¿Hay que defender a Assange?

julian_assange_2010-front1.jpgTodo el asunto Wikileaks me es imposible de ignorar como periodista, por todas las aristas que tiene. Por un lado, hay espionaje que haría a John Le Carré y Tom Clancy llorar de la emoción; por otro, hace ver a Bob Woodward y Carl Bernstein parecer periodistas de farándula; y por otro, puede causar más problemas diplomáticos que un Corán quemado en la embajada de Israel en Marruecos.

El 19 de junio, luego que agotó todas las posibilidades para evitar la extradición a Suecia, donde se le investiga por la supuesta violación a dos mujeres, desde Gran Bretaña, a donde había huido en 2010, Julian Assange, violando un arresto domiciliario que por supuesto no le importaba, se refugió en la embajada de Ecuador de Londres y solicitó asilo diplomático. Luego que hasta el famoso juez Baltasar Garzón anunció que defendería al australiano (mal hecho si no sabes quién es Garzón), y su madre Christine fue a pedirle al presidente ecuatoriano Rafael Correa que lo ayudara, el pasado 16 de agosto, como todo el mundo esperaba, Rafa le otorgó el asilo, alegando que, “de darse una extradición a Estados Unidos, el señor Assange no tendría un juicio justo, podría ser juzgado por tribunales especiales o militares y no es inverosímil que se le aplique un trato cruel y degradante y se le condene a cadena perpetua o a la pena capital, con lo cual no serían respetados sus derechos humanos” , según leyó de un comunicado el canciller ecuatoriano Ricardo Patiño. Si hemos de creer cómo se está tratando a Bradley Manning, el soldado de 24 años que es acusado de ser una de las fuentes (hoy Chelsea Manning), quizá Assange tenga un poquito de razón.

Si a estas alturas no entienden el cuento de Wikileaks, aquí tienen un resumen. Ciertamente opino que es un caso fascinante y a la vez asqueante. Por un lado, Julian Assange es el sueño de todo periodista y la pesadilla de todo político: un hombre que ha armado una red de fuentes secretas y eficientes que lo han provisto de los sucios secretos que nadie quiere que se sepa. Mi primer contacto con el portal fue por el llamado “Collateral Murder”, el video del ataque desde un helicóptero Apache en Irak donde murieron doce personas, incluyendo a dos periodistas de Reuters, Saeed Chmagh y Manir Noor-Eldeen. Después vinieron los diarios de Afganistán, de Irak, los 250.000 cables diplomáticos de EEUU. Ni Colombia y sus “falsos positivos” se han salvado del alcance de la gente de Assange.

Por otra parte, al menos en el caso de los cables, sí hay que reconocer que Wikileaks ha contribuido a poner gente en peligro. La diplomacia es una forma elegante de hipocresía, donde tienes que hablar con gente que no sólo tiene visiones completamente opuestas a las tuyas, sino que te caen mal. En los cables hay embajadores que dicen cosas que podrían considerarse insultantes para los mandatarios de los países en los que sirven. Muchos países árabes pidieron a EEUU que los ayude a bombardear Irán antes que tengan una bomba nuclear. Y así sucesivamente. Olvídate del hecho que compromete las relaciones de Estados Unidos con muchos países del mundo –hasta obligaron a Hillary Clinton a pedirle disculpas a la presidenta argentina Cristina Kirchner— la gente que escribió algunos de los cables podría ser matada. Eso sí compromete relaciones de los países. Ni hablar de los archivos de Inteligencia Global –que habla de gente que sí hace espionaje abiertamente.

Todo el asunto me ha hecho preguntarme: ¿cuánto es demasiado?

Que los gobiernos afectados por Wikileaks, empezando por EEUU, se han portado mal y la gente de Assange básicamente les bajó los pantalones y los señaló, eso es evidente. Todos los gobiernos necesitan una mayor transparencia, y si no, necesitan personas y organizaciones que los obliguen a asumir sus responsabilidades. Assange lo que ha hecho es abrir un sitio donde esa gente se pueda desahogar. El problema es que no se sabe dónde termina la preocupación por violaciones a derechos humanos o corrupción y empieza el odio a Estados Unidos. Assange ha dicho que tiene gente que redacta los documentos que recibe, e incluso contactó a gente del departamento de Estado para que los ayudaran con ello, pero es imposible saber con  qué intenciones se enviaron esos documentos a Wikileaks al principio.

