Así me siento. Bueno casi…

Blue Murder era un grupo fundado por el antiguo guitarrista de la banda Whitesnake, John Sykes, junto con el increíble baterista Carmine Appice y el bajista Tony Franklin. Se caracterizó por largas canciones épicas, sin ser Zeppelin o Meatloaf, pero tampoco sin ser Whitesnake o algún otro grupo de hard rock de los ’90. Su debut tuvo buena acogida, pero el segundo fue un fracaso, y se disolvieron poco después. Del primer disco se sacan temas como Valley of the Kings, Jelly Roll, Sex Child y la canción que les presento ahora, Outta Love. No pidan una traducción, no pidan una explicación, de hecho no me hagan preguntas. Ni esperen otro post al respecto. Esta canción, una poderosa balada que era casi obligatoria en todo disco de hard rock que se apreciara en los ’80 y a principios de los ’90, describe mi estado de ánimo ahorita casi perfectamente (yo no estoy que me arranco las tripas como el hombre de la canción), y eso es todo lo que tengo que decir. Aquellos que quieran, les puedo mandar un mp3 de la canción.
OUT OF LOVE
Letra: John Sykes
I’m standing here looking at your photograph
I can’t believe I’m all alone and you’re not coming back
On and on we rode the storm
I sometimes wish I’d never been born
Alone here crying out for love
When times were hard we struggled through
A long long time ago
But things have changed much more than this
I never thought you’d go
Taken in my tears subside I’m feeling lost
Can I survive without you,
I’m outta love again
Out of love
Chorus
All the nights when you held me tight
Life was good and love seemed right
And now I’m here I can’t believe you’re gone
You used to say love would never die
But you were wrong and I’ve just died inside
I’m outta love again-I’m outta love again
The love we shared will never ever die inside my heart
I swear I never dreamed that we would ever drift apart
Taken in my tears subside
I’m feeling lost, can I survive without you
I’m outta love again
Chorus
All the nights when you held me tight
Life was good and love seemed right
And now I’m here
I can’t believe you’re gone
You used to say love would never die
But you were wrong and I’ve just died inside
I’m outta love again-I’m outta love again

Esa locura divina que es ser novio

Dedicado a toda mujer que alguna vez me dio el honor de ser su pareja, y a la que me da ese honor y felicidad aún hasta estos dias.

Y bien, aquí estamos: el mes del amoooor.

No tienen idea cuánto tiemblo cuando llega este mes. No porque no creo en el amor, no porque mi novia no lo crea, sino porque es demasiado fácil ponerse cursi en estos días. Y si no te pones cursi, entonces te vas al otro extremo, el de ser al que muchas amistades le dicen «ay pero tú sí eres odioso…» En otras palabras, no hay tonos de gris en este mes; todo tiene que ser blanco o negro.

El año pasado me gané un viaje al lado oscuro con más de una por lo que dije del Día de la Amistad (véanlo
aquí), de modo que pensé con cuidado sobre qué iba a hacerlo este año. Y entonces decidí entrar en terreno aún más pedregoso; hablaré sobre relaciones.

Nop, no pienso tratar mi relación actual. ¡Ustedes ya saben demasiado de esa!

Es hablar de… Dios mío, ¿en qué estado estaba Dios cuando creó a la mujer? Ahí es donde realmente vemos al Todopoderoso. Primero creó a un ser básico, simple. Lo complementó creando a un ser de infinitas complejidades, convencido de que si llegáramos a entenderlo, no nos parecería tan fascinante. Porque sí, chicos, acéptenlo: las mujeres son fascinantes. Estudiar la mente de una mujer ha llevado miles de años, millones de escritos y no pocos recluidos. Y aún así, hay pobres ingenuos que insisten en querer entenderlas.

Chicos, estoy aquí para decirles: las mujeres deben ser queridas y respetadas, jamás comprendidas. Al menos, no del todo. Es una labor demasiado titánica. Cuando yo digo que «entiendo» a las mujeres, es que las conozco como personas, tengo una idea de cómo piensan. Una IDEA, más nada. Porque sé que en cualquier momento harán o dirán algo que hará que uno tenga que empezar a estudiar de nuevo.

Permítanme ilustrarlos con hechos de la vida misma. Por supuesto, no daré nombres para proteger a las inocentes, y a mi persona, OF COURSE.

Las mujeres critican que, al instante que los hombres ven que la relación se pone demasiado seria, huyen por la derecha. Pues bien, en el 2000, yo pagué por todos los hombres que han aplicado esa regla. No una, sino dos veces. Seguidas.

La primera, una niña bella y simpatiquísima que me sedujo. Un mes después, se desparece del mapa, porque yo no soy parte de sus planes de irse del país. Y ese viaje se hizo… UN AÑO DESPUÉS.

La segunda, una ex que volvió a mi vida. Me dio siete meses maravillosos, para luego decir que ·esto se está poniendo demasiado serio…. no te puedo querer más de lo que ya te quiero, y eso me da rabia..» Sin ton ni son, ahí me quedé yo con mis ganas.

Otra ex que tenía yo compartía algo con muchas mujeres allá afuera: un incontrolable deseo de nunca estar lista a tiempo. Por ello me convencí: 80% de las mujeres tiene un concepto distinto del tiempo. Para ellas, cinco minutos no tiene el mismo significado que para nosotros. (Por cierto chicos, recuerden esto: dime de qué presumes y te diré de qué careces. Muchas mujeres sí saben cuánto son treinta centímetros.) Una vez, ya sabiendo de su fama de impuntual y su evidente rechazo a cambiar eso, decidí repicarle al celular, unos diez minutos antes de llegar a su casa. No hablia manera que esperaría más de cinco minutos, ¿verdad? Pues, al parar el carro, esta mujer –que vivía en la más incómoda de las calles ciegas– logró hacerme esperar QUINCE minutos.

El episodio más divertido que he tenido con una ex tiene que ver con ese empeño que tienen ciertas –no pocas– féminas con las «indirectas». «¡Es que es más bonito cuando sale de ellos!» Cierto, pero si no tenemos ni idea de lo que quieren…!!!!

