¿Cuánto cabe?

Las nubes sobre el Atlántico. Foto mía

Ustedes no han vivido hasta que una niña que solo han conocido por un par de días te dice «Te amo», y sabes que es verdad. Esas fueron las palaras que escribió en un pedacito de papel que ahora guardaré como si se tratase del Acta de la Independencia.

Esa fue una de muchas primeras que viví esta última semana. La niña en cuestión es mi sobrina de cuatro años, junto con su hermano morocho, con quien se me ha comparado varias veces dado su amor por los animales, en especial dinosaurios, y ciertos gestos. No había tenido oportunidad de conocerlos dado que nacieron cuando ya había emigrado fuera de Venezuela. Y tuve la inmensa bendición que la conexión fue casi instantánea.

También fue la primera vez que abracé a mis padres desde 2019, cuando ellos y mi hermano y mi cuñada viajaron a visitarnos en Orlando. Doy gracias a Dios que los veo enteritos, con sus achaques por la edad, claro, y las angustias de vivir en la incertidumbre que es Venezuela. Mi hermano logró llevarlos a España, donde ahora viven, para pasar el cumpleaños suyo, el de mamá, Navidad y Año Nuevo juntos, algo por lo que tambien estoy agradecido.

Y por supuesto que me deja con el corazón dividido en dos.

Como buen venezolano que creció en la época en que habían cuatro carros en la casa, en que Miami parecía un vecindario más de Caracas, en que siempre pensamos ser la tapa del frasco, uno nunca pensó en que nuestra familia solo podría verse a través de una pantalla. Los planes eran visitas los domingos, reuniones familiares, viajes juntos.

Pero esa fue otra primera. Cuando vi mi futuro y por primera vez no había nada que ver. Y con doloro pero determinación, me escogí a mí. Y no solo por mí, sino por la mujer de la que me enamoré y por los padres que quería ayudar.

Así que llegamos, siete años después, a este viaje de primeras. En que doy un primer salto sobre «el charco» (como cariñosamente llamamos al Atlántico) y me presento a la segunda ciudad verdaderamente cosmopolita que he conocido, después de Nueva York.

Vi muchos paralelismos. Algunos obvios: allá está la Quinta Avenida y Times Square, aquí está la Gran Avenida y Plaza de España. No hay una Estatua de la Libertad pero sí hay un Madroño (que no pude conocer…). Está el Central Park en conversación con El Retiro. Y mira, la fama de malhumorado del neoyorquino se compara con la del madrileño: ni una vez se me pidió permiso para pasar (aunque sí uno que otro «gracias» cuando era yo el que me apartaba). Además, ambas ciudades son bien amables para el peatón. Hay una red intricadísima de trenes, subterráneos y afines, así como autobuses y servicos de rideshare. Eso sí, también hay verde por todas partes, como veo en la Gran Manzana, lo que atrae aves como urracas, mirlos y petirrojos (y me impactó descubrir unos adorables invasores que resultan ser una plaga para los madrileños). Y aunque no hubo nieve, bien cerca estuvimos de ver una Navidad blanca, con sus temperaturas en únicos dígitos.

Pero hay grandes diferencias. El que es pobre en Nueva York se las puede ver negras, dado lo difícil de poder pagar un apartamento decente (un sótano tipo estudio puede estar por encima de los $1000 mensuales). El que es pobre en Madrid al menos consigue comida mientras logra un piso propio. Toda la basura está separada por categorías, entre orgánico, reciclaje y bueno, basura. Mientras, en mi condado dejaron de recojer reciclaje el año pasado.

Sumen eso a que se trabaja en horario normal, que animan a que haya tiempo para compartir en familia, o descansar, o ver una película (así sea que no supero el doblaje a juro), y regreso a casa viendo a mi segundo país con una mirada más crítica. No soy el único, en especial después de la pandemia y Estados Unidos empezó a cuestionar lo que era realmente importante. Por supuesto eso implica mejores decisiones sobre quien podemos en el poder, pero eso es discusión para otro día.

Y claro… Me queda la añoranza de esos momentos familiares que reviví y estrené. Volví a ser hijo y hermano, y debuté como tío y protector. Miré la maleta y pensé cuánto podría llevarme y cuánto podría dejar atrás. Y uno piensa, ¿cómo puede decidirse dejar atrás amores incalculables, la paz de saberse rodeado por gente que te valora tanto como la que te espera en casa?

¿Cuánto cabe, en realidad?

Y la verdad es que… Todo. Porque solo porque no puedes llevártelo no significa que no está contigo.

Pero uno jamás dejará de pedir por otra primera vez más.

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