Aceptando realidades

Y mi post número 50 va a ser una mezcla de seriedad y dulce ironíia. Al menos voy a tratar de hacerlo, claro está.

Si ustedes que están leyendo esto son lectores consecuentes, en primer lugar, ¡Dios los guarde! Muchísimas gracias por siempre animarme a escribir un poquito. Muchas veces lo hago por ustedes.

En segundo lugar, seguramente recordarán el primero mis posts del año, que tenía las resoluciones que tengo para cumplir en este año 2006, que hecho el loco está a menos de dos meses de llegar a la mitad. Bien, lo recordé esta mañana cuando salía de la universidad al enorme calvario en que se ha convertido mi trabajo. Recordé que una de ellas era que este año, pase lo que pase, cueste lo que cueste, renuncio a Loscher.

Por si acaso no lo saben, Loscher Ebbinghaus es un instituto de idiomas que tiene casi treinta años en el mercado venezolano, de los cuales aproximadamente una sexta parte ha tenido el honor de contar con mis servicios. ¿Presunido? ¿Arrogante? Júrenlo, pero es a propósito. Y de todos modos, estoy a punto de escupir hacia arriba. Aguanten un rato.

No los voy a aburrir con detalles sobre el método Loscher. Simplemente digamos que es, en mi opinión, la forma más sencilla de aprender inglés. No aprender el idioma con este método es, en mi opinión, no querer aprenderlo. Lo que me saca de mis casillas, es que hay mucha gente que no quiere, aunque diga que lo quiere.

La verdad pura y sencilla, nosotros trabajamos de acuerdo a nuestras prioridades y cuánto estamos dispuestos a dar de nosotros para lograr nuestras metas a corto, mediano o largo plazo. ¿Quedar bien en el trabajo? En el tope de muchos. ¿Salir bien en la universidad o en el colegio? Pero por supuesto. ¿Andar con las personas que nos interesan, gustan o quieren? Tienes que estar loco para no hacerlo. ¿Aprender otro idioma? Hmmmm. Depende.

Me he dedicado, en estos casi cinco años de experiencia docente, a estudiar a ese ejemplar humano que es el estudiante de inglés. Demográficamente, no puedo separarlos en grupos por edad, sexo, raza o clase social, porque hay de todo. Pero sí les puedo decir que hay unos tipos bien definidos:

  1. EL CEREBRITO: Usualmente son muchach@s jóvenes que son muy buenos estudiantes en el colegio o profesionales que tienen un trabajo relativamente holgado y siempre han tenido buen hábito de lectura y estudios, o han tenido buena experiencia previa con el inglés. Son el sueño de todo profesor, porque siempre llegan a la hora, nunca dejan de hacer una tarea, intervienen cada vez que pueden y preguntan cualquier duda que tengan. Lamentablemente para ell@s, sus compañeros los pueden tildar de “gallos” (la seriedad baja a medida que se incrementa la edad). Algunos profesores los usan para hacer quedar mal a otros (¡yo nunca lo he hecho ni lo haré!) También pueden demorar la clase si preguntan demasiado, pero se hacen tolerar si además combinan buena personalidad.
  2. EL LIBRE: Por lo general, son estudiantes de vacaciones o personas que no tienen mucho más que hacer (amas de casa, jubilados, auto-empleados, etc.) y toman un curso de inglés ya sea por motu proprio o “incentivados” por sus padres. Nunca llegan al extremo de los otros tipos en cuanto a niveles de dedicación, principalmente porque tienen otra mentalidad, pero por lo general no fastidian, lo que siempre es importante. Están mucho más interesados en recibir el diploma que les dice que terminó el curso que realmente aprender el idioma. Son el grupo más numeroso.
  3. EL CREYENTE: Son profesionales o estudiantes universitarios que le tienen idea al inglés, siempre les ha costado aprenderlo o, sencillamente, lo odian, así de sencillo. También incluyen profesionales con horarios nada flexibles y amas de casa muy dedicadas. Pero les ha tocado calarse la pesadilla de que en el trabajo o la universidad les exigen el inglés. Muchos estudiantes de Ingeniería caen en este renglón, ya que muchas de sus guías son gruesos tratados en inglés, y pagar un traductor es oneroso por decir lo menos. Lo malo es que (1) no terminan de asumir que hay una forma de aprender otro idioma y no es la que ellos están aplicando, y (2) no hay forma de escapar de este infierno personal que ellos solitos se han creado, que es más difícil nadar contra corriente que con ella. Rara vez o nunca hacen tareas porque no tienen tiempo, siempre llegan tarde porque salen tarde del trabajo, pero de alguna forma logran pasar los niveles, ya sea porque captaron algo o por ayuda de los profesores. Los llamo “creyentes” porque creen que Dios los va a tocar un día y va a decir “Tranquilo, ya sabes inglés.” Lamentable eso no va a suceder, pero allí están… creyendo. Por supuesto, como los “libres”, están más interesados en pasar que en aprender, pero tienen la diferencia de que si pueden hacerlo con el menor esfuerzo posible (léase, cualquier viveza es válida), incluso con soborno, pues mejor. Son el segundo grupo más numeroso, tristemente.
  4. LOS ENGENDROS DE SATANÁS. Oh sí. Existen. Son estudiantes de bachillerato que preferirían estar metidos en su casa viendo la pintura secarse antes de estar en un curso de inglés. Por lo general, los padres los inscriben porque van mal en inglés en el colegio, quieren que hagan alguna actividad extracurricular o sencillamente no los quieren en la casa (se sorprenderían). El problema es que salen de salir mal en el colegio a salir mal en un curso, y créanme, en algunos casos les podría importar menos. El GRAN problema es que se dedican a molestar en clase, de la forma que puedan. Otros se rehúsan a cooperar con la armonía de la clase. Cualquier cosa con tal de no estar allí. Uno como profesor tiene que decidir entre complacerlos y sacarlos de clase (cosa que he hecho sólo una vez) o castigarlos y sentarlos en clase y arriesgarse a que o sigan jodiendo hasta que les arranque la cabeza o que me dé un infarto. Gracias a Dios son minoría notable.