En fin, esto era en la época que estaba recién graduado y aún no trabajaba. Mi ex estudiaba en la Metropolitana, que, para los que no viven en Caracas, es una universidad que está cerca de las faldas del cero El Ávila, la montaña que rodea a la ciudad. Yo vivo, sin tráfico, como a quince minutos de ella. Pero como siempre hay tráfico, en realidad vivo a media hora.

Bueno, el caso es que yo estoy en mi casa, muy tranquilo, como a las 10 de la mañana. Curiosamente, ya vestido. Y suena mi teléfono, y oigo la voz agitada de mi antigua consorte.
«¡Gordo socorro!»

Yo, hombre preocupado que soy, asumo algo realmente grave. Un accidente. Quizá una muerte en la familia. Así de angustiada estaba. «¿Qué pasó, corazón?»

«¡Mi mamá se llevó el carro esta mañana, y tengo que llegar a la universidad, y no sé cómo voy a hacer! ¡Estoy desesperada!»

Pausa. Yo estoy esperando a que salga algo más. Después de dos segundos, vuelve. «Ya va, amor, cálmate. ¿Y tu mamá sabía que tienes clase? ¿No sabes a qué hora vuelve?»

«¡Ni idea! ¡Tengo clase a las once y media!» Yo veo el reloj. Está apretado, ella vive en La Florida, a mitad de camino entre la universidad y yo. «¿Gordo, qué voy a hacer?», con un poquito más de drama del necesario.

Y ahí es cuando caigo. Quiere que yo la lleve. Obviamente, yo estoy más que dispuesto. Olvídense del hecho que cuando terminamos (terminé) ella hizo una escena en pleno McDonald’s y casi se lanza frente a un carro. Eso no vendría por otros tres meses. Yo la quería mucho, y soy un caballero. Habría hecho cualquier cosa por ella. Además, no me costaba nada. Pero en vez de llegar y pedírmelo, se lanza una arenga para hacer la cosa más dramática. Perdiendo tiempo que podría haber invertido en pedirme de una vez que la llevara. En algún punto, mencionó que iba a perder la materia, que se iba a tener que retirar, que cómo su mamá le hacía esto… En una de esas respira profundo, y me digo, OK, ahora es cuando me lo va a pedir. ¿Pero qué es lo que sale de su boquita? «Gordo, ¿qué voy a hacer? ¿QUÉ VOY A HACER?»

Y aquí es donde todas las mujeres dirán ERES EL PEOR y los hombres dirán BIEN HECHO. Pero por Dios, ¿por qué no llegar y decir las cosas de frente y ya?

Sonrío pícaramente. Y con toda mi calma (sí, reconozco que lo hice adrede), le digo: «Tranquila, amor, estoy seguro que si agarras un taxi llegarás a tiempo.» Ella se detiene. «¿Perdón?» Pausa estratégica. «Claro, cielo. ¿O no tienes plata?»

Lo único que escuché del otro lado de la línea fue cómo todo el oxígeno de su apartamento fue absorbido. Yo me mordí el labio procurando no reírme. Y luego, retumbó «¡¡¡ES EL COOOLMOOO!!!» Pongo mi mejor voz de yonofui: «Bueno, mi cielo, como no me LO HAS PEDIDO, yo estoy asumiendo que no quieres que te vaya a buscar.»

Oigo el prinicipio de un rezongue. Está debatiéndose entre seguir regañando, la urgencia por irse, y por Dios, la razón que tengo y no me digan que no. Y entonces: «Gordo… ¿Será que me puedes llevar a la universidad?»

Y en mi voz más radiante, le contesto: «Mi vida, para mí será un placer. Voy saliendo.»

Dos días después, esta niña absorbente –que una vez pretendía que yo agarrara un carrito por puesto, agarrara metro, caminara con ella a su casa y luego me devolviera SOLO a las ocho de la noche– intenta presentar su caso a mi madre. Claro, mujer como ella, iba a entender, ¿no? «¿Sabe lo que hiozo su hijo? ¡Pretendía que me fuera en TAXI a la universidad!» Y mi madre, mujer sabia como pocas aunque no lo demuestre, le pregunta: «Pero, ¿y por qué no le pediste la cola?» La mirada de shock no estuvo normal. Y menos mi mirada triunfante. «¡Si yo se lo pedí! ¿Pero no es más bonito cuando nace de ellos?» «Ay, no, mija, si quieres algo con urgencia, pídelo. No esperes.»

Y ahí le tengo que dar la razón. Chicas, la mayor parte de las cosas nosotros les damos las cosas sin que ustedes nos la pidan. ¿Por qué? Porque son tan maravillosas que no queremos sino montarlas sobre el trono de nuestro corazón, y asegurarnos que nos quieran y nos amen como nosotros a ustedes. Sí, hay bolsiclones que en algún momento no apreciarán el trabajo que Dios hizo al hacerlas , y nosotros nos quejamos por su impuntualidad, sus pequeñas manías y esos momentos en que nos exigen atención. Pero la verdad es que la vida sin las mujeres sólo puede ser dura, gris, aburrida y, realmente, no es vida. En este día del amor, gracias por cada momento que me hacen vivir, desde las que simplemente nos pasan al lado hasta la dueña de mi corazón.

Mis abuelos

A Odilia de Rodríguez, 1913-2006

Todos queremos a nuestras abuelas, ya sea porque ellas se lo ganan o por asociación a nuestros padres. La abuela que consiente, la abuela que educa, la abuela que cría, la abuela que aconseja; todas ellas casi obligan a que las querramos. Aunque sea por el hecho de que han vivido muchos más años que nosotros y han pasado ronchas por las que nosotros quizá ni llegamos a concebir siquiera, y más importante, sin ellas nosotros no existimos, por aquello que sin ellas nuestros padres no existieran. Y es un dolor particularmente grande cuando se van de este mundo, primero por el dolor de que se vaya un ser tan querido, y segundo porque sentimos que se termina una era, una era que quizá fue más pura, menos superficial y de mayor calidad humana. Sentimos que cuando se apaga la luz de una abuela, nuestros días son un poquito más grises.

El martes pasado, 24 de enero, se apagó una abuelita más, y esta es más importante porque resulta que era la mía. Más aún, era la última de mis cuatro abuelos. Así que, ¿por qué no aprovecho y les doy un paseo por todos ellos?

