El hombre nuclear

logoHabía un mapa en el brazo, y no es un tatuaje.

Resulta tan raro estar haciendo tus quehaceres diarios, cuando repentinamente escuchas un bajo zumbido, como el más flojo de los abejorros atrapado en un tubo: DZZZZZZZZZZ. El brazo comienza a apretarse, a veces hasta el punto en que no siento la mano izquierda. Pasan unos segundos –unos largos segundos—y afloja. Así estaré hasta las 9 de la mañana de mañana, cuando me retiren el aparato.

¿Lo reconocieron? Me estuve haciendo un mapa de mi tensión arterial. También me hice un ecosonograma y una prueba de esfuerzos. La semana entrante tendré los resultados. Bienvenidos a mi edad media.

El hecho que muchos síntomas de hipertensión y otros asuntos de salud propios de hombres de mi edad empiezan a manifestarse durante los momentos más duros de mi vida no está relacionado, necesariamente, con dicha situación. Más bien, lo veo como la aceptación, admitidamente tardía, pero real, de que mi vida como la he vivido ahora no ha estado a la altura.

Parece que las pruebas por las que la vida me puso ya han pasado (DIOS espero que hayan pasado), pero ya sin duda crucé un umbral por el que ya no hay retorno. Si en efecto la tengo,. la hipertensión es algo para toda la vida, como un silente pero malhumorado familiar que un cruel Mefistófeles (no metan a Dios en esto) te ha asignado luego que le vendes tu alma, para que lo honres. Cumple tu parte del trato, y él sencillamente estará ahí, sin fuñir mucho. Eso quiere decir: ejercítate mucho, bájale a la sal, a los alimentos grasos y a los dulces, y has tus ejercicios.

Descuídate, y el infeliz te lo recordará.

Antes de los exámenes, pude constatar muy bien cómo eran los recordatorios. Luego de una situación particularmente intensa en la oficina, empecé a sentir un inusual nudo en medio de los omóplatos. No era la primera vez, y en vez de asustarme o arrecharme, me senté y traté de simplemente respirar, tratar de calmarme, pensar en otra cosa. Pero claro, si te dicen “no pienses en el hipopótamo”, es lo primero que vas a hacer. Como si tomara vida propia, el nudo se extendió hacia mi cuello y, como si de tentáculos se tratara, sentí una presión en los pulmones. Incluso bajo el muy eficiente aire acondicionado, comencé a sudar. Ahí sí me asusté. Directo a Servicios Médicos. El veredicto: tensión 150/90. (Por si no lo saben, la normal debe ser 120/80.) Cero demoras: al cardiólogo.

El día que hice los exámenes, no estaba tan nervioso como pensaba, más bien resignado. Empezamos por la prueba de esfuerzo, que es básicamente ir sobre una caminadora que incrementa su velocidad y su inclinación cada tres minutos hasta que te desmayes. Yo aguanté doce minutos sin desmayarme. El médico tratante fue bastante gentil conmigo. al menos, eso me dijo… En fin, resultados: todo normal.

Luego fue el eco. ¿Mencioné que para todo esto me afeitaron el pecho? Ah, la deliciosa piquiña que acompañará el hecho que pronto se convertirá en un campo de batalla. Repleto de cañones… Fue tranquilizante ver que mi corazón latía sin problemas, como de hecho confirmaron los resultados después. Cero arritmia, cero anormalidades, cero heridas que se puedan ver. Comprobé que no es literal cuando se te parte el corazón, ni hay nadie viviendo en él, ni hay sellos de “Propiedad Privada” sobre él. Todo normal. Tipo tranquilo…

Lo que nos trae de vuelta al mapa. Al principio, mi imaginación me transporta a mi infancia donde oigo a los médicos de Steve Rogers decir, “Podemos mejorarlo… Podemos hacerlo más rápido, más fuerte… Es… el hombre nuclear”.

Pero ya para las 4 de la tarde, el bendito aparato me tenía ladillado. Además que mientras lo tuviera, no me podía bañar. Sip, pasé 24 horas sin tocar una regadera. Me preguntaba cómo rayos iba a dormir con un enorme 2brazalete” en mi bíceps izquierdo y lo que parecía un Walkman cibernético a un costado. Sin embargo, afortunadamente, dormí como si nada. Hasta incluso temí que se hubiera dañado, hasta que en el desayuno: DZZZZZZZZZ. A las 9:30 me lo quitaron, y a esperar resultados. Que ya tengo.

Como un ocioso, saqué el gráfico de las variaciones de mi presión sanguínea, que aquí les tengo. El punto alto fue alrededor de las 2:30 de la tarde, donde la presión me llegó 180/90. Incluso dormido, a las 2:25 de la mañana, me llegó a 149/77. En promedio, mi tensión sanguínea de esas 24 horas fue de 140/82. No hay más nada que hacer: hipertensión diastólica.

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Las acciones para contrarrestar ese efecto ya las había tomado dos semanas antes del examen. Como además unos exámenes de laboratorio mostraron un colesterol de 228 (lo normal: 220), resolví empezar a caminar, media hora diaria. Subí a tres el mínimo de pisos para subir escaleras. Y lo más insólito, compré un equipo para hacer ejercicios llamado The Door Thing. En un mes, ya he perdido seis kilos, y estoy apuntando a 12. (Mido 1,83 y peso, ahora, 94 kg.)

Lo más difícil, empero, va a ser controlar las emociones. Lo más importante, de paso. He descubierto una preocupante incapacidad para separar mis problemas personales de mis problemas laborales, y como consecuencia mi desempeño se vio un poco afectado. Y como estoy consciente de ello, tengo la angustia acumulada, lo que contribuye a mi tensión. Malo, malo.

Pero en fin. Finalmente, he descubierto lo que es acercarse a los 40. Ya no sólo son las canas –el cuerpo tiene otras formas mucho menos sutiles de despertarte a la realidad que los 20 quedaron bien atrás. No es sólo hora de madurar y tomar mejores decisiones en el futuro respecto a… todo, en realidad. Es hora de aceptarse tal cual uno es, con todo y sus defectos, y de repente empezar a tratarse mejor. Quererse más, pues. Quién sabe –a lo mejor todo “esberto” y tal, comienzo a ver que de verdad soy alguien que vale la pena se quede por aquí.

(El que diga lo contrario… tengo maneras de encontrarlos. Y los encontraré.)

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