Sé feliz, hijo mío

Ayer (domingo) en la mañana eran las 5:30 de la mañana y me desperté. Porque me había acostado en un estado poco común de agotamiento. Y aún así, una hora después, oigo veinte carros pasar, una camioneta toca corneta, pasa una ambulancia y mi perro ladra buscándome juego.

Hoy me levanté a las 6:30 de la mañana igual. Hace un silencio tan profundo que siento que puede ahogar a un incauto. Pasa casi una hora antes de que escuche un auto.

Y ya no tengo a Baloo.

Tantos clichés que se me ocurren en este momento: “el primer día del resto de tu vida”, “lo mejor es lo que pasa”, y etcétera. Pasa que un cliché no describe lo que siento en este momento. No sé qué pueda hacerlo porque no estoy seguro de qué siento. ¿Rabia? ¿Tristeza? ¿Resignación? ¿Ese tonto velo del escapismo que hacen llamar madurez? ¿Todas las anteriores?

El 2 de noviembre de 2012, me encontré con Andrea, quien tenía un pequeño bojotico de amor para mí. Durante los próximos once meses, pasé rabias, frustraciones, sustos, dolores y tristezas, pero sobre todo y encima de todo, sentí una inmensa alegría, una compañía desinteresada, un amor como el que nunca conoceré. Baloo trajo una clase de alegría a mi vida que sólo un perro puede traer y sólo alguien que haya tenido un perro y realmente preocuparse por él puede entender.

Era uno de los dos mayores sueños que tuve en mi vida; el otro era estar casado y con una familia. Moraleja: Si quieres hacer a Dios reír, cuéntale tus planes. en ninguno de los dos casos se cumplió aquello de “hasta que la muerte los separe”.

Me entristece mucho que las circunstancias de mi vida hayan cambiado tantísimo, pero también estoy consciente que uno no debe prolongar una situación incómoda, so pena que se vuelva insostenible. Lo que más lamento es que Baloo ahora deba –al menos temporalmente—aprender a querer a otra manada, a robar otras medias, a comerse otros controles, o despertar a otros a las 3 de la mañana. Claro, ahora está con su hermanita Allie, y con una dulce señorita y su novio que aman a los perros casi tanto como yo. Eso me consuela muchísimo.

Así que espero que este nuevo silencio de mis mañanas me ayude a escuchar mejor la voz de Dios diciéndome, “todo va a estar bien”.

Gracias, Baloocito. Gracias por haber traído la felicidad en mi vida cuando pensé que me había sido negada. Gracias por dejarme aprender a cuidar a un ser que realmente necesita de mí. Gracias por todo. Espero que Dios me conceda la gran alegría de poder volverte a cuidar, hasta que de verdad pueda cuidarte hasta el fin de tus días.

(Por favor, no hablen mal de nadie de mi pasado. Las lágrimas que botaron por la ausencia de mi perrito deben recordarnos siempre que del buen corazón de los demás.)

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Hasta muy pronto, mi chiquito. Ya verás.

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