrá muy bien con el frío de la oficina, pienso.

Y veo que no sale el vaso.

“Ay coño…”

Y veo el café salir, en un delicado chorrito, hacia la rejilla. Cualquiera diría que me lo voy a lamer. ‘Ño ‘e su máquina…

Voy, dejo mis cosas y vuelvo, y veo una de las vigilantes dirigirse a la máquina. “No tiene vaso”, le digo resignado. Me lo agradece y nos separamos.

Como a la hora, las ganas de tomar café son irresistibles. Pero veo a mi compañera vigilante venir y decirme: “Ahí está la muchacha del Nescafé, dile para que te regresen el café.”

Gloria. Voy a la máquina. Justo delante de mí hay un tipo de Diseño que le pasó lo mismo. Confrontamos amablemente a la señora en cuestión, que ya sabe lo que le viene y nos escucha pacientemente. Y luego nos recuerda que aún para algo tan humilde como un reclamo para café, en una empresa grande tiene que haber un procedimiento para todo. Fucking TODO.

“Ay amor, tienes que mandarle un correo a Servicios Generales y llenar la planilla de reclamo, luego me la traes a mí y yo te doy el café.”

Yo como que a la próxima compro mi café en el cafetín de enfrente.

La eterna diversión que es la enseñanza

He aprendido una cosa: puede que quites al profesor del aula, pero el aula siempre sigue al profesor.

Y lo divertido es que esto viene después de haber leído y comentado el post del Profeballa, ¿Por qué incluir la historia en el pénsum de una carrera universitaria? Ahí le comenté que explicarle a una persona por qué ha de estudiar una determinada materia es una cuestión delicada que requiere lógica y, en muchos casos, paciencia.

Pues hoy me di cuenta que eso no aplica nada más para explicar por qué se debe estudiar una cierta materia, sino por qué se debe estudiar de una cierta manera.

La madre de mi querida novia tiene una amiga que es una persona sumamente alegre y divertida. Esta señora tiene dos hijos, uno de los cuales estudió en el instituto en el cual yo di clase hasta mayo de este año. Esta señora me llama hoy para pedirme dos favores. Lo segundo que me pide (voy en desorden pues lo más divertido fue al principio de la conversación) es que, como el hijo menor es estudiante del Centro Venezolano Americano (CVA) y tiene un examen oral el sábado, quiere que le haga yo una prueba oral para que el muchacho se pueda defender. Le dije que con todo gusto.

El primer favor que me pide es preguntarme si estaría dispuesto a darle a ella unas clases de inglés. Le dije que lo sentía mucho, pero de verdad no tenía el tiempo para darlas. Y francamente, no tengo la disposición tampoco, luego de seis años…

Pero entonces viene la gran perla. “¿Juan –me pregunta– es posible que alguien aprenda inglés nada más hablando, sin aprender la gramática?”

Yo lo pienso antes de responder, pero igual sé la respuesta. “No, lamentablemente no, señora…”

“¿Por qué no?”

Saco mi eterno cliché, tal vez mi gran error: “Bueno saben lo que dicen: no puede correr sin volar.”

“¡Pero es que yo necesito volar!”, se ríe.

Me río con ella. “Jajaja, pues lo siento, no se puede. Usted no sabe la cantidad de gente que me decía ‘yo necesito hablar YA’, y yo les digo lo mismo: eso no es posible.”

“No, tiene que haber una forma. ¿Por qué a los niños se les hace tan fácil?”

Admito que yo no sabía esta respuesta a ciencia cierta. Pero me ha resultado al menos como chiste, así que usé la respuesta normal. “Porque los niños tienen el disco duro vacío, y la información les llega más fácil.”

“Bueno, yo tengo un hueco muy grande en ese disco duro. Seguro que yo puedo. ¿Dónde se podrá?”

Le hago la analogía de Matrix: la única forma que de verdad pueda aprender un idioma sin gramática es que se enchufe a una máquina y lo baje a su cerebro. Luego le dije que lo más cercano era precisamente el CVA, donde te empiezan a hablar inglés desde el primer día –mientras te enseñan gramática.

“No, tiene que haber otro método. ¿Qué tal el método israelí?”

Tenía años que no oía mencionar este método. Yo siempre he tenido mis reservas con él, diga lo que diga Helen Doron. Por algo el instituto que lo enseñaba aquí fue cerrado. Y así se lo dije. La señora insiste. “Pero yo no tengo tiempo para aprender la gramática, yo lo que quiero es hablar. tiene que haber algún método.”

Traté de explicarle, lo mejor que podía, que en efecto no había manera. Pero ella nada, no lo acepta, y no y no y no. Me dice aún que ya hablaremos de eso. Estoy decidido a demostrarle que no puede ser. De modo que me senté e investigué.

Gracias a Dios por Wikipedia. Aquí hay una buena explicación del desarrollo del lenguaje, sobre cómo llegamos a hablar en frases completas y etcétera. Pero mi mejor descubrimiento fue un artículo (y página) de un lingüista llamado Mark Rosenfelder, (está en inglés) que precisamente contesta la pregunta que la señora me hizo: ¿por qué los niños pueden aprender más rápido un idioma que un adulto? Respuesta corta: porque no les queda de otra, mano. Si tienen la opción, NO aprenden otro idioma. ¿Respuesta larga? Los niños aprenden con una aparentemente mayor facilidad un idioma foráneo porque:

  • Pueden dedicar casi todo su tiempo a su aprendizaje. Los adultos consideran una media hora de estudio al día oneroso. O simplemente ladilla.

  • Su motivación es intensa. Los adultos rara vez pasan mucho tiempo en la compañía de gente a la que necesitan hablar pero no pueden; los niños obtienen muy poco de lo que quieren sin aprender un idioma.

  • Sus iguales son mucho más… coño’e’madres. La vergüenza es un motivador muy grande para los seres humanos. ¿Han tratado de comunicarse con un dependiente de una tienda que sólo hable inglés? ¿O un mesonero francés? Ok, imagínese lo que le espera a un chamito que hable extraño. Yo no tengo que hacerlo: yo hablé spanglish hasta los 12 años. Sí, hasta los doce años.

De modo que, muchachos, uno sólo puede aprender un idioma si es económica o culturalmente imposible de escapar. Sí, es por eso que irse fuera del país es lo mejor –si te aseguras de no juntarte con nadie más que hable español. La simple realidad, muchachones, es que aprender un idioma cuesta mucho.Requiere esfuerzo, disciplina y tiempo. Mucha gente carece de una, dos o todas esas características. Y bueno, no aprenden un idioma.

La señora seguramente carece de al menos una de estas características, pero tiene una necesidad de hablar que no es inescapable. Así que, le tengo noticias. Y se lo digo con una sonrisa.

NO PODRÁ APRENDER SIN GRAMÁTICA.