La primera, Mercedes Álvarez de Rojas, madre de mi madre, es de la que menos recuerdos tengo, por aquello que falleció cuando yo tenía tres años, y esos años antes mi familia estuvo viendo en el exterior. Lo único que recuerdo vagamente es ella llevándome a la acera de su casa en ¿El Paraíso? para ver a las hormigas, no para matarlas, claro, sino para que le admirara la maravilla que era la Naturaleza. (Supongo que de ahí evolucionamos a varias horas frente a Animal Planet hoy en día.) Pero por los cuentos que se dicen de ella, era una mujer adelantada a su tiempo, y recia, emotiva y dura, a la vez que atenta, cariñosa y muy leída, cualidades aparentemente contrastantes que le heredó a mi madre y sin duda le pasó a sus nietos a través de ella. Uno de mis cuentos favoritos de ella es uno que involucra una cena. Mi abuela había preparado una cena con bistec y arroz, y se la sirvió a mi abuelo mientras ella hacía otra cosa. Mi abuelo picó la carne con mucho esfuerzo y la masticaba con cierta dificultad, pero por educación (¡espero!) no dijo nada. Pero mi abuela era Álvarez, y eso quiere decir que no se le escapaba nada. «¿Qué pasa, Pablo?», preguntó mordaz. «No, nada», fue la tímida respuesta. Pero no se iba a escapar tan fácil. «¿Está dura la carne acaso?» A mi abuelo no le quedó otra. «Bueno, sí, un poco.» «Bueno, entonces bótala. Yo no fui a la universidad para aprender a cocinar.» Y esto fue en los cincuenta, donde las mujeres supuestamente eran más sumisas que ahora. ¡Qué tal!

Igual de recio era mi abuelo, señor Pablo Rojas Guardia. De él sí tengo varios recuerdos porque él y nosotros vivimos en casa de mis tíos (la hermana de mi mamá) durante tres meses mientras nuestra casa se preparaba. Él y mi abuela Mercedes eran hechos el uno para el otro, ya que sus caracteres eran muy parecidos. Mi abuelo era un costal de historia y letras. Fue un poeta y ensayista laureado; ganó el Premio Municipal de Poesía en 1945 y el Nacional de Literatura en 1970, estuvo preso en La Rotunda durante la época de Gómez (fue parte de la Generación del ’28), fue encargado de negocios y primer secretario en Checoslovaquia y Nicaragua durante la época de Medina Angarita (por si acaso hay algún escéptico, ver aquí). Recuerdo que mi madre me cuenta que a todos sus hijos (tres hembras y un varón) les daba dictados por largos ratos para que perfeccionaran su escritura, los hacía leer asiduamente, y un error en sintaxis al hablar era seriamente penalizado. Lo admiro muchísimo por haberle inyectado a sus hijos una buena dosis de gusto literario, que me lo pasaron a mí (mi tío Armando, quien le siguió sus pasos y también es un poeta aclamado, es también mi padrino de bautizo, y siempre me leía diversos cuentos cuando yo aún estaba en edad de sentarme en sus piernas). Pero también hay historias divertidas, esta vez presenciados por mí, que tenía cerca de siete años en aquel entonces. Él era muy calvo, herencia nefasta que mi hermano sufre ahora, y adoraba el picante. Una vez lo vi comiendo sopa, y por supuesto estaba la salsa tabasco al lado. Y empieza a echarle a la sopa… y sigue… y sigue… y sigue… y sigue… ¡y sigue! A esa edad yo no opinaba, pero recordaba lo que veía en las comiquitas, y esperaba que empezara a echar humo por las orejas. Pues ahí iba, a probar la sopa…. Y a la tercera cucharada, yo veo las gotas de sudor acumulándose en esa enorme frente. Y mi querido abuelo, a quien igual que a su esposa el cáncer se lo llevaría más temprano que lo previsto, con toda calma se limpió la frente con un pañuelo… y le echó más salsa a la sopa.

Lo que me encanta de escribir de mis abuelos es que ahora puedo comparar a las dos parejas. Digámoslo así: en una fiesta donde hubieran estado las dos parejas, les puedo asegurar que uno no sabría a quién escuchar más, porque los cuatro serían el alma de la fiesta. Mis abuelos maternos serían los que hubieran criticado al gobierno de forma sumamente elocuente y educada, mientras que mis abuelos paternos serían los que tendrían a todo el mundo encantados con sus ocurrencias, anécdotas y chistes. Lo sé porque eso lo veo en mis padres.

Mi abuelo paterno era don José Cristóbal Rodríguez Pantoja. Era un hombre que comandaba respeto, sólo por su figura. Lo comparo físicamente con mi abuelo Pablo y me tengo que sonreír. Mi abuelo Cristóbal le hubiera llevado al menos una cabeza de altura, y tenía una voz que yo sólo puedo comparar con James Earl Jones. También por ese lado tengo herencia, porque mi abuelo fue de los primeros narradores de noticias de El Observador Creole, el noticiero que precedió a El Observador, en RCTV, y fue voz en muchos comerciales de radio. (Estoy estudiando Comunicación Social.) Además era increíblemente fotogénico, con una sonrisa que el mismo Cary Grant envidiaría, lo que contribuía a su factor de intimidación. Pero mi abuelo era pura pinta, al menos en lo que a sus nietos se refiere. Yo nunca en los quince años de mi vida que pude disfrutar de su compañía lo oí molesto. Era uno de los seres más bonachones, cariñosos y ocurrentes que me pueda imaginar. Quería muchísimo a mi mamá, «caraotica» le decía, y no paraba de meterse con ella cada vez que podía. Sobre todo, le encantaba esconderle su cartera, y lo hizo muchísimas veces hasta que mi mamá aprendió.

