El lente invertido

Resumen: Depende de cómo lo veas, Globovisión se está cayendo a pedazos, atacado por el régimen desde adentro, o se está adaptando a un nuevo formato: un medio equilibrado aunque aún crítico. Y lamentablemente, ahora los periodistas vuelven a ser noticia en vez de transmitirla. Las renuncias masivas del canal abren un nuevo debate sobre el papel que debería jugar el periodismo en un país donde los políticos ya son mal vistos por la población, y eres o no eres –una posición incómoda para una carrera que debe buscar la verdad, no la versión de las partes. ¿Que hay que ser crítico de un Gobierno que insiste en reprimir libertades? Pero por supuesto que sí. ¿Que en el proceso debes ser más Marta Colomina, menos William Echeverría? Con todo el respeto que merece la profesora, no gracias. Yo estudié periodismo, no ciencias políticas, por algo.

De eso trata el post que está abajo, pero en versión hiper condensada. Si estás conforme, quiero escuchar tu opinión, empezar un debate sobre el periodismo, así que te invito a dejar un comentario; no tienes que leer lo demás. Si quieres algo más, lee a tu propio riesgo. Me pongo un tanto personal, casi que controversial. No digas que no te advertí.

Justo antes de los eventos de abril de 2002, algo me iluminó de alguna manera para ir a alguna de las múltiples marchas/manifestaciones/bailoterapias que organizaba la oposición en aquel entonces. Y vi a Patricia Poleo recibir a una tropita de entusiastas jóvenes que le pidieron, cual estrella de rock, que les firmara su bandera. “¡Ay un autógrafo, un autógrafo!” Y yo recuerdo pensar, recién empezando la segunda carrera que hoy es mi profesión, “¿y eso desde cuándo?”

Poco antes, estaba dando clases de inglés en un instituto, al que iban muchos estudiantes de Comunicación Social de la Universidad Santa María. Tienen mala fama injustificada; la mayoría tenían hasta trasnochos encima por la cantidad de trabajos que le mandaban, pero al menos tres sí se la ganaron; una me dijo que no le gustaba leer, “yo le quiero es ser fotógrafa”, y dos me dijeron que estaban en periodismo, mandibuleo descarado y demás, “ay teacher, yo quiero trabajar en televisión”. (¿Cosa insólita? Una terminó trabajando en el departamento de comunicaciones de la Alcaldía Mayor cuando Juan Barreto.)

Lo querramos o no (y muchos lo quieren o no les importa), los periodistas hemos estado ocupando el centro del debate en esta Venezuela en que los partidos políticos le han fallado a la comunidad general. El gobierno del presidente Hugo Chávez –corrijo, el propio Chávez—apareció cuando los políticos estaban muy despegados de la realidad que vivían los electores, y durante cuatro años se encargó de reducirlos a la casi nada. Los únicos que se le podían enfrentar con cierto éxito eran los medios, y el chavismo los atacó sin piedad. Ya fueran leyes, ataques verbales o físicos. Algunos ejercieron la política sin ser políticos, como la propia Patricia, su papá Rafael. Otros sí la ejercieron de frente, como Alfredo Peña y José Vicente Rangel o, más adelante, Miguel Ángel Rodríguez. En mayor o menor medida, ser periodista en este país significaba que, quieras o no, ibas a estar metido en el debate político. Si hasta a María Laura García, periodista de salud, la criticaban por parecer ajena a la realidad política.

En medio de todo eso, estaba Globovisión. RCTV era casi tan radical como el Gobierno, pero al menos aún tenía series y telenovelas y Radio Rochela, mientras que Globovisión estaba dedicado casi exclusivamente a noticias. Digo “casi” porque cómo había editorial y opinión, tanto de invitados como de periodistas. Pero era un canal que cumplía con lo que prometía: informaba. No sé si siempre equilibradamente, pero ahí estaba su lente. “Radar de los Barrios”. “Aló, Ciudadano”. “Yo Prometo”. Hasta cierto punto, “Tocando Fondo”. Se volvió tan incómodo para el Gobierno que el único chavista que acudía a su sede era el que iba a protestar o a amenazarlos; acordarse que hasta Aristóbulo Istúriz tenía un programa allí era como recordar otra vida.

