Navidad… "dulce" Navidad

Ayer hice un pequeño acto de locura, dadas las condiciones en que está mi querida Caracas: fui al Sambil. Oh, sí. Al Sambil. El centro comercial “más grande de Venezuela”, el día antes de la Nochebuena de Navidad. No, no es que esté chalado, mal de la cabeza, frito. Una amiga cumplió años el viernes y lo celebraron en Chili’s. Sí, yo pensé lo mismo: ¿acercarse al Sambil el 23 de diciembre?

Bueno, la cita era a las dos, de modo que decidí llegar allá a las doce. Si no, entrar iba a ser un absoluto caos. Me quedan las experiencias del año pasado. Y estoy seguro que era uno de los pocos que iba a entrar al mall de las torturas sin estrés encima. Y Dios, cómo tenía razón.

Para aquellos que estén extrañados, pasa que precisamente como el Sambil es tan grande y tan completo, TODO el mundo encuentra de todo allí. Ciertamente toda la clase media de Caracas va allá. Las colas alrededor de las cinco de la tarde en sus alrededores son de tomar palco. He oído historias de terror sobre gente que dio a luz a sus hijos en una cola decembrina llegando al estacionamiento. Hijos que habían engendrado allí en el carro. Que después manejaban el carro para entrar al estacionamiento. Pero creo que exageran.

Hablando en serio, no es extraño que haya una cola de al menos una hora para entrar al sitio. Y otra hora para salir, si eres de los locos que se deciden quedar todo el día hasta las once de la noche para salir. En fin, es muy práctico comprar en el Sambil, porque realmente lo puedes conseguir todo. Pero hay que hacerlo planificado.

Ayer, como tenía tiempo de sobra, decidí recorrer los pasillos de dicho establecimiento a ver la gente. Y debo admitir que quedé asombrado. Vi gente que pacientemente hacía una cola de casi media hora para pagar por sus compras en la librería más grande. Vi mujeres peleándose por la ropa en la tienda Zara. Y la gente tenía estas caras de estrés como maldiciendo cada instante de su vida, odiando la Navidad y todo lo que significaba.

Y yo digo, ¿es que yo soy anormal? Yo empecé a comprar en Noviembre, y compré mi último regalo el viernes en la mañana (¿o fue el jueves?). Yo odio estresarme, odio una cola, odio la idea de hacer una cola. Yo no sé nada que esta gente no sepa, vivo en la misma ciudad. Y hay gente acá que se ha calado este ritual varios años seguidos. ¿Por qué?

Yo tengo mi propia teoría, pero eso es para otro día. Mientras tanto, queridos visitantes, lectores consecuentes, amigos y desconocidos, reciban de parte mía el más sincero, cordial y feliz abrazo, con mis deseos de una muy Feliz Navidad para todos ustedes.

¡FELIZ NAVIDAD!

Elecciones 3D: ¡Vaya día! (y III)

Bien: las elecciones llegaron y se fueron. al día siguiente, las calles por donde yo pasé parecían de un pueblo fantasma. En el trabajo reinaba un silencio absoluto, nadie quería hablar.

Y fue entonces cuando la realidad me llegó: la mayoría de este país quiere un líder como Chávez, uno que les diga qué hacer, que les dé las cosas en la boca, que sea un papá, pues. Y es ése el país en el que tenemos que vivir.

Me empecé a enfocar en lo positivo de la experiencia:

  • La abstención llegó a su punto más bajo en casi diez años: 24,5%.
  • Muchos jóvenes votaron, aunque aún no son suficientes.
  • Dependiendo a quién se le crea, la elección sacó entre 37 y 43% de los votos. Aún si nos limitamos a la cifra oficial, esos son más de 4 millones de personas.
Y sobre eso hay que trabajar. Este post será más breve que los anteriores, por cuanto ya todo lo que se tenía que decir se ha dicho en otros blogs, otras publicaciones y miles de periódicos. Pero sí lo cierro con ún parafraseo de Fausto Masó, que escribió en su columna “El Método del Discurso” en El Nacional del 2 de diciembre: lo único seguro después del domingo es que llegará el lunes, luego el martes, y cuando llegue enero, que estaremos todos sin plata, más gordos y por consiguiente amargados, sí estaremos dispuestos al debate que significa la nueva situación del país.