Y luego está la ironía que haya sido Rafael Correa quien le haya concedido el asilo. No hablemos del ALBA, que pegó el grito en el cielo para defender a Ecuador de la “amenaza británica”. Estamos hablando de un presidente que ha tenido serios problemas con los diarios que son más críticos a su gestión, como El Universo de Guayaquil y El Comercio de Quito, y ha cerrado varios medios menores alegando problemas fiscales (cualquier parecido…). En un análisis hecho por AFP, muchos afirman que Correa busca suavizar su posición en contra de comunicadores, a la vez que quiere consolidarse como agente antiimperialista. El hecho que Gran Bretaña hizo el equivalente a decir “me sabe a carato tu solicitud de asilo” y dijo que si tenía que entrar a la embajada a arrastrar a Assange fuera lo haría–y por detrás EEUU diciendo que no reconocen ese asilo— pone a Correa tanto como el líder de una pequeña nación latinoamericana haciendo frente con “valor” (Assange dixit) a un país del primer mundo, como un héroe de los fans de Wikileaks. Way to go, guys.

Siempre tengan cuidado de defender a alguien a pies juntillas, incluso si simpatizas con su labor, sus misiones, su actitud o su manera de ser. Assange puede que sea el mensajero al que EEUU quiere matar por revelar lo mal que se ha portado, pero salvo algunos aspectos todo el asunto no lo veo distinto a los procesos que han venido detrás de RCTV o Globovisión en el país (posiciones políticas propias aparte). Pasa que a los que está afectando Assange son más grandes y hace más ruido si caen.

Madurar es opcional

Bernard Purvis, abuelo de la fotógrafa Lauren Michener. Fuente: The Guardian

Orgulloso estoy de los pelos plateados que asoman –bueno, predominan— en mi cabeza. Orgulloso también de 41 años de vida vivida sana y lo más enteramente que he podido, sacando dos carreras, casándome con una hermosa mujer, viajando a diversas partes de Estados Unidos (ojalá fuera del mundo) y conociendo a gente genial a lo largo de ese viaje que se llama vida.

Más orgullos aún estoy de mi habilidad de invocar al niño que llevo dentro y lograr hacer recuerdos que me ayudan a sentirme joven. Aunque debo admitir que no siempre surge en los mejores momentos.

Mis inicios en la universidad fueron más tardíos que la mayoría, habiéndome decidido por una licenciatura a los 30 años de edad (Dios, lo digo y no lo creo). Dio la casualidad que el actual padre de mi ahijada empezó al mismo tiempo que yo, y por ser contemporáneos de edad naturalmente nos unimos en amistad. Pero no por edad quería decir que éramos los más maduros del grupo. Oh no.

En quinto semestre –sí, hace siete años, ya dejen de sacar cuentas–, veíamos Mercadotecnia con un profesor que daba la casualidad que era también el coordinador académico de la escuela de Comunicación Social. (Paréntesis necesario: este hombre era uno de los mejores profesores que hemos tenido, pero porque era una máquina: recordaba exámenes al punto que te decía en qué pregunta te equivocaste, las pizarras eran pulcras cual libro académico y podía corregir 100 tareas en dos días. Y era casado. Estoy convencido que no dormía, se enchufaba para recargar). Una querida amiga había ido al día anterior a Quién Quiere Ser Millonario, habiendo tenido una excelente participación.

La clase tendría poco tiempo de comenzada, y bueno… ¿saben cómo hay días en que sencillamente el idiota en tu ser decide trabajar tiempo extra? Bien, ese fue uno de esos días. Por alguna razón que desconozco, a Jorge y a mí nos daba risa todo. Para todo podíamos encontrar un doble sentido, un chiste, una burla… Y sentados en segunda fila con un profesor al que normalmente no se le escapa nada, esa era una situación peligrosa.

