El drama innecesario

A pesar de que mis amigos y conocedores ni lo sospechan, yo estoy de mal humor. Llevo una semana de mala humor, de hecho. El hecho de que es absolutamente irracional sólo me pone de peor humor.

Resulta que al fin, el médico me puso a dieta. Lo que María Antonieta y mi familia no lograron con amor, un doctor lo logró con ciencia. Tengo un colesterol de 244 cuando lo mínimo es 200. Una de las pocas cosas que no agradezco que me haya dejado la carga genética de mis padres. Qué lala.

Cada día descubro nuevas cosas que antes eran como respirar y ahora son un gran no-no. Están las obvias, como cualquier hamburguesa, pepito, perro caliente o afín de calle; los postres de panadería y otros como Cinnarolls y churros; mis queridas pizzas; un pan de canilla; algo con mayonesa; las pastas tienen que ser con salsa a base de tomate y sin o con un mínimo de queso; quesos amarillos o añejos; mantequilla; leche completa, lo cual no es tan grave porque igual no se consigue; nada que tenga azúcar….

Y luego está lo insípidamente repetitivo que se vuelven mis almuerzos. tengo una semana alternando entre pollo y pescado, pescado y pollo. Tengo tres días seguidos comiendo exactamente lo mismo: una presa de pollo y una ensalada de lechuga y tomate con un plátano horneado. Y mañana va a ser la misma vaina.

Muchos quizá no entiendan el por qué de mi mal humor. Los que me concoen quizá sí. Hay pocas cosas que me desesperen más que me limiten. Que no me dejen ejercer mi voluntad, aún cuando yo no soy anárquico. Si me dices que es por mi bien, de acuerdo, ¿pero por qué rayos me obligas a hacerlo? Es como cuando eres niño: “No puedes hacer eso; es por tu bien.” “¿Por qué, mamá?” “Porque sí, porque soy tu madre y sé lo que te conviene.” Ahora a los 36 años, sustituyan “madre” por “vida” o “tiempo”. Es lo mismo.

Este ataque de ligera mala crianza –lo admito– era necesario. Pero no se crean que no he reflexionado sobre el aspecto más profundo del asunto. Prosigo.

Estuve pensando en una de las frases de la película Antes de Partir (The Bucket List) con Morgan Freeman y Jack Nicholson. Esta la dice el personaje de Jack Nicholson: “En algún aldo, hay un bastardo con suerte teniendo un infarto.” A su vez, me recordé un programa de radio, Nuestro Insólito Universo, que terminó con una pregunta: “¿Es preferible cuidar la salud toda la vida para languidecer hasta el final de la vida, o terminarla fulminantemente con un infarto pero confiado en que ha hecho todo lo que se quiso?”

Desde que el hombre descubrió el tratamiento médico, hemos vivido paulatinamente más y más tiempo. Como siempre, estamos obsesionados con la idea de prolongar la vida cada vez más. Hasta ahora, el récord son 120 años. Ciento veinte años. Más del triple del tiempo que yo tengo pateando esta tierra. El gran Arturo Uslar Pietri vivió 95 años. Mi abuela –la última que murió y a quien le dediqué un post— vivió, si no me equivoco, 93. Y en ambos casos, al final de sus días, no podían hacer mucho sin ayuda.

Cuando le hice esta reflexión a mi novia, su mirada de horror fue discreta pero obvia. Ya veía el sermón venir. Aunque fue agradable ver una demostración de cariño espontánea, jejeje.

Hemos decidido prolongar nuestra vida por dos razones. La primera es porque, en general, le tenemos pánico a la muerte. Simplemente es parte de nuestro temor a lo desconocido, seguramente, porque no entiendo cómo, si se nos ha pintado la imagen que una vez que morimos estamos en un sitio mejor, estamos cada vez más obsesionados con la idea de extender nuestro tiempo en la tierra.

La segunda razón puede que lo explique. Más que ningún otro animal social, los seres humanos nos alimentamos de la gente que está a nuestro alrededor. Nuestra familia, nuestros amigos, aún la gente que comparte con nosotros un cierto gusto. Supongo que en parte ese puede ser el mejor motivo para extender nuestro tiempo en la tierra, más allá de todo rollo que tengamos, más allá de todo estrés que nos cause la gente, ni queremos perdernos la oportunidad de estar con nuestros seres queridos todo el tiempo que querramos, ni mucho menos queremos hacerlos pasar por el sufrimiento de perdernos. Preferimos hacer cualquier sacrificio, con tal de lograr estar en esta tierra con ellos un poco más.

De modo que sí, me amargo por no poder darme mis gustos gastronómicos de la forma que quiero. Pero esto es sólo por dos meses; después simplemente me tengo que cuidar, y darme mis gustos sólo de vez en cuando. Y después, pienso en dos cosas: pienso en que Cereza, que a pesar de tener cáncer de seno (algo por lo que vale la pena angustiarse) nunca perdió su particular sentido del humor; y pienso en mi familia, amigos y novia, y lo triste que estuviera si ellos se deprimieran por mí. Así que me calo mi mal humor y ya.

Pero traten de no hablar de comida cuando yo estoy cerca.