Ah y otra cosa: hoy, mañana y siempre… ¡ME ATREVO!

Elecciones 3D: ¡Vaya día! (II)

A las 5 de la tarde, mi jefa del periódico, Dora Paredes, me escribe para que vayamos a la Quinta la Esmeralda, donde el comando de campaña de Manuel Rosales se había instalado. “Es que la vibra está en la calle”, me dice. No me lo tiene que decir mucho. Le digo a mi madre, que en tres segundos me anima a ir, me dice que le da miedo, me dice que no le pare, se angustia y me vuelve a decir que me vaya.

Llegamos allá, y a la altura de la Torre KPMG hay una enorme caravana de seguidores del oficialismo con una Cherokee delante de ellos. Ya a esta hora, el ambiente se respiraba tenso. Claro, hasta que llegabas a la quinta.

A los cinco minutos que llegamos, carnet de prensa en la mano, Roberto Smith se dirige a los presentes para informar que dentro poco estaremos dando unas cifras “muy bonitas”. Se respira un ambiente de gran felicidad, o al menos de tranquilo optimismo. William Echeverría, Carlos Acosta, Kico… Hay unos cuantos. Dora y yo nos encontramos al Príncipe Negro Rolando Peña, un artista plástico amigo de Dora, y nos quedamos, simplemente esperando. ¿Qué más íbamos a hacer?

Como a las 8:30, llegó Teodoro Petkoff, director del diario Tal Cual y prominente miembro del comando de campaña, rodeado de gente y con su habitual cara de circunspecto. Y, casi como si lo hubiera estado esperando, arribó al sitio un caballero de barba con una gorra beige, gritando de voz en cuello con voz evidentemente alterada: “¡Vengo en nombre de la sociedad civil a decir que estamos ARRECHOS con Manuel Rosales! ¡La Plaza Altamira está tomada! ¡Mi esposa está allá! ¡Manuel Rosales tiene que aparecer!”

De allí el ambiente cambió completamente. La tensión se apoderó de todo el mundo. Supongo que ello obligó a Teodoro a tomar escenario y dirigirse a los medios. “Manuel Rosales se dirigirá a la nación cuando tenmga que hacerlo”, enfatizó. Dijo que los únicos que pueden ejercer las leyes son los miembros de mesa, y soltó una de las suyas, en vivo: “Cualquier otra persona que quiera ejercer al ley está pelando bolas. ¡Pelando bolas!” Lo dijo muy en serio, pero su comentario aligeró un poco el ambiente.

Pero algo me decía que él ya sabía algo que nosotros no.

Después de eso, Dora decidió que mejor nos fuéramos a nuestras casas. La lluvia azotaba, y las calles vacías contribuían al clima de evidente tensión. Qué contraste.

Cuando llegué a la casa, el agotamiento finalmente me alcanzó. Y decidí ver otra televisión opor un rato, luego de pedirle a mi familia que por favor me avisara cuando dieran el primer boletín.

Cuando llegó, dando los resulatdos conocidos para todos, yo lo que más escuché fue el amargo llanto de mi madre.

Elecciones 3D… ¡Vaya día! (I)

4:50 am. Me levanté a una hora ridículamente temprana para un domingo, pero la enorme responsabilidad me lo exigía, qué iba a hacer… Me desayuné, me vestí, y a hacer mi cola. MI centro de votación está a menos de media cuadra de mi casa. Y ya por el balcón, iluminados por los faroles de la calle, veo gente como espectros caminar decididos hacia arriba.

5:15 am. La cola es de concierto. ¿De dónde rayos salió tanta gente? Y les digo, la mayor cola es de gente de la tercera edad. Y todos esos abuelos y abuelas están cubriendo más de una cuadra. ¡Y el Sol ni ha salido! Eso sí, las estrellas están en el cielo, y las alegres chácharas que se oyen indican el entusiasmo.

5:32 am. Mando un mensaje, y veo que me quedé sin saldo. ¿Quéeeee? ¡Hoy no me puedo quedar sin saldo! Bueno, nada. A caminar hasta el kiosko. Lo comento en voz alta, y la señora que está delante del señor que está delante mío me dice, “Tranquilo, hijo, ve y te guardamos tu puesto.” El señor que está detrás mío ratifica, “Total, mano, de aquí no nos vamos antes de las 10.” Palabras proféticas.