A Globovisión se le abrieron diez procedimientos administrativos en otros tantos años. Su cierre era casi siempre “inminente”. Las visitas de Lina Ron eran frecuentes, y en 2009 vino acompañada de lacrimógenas. Y aún así, seguía. El Gobierno nunca pudo lograr cerrarlos como sí lo hizo con RCTV, cuando se negó a renovarles su concesión.

Así que los compró. O al menos eso dicen las malas y no tan malas lenguas. La junta directiva nueva tiene al menos un integrante –Juan Domingo Cordero—que tiene relaciones al menos tangenciales con el Gobierno. La familia Zuloaga pidió un voto de confianza al personal para sus nuevos dueños. Eso fue hace cuatro meses. ¿Qué ha pasado desde entonces?

Sí hubo un cambio en la línea editorial, pues, en palabras del que sería su nuevo director, el veterano Leopoldo Castillo, ahora serían “de centro”. No más cobertura en vivo de los actos de Henrique Capriles; no más micros de “Usted Lo Vio” y “Aunque Usted No Lo Crea” o “Toques de Diana”, los editoriales de Diana Carolina Ruiz. “Aló, Ciudadano”, el programa de Castillo, seguía abiertamente crítico al régimen, ahora de Nicolás Maduro, pero el resto de la programación, aunque ciertamente aún tenía la cobertura de protestas, sucesos y denuncias de la oposición, le había “bajado dos”.

Hoy sólo Juan Eleazar Fígalo, Aymara Lorenzo, Julio César Pineda, José Vicente Antonetti y la propia Ruiz quedan de lo que fue “la vieja guardia”, al igual que Beatriz Adrián y Martha Palma Troconis, aunque ellas pasaron a segmentos “light”. Todos los demás, se fueron o “los” fueron. Casi todos anunciándolo por Twitter. Uno, Roberto Giusti, muy elocuentemente por su columna en El Universal, resumió bien lo que fue el último fin de semana, donde seis de sus periodistas estrellas –incluida mi compañera de promoción de la UCAB, Sasha Ackerman—fueron despedidos o renunciaron en menos de 24 horas.

Fue entonces cuando llegó la ola salvaje y montado sobre ella un torvo mensajero que apareció para aplicar el ácido. El proceso de “transición gradual”, dio paso a la “transición brutal”. “Aquí se acabó la (pendejada) del equilibrio” y volvieron a rodar las cabezas. Pero como yo sé que la mía está en juego y sólo me debo a la audiencia, a los receptores, a quienes creen en mi honestidad profesional, (que para mí son los únicos dueños del canal) les presento mi renuncia a partir de hoy porque en Globovisión no están dadas las circunstancias para hacer un periodismo libre.

Los más radicales podrían afirmar que esta era el plan del Gobierno. Total, Maduro seguía diciendo que Globovisión “seguía conspirando”. Quizá era la señal para poner nervioso a Cordero y a Raúl Gorrín, los nuevos dueños. Quizá sí sea cierto que le exigieron a Leopoldo Castillo irse por ocho meses por su enfermedad. Sí es cierto que le dijeron a Kico que era incómodo; después de todo, yo mismo lo entrevisté. Y entonces el Gobierno aplicó una de “si no puedes con ellos, cómpralos”. Al nunca poder doblegar al Globovisión viejo, decidieron crear la nueva Globovisión.

O quizá… sólo quizá…

Vladimir Villegas, uno de los nuevos talentos del canal, que rechazó la dirección por razones que expone en esta entrevista que bueno, también le hice yo, recuerda algo que yo había olvidado en su columna de El Nacional: José Domingo “Mingo” Blanco, quizá el último periodista del canal que entrevistó al hoy presidente Maduro, cuando era el diputado Maduro, fue despedido de ahí por una conversación que se hizo pública criticando al partido Acción Democrática. No hubo grandes reclamos o airadas “tuiteadas” entonces; Mingo pasó al olvido. Cuando salió del aire “Buenas Noches”, destaca Villegas, los mismos que insultaban a Leopoldo Castillo por quedarse en el canal, le aplaudieron su dignidad por renunciar el pasado viernes. Así está el país. O estás con ellos, o estás con nosotros. ¿Equilibrio? Para ingenuos o inocentones.