Con mis abuelos paternos sí tuvimos oportunidad de viajar mucho, y era muy divertido ver a mi abuelo dormido con sus lentes oscuros en las orillas de una playa. Como tenía problemas de circulación, le encantaba bañarse en aguas heladas para los demás. La fiesta más grande en mi familia fue sin duda cuando él y mi abuela cumplieron sus cincuenta años de casados, donde quedé impresionado del enorme amor que aún se tenían, nada más como estaban pendientes el uno del otro. Dos años después de eso, una enfermedad que aún desconozco se lo llevó, demasiado temprano. Pero para que terminen de hacerse una idea de cómo era este viejo querido, aún en su lecho de muerte, tuvo suficientes fuerzas para meterse con mi mamá. Se fue en paz y con una sonrisa en los labios.

Muchas de esas sonrisas se las dedicó a su esposa querida, mi abuela Odilia Hernández de Rodríguez. ¡Cómo sufrió mi pobre vieja cuando se le fue Rodríguez! Hasta sus últimos días, ella lo llamaba por su apellido, pero el amor que le tenía era sólo comparable al que le tenía a sus nietos. Nosotros la visitábamos cada domingo, y mi hermano y yo nos sentábamos a ver televisión en la cocina a tomar Colita y a comer pan que ella compraba específicamente para nosotros. Era una mujer de negocios super astuta, de esas que son capaces de venderle una nevera a un esquimal. Siempre viajaba a Margarita para comprar ropa y revenderla aquí. Y así como mi abuelo, tenía un sentido del humor que sólo podía ser Rodríguez. En cada cumpleaños, mi hermano le decía que se vistiera, que la iba a llevar a tomar cerveza y a conseguirle un pavo. Ella, muerta de risa, le contestaba, «‘Ta bien, mijo, dame tiempo para vestirme y nos vamos.» Una vez fuimos a ver Hechizo de Luna al cine, que en inglés se llama Moonstruck, y esa palabra la divirtió muchísimo, al punto que después cada vez que me veía yo le preguntaba cómo se llamaba la película y ella, sin ton ni son, contestaba: «MUN… stroooo».

Esa chispa empezó a apagarse hace unos cinco años, cuando los años finalmente como que se acordaron que ella existía, y envejeció con una rapidez pasmosa. Hace dos años se mudó con mi tía Aída (que nadie llama así, siempre será la Negra para todos, y madrina para mí), porque ya no podía hacer muchas cosas sola. El 23 de diciembre pasado sufrió un ACV masivo que la terminó de postrar en la cama, y nunca volvió a abrir los ojos. Finalmente descansó, como dije al principio, el martes 24 de enero pasado.

Ahora que hay un gran hueco en mi vida, por la ausencia de mis abuelos, me doy cuenta de lo importante que son. Qué suerte tienen aquellos que aún tienen a todos sus abuelos vivos, que incluso bisabuelos y hasta tatarabuelos tienen. Ellos son una enciclopedia con alma, una fuente casi inagotable de amor que algunos demuestran a su manera, y que a veces la vida se nos lleva demasiado pronto. Yo tuve a mi abuela Odilia por más de treinta años, y aún siento que pude haber hecho tantas cosas por ella. Sólo me queda esperar que cuando convierta a su hijo en abuelo a su vez, pueda enseñarle a sus nietos el gran tesoro que tiene en esos viejitos que pelean con uno por tantas razones, pero que al final es por el enorme amor que tienen para dar y simplemente lo quieren pasar a sus nietos como lo hicieron por sus hijos.

Abuelita, descansa en paz. Perdóname cualquier cosa mala que te haya hecho sentir en cualquier momento, perdóname si no fui tan nieto contigo como quisiera, y dale un gran abrazo al viejo allá arriba cuando lo veas. Tranquila, que al hijo te lo seguimos cuidando.

Paseos por la calle de la memoria

Es un fenómeno tan fijo como que sale el sol. Y –lamento reportar– es una de las primeras señales que nos estamos poniendo viejos. Se reúne un grupo de treintañeros, y la conversación empieza por hablar del país, la última película, lo que pasó en el trabajo, la nueva serie… y las comiquitas que tanto disfrutábamos.

Si creen que es mentira, ¿con qué moral? Una de dos, o ustedes son TAN viejos que ya ni recuerdan esas comiquitas, o andan con una ridiculez de «esas son etapas quemadas». No les discuto: un tipo de más de 25 que se la pase viendo dibujos animados en televisión es el afiche para «loser». Pero díganme que de vez en cuando, en esos momentos que andan haciendo zapping, en el momento que se topan con uno de esos dibujos animados que veían pegados los sábados en la mañana sin falla, no se instalan aunque sea unos minutos. Yo sí. De hecho, hay días en que no tengo nada que hacer y ahí me verán, instalado viendo el Coyote caerse por un barranco, o a Huckleberry Hound persiguiendo a un gorila, o –alto placer– ver a Mazinger derrotar a los malos.

Es fácilmente explicable. ¿No vivimos metidos en el estrés del día a día? Esas comiquitas nos recuerdan una época en que la vida era más sencilla, donde la decisión más grande que teníamos que hacer era qué caramelo nos podríamos comer, o cuál era la mejor hora para salir a jugar. Cuando la tarea aparecía, sabíamos que había en algún canal alguna recompensa por nuestra ardua labor.

OJO, yo no soy partidario del escapismo, del negarse a todo cuanto es responsabilidad en nuestra vida. Eso es parte de crecer y madurar. Pero no busquen enterrar todo cuanto recuerden de su infancia tras un muro de madurez. ¿Dónde queda el sentirse más humano, y todo eso? Sin nuestra infancia, sin estar en contacto con el niño que llevamos dentro, ¿no seríamos más propenso a vivir amargados?

De esaépoca, una de las cosas que más recuerdo es la competencia entre hombres y mujeres por las comiquitas más vistas. RCTV transmitía Candy Candy para las niñas, Venevisón transmitía Mazinger Z para los varones. Aún así, yo he encontrado féminas que deliraban por el robot gigante, y un macho «comprobado» que admitió botar su lagrimita cuando Candy sufría. Era comprensible: Candy Candy era una auténtica telenovvela para chamos, mientras que Mazinger Z eran guerras, batallas y acción. Obviamente yo era partidario por las aventuras de Koji Kabuto, al punto que grababa los episodios y hubo uno u otro que lo vi en conjunto con un grupo de amigos. De hecho, no estoy apenado en admitir que hice fiesta cuando el canal La Tele comenzó a retransmitir la serie entera. ¡Este sábado me calé un episodio completico!

