Elecciones 3D: ¡Vaya día! (II)

A las 5 de la tarde, mi jefa del periódico, Dora Paredes, me escribe para que vayamos a la Quinta la Esmeralda, donde el comando de campaña de Manuel Rosales se había instalado. “Es que la vibra está en la calle”, me dice. No me lo tiene que decir mucho. Le digo a mi madre, que en tres segundos me anima a ir, me dice que le da miedo, me dice que no le pare, se angustia y me vuelve a decir que me vaya.

Llegamos allá, y a la altura de la Torre KPMG hay una enorme caravana de seguidores del oficialismo con una Cherokee delante de ellos. Ya a esta hora, el ambiente se respiraba tenso. Claro, hasta que llegabas a la quinta.

A los cinco minutos que llegamos, carnet de prensa en la mano, Roberto Smith se dirige a los presentes para informar que dentro poco estaremos dando unas cifras “muy bonitas”. Se respira un ambiente de gran felicidad, o al menos de tranquilo optimismo. William Echeverría, Carlos Acosta, Kico… Hay unos cuantos. Dora y yo nos encontramos al Príncipe Negro Rolando Peña, un artista plástico amigo de Dora, y nos quedamos, simplemente esperando. ¿Qué más íbamos a hacer?

Como a las 8:30, llegó Teodoro Petkoff, director del diario Tal Cual y prominente miembro del comando de campaña, rodeado de gente y con su habitual cara de circunspecto. Y, casi como si lo hubiera estado esperando, arribó al sitio un caballero de barba con una gorra beige, gritando de voz en cuello con voz evidentemente alterada: “¡Vengo en nombre de la sociedad civil a decir que estamos ARRECHOS con Manuel Rosales! ¡La Plaza Altamira está tomada! ¡Mi esposa está allá! ¡Manuel Rosales tiene que aparecer!”

De allí el ambiente cambió completamente. La tensión se apoderó de todo el mundo. Supongo que ello obligó a Teodoro a tomar escenario y dirigirse a los medios. “Manuel Rosales se dirigirá a la nación cuando tenmga que hacerlo”, enfatizó. Dijo que los únicos que pueden ejercer las leyes son los miembros de mesa, y soltó una de las suyas, en vivo: “Cualquier otra persona que quiera ejercer al ley está pelando bolas. ¡Pelando bolas!” Lo dijo muy en serio, pero su comentario aligeró un poco el ambiente.

Pero algo me decía que él ya sabía algo que nosotros no.

Después de eso, Dora decidió que mejor nos fuéramos a nuestras casas. La lluvia azotaba, y las calles vacías contribuían al clima de evidente tensión. Qué contraste.

Cuando llegué a la casa, el agotamiento finalmente me alcanzó. Y decidí ver otra televisión opor un rato, luego de pedirle a mi familia que por favor me avisara cuando dieran el primer boletín.

Cuando llegó, dando los resulatdos conocidos para todos, yo lo que más escuché fue el amargo llanto de mi madre.

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