(Yo mismo lo viví hoy, cuando una amiga me dijo por Twitter que no vería la película Bolívar: El Hombre de las Dificultades porque no soporta a su protagonista, Roque Valero, por haberse declarado oficialista. ¿Será que se animará mi amiga a leer esta entrevista que le hiciera mi compañera Katian Castro? Eso espero.)

Así que, a riesgo de los insultos estoy seguro recibiría si fuera más conocido, suscribo la última parte de la columna de Villegas:

El momento actual de Venezuela reclama cambios en los medios tanto públicos como privados. El equilibrio, la presencia de todos los sectores y de todos los puntos de vista son imprescindibles.

(Bueno sería que insistiera en este equilibrio en los medios del Estado, doctor Villegas. Es ahí donde el equilibrio brilla más por su ausencia.)

Hoy otra vez, como en 2002, el lente está invertido hacia los que antes lo apuntaban. Hoy, los hombres y las mujeres de noticias son noticia ellos mismos. Unos, como Román Lozinski, lo lamentan; otros le darán la bienvenida. Yo soy uno de los que piensa que un periodista, más que objetivo, debe ser sincero: si no estás de acuerdo con tu Gobierno o tus jefes, debes decirlo. Pero aún debes ser objetivo: debes recordar que hay tu verdad, su verdad y LA verdad. VTV sólo muestra “su” verdad. ¿Globovisión mostraba LA verdad? (Opinión muy personal: en “Radar de los Barrios”, oh sí; en algunos otros, ¿sí?) Un periodista no debería estar en la palestra; debe decir lo que hay en ella.

Pero no puedes voluntariamente prestarte a ser un actor político. No puedes sencillamente alborotar lo más básico del ser humano para ganar pageviews y llamarte crítico del Gobierno, que es lo que considero hace el ex director de Globovisión, Alberto Federico Ravell, en La Patilla, un medio al que, aunque hay periodistas allí a los que respeto mucho, me parece que se regodea en sacar el animal que lleva el venezolano por dentro (¿”riqui riquita”? ¿En serio?). Porque si como político te comportas, no esperes que te traten como periodista. Por eso Carlos Escarrá no quiso atenderme cuando lo llamé estando en El Nacional. (Bueno, una de las razones. No hablemos mal de los que ya no están.) Por supuesto que no van a aceptarte entrevistas en Globovisión, si saben que la única forma de salirse de la andanada de preguntas en contra es acusarlos de golpistas. Es porque nunca hubo un equilibrio. Es porque era el único contrapeso verdadero al Gobierno. Es porque era la única ventana que quedaba para que la oposición se expresara libremente… y lo hacía cada vez que podía.

Quizá estoy siendo ingenuo, aún a mis 42 años de edad. Quizá esto sólo puede resolverse con peos de lado y lado. Tú me atacas, yo te ataco. El Gobierno insiste en un magnicidio sin presentar los detenidos; yo me burlo de tus contradicciones. Y así vamos. Armado con mi pluma o mi laptop o mi tableta o todos tres, yo soy el que va a ser tu vigilante, el que te va a mantener derechito. Ey, si el Washington Post pudo con Nixon… Ah pero eso era una democracia abierta. Los Papeles del Pentágono contribuyeron a detener Vietnam, Watergate a despedir a Nixon. El audio de Mario Silva logró… que se fuera Mario Silva.

O quizá (ya para terminar; bendita ignorancia mía de la síntesis), quizá este tuit de Mirelis Morales, una periodista a la que le tengo un gran cariño, es en lo que hay que pensar.  Ciertamente fue lo que inspiró este largo post.

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