Claro, soy un buen comicólogo, así que también supe de las aventuras y desventuras de la pequeña niña huérfana desde que sale del Hogar de Pony y empieza a trabajar de enfermera voluntaria, comienza a saluir con Anthony y Terry hasta que uno de ellos se muere trágicamente en un accidente de equitación (¿fue Terry, verdad? Como dije, no la veía, así que no recuerdo). Demasiado para mí. siguiente por favor.

Otra cosa que recuerdo con recuerdos agridulces es el Festival de Robots . Digo agridulce, poruqe tenía series excelentes: El Vengador, El Gladiador, El Galáctico y Super Magnetrón, junto con otras (no de robots) como Capitán Futuro y Super Agente Cobra. Lo que me duele es que eran transmitidas por el canal 8, que en esa época era tremendo canal, que competía en el rating con los dos monstruos que eran RCTV y Venevisión. Pero dejémoslo así…

Ahora, no se crean que yo era un macho insensible que sólo veía robots gigantes. También me calé casi completicas Heidi y Marco. Lágrimas incluidas. También vi varios capítulos de Ángel, la niña de las Flores y Honey Honey. Y no eran nada más películas japonesas: He-man y los Amos del Universo (recientemente remozada), She-Ra, princesa del poder, G.I. Joe, Archi (sip, el mismo de las comiquitas del domingo de El Nacional), Thundercats, Silverhawks, las comiquitas basadas en cómics de Marvel como Thor, Iron Man (en español, El Hombre Invencible), Hulk…. Había una contribución española, el inocente Calimero, y varias de la Hanna Barbera: el Super-Fisgón, Pixie, Dixie y el gato Jinx (¡que por cierto, cabe destacar, estas comiquitas me gustan mucho más en su versión doblada! Díganme quién no ha dicho «eso mardito roedore»…)

En fin, ese paseíto por el camino de los recuerdos siempre es un tripeo, para usar una palabra que me haga sentir más joven de lo que estoy. Si quieren, no más, TODA la información (entra la voz de Iván Loscher) de comiquitas de todos los años, y darse su propio paseíto, les recomiendo visiten Comics.com.ve, la antigua Comiquitas.net, una fuente absurdamente completa de información. Y no lo nieguen, ustedes contyemporáneos conmigo, SABEN que lo han hecho antes. Si no, háganlo, que les hace falta.

P.D.: Si leyeron el último post, saben que una de mis resoluciones era empezar un blog de cuentos o novelas. Bueno, aquí está: http://cuentosdecaracas.blogspot.com. Espero que lo disfruten tanto como yo he disfritado escribir. Lali, espero tus comentarios.

Japi Niu Yir

Feliz Año Nuevo, interadictos. Pues sí. Se terminó el año. ¿Cómo les fue? ¿Se comieron sus doce uvas? ¿Pasearon con su maleta? ¿Brincaron de la silla? ¿O simplemente se rascaron? Eso pensé. 😉
Y este día marca un aniversario: el de este blog. Bueno, mentira, eso fue hace unos días, pero en efecto; he mantenido este espacio por un año. Interumpido, sí, pero bueno, aquí están. Aparte de mi novia y mis amistades con Yhennifer (doce años) y Karyeling (siete años), es la relación más larga que he tenido. Triste, ¿no?
Ayer vi un recordatorio en mi Palm que decía: «Bloguea tus resoluciones». Es decir, haz algo que seguramente todo blogger ha hecho en las últimas 24 horas: escribe las resoluciones de Año Nuevo acá para que el mundo entero se burle de metas que quizá nunca cumplirás ni en el primer mes. O, en el mejor de los casos, inspirarías a otros a hacer lo propio. O, lo más propbable… nadie te lo leería.
Al principio, decidí ignorar ese impulso. Digo, yo nunca he escrito las resoluciones de Año Nuevo, porque tengo un serio problema para mantenerlas (como todo el mundo). Pero bueno, ahí puede estar la primera resolución: cumple lo que te propones. Luego vi que tenía muchos planes que quería cumplir para este año. ¿Por qué no empezar a anotarlas? Después, en este mismo día en el 2007, las revisas y ves cuántas (in)cumpliste. Sí, suena divertido. Así que, aquí las tienes, señores, para su juicio, burlas, inspiración o simple indiferencia: mis RESOLUCIONES DE AÑO NUEVO.
  1. Cumpliré lo que me propongo: el Ávila, las resoluciones, la última de las cuales en particular.
  2. Renunciaré a Loscher.
  3. Viajaré un fin de semana. Muy bien acompañado. A la playa.
  4. Dejaré de ser tan paternalista.
  5. Arreglaré mi carro. Con lo que me paguen cuando renuncie a Loscher.
  6. Trabajaré en un estudio de doblaje.
  7. Averiguaré cómo ser más ahorrativo.
  8. Perderé peso. Unos 500 gramos para empezar suena bien.
  9. Me compraré un pantalón nuevo. Y trataré de que sea al menos uno por año de aquí en adelante.
  10. Empezaré un nuevo blog. Quiero escribir una novela ocuentos cortos. ¡Sí, en serio!
  11. Haré algo grandioso. No sé, algo. Cuando lo sepa lo haré y se enterarán.
  12. ESPERO comprar un reproductor nuevo. (Hmmmm…)
  13. Estaré más pendiente de mis amistades, aquienes he descuidado muchísimo.
  14. Y la más importante, la que pienso cumplir por sobre todo: nunca volveré a escribir mis resoluciones. ¡Dios, qué responsabilidad siento!
Bueno, ahí están. Nos vemos el año que viene. Sí, está en mi Palm.

Y con ustedes… Los Beetles!

