Furia al volante

Para aquellos que no lo sepan, soy estudiante de octavo semestre de periodismo en la Universidad Católica Andrés Bello en Caracas, Venezuela. Una de las materias es Periodismo III (oh sorpresa), donde nos dan dos semanas para hacer un auténtico reportaje sobre algún tema en particular. Y si alguno de ustedes llega a siquiera medio sugerir que es fácil, les digo que están tristemente equivocados. Es el trabajo parejo. Pero también es muy satisfaciente.

Este es mi segundo reportaje, una pequeña investigación sobre el fenómeno de “road rage”, o furia al volante. Mi profesora no me lo ha corregido, así que si les gusta, bien, pero tengan en cuenta que lo más probable es que tenga errores. Disfruten.

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De manso peatón a fiera en el carro

Cuando la ira toma el volante

Manejar en una ciudad, ya un reto de por sí, se convierte en toda una aventura cuando se debe lidiar con esa misteriosa pero muy peligrosa condición conocida como “furia al volante”

JUAN CARLO RODRÍGUEZ

María Eugenia Marín comprobó una vez que manejar en Caracas puede ser, más que molesto, peligroso. La joven iba cierto día manejando el Volkswagen de la amiga que la acompañaba, hasta que llegaron a la una intersección en Altamira. Al cambiar el semáforo, ella quedó ligeramente atravesada. “En eso, el semáforo no había terminado de cambiar otra vez cuando siento que nos estamos moviendo. Cuando volteamos veo que es el tipo que está atrás, que venía en una camioneta, que nos está empujando. Y con los carros de adelante sin moverse, ya nos íbamos a montar encima de ellos.” Afortunadamente Marín logró meterse en su canal y moverse a su velocidad, y el evento no pasó a mayores.

Otro conductor, el señor P., no fue tan afortunado. Cuando cierto día de mayo este caballero de la tercera edad cambió de canal en el Boulevard de El Cafetal, ello no cayó bien en el conductor del Aveo que venía detrás de él. En seguida, el hombre del Aveo se bajó del vehículo gritando improperios, tomó al señor P. por la solapa y, sin importar la diferencia de veinte años de edad entre ambos empezó a golpearlo con fuerza en el suelo. Tuvieron que correr otros ocho hombres a detener lo que quizá pudo haber sido asesinato.

¿Increíble? Quizá, pero no precisamente inusual. El fenómeno que lleva a una persona aparentemente normal a cometer semejantes actos no es nuevo, y algunos dicen que va en aumento. Es el llamado road rage: furia al volante.

Estrés y tráfico: mala combinación

Psicológicamente, el fenómeno de furia al volante no está tan estudiado en nuestro país como en Estados Unidos, por ejemplo, como tema específico, sino que sería parte del estudio global del control de la ira. Según explica la psicóloga Lila Goncálvez, del Centro de Asesoría y Desarrollo Humano de la Universidad Católica Andrés Bello, estar en el carro es simplemente una excusa para manifestar la emocionalidad de la persona. “Alguien con un determinado estilo de personalidad o que por una serie de condicionamientos sociales ha tendido a reprimir la rabia en un período de tiempo puede explotar en cualquier momento. Pero están los que caracteriológicamente son más explosivos, más espontáneos, y siempre lo están poniendo en práctica.”

Una explicación para el fenómeno puede estar en el tipo de personalidad del conductor: uno puede ser tipo A, más acelerado y dinámico, o tipo B, más sereno y planificado. Se ha encontrado que existe una alta asociación del tipo A con patrones de hostilidad. También están los elementos de autocontrol: “Imagínate un gerente que en su oficina tiene que estar muy controlado, una vez que se monta en su carro no tiene ese control, esa restricción. Yo siento que la persona que está manejando el carro tiene la sensación de control de su carro, mas no el de su ira, y por ahí considero que está el problema”, explica Goncálvez. El relativo anonimato que brinda el vehículo contribuye, ya que uno se libera de las presiones de ser observado y evaluado por la sociedad. Que a su vez, también juega un papel: problemas personales, ya sea de su casa o el trabajo, y la situación de la ciudad, con sus colas y vías en mal estado.

Con esta combinación, un control de la ira es determinante, tanto a corto como a largo plazo: “las personas que son más propensas a la ira son las personas más propensas también a infartos, cardiopatías y otras enfermedades”, advierte Goncálvez. Por consiguiente, en momentos de alto estrés al volante, es necesario ejercicios pequeños de autorelajación, como subir los vidrios, respirar normalmente, y aislarse del mundo exterior. A largo plazo, Goncálvez afirma: “La ira normalmente es señal de que hay algo en tu vida que no está bien, que hay algo fuera de control. Es importante que la persona haga un proceso de auto conocimiento, y se pregunte qué le está diciendo esta emoción.”

