Nada de día de la amistad

Bueno… llegó un día temido por algunos, ansiado por otros, indiferente para otros más. Sip… es el día de los enamorados. O día de San Valentín, como debería llamársele correctamente. Todos estarán pendientes de un detallito para l@s novi@s o prospectos de, buscar alguien con quien pasarlo, o deprimirse porque no tienes a nadie y estarás en casa comiendo helado, rascándote o llorando con todos los discos de Ana Gabriel o Luis Fonsi que consigas. Patético.

Si estás interesado, aquí te tengo algo de Historia. Esto del día de San Valentín no es nuevo. Una leyenda afirma que Valentín era un sacerdote que sirvió en el siglo III en Roma. Cuando el emperador Claudio II decidió que los hombres solteros hacían mejores soldados que aquellos con esposas y familias, prohibió el matrimonio de hombres jóvenes — su fuente de soldados potenciales. Valentín, viendo la injusticia del decreto, desafió a Claudio y continuó casando jóvenes amamntes en secreto. Cuando sus acciones fueron descubiertas, Claudio ordenó que Valentín fuese ejecutado. Otra leyenda cuenta que Valentín envió la primera carta de amor. Mientras estaba en prisión, se enamoró de una joven (quizá la hija de su carcelero), y antes de su muerte le entregó una carta que firmó, “De tu Valentín”, una exprsión que todavía se usa hoy en día (From your Valentine, en inglés). No se sabe cuánto hay de cierto en las leyendas, pero enfatizó el atractivo de Valentín como figura romántica. Pero no se celebra en febrero conmemorando el día de la muerte de Valentín (que ocurrió alrededor del 270 DC), sino más bien para cristianizar el festival pagano de Lupercalia, que celebraba el amor en el pueblo de Luperci y el inicio de la primavera. Esto fue instaurado por el papa Gelasio en el 498 DC.

¿Agarré tu interés? Bueno, aquí te van unos números. Se estima que alrededor de un billón — eso es un millón de millones — de tarjetas del día de los enamorados son enviadas cada año (sólo se mandan más en Navidad, con 2,6 billones de tarjetas). Y he aquí algo que no deberái sorprender: 85% de todas las tarjetas son compradas por mujeres.

Bien interesante, la verdad. Pero ahora viene mi pregunta. ¿Cuándo demonios surgió esto de “Día de la Amistad”?

Buscando en Google, no encontré nada realmente profundo, así que mis sospechas se confirman. NO EXISTE UN DÍA DE LA AMISTAD. No es real. Es un mito. Ojo, es un mito bonito: aprovechar ese día para apegarse a los que han sido tus panas y amigos durant todo el año. ¿Pero saben qué? Es algo que inventaron los despechados. Aquellos que no tienen con quién pasarlo ese día y no quieren estar solos. De repente para quitarle algo de comercialización de la que se ha apoderado el día, al igual que Día del Padre, de la Madre, Navidad y Día del Niño.

¡Ey, no me odien por ser sincero! Además es sólo una opinión. Yo no critico a aquellos que quieran celebrar este día así, uno no es un ermitaño. Pero celebrarlo nada más porque no quieres estar solo y te vas a juntar con otra gente que tampoco quiere estar sola y no van a tenre nada de romance… compadre, yo me quedo en mi casa solo. Total, mi ex no creía en día de los enamorados anyway, yo nunca salí con ella este día (bueno, sí lo hice, pero no era porque era día de los enamorados). Mi consejo: si no quieren pasar este día solos, hagan preparativos unos meses antes. Y si al fin lo van a terminar pasando solos — como yo, y no crean no me pega algo — nada, bailen al son que les tocan. Si andan enguayabados, gócenselo. Si tienen cosas que hacer, háganlas. Si quieren reunirse con los panas, go ahead. Pero por Dios, ¿”celebrar” Día de la Amistad? Al fin y al cabo, ¿no deberían ser Día de la Amistad y de los Enamorados TODOS los días? Vamos a estar claros, muchachos: si van a esperar UN día del año para un detallito romántico, versus 364 de nadfa o muy poco… hij@, tienes problemas.

