Cambios, lecturas y plumas

Panteón Nacional. Foto mía.

Fue el hombre de las palomas quien finalmente me convenció.
Puede que lo sepan o no: desde el 1° de marzo estoy en un nuevo trabajo, luego de casi cuatro años en El Nacional. Es u  cambio que nunca pensé hacer, y es tan radical un cambio como el que haré más adelante este año, cuando contraiga nupcias (sí, decir “casarme” sonaba menos elegante en el estado mental en el que estoy ahora).
La felicidad que sentí cuando recibí la oferta de trabajar en la página web de El Nacional en julio de 2007; arranqué a trabajar allí un mes después. Sólo es comparable con la que sintió mi madre cuando supo que iba a trabajar ahí, un periódico tan cercano y querido para su corazón.
Aunque eso es un eufemismo. El Nacional  formó una parte importante de la vida de mi madre y su familia cuando crecía. Mi abuelo Pablo Rojas Guardia, de quien ya he hablado antes, era amigo de Miguel Otero Silva, fundador del periódico, y era frecuente contribuyente durante los  años 40, como aún lo es su hijo, mi tío y padrino, Armando Rojas Guardia. Él, mi madre y sus dos hermanas aprendieron a leer con El Nacional, al igual que lo hice yo. Leer el periódico era parte de mi desayuno cuando tenía un estilo de vida menos atorado que el actual, y era impelable sentarme con mi madre a leerlo los domingos. De hecho, cuando me fui de mi casa hace poco más de un año ya, inicié la costumbre de ir a un kiosco a unas dos cuadras de mi casa en las mañanas para proveerme de su acostumbrada dosis de noticias y opinión y comiquitas e interminables panfletos publicitarios.
Cuando me fui, me fui por un trabajo mejor pagado, una mejor posición laboral y un ambiente de trabajo más distendido. Pero más que sentirme particularmente contento —como estoy ahora— sentía una extraña tristeza burbujeando bajo la superficie. Me fui muy tranquilamente, con una relación generalmente buena con la empresa, aunque mi desempeño no haya sido necesariamente el mejor. Pero lo único que puedo decir es algo parecido a lo que dije cuando entrevisté a Alfredo Escalante: hay que tener cuidado cuando conoces bien a tus ídolos.
El día que empecé en mi nuevo trabajo se podía ver que esto iba a ser un notable cambio en mi vida. En primer lugar, estoy en el centro de la ciudad, muy lejos del este de Caracas donde he tenido todos mis trabajos más importantes (hasta ahora). En segundo lugar, el centro siempre ha tenido una mezcla de “tierra sin ley” y monumento histórico que me ha mantenido alejado durante mucho tiempo de él; yo sólo venía aquí para registrar mi título, acompañar a una ex al CNE, o de niño a visitar la Plaza Bolívar. Ahora camino todos los días por esa plaza, la Catedral, el Museo Sacro, el Palacio de Gobierno del Distrito Capital (saben, lo que alguna vez fue la Alcaldía Mayor)…
Ardilla en la Plaza Bolívar. Foto mía.
Y ahí vi al hombre de las palomas.
No tengo idea quién es, pero debe trabajar por ahí cerca. Le calculo unos cincuenta años, alto, con un amplio bigote salpicado por canas. Siempre viste de jeans, una camisa ni vieja ni nueva, y una gorra beige. Las patas de gallo en las comisuras de los ojos revela que es un tipo que vive riendo. Si ustedes tuvieran la relación que este pana tiene con los animales de la plaza ustedes también vivirían pelando los dientes.
El primer día que lo vi, me llamaba la atención porque, mientras que las palomas y las ardillas de la plaza ya están tan acostumbradas a la gente que una ardilla un día simplemente se me acercó como si nada porque por lo visto algo en mi postura le decía “tengo comida” —para luego alejarse con una actitud muy parecida a la que sentía en el colegio y le buscaba conversación a la chama equivocada—, a este señor lo inundaban. Una valiente amiga se paraba sobre su cabeza, mientras que no menos de sesenta lo seguían como las ratas de Hamelyn. Igual las ardillas: en lo que sabían que estaba cerca d su árbol, al menos cuatro bajaban de las copas de los árboles pendiente de un manicito, una mandarina, lo que sea que este señor le fuera a ofrecer.
Viéndolo, siempre pendiente de tomarle una foto (pronto, pronto) olvidé lo que una vez leí que decía que las palomas son de los seres más egoístas que existen, buscando en todo momento fuñirle la vida al vecino con tal de tener más comida, a la vez usándolos como escudo por aquello de “seguridad en números”. Olvidaba que las ardillas son territoriales y, con todo lo adorable que parecen, muerden duro y frecuente. Más bien me inundó una especie de fascinación infantil, un mundo de maravillas que uno sólo ve si está pendiente del mundo que te rodea. Me hizo acordarme de una historia que escuché sobre un violinista que, como parte de un experimento del Washington Post, tocó un día en el metro de Washington, para ser ignorado por todo el mundo, excepto una persona: estamos tan absortos en nuestra vida diaria que a veces no vemos las cosas buenas que ocurren bajo nuestras narices.
El hombre de las palomas no sólo me hizo darme cuenta que mi vida está radicalmente distinta de lo que estaba hace un año —me hizo darme cuenta que mi vida está en un muy buen sitio este año. Y estoy agradecido por todo esto.
Tengo que entrevistar a ese pana.

