Desde el punto de vista de los hombres

¿Saben cómo hay tantas listas así como “El manifiesto femenino/masculino” o “Cosas que las mujeres quisieran que los hombres hicieran más”? Pues ahora le toca a nosotros, ese raro grupo de hombres que tiene (silencio horrorizado) sentimientos. Encontré esta lista en Internet sobre el punto de vista del “hombre moderno” sobre ciertas situaciones, y aquí la publico con algunas adaptaciones. Espero que toda mujer que he conocido, conoceré y en especial la que comparte mi vida amorosa en este momento la lea.

  • No nos importa si hablas con otros tipos.
  • No nos importa que seas amiga de otros tipos.
  • Pero si estás sentada al lado de nosotros, y un tipo equis entra y brincas y lo lanzas al piso… bueno, sí, eso pica. No, mentira; arrecha.
  • Y es peor si para rematar ahí se quedan diez minutos hablando con él sin asimilar el hecho de que todavía estamos ahí.
  • No hay rollo si un tipo te llama, pero a las 2 de la mañana es como motivo para preocuparse.
  • Nada es lo bastante importante (a menos que sea una emergencia) que no pueda esperar hasta el día siguiente. Digo, ¿cómo reaccionarían ustedes si fuera al revés?
  • Si decimos que están: bonita, bella, hermosa, linda o algo que sólo puede ser descrito con un “Dioooossss”, lo decimos en serio, coño.
  • No nos digan que no es cierto. Dejaremos de tratar de convencerte.
  • Una de las cosas más sensuales de una mujer es su CONFIANZA EN SÍ MISMA (que no es lo mismo que narcisismo).
  • No se molesten cuando les abrimos la puerta (sí, hay mujeres que aún se molestan con esto).
  • Aprovechen que, o estamos de ese humor, o somos esa clase de hombre.
  • ¡Dejen que paguemos por ustedes! No se sientan “mal” por eso, no les de pena. Nos encanta hacerlo. A veces hasta creemos que lo es esperado. Si insisten en “compartir” o “un día tú, un día yo”, discutan con raciocinio, no se molesten o le formen un peo al pobre tipo por ser un caballero. Si no, simplemente sonrían y digan “gracias”.
  • Besito cuando nadie nos ve.
  • Si hay besito cuando saben que nos están viendo, estaremos más impresionados.
  • No tienen que vestirse de gala cuando van a salir con nosotros (aunque lo agradecemos mucho).
  • Si vamos a salir con ustedes para empezar, no TIENEN que ponerte la falda más corta, el pantalón más apretado, la blusa más corta/escotada o todo el maquillaje que cargas encima.
    Nos gustan ustedes por quiénes son, no qué son. (Ejemplo: tú me gustas y te quiero por ser María Antonieta Ortega, no por lo buena que estás.)
  • Por lo general, yo soy de la opinión que una mujer está en su punto más hermoso cuando está lo más natural posible (no está limitado, aunque ciertamente incluye, escasez de ropa).
  • No se tomen todo lo que decimos en serio.
  • El sarcasmo es algo hermoso. Ve la belleza en él. No se molesten con facilidad.
  • Dejen de usar Cosmopolitan, Vanidades y otras como la Biblia.
  • No nos importa tanto que nos digan qué BE-llo es o qué BUEEENO está Juan Carlos García, Isnardo Bravo, Colin Farrell, Brad Pitt, etc., pero cuando es algo persistente, una de dos: o nos vamos a picar (¿para eso no están las amigas?) o ya no tienen moral para reclamarnos cuando admiremos la belleza de Alba Roversi, Patricia Fuenmayor, o cualquiera de las Chicas Polar.
  • PUNTO IMPORTANTÍSIMO: Mujeres, si un tipo no las está tratando bien, no esperen a que el tipo cambie. Destierren a esa desgracia para el gremio a la Tierra de los Machos Vernáculos y encuentren a alguien que las traten con respeto.
  • Alguien que les respete su moral.
  • Alguien que las haga sonreír cuando estén mal.
  • Alguien que las querrá aún cuando cometen errores.
  • Alguien que las amará, no importa lo mal que lo hagan sentir, o lo que hagan (pero no abusen, o las desterradas serán ustedes.)
  • Alguien que dejará de hacer lo que están haciendo sólo para mirarlas a la cara, decir “Te amo”, y sentirlo.
  • Creo que los tipos buenos (sí, existen) se merecen una oportunidad.

PARA LOS MENOS EXPERIMENTADOS

Agarrando manos

  • Chicas: Si quieren agarrarle la mano, tóquenla con cuidado un par de veces.
  • Chicos: Agárrenla si sucede más de una vez. O simplemente si están caminando.

“Acurrucamiento”

  • Chicas: Cuando quieran acurrucarse, digan que tienen frío.
  • Chicos: Que sea automático el acercamiento. U observen en el momento que hace un gesto de frío.

En el cine

  • Chicas: Durante un película, si les pasa el brazo por los hombros, recuesten su cabeza del suyo.
  • Chicos: Levántenle la cara y denle un beso.

