Escribir cuando no hay nada de qué escribir

Photo by Negative Space

Hace unos minutos tuiteé orgulloso que, luego de diez años (¿o fueron doce?) de activado, al fin este blog tiene una dirección apropiada, hasta original, diría yo. No les voy a mentir, fue un momento de bastante orgullo, bautizar Mi Mente En Letras con nombre propio luego de tanto tiempo, primero en Blogger y luego por acá. Antes ya había reclamado mi propio espacio con mi nombre, pero darle una URL a mi blog, mi primera presencia verdadera online, lo consideré un hito.

Y luego pasé dos meses sin escribir nada en él. (Digo dos meses sabiendo que es más, pero digo dos because shame.)

No es algo poco común. Ni siquiera es la primera vez. De hecho este pobre blog –y su compañero de cine, y su primo de cuentos, y su hermano el gringo, también con nombre propio– ha sufrido mi abandono con anterioridad. Quisiera decir que el primer culpable fui yo al descubrir Medium (¿sí me siguen allá, no?), pero en realidad el primer culpable fui yo porque… fui yo.

Escribir es un esfuerzo. Casi se pudiera decir que es físico. Ciertamente no es que uno se sienta y escribe y ya, aunque claro, eso es precisamente lo que tienes que hacer a diario. Pero esa primera sentada viene luego de un proceso anterior que requiere esfuerzos, y eso agota. Es observar lo que te rodea, es ver películas, es leer libros, es escuchar música. Eso es alimentar el cerebro. Es lo necesario para pasar de la pantalla en blanco a esto que están leyendo.

Pero qué complicado es esa primera sentada.

Que nadie se caiga a cobas. Hay días en que uno no quiere o no puede escribir. Bien sea porque falta el tiempo o faltan las fuerzas. Y en ninguno de los casos faltan excusas. Que salgo muy temprano en la mañana y llego muy tarde en la noche. Que tengo a la esposa aquí, y luego a la niña, y luego me quedo dormido. Que uno duda de su capacidad entonces pa’ qué.

Y pasan semanas sin escribir.

Mi solución en este caso fue precisamente escribir sobre esa lucha propia que tengo. Pero esto sé que es solo una curita. Nuevamente sé que necesito algo que se me ha escapado con constancia: disciplina. Es sentarse todos los días, a la misma hora y de ser posible en el mismo sitio. Deja de inventarte excusas. ¿Sabes cuál era la rutina de Franz Kafka? Trabajar en una oficina hasta las tres de la tarde, llegar a un apartamento abarrotado con su familia, esperar a que todo el mundo se durmiera y escribir muchas veces hasta las tres de la mañana. A veces no dormía más de tres horas. Pero tiene al menos tres novelas que todo el mundo conoce. Hasta hay un adjetivo con su nombre para describir una situación surrealista.

Leo esas cosas, esos sacrificios que mucha gente ha hecho por su arte, y me pregunto, ¿de verdad quiero tanto ser escritor? ¿Por qué no me propongo realmente a sentarme todos los días y escribir esos cuentos que pueden llevarme a la fama? ¿Por qué me distraigo con tanta facilidad?

Tengo varias semanas contestándome eso. Sobre todo porque no quiero seguir trabajando como mesonero. Aunque es un sitio divertido y la gente me ha ofrecido respeto, apoyo y hasta cariño, y me he llevado muchas satisfacciones, estoy harto ya de depender de los caprichos de la gente para ganarme mi sueldo. Y la cultura de la propina no va a cambiar en ningún momento próximo. Así que extraño mi nine to five. Y mi trabajo ideal es escribir.

Ningún trabajo es fácil, mucho menos uno soñado. Pero hay que trabajar por ello. Quiero pensar que este post es mi propio empuje a buscar una rutina, a todos los días levantarme y escribir sobre… algo. Quizá mañana lean sobre el drama de un mesonero que necesita ir al baño y no puede. Tal vez lean mi opinión sobre todo, lo que pasa en Venezuela. A lo mejor me estoy guardando alguna otra reflexión sobre la creatividad. Lo cierto es que espero que me lean algo nuevo, y pronto. Porque sí quiero escribir. Tengo que escribir.

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