Mi amada mortalidad

La muerte del actor Heath Ledger la semana pasada me pegó como si fuera un amigo personal mío. Más allá de lo que se puede leer entre líneas, por aquello de la identificación con un actor talentoso por sus papeles, por su personalidad en algunas entrevistas, etc., la muerte llegó en un momento en que me toca enfrentar el hecho de que, aunque tengo la mentalidad de un camo de veinitantos, no estoy precisamente echando para atrás el reloj. Suena como drástico, sobre todo considerando el hecho de que el actor murió con algo relacionado a drogas –legales o no– pero la coincidencia está allí.

El mismo día que Ledger era pronunciado muerto, me pesé y medí en una de esas super pesas que hay en ciertas farmacias. Estoy pesando unos 95 kilos, con 1,82 m. de altura, lo que de acuerdo al común conocimiento médico quiere decir que etsoy unos doce o quince kilos por encima de lo que debería ser mi peso normal. Lod ivertido es también esto: no fue una prueba hecha por un doctor, pero descubrí que mi presión sanguínea está en 14/8 — y lo normal debería ser 12/6, o algo así. Cualquier otro no le pararía, pero cuando tienes 36 años y un historial de hipertensión en tu familia (padre, madre, abuelos maternos, abuelos paternos, tíos, etc.), es momento de oír las alarmas que suenan en tu cabeza y enterarse que esto no es un ensayo.

Eso sí, gracias a Dios no he tenido lo que se podrían llamar problemas de salud anteriores; tampoco puedo ser llamado obeso, sólo tengo sobrepeso. Claro, no puedo decir eso con autoridad porque nunca he visitado a un médico distinto a un odontólogo en toda mi vida. Mi primera visita a un cardiólogo será este viernes. No les puedo decir la emoción que me produce. Más que nada porque me da pena decirles qué emoción me produce.

Obviamente, una persona más paranoica estaría un tanto deprimido a este punto. Creo que es el equivalente de un empedernido mujeriego cuando se enfrenta al hecho de que pronto se va a casar, y que para colmos lo va a hacer voluntariamente. “¡Voy a perder mi libertad! ¡Mi vida ha terminado! ¿Por qué no me castran de una vez y se acabó?”

No he llegado al punto de la depresión, pero sí entiendo que esto significa que muchas cosas que me encantan estarán eventualmente en la lista de prohibidos. Peperoni, comida china, hamburguesas de puestos, todo eso dirá chau-chau. Ciertos dulces y postres, gracias por venir. Y a eso hayq ue añadirle el diario consumo de las pastillas para controlar la hipertensión.

Claro, mucha gente a este punto me dirá que considere la alternativa. Y les digo, por supuesto que lo he hecho. Honestamente, cuando considero escoger entre comerme yo solo una enorme pizza con extra de queso y peperoni y estar enchufado a una máquina porque el corazón decidió salirse de mi pecho y golpearme con un tubo, digamos que no tengo que pensarlo mucho. Digo, yo quiero llegar al menos a los setenta años como se ve Sean Connery, o al menos entero.

Pero claro, es mejor que lo empeice a hacer ahora, que aún me veo y actúo como un tipo joven. Y además, estemos claros, estoy aún joven para estar pensando en mi muerte. Si los mismos Morgan Freeman y Jack Nicholson no lo hacen –tipos que ya sobrepasaron los setenta y, en el caso de Nocholson, han bebido, fumado y (ejem) “amado” hasta el cansancio– ¿por qué he de hacerlo yo? Estoy en un punto de mi vida en que, aunque estoy bastante contento con muchas cosas, estoy aún lejos de estar satisfecho con lo que tengo. Hay aún mucho trabajo por hacer: independencia económica verdadera, vivir solo, casarme, hijos. Pero como dije antes, esto prende alarmas en mi cabeza que ya no puedo igmorar más. Ha llegado el momento de dos cosas: cuidarse… y ponerse a trabajar.