Amor a cada uno

  • Chicos: Cuando les digan “Te amo”, al menos la primera vez, por amor a Cristo, nada de “Yo también”, “Sí, yo sé” o afines. Mírenla a los ojos, denle un piquito, y díganle “Yo también TE AMO” — y díganlo en serio.

“Acostados bajo las estrellas”
(léase: acostados en la playa, acostados en la cama, acostados en un chinchorro, o acostados en el sofá viendo TV)

  • Chicas: apóyense en su pecho y oigan su corazón latir.
  • Chicos: susúrrenle en el oído y entrelacen su mano con la suya.

A todos los hombres que van a burlarse de esto, piensen en si están en cuándo fue la última vez que hicieron algo romántico por su pareja. Y a las mujeres que no se creen que haya hombres que piensen así todavía, sí existen, pero a mí no me busquen para demostrarlo. Ocupado.

Mi amada mortalidad

La muerte del actor Heath Ledger la semana pasada me pegó como si fuera un amigo personal mío. Más allá de lo que se puede leer entre líneas, por aquello de la identificación con un actor talentoso por sus papeles, por su personalidad en algunas entrevistas, etc., la muerte llegó en un momento en que me toca enfrentar el hecho de que, aunque tengo la mentalidad de un camo de veinitantos, no estoy precisamente echando para atrás el reloj. Suena como drástico, sobre todo considerando el hecho de que el actor murió con algo relacionado a drogas –legales o no– pero la coincidencia está allí.

El mismo día que Ledger era pronunciado muerto, me pesé y medí en una de esas super pesas que hay en ciertas farmacias. Estoy pesando unos 95 kilos, con 1,82 m. de altura, lo que de acuerdo al común conocimiento médico quiere decir que etsoy unos doce o quince kilos por encima de lo que debería ser mi peso normal. Lod ivertido es también esto: no fue una prueba hecha por un doctor, pero descubrí que mi presión sanguínea está en 14/8 — y lo normal debería ser 12/6, o algo así. Cualquier otro no le pararía, pero cuando tienes 36 años y un historial de hipertensión en tu familia (padre, madre, abuelos maternos, abuelos paternos, tíos, etc.), es momento de oír las alarmas que suenan en tu cabeza y enterarse que esto no es un ensayo.

Eso sí, gracias a Dios no he tenido lo que se podrían llamar problemas de salud anteriores; tampoco puedo ser llamado obeso, sólo tengo sobrepeso. Claro, no puedo decir eso con autoridad porque nunca he visitado a un médico distinto a un odontólogo en toda mi vida. Mi primera visita a un cardiólogo será este viernes. No les puedo decir la emoción que me produce. Más que nada porque me da pena decirles qué emoción me produce.

Obviamente, una persona más paranoica estaría un tanto deprimido a este punto. Creo que es el equivalente de un empedernido mujeriego cuando se enfrenta al hecho de que pronto se va a casar, y que para colmos lo va a hacer voluntariamente. “¡Voy a perder mi libertad! ¡Mi vida ha terminado! ¿Por qué no me castran de una vez y se acabó?”

No he llegado al punto de la depresión, pero sí entiendo que esto significa que muchas cosas que me encantan estarán eventualmente en la lista de prohibidos. Peperoni, comida china, hamburguesas de puestos, todo eso dirá chau-chau. Ciertos dulces y postres, gracias por venir. Y a eso hayq ue añadirle el diario consumo de las pastillas para controlar la hipertensión.

Claro, mucha gente a este punto me dirá que considere la alternativa. Y les digo, por supuesto que lo he hecho. Honestamente, cuando considero escoger entre comerme yo solo una enorme pizza con extra de queso y peperoni y estar enchufado a una máquina porque el corazón decidió salirse de mi pecho y golpearme con un tubo, digamos que no tengo que pensarlo mucho. Digo, yo quiero llegar al menos a los setenta años como se ve Sean Connery, o al menos entero.

Pero claro, es mejor que lo empeice a hacer ahora, que aún me veo y actúo como un tipo joven. Y además, estemos claros, estoy aún joven para estar pensando en mi muerte. Si los mismos Morgan Freeman y Jack Nicholson no lo hacen –tipos que ya sobrepasaron los setenta y, en el caso de Nocholson, han bebido, fumado y (ejem) “amado” hasta el cansancio– ¿por qué he de hacerlo yo? Estoy en un punto de mi vida en que, aunque estoy bastante contento con muchas cosas, estoy aún lejos de estar satisfecho con lo que tengo. Hay aún mucho trabajo por hacer: independencia económica verdadera, vivir solo, casarme, hijos. Pero como dije antes, esto prende alarmas en mi cabeza que ya no puedo igmorar más. Ha llegado el momento de dos cosas: cuidarse… y ponerse a trabajar.

Cuando la mente simplemente se rehúsa a trabajar

La mente, cuando trabaja por instinto, es una traidora. Pero al menos da para momentos muy divertidos.