Feliz Día de los Enamorados a los que tienen la suerte de tener con quién compartirlo.

Recordando a un gran venezolano: 1965-2005

Una de las ventajas de tener una mejor amiga que trabaja en un medio televisivo es que puedes conocer a personalidades de la farándula con relativa facilidad. Así conocí a la actriz Caridad Canelón, a Nelson Bustamante… Recuerdo que en una fiesta que acompañé a Yhennifer hace queizá dos años conocí al ex-medallista olímpico Rafael Vidal y a su entonces esposa. Para ser el segundo venezolano que traía una medalla olímpica (había conseguido bronce en natación durante los juegos de Los Ángeles en 1984), era un tipo sencillo, siempre sonriente, y sonriente sincero para más: nunca se le vio una sonrisa política, falsa o siquiera triste, si se ponían a pensar por loq ue estaba pasando en su matrimonio. Era un conversador agradable, muy culto, al menos por lo que pude deducir por los pocos minutos que hablamos, y ciertamente muy jovial como sus 36 años de muy productiva y notable vida ameritaba. Hablaba mundos sobre sus hijos, y luego me enteré de que cuando su divorcio no había sido agradable, y la madre tenía custodia de los hijos. Y él estaba decidido a trabajar porque sus hijos estuvieran orgullosos de él.

Ya eso no será así.

El sábado en la madrugada, un “hijito de papá y mamá” de 24 años picaba (competencia de velocidad) en una Hummer –una camioneta de 200 millones de bolívares, blindada como un tanque– contra otro carro en la bajada El Hatillo-La Boyera. Rafael salía de la urbanización Las Esmeraldas, frente al Centro Médico Docente La Trinidad (una urbanización caraqueña de clase alta, para los que me leen que no viven en Caracas) hacia su casa. Cuando el niño de la Hummer lo vio, trató de frenar, pero para un vehículo de casi una tonelada que está yendo a casi 90 kph, era imposible hacerlo a tiempo. Frenó treinta metros y embistió al carro de Rafael con la fuerza de un tren y lo arrastró otros cuarenta metros, hacia el canal de subida hacia El Hatillo. El conductor y el pasajero estaban delicados de salud, pero se salvarán. Rafael, por el contrario, murió instantáneamente: el asiento del pasajero de su Corolla simplemente ya no está más.

Yo siempre veía a Rafael en televisión, ya fuera durante las competencias donde fungía como deportista o en sus comerciales. Y siempre su rostro era el mismo: una sonrisa optimista, un rostro sereno que te decía “todo mejorará, todo saldrá bien”. En un país donde cada vez más vemos gente que sale en televisión peleando con alguien más, incrementando más y más odio entre nosotros, el altercado, la confrontación, necesitábamos gente como Rafael, quien nunca tuvo un altercado público con nadie, que jamás dijo nada malo de nadie, que siempre se comportó como un profesional y un gran ser humano.

¿Hasta cuando vamos a ver la falta de morales y de educación en nuestros jóvens? ¿Hasta cuándo vamos a creer que por regalarle mejores carros a nuestros hijos, meterlos en las mejores escuelas y universidades y llevarlos a los mejores sitios nos hará mejores padres? Seguramente los padres de ese muchacho lo tratarán de sacar del país, para evitar la oleada de odio que se les avecina. Pero díganme, ¿podrán escapar a su conciencia? ¿Al saber que sesgaron una vida tan ejemplar… sólo por su inconciencia? No me digan que fue un accidente, porque no se debió a ningún desperfecto mecánico del carro, que tiene en el mercado menos de un año. Tampoco fue que el piso estaba resbalosos. No, gente, eso fue homicidio culposo: no tuviste la intención de matar a nadie, pero tu comportamiento irresponsable hizo que así sucediera, dejando a una niña y a un niño huérfanos de padre. ¿Ahora qué vas a hacer?

Rafa, sólo hablamos una vez, pero siempre admiré tu calidad humana, tu don de gente. Venezuela te va a extrañar, Yhennifer te va a extrañar, y yo te recordaré con mucho aprecio. Descansa en paz.