Yo tengo, lo admito, los gustos más extraños. Y me di cuenta hablando con un grupo de amigas de la universidad. Una le tiene pánico a los gatos. Otra dice que las palomas son, y cito: «ratas con alas». Y todas temen a las serpientes. (¿Celos profesionales?) Y me divertía muchísimo, porque ante todos sus comentarios yo simplemente sonreía incrédulo. ¿Gatos? Me fascinan (aunque prefiero a los perros). ¿Palomas? No son mis favoritas, pero me divierten. ¿Serpientes? Les reto a buscar una imagen más sexy que Salma Hayek bailando con una pitón envuelta en la película From Dusk Till Dawn (Del Crepúsculo al Amanecer). (Si la quieren juzgar, pues vean aquí…. no es la mejor foto, pero…) Ante la evidente flexibilidad de mis gustos por animales rechazados, mi grupo de amistades me increparon: «No, m’ijo, ¿a qué le tienes asco tú?» Confesé que las cucarachas eran algo que yo no podía soportar, aunque aún así las admiraba. Y luego procedí a confesar cuáles eran mis animales favoritos. De primero (y único aceptado) el loro, a quien le dedicaré una entrada aquí someday. El segundo, las ya mencionadas serpientes. Y el tercero y más extraño… los escarabajos.


Sí. Me encantan los escarabajos. Cuando en mi casa entra un conocido coquito, mientras que mi mamá pega gritos, yo simplemente sonrío y espero agarrarlo. Me fascinan estos bichitos porque, si evaluamos el éxito por número de especies, son sin duda la especie más exitosa del mundo. De hecho, al naturalista J. B. S. Haldane se le preguntó qué había descubierto sobre la naturaleza el Creador al estudiar su obra. Éste respondió: «Una afición desordenada por los escarabajos.»¿Qué tanto? Cuatro de cada diez animales es un escarabajo, y cada año se encuentran especies nuevas. Y lo más asombroso es que, aunque todas tienen un diseño básico, hay pocos seres con una variedad tan increíble en diseño, color y extravagancia de adorno. Como todos los insectos, los escarabajos tienen seis patas articuladas y un cuerpo dividido en tres: cabeza, tórax y abdomen. Y como la mayoría de los insectos, tienen cuatro grandes alas que les permiten volar. La diferencia, es que el par anterior está endurecido y se llaman elitros, que protegen el par anterior y el resto del cuerpo. Son tan duros que cuesta mucho atravesarlos con un alfiler. Es éste novedoso diseño a prueba de casi todo que los escarabajos han podido conquistar toda clase de hábitats excepto las frías tierras de la Antártida.

Los escarabajos pueden comer de todo, desde los inocentes y vegetarianos coquitos hasta los terribles escarabajos tigre y los escarabajos peloteros que comen, pues, estiércol (pupú, para los menos entendidos), y en tamaño desde monstruos más grandes que una mano humana hasta seres más diminutos que el punto al final de esta oración. También hay bellísimas joyas aladas que parecen hechos de metal, y espectaculares titanes con cuernos y mandíbulas que usan para atraer a una pareja y defender su territorio. Un vistazo a las fotos que están abajo les darán una idea. (Todas fueron sacadas de Internet, así que (r)copyright lo que sea con ellas.)

Obviamente, el hombre no puede ignorar un vecino tan abundante en su mundo. De modo que los escarabajos han abundado en nuestra cultura. Los más famosos son los escarabajos sagrados de Egipto, representados por el dios Khepri. Los egipcios decían que el escarabajo llevaba el Sol hasta el cielo, y el Sol era representado por Ra, el dios principal. Más recientemente, el carro más popular de la Historia fue comisionado en 1934 por Adolf Hitler al ingeniero Ferdinand Porsche. 22 millones de unidades después, el Volkswagen, cariñosamente llamado «escarabajo» (beetle, en inglés), apodado así porque un reportero americano dijo que parecía un escarabajo de tan redondo que era, fue finalmente retirado del mercado, antes e ser sustituido por el New Beetle en el 2003. Y a finales de los años ’50, un joven inglés hizo un juego de palabras con la palabra «beat» (ritmo) y decidió cambiar el nombre de su banda The Quarrymen a… The Beatles. Así, John Lennon, Paul McCartney, Ringo Starr y George Harrison ayudaron a afincar el nombre en inglés de los escarabajos aún más.

(Ah, y por supuesto, el mundo del origami asombra con los escarabajos, ya que ya parecen salidos de papel de cierta manera. Robert J. Lang ha escrito dos libros dedicados a los insectos, y su escarabajo Hércules y escarabajo Samurai son dos de los mejores modelos en origami que he visto.)

De modo que ahí tienen un pequeño abrebocas sobre mi tercer animal favorito. Son criaturas de verdad fascinantes, además de tener hábitos bien curiosos, como verán en las fotos de abajo. Simplemente, uno no puede juzgar algo por su carácter; todas las criaturas del mundo tienen algo de admirar de ellos. Piensen en eso la próxima vez que quieran pisar un coquito.

Redescubriendo un personaje

Acabo de terminar de ver Diarios de Motocicleta (2003), un film de Walter Salles nominado el año pasado al Oscar como Mejor Películña en Lengua Extranjera. Está basada en la juventud de una figura harto conocida en Latinoamérica, Ernesto «Che» Guevara, el comandante argentino que se convirtió en la mano derecha de Fidel Castro durante la Revolución Cubana. Específicamente, está basada en un libro publicado bajo el mismo nombre, hecho del diario que el joven Ernesto escribió durante un viaje entre 1951 y 1952 que él y su amigo Alberto Granados hicieron por Latinoamérica. Quiero que nos olvidemos un momento de todo lo que sepamos o creamos saber del «Che» Guevara. Quiero que cualquier odio o admiración que sintamos por la figura del revolucionario argentino la dejen a un lado. Vamos a concentrarnos primero en la película, y segundo, en el mensaje.