Claro que hay híbridos, pero indistintamente de estos grupos, y de la satisfacción personal que recibo cuando un estudiante me sale bien o me dice directamente que he hecho un buen trabajo enseñándole (algo que me ha pasado las suficientes veces como para hacerme sentir orgulloso de mi labor), la verdad es que mi trabajo ha pasado a ser una monotonía. Me he cansado de lidiar con la mediocridad de la gente que no quiere aprender y trata de buscar vías por las cuales pasar sin aprender. Me cansé de que eso suceda sin que los dueños de Loscher traten de evitarlo. De hecho, que no les interese evitarlo. Oye, mientras se inscriban, sigan pagando, hinchándome la cartera, ¿qué me puede importar a mí que aprenda o no?

Y he aquí la ironía final, la gran cuestión de la que hablé al prinicipio. A menos que ocurra un milagro aquí y ahora, no puedo renunciar.

Actualemente estoy, además, haciendo pasantías en un pequeño semanario que acaba de salir llamado Correo del Ávila (http://www.correodelavila.com) que además ha contribuido a incrementar mi ira hacia Loscher porque me doy cuenta que prefiero trabajar allá que acá, más que nada porque es lo que estoy estudiando. Pero es eso, estoy de pasante. Si renuncio a Loscher ahora, quedaría con un sueldo de apenas la mitad de lo que estoy ganado ahora, quizá menos. Con el sueldo que tengo, aún sin pagar servicios, a duras penas paso la quincena. Y en el semanario no creo –quizá me equivoque– que contraten a alguien a medio tiempo. De hecho, no creo que me contraten si aún estoy estudiando. De modo que, acá estoy… atascado. Mi vida seguirá lidiando con un trabajo que no me agrada. Chimbo, ¿no?

Pero esto es lo que tengo que asumir. Gracias a Dios que tengo trabajo, y que conseguñi algo en lo que me gusta y estoy estudiando. Me falta poco más de un año para graduarme, de modo que quizá pueda resolver en ese entonces, y trabajaré duro para ver si el periódico me contrata fijo. Realmente no estoy en una posición que me agrade, y créanme cuando les digo que espero que no estén en una parecida. Pero tengo que recordar que hay gente que está en mucho peor estado, y la soportan estoica y valientemente. Así que permítanme este momento de queja, y sepan que será el último en cierto tiempo. Un año pasa rápido; I can take it.

¿Qué culpa tenían?

Ayer fue un día de caos en Caracas. Muy justificado. Yo soporté mi cola con resignada paciencia, sin importar el abrasante calor o el hecho de llegar tarde al trabajo. Nada que yo sintiera se comparaba con el dolor que podía sentir la familia Faddoul, por la pérdida de sus tres hijos, y la familia de su chofer, el señor Miguel Rivas.

A la altura de la Francisco de Miranda, por Los Ruices (zona del este de la ciudad donde trabajo, para aquellos que leen esto de afuera), vi una madre riendo con su bebé de cuatro años en los brazos. No les voy a decir que los miré y reventé en llanto; eso no sería justo ni para mí ni para los pobres muchachos. Pero sí sentí una pequeña tristeza. ¿Quién puede ahora asegurarle a esa madre que su hijo llegará a la pubertad? ¿Qué seguridad tiene que cuando sea mayor y salga a divertirse con sus amigos regresará a su casa?

No es momento de echar culpas, pero sí de apuntar responsabilidades. La gente del gobierno encargada de la seguridad de nuestra ciudad y nuestro país no han logrado grandes avances. Hay cada día mayor inseguridad en las calles, cada día peor trato de los policías a los ciudadanos, cada día menos ganas de salir de noche adonde sea. Si uno no se para en un alcabala de policías corre el riesgo de que le disparen, si se para también. Señor Ministro del Interior, señor Director de la Policía Metropolitana, señor Alcalde Mayor, ustedes no han cumplido su trabajo con la cabalidad que merece la situación. No sé si renunciando solucionarán algo, pero, ¿no creen que deberían siquiera pensarlo? Y les digo, esto no es un asunto ni partidista ni político; es un asunto de ESTADO, que es la unión de territorio, ciudadanos y leyes. El que se ande con politiquerías a estas alturas es tan malo como el indiferente.