Al fin, en otro tema…

Tengo una nueva misión. Y es convencerlos a ustedes que vayan a ver Ray. Apúrense, porque sólo la están pasando en tres cines y eso seguro dura hasta este viernes. Corran. No, en serio, ¿qué rayos hacen viendo esto? ¡CORRAN!

No es tanto por la película en sí, aunque sí les digo que es una historia apasionante. Ray Charles empezó en la más paupérrima de las situaciones, hijo mayor de una madre soltera y fuerte. A los 7 años, vio a su hermanito morir ahogado en una bañera, y nueve meses después perdió la vista. Su madre nunca le permitió que lo vieran como un lisiado, así que desde temprano le enseñó a valerse por sí mismo, incluso mandándolo a una escuela para sordos y ciegos para que aprendiera a leer y escribir. El camino de esa época de 1937 hasta que Ray Charles Robinson se convirtiera en un ícono de la música es ciertamente ruda y fascinante. Hay todos los elementos que te puedes esperar de una película biográfica, es decir, las drogas, las mujeres, los altibajos, pero ver el genio musical que fue el hermano Ray siempre valdrá la pena.

Que me lleva al meollo de la película. Yo siempre digo que una actuación memorable es cuando tú no reconoces a la persona detrás del personaje: el actor se ha convertido en quien representaba. Y esa es la hazaña que Jamie Foxx logra en esta película. Les ilustro mi punto. ¿Cual de las fotos que están arriba es de la película, y cuál el verdadero Ray Charles?

Tal vez sea obvio, tal vez no: el caso es que el Ray de la película es casi indistinguible del Ray de verdad. Cada tambaleo, cada sonrisa, cada angustia, hasta el tono de voz (hablado), Foxx lo imita con la facilidad de un espejo. Yo ciertamente espero ver al tercer hombre de color (‘ta bien, pues, NEGRO) recibiendo un Oscar al mejor actor el 27 de febrero. Ahora sí, en serio, vayan a ver Ray. Después me cuentan. Si quieren saber más sobre Ray Charles o sobre la película (ya en EE.UU. salió en DVD — DILE NO A LA PIRATERÍA), entonces métete en una de estas dos: http://www.raycharles.com y http://www.raymovie.com.



Tienes razón

Notarán que quité uno de mis posts. Y si no lo habían leído antes, les digo que era uno de los que más orgulloso estaba. En mis posts siempre pongo todo mi corazón y empeño, pero en ése que escribí creo que realmente volqué todo. Era porque me sentía tan mal que necesitaba un desahogo. Y es ahí cuando escribo mi mejor material.



Entonces, ¿por qué decidí quitarlo?



Era demasiado personal. No supe qué tan personal hasta que lo volví a leer. Fue tanto que violé una promesa que había hecho. Lo hice sin darme cuenta, claro –estaba ofuscado–, pero ya el daño está hecho. Es muy tarde para disculparme, demasiado tarde para reparar cualquier daño, así que borrarlo parece casi apagar la bomba después que explotó. Pero también lo puedo comparar con una espina que no descubría dónde estaba y finalmente la pude sacar.

He notado que yo aprecio la sinceridad sobre todo lo demás, pero también me he dado cuenta que aprecio mucho que en un mínimo se tomen en cuenta los sentimientos de los demás, que se entienda que lo que alguien dice va a tener un efecto sobre la persona que lo escucha. Claro, no digo que estemos siempre pendientes de los sentimientos de los demás, pero, ¿nunca? Bueno, con ese post no consideré sentimientos aparte de los míos. No me puse en el lugar del (la) otr@. Por eso lo quité. Porque no quiero que ustedes vean demasiado de mí y de lo que he hecho.

Quisiera decir que será la última vez que publicaré algo tan personal, porque así es como he decidido ser, pero sí tendré más cuidado. Es también rudo cómo me he dado cuenta que puedes amar a alguien, puedes llegar a entender a alguien, pero pasa más de una vez que no sabes cómo comunicarte con esa persona. No me declaro culpable único de esa situación, pero acepto mi parte de la culpa. Y honestamente… estoy cansado de callarme las cosas. Lo digo como reclamo y autoreclamo. Porque aunque dije antes que hay que aprender a callarse la boca (y lo mantengo), también hay que saber cuándo rayos tienes que hablar. ¿Por qué no dije nada? Porque tenía miedo de perder. Porque no quería un alud encima. Porque no quería reaccionar yo negativamente. Y ahora…

Después de la tormenta, ¿realmente viene la calma?