La película empieza como una de esas «road movies» que de tanto en tanto aparecen en el cine americano, ya sea hablando de la vida del poeta Jack Kerouac o simplemente «buscando» algo. Y es que la travesía es algo que es tan frecuente en la literatura y en el cine que uno espera que casi todos los grandes personajes de la historia hayan tenido esta clase de viajes. Los ayuda a forjar su carácter. En el caso de Ernesto, este viaje le dio la oportunidad de ver las grandes diferencias que hay en América Latina. En Chile, los amigos ven el sufrir de los obreros de las minas de diamantes. En Perú, conocen varios granjeros echados de sus tierras por los paytrones y ve, en el barco en el que viajan, un bote más pequeño que arrastra a los más pobres. Las actuaciones son muy buenas: Gael García está dejando de ser el niñito lindo de México para establecerse como un auténtico actor. Y la química que comparte con Rodrigo de la Serna (primo segundo del Che Guevara, by the way) se siente muy auténtica. La fotografía es muy buena, mostrando toda la belleza de América Latina: los Andes argentinos y chilenos, la majestuosidad de Macchu Pichu, la Amazonia peruana… Lo que comenzó siendo una aventura se transforma en un viaje de descubrimiento, donde Ernesto y Alberto ven un continente que en igual medida está lleno de dolor y de esperanza. Al final, Ernesto se transforma en el Che Guevara, mano derecha de Fidel Castro, y tratará de llevar su revolución por toda América Latina, hasta que es detenido en Bolivia y fusilado, con la ayuda de agentes de la CIA. Pero antes de eso, vemos a un joven que lucha por ayudar a los excluidos a sentirse queridos, a sentirse humanos, y en el proceso descubrir su propio lado humano.

Me levanté de esta película con el deseo de hacer ese viaje. Claro, al revés: yo iría de norte a sur. Pero sería con el mismo propósito que ellos. Sé mucho de la gente de Latinoamérica, y a la vez sé tan poco. Pero más que nada, la dejé con la sensación de que nos hace falta más personas como ese joven Ernesto, antes de que se convirtiera en el guerrillero que todos conocemos quien, aunque ciertamente luchó por sus ideales, llevó esa lucha a un extremo nefasto. Necesitamos gente que se preocupe por atravesar ese río, a donde están los excluidos, y pasarse un tiempito con ellos. Necesitamos, empezando por nuestro país.

Yo sabía muy poco sobre el «Che» Guevara antes de la película. Ahora sé un poquito más, por algunas lecturas que hice. ¿Que Fidel Castro estuvo detrás de su ejecución? Mira, no me extrañaría, pero no hay pruebas. Sabemos que fue la CIA seguro, pero en fin. ¿Que el hombre fue un reaccionario patán? Sí, pero en algún momento realmente se interesó en eliminar las diferencias entre los pueblos de Sudamérica. Ahora quisiera tener la facultad de atravesar este magnífico continente como él y Alberto lo hicieron, conociendo su gente, y ver si puedo convencer a nuestros pueblos de una verdadera integración, no donde haya un solo protagonista y todo sea dinero, dinero, dinero.

¿Estoy siendo demasiado serio para ustedes? ¿Muy reflexivo? Tranquilos. Ya vendrán otros días. 😉

El desastre de los venezolanos (uno serio)

Ahora sí podemos todos los venezolanos hacernos una pregunta: ¿Y AHORA QUÉ?El domingo 4 de diciembre, están pautadas para celebrarse las elecciones para diputados de la Asamblea Nacional del país. Son elecciones importantísimas, pero aquí todo el mundo como que ya perdió toda noción de eso. Empezando por el mismo gobierno, quien en mi humilde opinión debería ser el primero en entender que esta situación le perjudicaría a él de primero.Para resumir la situación, a los que no la sepan: Desde siempre, las elecciones en Venezuela han sido manuales. Cuando se juramentó, hace dos años, el nuevo Consejo Nacional Electoral (CNE), uno de los primeros cambios que hizo fue automatizar las elecciones, lo cual fue cuestionado dentro y fuera de Venezuela por expertos y partidos políticos. No conformes con eso, el CNE introdujo unas máquinas llamadas «captahuellas», que aseguraban que el elector no votara dos veces. El problema es que aparentemente también revelaban quién había votado por quién. Las máquinas captahuellas eran uno de los puntos más polémicos de las elecciones que comprometían lo más sagrado del voto: su anonimidad. Por consiguiente, los partidos opositores peleaban largo y tendido para eliminarlas. Y de hecho, el domingo pasado, en un raro gesto, el CNE acordó eliminar las máquinas captahuellas… PARA ESTAS ELECCIONES. Principalmente, porque se descubrió un problema con el software que en efecto vulneraba la anonimidad del voto.
Esto buscaba mejorar la confianza el el órgano electoral y aumentar la participación. Lo que logró fue todo lo contrario. El CNE estaba empujado a la calle con los pantalones abajo. Y los partidos de oposición reaccionaron. Acción Democrática (AD), el más antiguo partido de Venezuela, que incluso aceptó ir a elecciones con una dictadura confesa como fue la de Marcos Pérez Jiménez (1953-1958), retiró todos sus candidatos. COPEI, el tradicional contrario de AD, hizo lo mismo. Poco a poco, los principales partidos opositores declinaban participar de lo que llamaban una pantomima. Sólo quedaba Primero Justicia, un partido bastante joven pero con una fuerte presencia política en el país. Era tal la polarización, que hasta la tarde de ayer se pensaba que incluso se podrían dividir. Hasta que ayer a las ocho de la noche, su secretario general, Gerardo Blyde (diputado por el circuito al que yo pertenezco) anunció el retiro también del grupo, sosteniendo que no podían defender el voto de quienes los apoyaban. (Pueden leer la noticia aquí en la página de El Universal.)
Eso me llevó a la única conclusión posible. Algo que nunca pensé que haría. Pues no voy a votar. ¡Si no hay por quién!
Esta sería apenas la segunda vez en mi vida que yo no voy a ejercer mi derecho al voto. Yo siempre me he rehusado a ser indiferente a las pocas cosas que puedo hacer por mejorar mi país. Si no voto, ¿con qué moral voy a quejarme de lo mal que están ahciendo los dirigentes? Si son de los que ayudé a elegir, tengo todo el derecho del mundo de reclamarles. Si yo los puse ahí, los puedo quitar. Y si son de los que no recibieron mi apoyo, podría alegar que «no es culpa mía, yo no voté por él.» Técnicamente. Aún en estas pobres condiciones para elegir, yo pensaba votar hasta ayer a las 9:30 de la noche cuando Primero Justicia leyó su comunicado.
No estoy tampoco seguro de que retirarse dos días antes de las elecciones haya sido la mejor idea tampoco, pero nadie puede creer en una Asamblea que apoye una sola ideología es realmente democrática. El gobierno va a ser el primer perjudicado que ya casi el 70% de la oposición se haya retirado, y seguro que ha visto las encuestas que dicen que 55% de los que apoyan la gestión del presidente se van a quedar en su casa el domingo. En palabras de Teodoro Petkoff, editor del diario Tal Cual: «En el año 2000 fueron pospuestas las elecciones por arzones técnicas. Hoy, la gravedad de la crisis política abierta aconsejaría, con mayor razón, una postergación. Este no es un momento para la arrogancia sino para la sensata búsqueda de soluciones. El gobierno se siente muy seguro de su victoria electoral. Si es así, obténgala pues, pero en buena lid.» (Editorial Tal Cual, 01/12/05).
Que Dios nos agarre confesados.