Quiero escribirle ahora a los tres grupos que se verán afectados más directamente por este triste hecho: los ciudadanos, los jóvenes y las madres.

JÓVENES:

Nunca van a entender completamente a los padres hasta que ustedes lo sean. Pero piensen en una vez que dejaron a su novia estudiando en casa de una amiga, y estalla alguna sitaución anormal en la ciudad. Piensen en el 11 de abril de 2002, por ejemplo. Ustedes viven en San Bernardino, y su novia está en Manzanares. Las calles están bloqueadas, y los papás de su novia están de viaje. Como todo el mundo está llamando para saber que los suyos están bien, las líneas colapsan. Son las nueve de la noche, y no has sabido nada de ella desde las dos de la tarde, cuando hablaron por última vez. ¿Cómo te sientes?

Ahora duplícalo. Eso es lo que debe sentir tu viejo cuando te desapareces de rumba toda la noche. Quintuplícalo, y luego por diez, y eso es lo que siente tu mamá cuando dices que ibas a casa de alguien pero te lanzas a la playa.

Quizá no deba escribir esto, pues no sólo no soy padre, sino que he cometido las clásicas locuras de chamo. Siempre me he perdido sin avisar en la casa, o simplemente aviso que me voy a perder, angustiándolos igual. Pero no es sino ahora, que ya pasé de los treinta, que veo a tantos de ustedes que tienen una relación muy dura con sus padres, que entiendo que los míos no son padres estándar. De modo que, si ustedes son de los que realmente hablan con sus padres, salen con ellos, se las llevan bien con ellos, traten de entender que ustedes para ellos son lo más grande, lo único que realmente importa, lo único que tienen para cuidar aparte de sí mismos. De modo que, cuando salgas a rumbear –porque la idea no es vivir hacinados en la casa esperando a podrirnos de la ladilla–, toma tus precauciones sobre dónde vas a ir, cómo vas a llegar allá y de qué forma te vas a regresar, o dónde te vas a quedar. Por tu seguridad, y la tranquilidad de los viejos.

MADRES:

¿Cómo decirle algo a una madre? Habrá un día en que le dedique algo a la mía en estas páginas, pero mientras tanto, tengo que emoezar por decirle a cualquier madre que lea esto que mi corazón está con ellas. Si han leído la carta que la señora Faddoul le escribió a los secuestradores de Bryan, Kevin y Jason, saben que nadie sufre con algo que le pase a unos muhachos como lo que sufre su madre. Nadie. Por eso es que a veces entiendo a la mía, cuando aún a mis 34 años, insiste a veces en protegerme como a un niño.

Pero también por amor se lastima. Una madre necesita dejar que los hijos dejen el nido. Es lo más difícil para ellas, cierto, pero es algo que deben hacer. Entre más lo extiendan, peor será para todos. Ustedes los prepararon para este mundo duro y cruel, hicieron todo lo que pudieron. Déjenlos volar, y sepan que Dios estará con ellos. No importa lo que les suceda, Dios estará con ellos. Y a la señora Faddoul: sus tres ángeles están con Él ahora. No es donde debían estar, pero sepan que están con Él. No hay forma de consolarla, de modo que no diré más.

CIUDADANOS:

Ayer, cuando estaban convocando a marchar desde mi universidad, me contaron que hubo uno –nunca falta– que le dijo a una de mis compañeras: “¿Para qué voy a marchar, si yo no conocía a esos chamos?” ¿Estás seguro? Dime, ¿tú no tienes amigos? ¿Hermanos? Te puedo asegurar, amigo, sí que los conoces. Ellos son cualquiera que salga a la calle a estudiar, trabajar o divertirse. Ellos pueden ser tú, hijo.

¿Les da rabia que haya una persona que piense así? Pues sepan esto, somos nosotros los que tenemos la culpa. Esta generación ha salido pensando que si a nosotros no nos salpica, no hay por qué preocuparse. Somos la generación que se tomó el paro como unas vacaciones, que en lo que terminó y abrieron el Sambil salieron en tropel a vaciarlo. Somos los que salieron a marchar e hicieron una fiesta de ellas, pensando que con las marchas bastaban. Somos la generación que cree que va a aparecer un Mesías de la nada y nos va a solucionar esto, porque por lo visto no queremos votar para que surja uno de la calle. Somos la generación que heredó de la anterior la viveza, el aplique de la ley de mínimo esfuerzo, el “diez es nota y lo demás es lujo”. Y digo somos, porque no voy a librarme de la culpa. Y para aquellos que me dicen que es imposible cambiar a la gente, les pregunto: ¿acaso lo has intentado?