6:12 am. Me lanzo las tres cuadras hasta el kiosko. José, el kiosquero, acaba de abrir, pero ya hay como cinco personas. Un hombre joven agarra el Meridiano que proclama abiertamente lo grande del Magallanes, mi equipo de béisbol, y dice “Lo voy a comprar nada más que por este titular”. La hija de José, que le va al Caracas, su enconado rival, se ríe igual. Hay buen humor en el ambiente. Compro mi tarjeta y el Últimas Noticias. Trato de ignorar el titular de los periódicos oficialistas. Y me regreso a mi cola.

6:46 am. La gente empieza a entrar. Yo tengo no menos de 50 personas adelante. Gracias a Dios por Stephen King. Pero claro, empiezan a oirse los rollos. La mesa 5 tiene un problema; la máquina no arrancó, o algo. Esperan el cotillón electoral de Santa Rosa de Lima para que empiecen a votar manual mientras el técnico pelea con ella. Y con todo y eso, la gente forma su bochinche.

8:05 am. Mi hermano está en la mesa 3, yo en la 6. Yo llegué media hora antes que él. ¡¿Entonces alguien me quiere explicar por qué rayos pasa él primero?!

9:15 am. Al fin, primero en la fila. La gente aplaude cada vez que pasa alguien nuevo. La mesa 7 protesta, la cola ya está que alcanza casi una cuadra. Caras que no se veían desde hace años, y eso que vivimos en la misma cuadra.

9:32 am. Entro. Una señora se acerca a mí y al que tengo detrás y nos dice que si podemos subir a una anciana en silla de ruedas. Decimos que cómo no. Cuando llegamos allá, le dicen que ya la subieron. “Pero pasen a la captahuella de una vez.” Hay una cola de casi q2uince personas antes de nosotros. Yo me rehúso de plano, pero el otro duda un momento. “Los saqué de su cola y los traje acá arriba, no los voy a hacer regresarse. No te pongas así”, me dice. La gente me mira con una mezcla de respeto y compasión. “Dale, hijo”, alguien me dice. Muerto de pena, y buscando apro9bación, paso a la miserable captahuella. “Total, no hay nadie en tu mesa”, me dice alguien más. Pero me siento sucio igual.

9:40 am. Y ahí estoy, frente a la bendita máquina. Estoy buscando a Un Nuevo Tiempo, pero los miembros de mesa me presionan tanmto que cedo. Termino votando por Convergencia. Espero que nos e me devuelva. ¡Todo sea por Rosales!

10:05 a. Después de haberme echado un baño, salgo a la aventura que es salir de mi casa, porque tengo que buscar a mi tía Adriana a su casa en San Luis. Ella tiene un serio foco de artitritis en la espalda y no se puede mover mucho. De paso voy a buscar a la comadre de mi mamá. Chévere, así aprovecho y veo la movida por afuera. De paso, voy a acompañar a María Antonieta a votar.

10:45 am. Qué peo para llegar. Las calles vueltas nada, las colas en los colegios, me tardé más de tres veces lo que normalmente me tardo en llegar de un lado a otro. Pero bueno, hay un gentío en la calle, eso es bueno.

11:05 am. Como dije en los cinco mensajes que me mandó, llego puntual a mi cita con Mara. Su primera elección, ¿qué tal? Igual la de su hermana… si saliera en el REP. “Yo no sé ni qué pasó, yo salía hace un mes”, protesta. Pero bueno, ni modo. Vamos al Cecilio Acosta, un colegio que queda a dos cuadras de su casa.

11:20 am. Llegamos al Cecilio Acosta. Y soy testigo de tres cosas: uno, la gente está aún más tranquila que en Cumbres de Curumo, a pesar de que seguramente algunos llevan más de seis horas en cola; dos, vi a alguien que logró pasar porque alguien en su familia estaba trabajando por allí (vivan los contactos); y tres, es mala idea traer una niña de seis años a hacer la cola. Tal vez no tenía otra opción, lo sé, pero Dios…

12:45 pm. Luego de un rato con Mara, me regreso a mi casa. Pasé por otros centros en el este. Me siento optimista, a pesar de todo. Ahora viene la parte realmente dolorosa: tratar de seguir todo por TV.