La ciudad previene

El estrés del conductor es algo que no se puede medir, por consiguiente no está contemplado dentro de ninguno de los cuatro renglones estadísticos que maneja la Dirección de Tránsito. Más bien queda aglomerado dentro de “imprudencia”, que está muy alto en el cuadro estadístico: “De los cuatro causales para los accidentes, nosotros manejamos la imprudencia como el 85% de los casos. La ingesta alcohólica sería un 10%, el vehículo en mal estado un 2%, y la vía en mal estado un 2%”, explica el comisario Freddy Mora, segundo en la División de Operaciones.

Otro problema es que el fiscal no puede incluir la agresividad del conductor en el reporte del accidente, o siquiera cuando para un infractor, pues según Mora, eso comprometería la objetividad del oficial. “Muchas veces el vigilante deja eso así, porque se suma a los problemas de la ciudadanía, él es un ciudadano más y sabe que hay mucho conflicto en la calle, como el tráfico automotor, los problemas de la vía, los delincuentes…” Tampoco cree Mora conveniente que “exceso de estrés” sea una estadística a contabilizar: “Es delicado ese tema, llevarlo a la palestra pública, para nosotros es inconveniente, porque entonces van a chocar más.”

Y ya hay varios choques: el año 2005 cerró con 110.541 accidentes viales, en los cuales murieron 3.025 personas. Y aunque un 85% se atribuye a irresponsabilidad del conductor, no debe olvidarse el estado de las vías y el simple hecho de que hay 3.739.373 vehículos automotores recorriendo casi 96.000 Km. de vías. No es un problema únicamente de vías, lo que llevó a la creación este año de la Comisión Interministerial para la Atención, Prevención y Educación Vial, un esfuerzo conjunto de siete ministerios para mejorar la situación de los conductores en el país.

“Aquí no ha habido una política de estado verdaderamente sistematizada y concienzuda como para desarrollar hábitos en consonancia con la buena convivencia vial”, afirma una licenciada miembro de la comisión que prefirió el anonimato. “También ahí está el estereotipo venezolano en cuanto a la viveza criolla. Es una cuestión cultural, el ‘quítate tú para ponerme yo’.” También hay un problema de información, ya que un mínimo de conductores realmente han leído la Ley de Transporte Terrestre y, por ende, conocen bien sus derechos y deberes. “Es un problema sumamente complejo. Esto tiene que ser un trabajo continuo, constante, donde no sólo converjan a nivel de la comunidad educativa, en la escuela, sino que también sea problema de los medios de comunicación, de las autoridades, de los ministerios.”

Una propuesta que está en discusión en la Asamblea Nacional es que los cursos de manejo para obtener las licencias sean un requisito obligatorio: “Que sea el Ministerio de Educación que dirija el contenido de esos cursos y que la autoridad los exija como requisito sin ecuanon para obtener la licencia de conducir. También debe existir un examen psicológico de carácter obligatorio, para decirle a esa persona que no es capaz de manejar sus emociones, por lo tanto no es apta para conducir”, concluye la licenciada.

¿Y qué hace la potencial víctima?

Entretanto, pues esas son soluciones a largo plazo, hay que lidiar con el problema ahora. Marcos Tarre Briceño, escritor, experto en seguridad, columnista en el diario El Nacional, afirma que ante todo, lo importante es prevenir el conflicto. “En una de estas situaciones que te toca un conductor agresivo que te insulta, que evidentemente te está buscando pelea, lo mejor es no hacerle caso. Si además insiste y te sigue, es preferible llegar a un puesto de policía o algún otro sitio que te pedan ayudar.” Concuerda con Goncálvez que la idea es reducir el nivel de conflicto, no bajar al nivel de la otra persona.

Tarre Briceño también aclara que todo el aspecto psicológico se combina con el clima de anarquía que se vive en la ciudad para un cóctel letal: desde el simple hecho de no usar el cinturón de seguridad a comerse semáforos y flechas, junto con abusos o indiferencias de autoridades. “Eso crea un clima que es tipo sálvese quien pueda, y eso puede generar incidentes de tipo personal, que a veces termina en pelea. Y si esa pelea tiene armas de fuego, puede terminar letal.” Además de reducir la confrontación, Tarre Briceño opina que el Estado debe contribuir con su parte: “Está el fondo del asunto, que hay que poner un poco de orden en esta ciudad, a nivel de que se cumplan las leyes. Que para eso están, y eso le corresponde al estado.”

Todo parece indicar que, mientras no exista una verdadera cultura de ciudadanía, y las leyes se hagan realmente respetar, casos como el de María Eugenia y el señor P., y peores, continuarán recordándonos que manejar en la ciudad es todo un reto.