Bueno… la tormenta pasó. Se anunció con la fuerza de un tifón, pero llegó con la dura sutileza de una lluvia de verano, aumentando el caudal de los ríos hasta desbordarlo. Al final, fue como las amputaciones de la era pre-anestésica: rápido y con un mínimo de dolor. Es cuando empiezas a ver toda la desolación del retroceso de las aguas que te das cuenta de que la tormenta, con toda su sutileza, se llevó un buen trozo de tu vida. En mi caso, dos años y ocho meses.

Obviamente, ya a estas alturas saben a qué me refiero. Se ha terminado la más larga y memorable de todas las relaciones que he tenido. Durante un poco más de 32 mágicos meses, viví un sueño cuya característica más hermosa es que siempre fue real. Fueron 742 días de los cuales –aun con una negra semana– no cambiaría ni un segundo. Lo malo de los sueños es que llega un momento en que hay que despertar. Gracias a Dios, lo que me despertó a mí no fue un inclemente balde de agua fría, sino una suave sacudida.

¿Les sorprende que esté tan tranquilo? Créanme, el primer sorprendido soy yo. A estas alturas, cuando yo me imaginaba este oscuro momento, me veía tirado en el suelo revolcándome de agonía y dolor. No se rían, yo soy así. (Bueno, OK, ríanse un poquito.) Pero es que les pregunto: ¿no es acaso cierto que guerra avisada no mata a soldado? Todas las señales estaban allí. Y al día siguiente, cuando desperté y supe que eso era lo que me tenía de tan mal humor todos los días, una velada certidumbre que todo iba a terminar, me llevé una sorpresa mayúscula cuando vi que… estaba de acuerdo con ella.

Las mayores quejas que yo oigo de las relaciones es que “me acostumbré”… “ya no sé si l@ quiero”… “la rutina me está matando…”, y rezaba al Cielo que eso nunca me pasara a mí. Pues aprendí por la mala que eso a veces no lo decide uno mismo. A menos que tengas todos los recursos para hacer de tu vida en pareja, a veces una loca montaña rusa, a veces un tranquilo paseo en el carrusel, la rutina llegará a cubrirlos con su manto gris. Y el estar enamorado no garantiza que puedas rasgar ese manto. Y con eso, les digo: estoy tranquilo. No estoy 100% feliz, y sí, me he levantado extrañándola varios días. Pero estoy tranquilo, porque sé que hizo lo correcto. Y uno nunca sabe qué hay a la vuelta del próximo recoveco de la vida.

Feliz año nuevo

Pues llegamos. El 2004 terminó, aunque muchos pensamos que nucna lo haría. Y se hizo largo el condenado, ¿no? ¡Y lo sufrimos, por Dios! Pero bueno, no todo fue tan malo. Los Medias Rojas ganaron la Serie después de 86 años. Italia fue eliminada rapidiiiita de la Eurocopoa — que ganó Grecia, de todos los países. Por unos meses, hubo venezolanos más unidos que nunca en una misma causa — sacar al loco. Que no lo hayamos logrado, bueno, eso es harina de otro costal. ¿Y yo? Bueno, sigo con ella, lo que es bastante asombroso, dadas nuestras diferencias. Terminé un semestre insufrible y voy por uno bien exigente. Mi padre va bien encaminado a eliminar el cáncer de su cuerpo (ah, sí, mi papá tiene un nodulito de cáncer en la próstata, o lo tenía, más bien). Y el resto de mi familia está bien de salud. Nadie se murió, nadie perdió un hijo, nada de nada malo le pasó a mi familia, gracias a Dios.