Yo admito ser medio distraído. Algo que atestiguarán mis amigos, aunque ellos, miserables, usen el calificativo “agüevoneado”. Trato de que no sea mucho, pero a veces el sueño y mi mente me juegan una mala pasada. Menos mal que yo me río de mí mismo y soy feliz.

Ayer, como a las siete y tanto de la amañana, una compañera de trabajo y yo estamos chateando. En una de esas, ella necesita decirme algo con su voz. “Dame tu extensión”, me pide. Algo que le he dado no menos de doce veces. “Jejejeje, te lo voy a tener que tatuar”, le escribo. “3334.”

“La TUYA”, me escribe.

¡Ay pero qué picada!, pienso yo. Pero tengo demasiado sueño y estoy de demasiado buen humor para realmente contestar. Lo único que le pongo son las clásicas sacadas de lengua. “:P 😛 :P” Y espero a que me llame y me mente la madre.

“Gafo, ¡que me des tu extensión, chico!”

Eso activa mi hueso de la joda. Ay, ésta quiere pelea. “Ah pues señor, te lo acabo de dar, TRES TRES TRES CUATRO.”

La respuesta no se hizo esperar. “ESA ES LA MIIIIIAAAAAAAAAAA!!!!”

¿Saben esos breves momentos cuando ven algo muy obvio y se olviden de cómo reaccionar? Pues eso me pasó. Me quedé mirando la pantalla como si me estuviera pidiendo que explicara la ecuación de Einstein. Luego simplemente me empecé a reír. Del tiro, ni le pude mandar la extensión sino un minuto después.

El incidente me llevó a una escena aún más inquietante de mi infancia/temprana adolescencia. Mi hermano tendría quizá diez años, y yo soy tres años mayor. Estábamos en la sala de estar de mi casa jugando Memoria. Como saben, el juego consiste en combinar tarjetas iguales que están puestas al azar sobre la superficie. Cada tarjeta está enumerada. Es decir tiene un número. Vean bien: NÚ-ME-RO. Es importante, créanme.

En una de esas, mi hermano parece perderse y me pregunta: “¿Chamo, por qué número vamos?”

Yo honestamente juro, hasta este día, que no le entendí. Obviamente ahora, me río a la vez que me preocupo. Pero mi reacción en ese entonces fue mirarlo extrañado y preguntar: “¿Que por qué no me lo vamos?”

Esa misma cara que ponen ustedes ahora la puso mi hermano. Y estamos de acuerdo que eso que pregunté para confirmar que había oído mal no tiene ningún sentido en ningún plano de la realidad. Se ríe, y me vuelve a preguntar: “No, chico, que por qué número vamos.”

Y yo aún no entiendo.

Le vuelvo a preguntar: “¿Cómo que por qué no me lo vamos? ¿No me lo vamos a qué?”

No estábamos al lado de una construcción. No teníamos música puesta. No estábamos a dos cuadras de distancia, ni siquiera cien metros. No, estábamos más o menos la distancia que está entre ustedes y su computadora, quizá un poquito más, a las tres de la tarde de un sábado, creo, en el más abosluto silencio. lo único que se oían eran los sonidos de mi mamá en la cocina. Mi hermano no es el ser más paciente del mundo; por eso merece un reconocimiento cuando, luego de mirarme como si en efecto perdí la chabeta, respira profundo y me pregunta otra vez. “No, Juanky. Que por qué NÚMERO vamos.”

Y ahí se solucionó todo. Y finalmente le entendí y le dije, “Ah ok, vamos por el…”

NO.

Aún no le entendía.

Es en serio. A gran riesgo de mi vida (los días en que mi hermano menor me iguala en tamaño pero me supera en masa muscular estaban todavía unos diez años o más en el futuro, pero igual el chamo era un tanto… apasionado en todo), estoy tratando de no parecer demasiado estúpido (y fallando miserablemente) cuando le vuelvo a preguntar: “¿Pero qué es eso de ‘por qué no me lo vamos’, chamo? ¡No te entiendo!”

Mi hermano simplemente no aguanta más. La vena en la frente que sería como una señal de alarma en el futuro se brota. Se pone rojo como el sol al atardecer e igual de caliente. está que llora, pero al mismo tiempo se ríe, convencido de que comparte los padres con un absoluto subanormal. Se para y me grita: “¡Coño, muchacho anomrmal, NÚMERO! ¡Que por qué NÚMERO vamos! ¡NÚMERO! ¡NÚMERO! ¡¡¡NÚUUUUMEROOOOOO!!! ¡¿Ahora sí me entiendes, coño?! ¡¡¡NÚMEROOOOOOOO!!!

Yo me le quedo mirando, entre asustado y muerto de la risa como estoy ahora. Y digo: “Aaaah, NúMEROOO. Ah, okeeey…”

Sencillamente no seguimos jugando ese día. Hoy, profesionales de treinta y pico de años, los dos todavía nos reímos del episodio. Y yo agradezco que algo haya impedido que me haya reventado un jarrón en la cabeza o algo.

Prueba de que, si uno se descuida, la mente simplemente se va a huelga. Así que mosca.