Una contribución de afuera

Por primera vez, decidí publicar algo escrito por alguien más. Me pareció demasiado hermoso para quedármelo yo. Sólo espero que su autora no se moleste por estarlo haciendo. Le tengo que agradecer a la persona que me lo mandó, que lentamente se ha convertido en una muy buena razón para seguir escribiendo. Claro, si quiere que no publique esto, que me lo diga, y escribiré algo propio en su lugar. 😉 Disfruten, y dile gracias a tu amiga, Lali.

«Imposible atravesar la vida…sin que un trabajo salga mal hecho, sin que una amistad cause decepción, sin padecer algún quebranto de salud, sin que un amor nos abandone, sin que nadie de la familia fallezca, sin equivocarse en un negocio.Ese es el costo de vivir. Sin embargo lo importante no es lo que suceda, sino, como se reacciona. Si te pones a coleccionar heridas eternamente sangrantes, vivirás como un pájaro herido incapaz de volver a volar. Uno crece…Uno crece cuando no hay vacío de esperanza, ni debilitamiento de voluntad, ni pérdida de fe. Uno crece cuando acepta la realidad y tiene aplomo de vivirla. Cuando acepta su destino, pero tiene la voluntad de trabajar para cambiarlo. Uno crece asimilando lo que deja por detrás, construyendo lo que tiene por delante y proyectando lo que puede ser el porvenir.Crece cuando supera, se valora, y sabe dar frutos. Uno crece cuando abre camino dejando huellas, asimila experiencias… ¡Y siembra raíces!Uno crece cuando se impone metas, sin importarle comentarios negativos, ni prejuicios, cuando da ejemplos sin importarle burlas, ni desdenes, cuando cumple con su labor.Uno crece cuando se es fuerte por carácter, sostenido por formación, sensible por temperamento…¡Y humano por nacimiento!.. Uno crece cuando enfrenta el invierno aunque pierda las hojas. Recoge flores aunque tengan espinas y marca camino aunque se levante el polvo. Uno crece cuando se es capaz de afianzarse con residuos de ilusiones, capaz de perfumarse, con residuos de flores…¡Y de encenderse con residuos de amor…!Uno crece ayudando a sus semejantes, conociéndose a sí mismo y dándole a la vida más de lo que recibe. Uno crece cuando se planta para no retroceder… Cuando se defiende como águila para no dejar de volar… Cuando se clava como ancla y se ilumina como estrella. Entonces… Uno Crece».

¡¡¡Partida de ingratos, miserables y mocosos!!!

Como quizá han podido deducir por el título, soy de profesión: profesor de inglés. 🙂
Quiero acalarar algo ahora mismo: yo adoro los chamos. Y me encanta enseñar. En serio. Por cada persona que me admite que le enseñado algo nuevo en su vida, sea inglés u origami, siento un pedacito del cielo. En serio.
Pero…
Hay que decir en este punto que me encantan los niños… no trabajar con ellos. Y por niños estoy incluyendo cualquiera por debajop de los catorce años. Con uno que otro de diecisiete metido por ahí. A todos aquellos maestros, entretenedores y demás personajes que trabajan con niños, por Dios, necesitan una estatua. (Claro, si lo hacen bien.) Cualquiera que les haya dicho que trabajar con niños no es fácil les ha dicho el eufemismo del año. Un niño es como un Rottweiler: hará lo que le dé la gana contigo si huele miedo o duda. Si no los mantienes distraídos, pues buscarán distraerse ellos mismos — de la forma más ruidosa y activa posible. Les puede importar menos cómo te has esforzaso en preparar tu clase, si has tenido un mal día… No, hijo. Tú enséñalos. Después verás cómo haces. Pero enséñalos. Y que se diviertan aprendiendo.
Yo admito que no he agarrado el fino arte de enseñar a los niños.
Y me han dicho que lanzarlos contra una ventana es contraproducente. Por favor, aclárenmelo si es cierto.
Ah, pero no se crean que enseñarle a adultos es mejor o más fácil. Oh no.
  • «No tengo tiempo.»
  • «Estoy cansado.»
  • «Me da flojera.»
  • «Tengo otras cosas que hacer.»
  • «¿Para qué?»
  • «Prefiero hacer otras cosas.»

Estas son las excusas favoritas que he escuchado en clase. Esto dicho ante la petición de que hagan tarea, estudien, o practiquen fuera de su casa. Y por parte de ADULTOS, ¿pueden creerlo? Pero la peor de todas:

«ME CUESTA MUCHO.»

Y eso lo usan de excusa para no intentarlo más. ¡¿Pueden creerlo?! Ajá, te cuesta mucho. OK. ¿Y crees que vas a conseguir un cassette, CD o afín, te lo vas a incrustar en el cerebro, y así te va a costar menos? ¿¿¿O es que repentinamente estamos viviendo todos en The Matrix, y cualquiera se puede enchufar y que se le baje algo en el cerebro, que de repente todos diremos «I know kung-fu»???

Lamentablemente (para este caso) yo soy una persona muy de emociones. Si no me siento bien haciendo algo no voy a poder disimularlo. Y es por eso que los más jóvenes a veces no disfrutan una clase mía. De hecho, ya entre muchos soy un terror, el coco, «the boogeyman». Definitivamente tengo que aprender que (y valga la rebundancia), son menos los que están allí para aprender que porque papá y mamá no los quieren en la casa. Vergüenza les debería dar.

Anyway, me tengo que ir. Tengo a un grupo ahorita que pareciera que sí quiere aprender. ¡Eso hay que aprovecharlo!