Se dice que siempre el año debe terminar en una nota reflexiva, donde evaluamos nuestros errores para no cometerlos más y asegurarnos que el año siguiente “va a ser mejor”. Eso es bullshit, amiguitos. Uno SIEMPRE debe evaluar lo que ha hecho en el año. Háganlo diariamente, semanalmente, mensualmente. ¿Vas a agarrar el último día del año para ver qué hiciste mal? Cierto, tienes ahora 365 días para mejorar, pero de nada te va a servir si no hiciste un examen cuidadoso de lo que fue tu desempeño cada día de tu vida. El pasado se fue. No vuelve, excepto en contados casos. Así que olvídalo. Sólo recuerda lo que te enseñó. Carpe diem. Aprovecha el día. Trázate una meta. O mejor, metas. Y trabaja cada día para lograrlas. ¿Oyeron? Cada día. Y recen — recen FUERTE — porque yo siga mi propio consejo. Porque, Dios, hay que ver las metas que tengo este año. Sé que Dios quiere que las logre, así que depende de mí, con Su ayuda. Que reciban ese año borrachos de felicidad, en compañía de los seres que ustedes quieren y los quieren. Y que las lágrimas del 2004 se conviertan en las risas del 2005.

Las cosas del amor

Realmente debería ser “las cosas de pareja”, pero bueno, el amor algo tiene que ver, ¿no?



Veo que HAY que estar enamorado para soportar las cosas que implica estar en una pareja estable y aún querer seguir en esa pareja estable.



No les voy a dar detalles –juré no hacerlo (otro compromiso)– pero sepan esto, amigos: parte de estar en un equipo es saber que cada quien tiene su estilo de jugar o trabajar, o funcionar, si a eso vamos. Por eso, lo más esencial es que aprendas (1) a adaptarte a ese estilo, y (2) a que esa persona se adapte al tuyo. Y eso, amigos, es muy, muy difícil. Pero véanlo como un reto. Midan cuánto tiempo pueden pasar en ese proceso sin sacarse sus propios ojos o usar una almohada de formas cuestionables mientras su “media naranja” duerme plácidamente. ¿Qué tal? Esa podría ser la medida del amor que tanto se ha buscado.



Lo peor que uno puede tratar de hacer es cambiar a alguien. El siquiera intentarlo está mal. De hecho, esa está entre las cinco primeras cosas que puede llevar a un “des-noviazgo”. Al final, ¿no te enamoraste de esa persona así como era? ¿Con todo y sus defectos? Lo más que puedes hacer es tratar de mostrarle el error de sus modos (si en efecto consideras que están errados sus modos) y esperar lo mejor. Pero recuerden, eso es como el alcoholismo: eso es algo que tienen que hacer ellos mismos, ellos solitos. Nadie los puede obligar. Sepan eso, señoritas, cuando traten de que su novio deje de ver el béisbol o el fútbol, por ejemplo. O eso, niños, cuando intenten convencer a su novia que no quieren acompañarla a comprar algo.



Ahora, por si se lo están preguntando, he aquí, in my humble opinion, las cinco primeras razones por las que ocurre el “des-noviazgo”:


  1. Montarle cacho (muy malo) y que se entere (malísimo). Obvio, ¿no? No importa cuánto lo intentes, no importa qué tan cuidadoso crees que sea, siempre se enteran. Honestamente, los hombres somos menos pilas para eso que las mujeres, tanto para montar cacho como para enterarnos que nos los están montando. Así que, en serio, si lo están pensando o si llegan a hacerlo, es preferible que terminen el asunto lo más rápido que puedan o, aún mejor, NO LO HAGAN.
  2. Ignorarl@. Hij@, una cosa es que el(la) entienda que tú tienes momentos que quieres tu propio espacio, y otro es sacarl@ para que tú tengas tu espacio. Ejemplo: fiesta en tu casa. Tus amigos. Dejas a tu pareja en un rincón mientras tú juegas dominó. O se instalan a hablar pistoladas mientras él se ve obligado a oir a un tío tuyo contándole chistes pesados. ¡Ah! Y recibes puntos negativos extra si te sugieren que se vayan y tú no quieres. O todavía peor, sueltas la mamá de todas las frases estúpidas: “¡Bueno, vete tú si quieres!” Animal.
  3. Tratas de cambiarl@. Si alguien va a cambiar, va a ser porque el(la) lo decide, no porque tú lo decidas. Si en efecto tienes un problema con tu ser querido, háblalo, coño, no te lo quedes. Y traten de resolverlo juntos. La gran palabra: compromiso.
  4. Absorbes como una esponja. No estás saliendo con un(a) gemel@ siamés. Hay parejas que les fascina estar uno con el otro como si estuvieran encadenados así, pero los hay que no. Hay parejas que son felices viéndose una vez a la semana, pero los hay que no. Si a tu pareja no le gusta que se vean todos los días, todo el día, denle su espacio, o consíganse a alguien que sí le guste.
  5. L@ alejas de su familia. Cierto, hay familias que no les importa que su progenie salga con extraños, pero son una minoría. Muchas familias les importa la seguridad de sus hijos e hijas. Acéptenlo: una vez que estás en una relación seria –no algo casual– están comprando un paquete completo: padres celosos, hermanos y hermanas quisquillosos, parientes que pueen o no ser metiches. Si tratas de que dedique más tiempo a tí que a su familia, eso va a traer conflictos. ¿No estás dispuesto a aceptarlo? Ay, compadre. Ay, comadre. Las que te esperan.