Volteamos a nuestra izquierda, y nuestra amiga ahora millonaria (con lo devaluado que el término implica) está tomando una pastilla roja de gran tamaño, que a estas alturas aún no sé si era un antibiótico, algo para el dolor de cabeza o menstrual, qué sé yo. Jorge tampoco necesitaba saberlo.

El hombre corre a su celular (sí, estábamos al lado, pero en clases y en segunda fila; no podíamos hablar sin atraer atención) y me manda el siguiente texto:

Marico, así habrá sido la celebración que mira el tamaño de anticonceptiva que se está tomando.

No me importa qué piensen, pero hay dos fuerzas en este mundo contra los que es muy difícil, si no imposible luchar, y son el sueño y la risa. El texto despertó la bestia en mí, y no la podía dejar escapar. Me puse rojo. Sudé. Lloré. Durante diez minutos, mientras trataba de escuchar la clase, tomar apuntes, lo único en que podía pensar era el tamaño de la bendita pastilla. Cada cierto tiempo, lo único que salía de alguno de los dos pupitres era un “ppppp” mientras una sonora carcajada era reprimida, so pena de ser amonestados cuales niñitos de primaria, a nuestra anciana edad. Pero una cosa era saberlo, y otra cosa era evitarlo; durante quince minutos convulsioné entre risas ahogadas.

Al fin, la marea decide pasar, y puedo respirar a un ritmo ligeramente normal. Mis abdominales se sienten duros como roca (pobre ilusión). Mi mandíbula parece engrapada con clavos. La temperatura se siente como diez grados por encima de lo real, con gruesas gotas de sudor corriendo por la frente. Pero estoy bajo control. Al fin.

Hasta que… veo el nuevo texto.

¿Chamo, de qué te ríes?

Hijo de siete castas…

Y el ciclo empieza de nuevo. “PPPP”, las lágrimas, el sudor, el intento de no estallar en risa. Ahora con fuerzas renovadas. Ahora me está faltando el aire. Y por algún milagro, el profesor, o no se ha dado cuenta, o no lo estamos molestando lo suficiente como para llamarnos la atención. Dos hombres de 34 y 31 años, casi hechos pipí de la risa a menos de dos metros de él, y nada. Quien sí se dio cuenta es la que está sentada delante de nosotros, parte de un grupito que llamábamos “las Brats”, y no porque nos cayeran muy bien (eso vino después, con esta excepción), quien se volteó y dijo, con su voz de sifrinita del Cafetal: “Ay o sea, ¿ustedes no piensan dejar el bochinche?”

Eso sólo empeoró las cosas aún más si era posible. El dique estaba a punto de estallar. Esta clase necesitaba terminar. Y necesitaba terminar YA antes que ocurriera un accidente.

Piadosamente, la clase terminó cinco minutos después. Jorge y yo salimos tan atropellados como si al baño necesitáramos ir. De cierta manera era así: nuestras caras eran como vejigas a punto de reventar.

Al estar en la seguridad del pasillo, abrimos las esclusas para que el río de carcajadas al fin pudiera salir, y reímos y reímos, hasta que las caras se volvieron carmesí, como si de eso dependiera la vida.

Es cierto: llega el momento en que uno debe aceptar que ya no se es un niño, y debe actuar en consecuencia. Dar un ejemplo a los que podrían ser sus hijos (o en el caso de Jorge, a las que lo son).

Pero también es importante recordar que los niños son la fuente de la felicidad, que cuando se es niño es más fácil ser alegre, poder reír, precisamente porque no tienes tantas preocupaciones en la vida. De modo que, de vez en cuando, ¿por qué no ceder al niño que todos llevamos dentro, y simplemente dejarse llevar por la vida?

Ese día fue la combinación perfecta de angustia y alegría. No lo olvidaré jamás.

“Envejecer es inevitable; madurar, opcional”.

-Anónimo
“ No te tomes la vida en serio; al fin y al cabo no saldrás vivo de ella. ”
-Elbert Hubbard