Adiós, 2011

En sólo un par de horas, pasaremos por ese ritual que es la compleción de una vuelta alrededor del Sol por ese planeta lleno de agua que llamamos Tierra y casa. Momento en que todos –o casi todos—nos ponemos cursi o sentimentales o francamente ridículos y reflexionamos sobre el pasado que no podemos cambiar y hacemos promesas que puede que cumplamos o quizá no.

Y así exactamente es como quizá se ponga este post, así que… léanlo a su propio riesgo.

He dicho, en círculos privados, que 2010 fue el peor año de mi vida, algo que había dejado reservado para 2010. Sufrí las mayores arrecheras, las más grandes tristezas y caí en las mayores depresiones de las que haya recordado. No podía esperar a que este día llegara, sólo para poder empezar de nuevo y dejar atrás lo malo que dejaron estos últimos doce meses.

Pero, quizá por el hecho que el último mes ha estado lleno de alegrías por delante y por detrás, he suavizado mi posición respecto a 2010 (también, ¿quién quiere hablar mal de un moribundo?). Este no fue un mal año; este fue un año difícil, repleto de problemas, incomodidades y grandes retos. Cometí errores. Grandes, grandes errores. Y lastimé. Y fui lastimado.

Pero de nada habría servido si no hubiera aprendido nada. Ahora me considero más maduro, más estable y más centrado. Así que aunque 2010 me trajo muchas negativas, me dejó también muchas cosas positivas, sin duda. Todo como previo a un enorme paso que daré en 2011… un paso que daré con todo gusto.

A todos mis seguidores, amigos y compañeros, lamento mucho si fui demasiado insoportable, quejica, ladilla o furioso. Y les agradezco mucho la paciencia que me han tenido, y en especial estoy infinitamente agradecido por su amistad.

Y a ti, cielo mío… Bueno, ¿qué más tengo que decirte? ¡Que llegue ya nuestra fecha! Smile

¿Mediocridad? ¿Falta de impulso? ¿Otra cosa? Adiós a Loscher (I)

NOTA: los términos con los que estoy hablando de ciertas personas en este post son absolutamente generalizados y no se refieren ni a una persona en especial ni a la sociedad venezolana como un todo. De modo que, si ofendo a alguien con lo que escribo aquí, les pido mis más sinceras disculpas.

Seth Meurer, un compañero estadounidense mío en el instituto de inglés donde trabajo, sabiendo que había renunciado, dijo algo que obviamente fue broma pero igual de cierta forma me conmovió de cierta manera: “Wow… the age of Jack is coming to an end…” (“la era de Jack –así me dicen– está terminando).

Más allá de las implicaciones que podía haber para mi ego –tampoco creo que mi partida dará un golpe devastador del que nadie se recuperará, ni alumnos ni instituto–, el comentario de Seth sí me puso a contemplar si en estos seis años contribuí a hacer alguna diferencia en el noble Loscher Ebbinghaus del Centro Seguros La Paz de La California Norte. ¿Logré influir en alguien como para que se tomara esto más en serio? ¿Logré impulsar a alguien a que fuera auténticamente bilingüe? ¿Logré… algo?

¿La respuesta corta? No.

Mi padre tiene un dicho: “eres como japonés en huelga.” Los amigos del País del Sol Naciente son legendarios por su entrega al trabajo. Es prácticamente enfermizo, hasta el punto que están tan pendientes de su trabajo en equipo que ya no tienen ninguna individualidad (una tendencia que está, afortunadamente para ellos, cambiando poco a poco en este mundo global). Pues bien, los japoneses tienen la costumbre de que en tu trabajo siempre debes hacer un poco más de lo que conoces son tus objetivos. Un pequeño ejemplo: los japoneses siempre están en su oficina diez minutos antes de la hora, y se van diez minutos después. Si un cliente pide un estimado de cuáles serán sus ganancias para un semestre, el encargado hará la proyección de ocho meses o un año. Bien, cuando los japoneses están tan descontentos con sus condiciones laborales que deciden ir a huelga, lo que hacen es llegar a la hora en punto e irse a la hora en punto. Hacen estrictamente lo que les mandan a hacer, ni un poquito más (aunque ciertamente tampoco un poco menos). Y eso trastorna a la alta gerencia, pues los nieveles de productividad de la empres comienzan a bajar. Es raro cuando se llega al punto de ausencia del puesto. Ya cuando llega ese día que los empleados no van a trabajar, es que están realmente arrechos.