Resumen (y pendientes, que habrá un quiz). No eres tú solo. No puedes pretender que el mundo gira a tu alrededor. Pero tampoco hagas que te transformen en una alfombra. Hablen. Hablen siempre. Pero también aprendan cuándo no abrir el pico. Y recuerden: una vez se dijo: “el matrimonio es un puente que conduce al cielo, a través del infierno”. Cuídense.

La agridulce incertidumbre del futuro

Futuro. La palabra tiene tanto que involucra. ¿Y se acuerdan cuando representaba todo lo bueno que venía? Cuando yo era chamo, yo juraba que cuando llegara al 2000 iba al trabajo en mi carro volador. No creía tener un robot, pero sí una casa automatizada en al menos un 50%. Ya vemos todo lo que ésa idea prosperó, ¿verdad?



Y lo divertido es, ahora somos más pobres que hace veinte años. A lo mejor muchos de los que están leyendo esto no lo recuerden, pero yo sí tengo todavía fresco el hecho que mi papá viajaba al menos dos veces al año a cuanto curso o seminario le daban en Estados Unidos y venía con esa maleta cargada de cosas. Recuerdo que yo viajaba de forma fija a Margarita durante cinco años seguidos, y luego lo cambiamos por New York, Los Ángeles, Cancún… Y ahora… bueno, no los quiero aburrir.



Y es que lo que nos desespera del futuro es que no tenemos ni idea de saber qué viene. Todo el mundo tiene un plan, hasta que el futuro nos alcanza. Y cuando comparamos el futuro con el pasado, nos damos cuenta que muchas veces hay “algo” que nos faltó con este nuevo presente. Y ahí vienen los llantos, las quejas, las depresiones, el stress… En fin, la imagen del “mocho viéndose el tocón” es demasiado precisa para ser cómoda.



Gente, les tengo una sugerencia: olvídense de eso. No hay nada más deprimente que empezar con el “Dios, cuando nosotros podíamos bla, bla, bla…” y ponerse a ver lo difícil o imposible que es hacer tal o cual cosa ahora. Nos da una sensación de fracaso, de impotencia, de inutilidad o de desesperanza, porque vemos que las cosas se hacen cada día más difíciles, ya sea por la situación económica o por los cambios de nuestro sistema de creencias o por la sitaución política o lo que sea. Pero hubo un hombre que en los momentos de mayor desesperanza se rehusó a dejarse deprimir: el primer ministro británico Winston Churchill. Y lo dejó en una de sus frases más famosas: “En la aversión, los pesimistas sólo ven desgracias; los optimistas, oportunidades.”



Cierto, las cosas están mucho más difíciles que cuando yo tenía doce años, pero eso me anima a esforzarme más. Me hace acercarme más a mi familia, pues necesito su apoyo y ellos del mío. Estoy convencido de que la mejor forma de superar las crisis es trabajando juntos, entendiendo que el beneficio de uno se logra por el beneficio de TODOS. Lean. Trabajen. Esfuércense. Y escriban, que para eso estamos.