¿Mi punto? Somos una sociedad ciertamente distinta que los japoneses: dedicados mucho a nuestra familia, más relajados, ciertamente responsables… pero somos muchgo más individualistas, casi al punto del egoísmo, y no vemos la necesidad de hacer sino lo estrictamente necesario. Y en gran medida, somos conformistas. ¿Quién inventó aquello de “10 es nota y lo demás es lujo”? Y no hace falta que mencione la bien sabida “viveza criolla”: si se puede lograr algo doblando (cuando no rompiendo) las reglas, así no haga falta porque se tienen todos los recursos y capacidades para lograr los objetivos legalmente, se hace. Sólo porque se puede. ¿Recuerdan “la mano de Dios”? (Porsia, es el controversial gol de Diego Armando Maradona en el partido de Argentina vs. Inglaterra en el Munidal de Fútbol EE.UU. 1984. Mucho tiempo después, se descubrió que en efecto había sido con la mano.)

Claro, por otro lado, estamos viviendo en una sociedad que nos hace afines a vivir en una selva, donde sólo los fuertes sobreviven. Los que se concentran en un área pierden oportunidades en otra. Si me concentro demasiado en mi trabajo, no podré disfrutar mucho con mi familia y/o amigos; si me enfoco demasiado en mi vida personal, las oportunidades de crecer en mi trabajo pueden ser menores y más raras. Es muy difícil tener un trabajo, sacar un postgrado, dedicarse a una familia, hacer un curso de (inserte usted aquí) y triunfar en todos. “El que asa dos conejos a la vez quema uno”, dice el adagio. (Estoy peor que Luis Herrera con los refranes, hoy…)

Así que, ¿lo que vi en Loscher fueron ejemplos de mediocridad o fui partícipe de una actividad que está muy bajo en las prioridades de la gente? Recuerdo a mediados del año pasado le di clases a un grupo de nivel 8 (el curso completo tienen 32 niveles en la frecuencia de martes a jueves, 12 de nivel general y 20 de conversación) a los que yo les había dado en nivel 1. Estuve absolutamente desilusionado de descubrir que hacían las mismas preguntas, tenían las mismas dudas y cometían los mismos errores que cuando les di clase la primera vez. Este sábado les di clase a un nivel 23. ¿Bastante avanzado verdad? Uno esperaría que fueran casi perfectamente bilingües, ¿verdad? Bullshit. Hablan, ciertamente, y se defienden bien, pero no más que un grupo nivel 13 (primer nivel de conversación). Y no importa cuánto alerte a los cursos que los exámenes son difíciles, que si no estudian rasparán, es inútil; los que yo sé que saldrán mal, salen peor.

En los grupos prinicpalmente compuestos por adolescentes, se entiende aunque no se excusa. Están allí obligados, o no han recibido la disciplina de estudio requerida o simplemente no la aplican. Pero, ¿y los adultos? Tengo un grupo de ocho mujeres (promedio de edad: 25 años)que se extrañan cuando no se les dan cursos completos. Supongo que no se han fijado en el bochinche casi permanente que tienen en las clases. ¿Y creen que es aquí nada más? Un amigo me cuenta que un profesor de posgrado dice que los alumnos allí –todos profesionales– son muchas veces más indisciplinados que los alumnos de pregado. El “no tengo tiempo” es como un lema de vida. En este caso, una tercera razón podría ser que no saben cuánto se les exigirá en estas lides y creen que podrán manejarlo todo. Pero aquí yo pregunto: una vez que estás montado en el burro, ¿tienes una alterenativa que nos ea arrearlo? (Y dale…)

Cada vez que me tocan este tema, yo tengo una tendencia a molestarme, lo admito. Es porque me preocupa de sobremanera la sociedad en que vivo. Demasiado he oido que para qué molestarse, los que salen perdiendo son ellos; yo me tengo que concentrar en hacer lo mejor que mejor que pueda. Yo estoy en desacuerdo. Si esta mentalidad persiste, perdemos todos como sociedad, pues seguiremos chocando con una barrera que nos impide avanzar como país, como sociedad. Esta actitud mía es un esfuerzo para que avancemos un poco más. En Loscher no lo logré; espero hacerlo en el Correo del Ávila.

Yo de aquí no me voy.